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5 mentiras que llevaron a un amorío

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Mi vida se había convertido en una pesadilla. Prácticamente de la noche a la mañana, desde el momento que le admití a mi esposo que le fui infiel, perdí todo. No podía comer, no podía dormir, y no podía evitar el miedo, la vergüenza y la desesperación. Las horas, los días y las semanas se sucedían mientras esperaba que el dolor de semejante tristeza y arrepentimiento se calmara.

Por 
Julie Ferwerda

Yo era la última persona que alguien podría suponer —incluyéndome a mí misma— que era proclive a cometer un pecado de tal envergadura. Había sido educada en una escuela cristiana, había memorizado cientos de versículos bíblicos y había estado involucrada en el ministerio por años. Tenía un honesto deseo de agradar a Dios, y continuamente buscaba desarrollar mi relación personal con Dios. Tener un amorío, en mi opinión, era una de las peores cosas que un creyente podría hacer.

Mi experiencia me mostró que sin importar qué tan sincera sea nuestra fe o puras nuestras intenciones, un amorío puede pasarle a cualquiera. Ninguno de nosotros podrá alcanzar un nivel de madurez tal como para estar tranquilo y confiar en nuestra carne. Las Escrituras nos advierten que «la carne en débil» (Mateo 26.41), y que el diablo nos rodea como un león rugiente, buscando a quien devorar (1 Pedro 5.8). Si el Rey David, «un varón conforme al corazón de Dios» (1 Samuel 13.14), cayó en adulterio, ¿podríamos considerarnos como inmunes a la tentación?

Afortunadamente, hay maneras por las cuales podemos evitar caer en un amorío. El primer paso es reconocer las mentiras que Satanás planta en nuestra mente, que pueden llevarnos hacia esa dirección. A continuación comparto cinco mentiras que Satanás usó para guiarme por el camino del adulterio… y las verdades que eventualmente me libertaron.

Mentira Nº 1: Lo que piense no importa siempre y cuando no lo haga

Mi vida parecía muy ordinaria, común, especialmente comparada con las películas y novelas románticas. Para escapar a la monotonía, comencé a permitirme ciertas fantasías. Pasión, misterio y belleza física estaban a mi disposición, solo necesitaba un poco de imaginación. Aunque esas fantasías me cargaban emocionalmente y me alimentaban con la lujuria de placeres estimulantes y prohibidos, no creí que fueran una amenaza para mi crecimiento espiritual, relaciones y ministerio. Nadie sabía. Nadie saldría herido… al menos eso era lo que yo pensaba.

Ninguno de nosotros podrá alcanzar un nivel de madurez tal como para estar tranquilo y confiar en nuestra carne.

Verdad: Nuestros pensamientos se convierten en nuestras acciones

Poca gente cae en adulterio de la noche a la mañana. Como con otros «grandes» pecados, tener un amorío usualmente resulta de una serie de concesiones en nuestros pensamientos, elecciones y comportamientos.

Al principio, mis pensamientos acerca de las fantasías con hombres que encontraba en libros, revistas y películas parecían no causar daño. Pero esos pensamientos, rápidamente se convirtieron en una trampa. Como un fuego en el bosque, la lujuria que causaban requería de más y más combustible, hasta que alimentarlos consumía la mayoría de mi tiempo y energía. Cuando no estaba fantaseando, mi vida parecía gris. Me convertí en una persona egocéntrica, apartada de mi familia y fría hacia mi esposo. Muy pronto, otra pequeña concesión en mi comportamiento no parecía demasiado mala.

Me tomó varios años hasta que mi conciencia fue suficientemente desensibilizada por mí como para caer en un amorío. Pero, eventualmente, sucedió. Desde las cenizas que permanecían, aprendí la verdad de las palabras de Santiago 1.15: «El fruto de esos malos deseos, una vez concebidos, es el pecado; y el fruto del pecado, una vez cometido, es la muerte». Finalmente, mis fantasías sobre otro hombre desembocaron en un amorío que contribuyó a la muerte de mi matrimonio.

Mentira Nº 2: Sería más feliz con otra persona

A causa de su trabajo, actividades recreacionales, y el tiempo que pasaba con «los muchachos», mi esposo no estaba mucho en casa. Cuando sí estaba en casa, su atención era traída por la televisión. Yo estaba extremadamente sola, y me disgustaba su falta de atención por nuestra familia y por mí. Nos habíamos casado muy jóvenes, y me preguntaba si no me había perdido algo mejor.

5 mentiras que llevaron a un amorío

Frecuentemente me recluía en la insatisfacción de mi matrimonio. Comparar constantemente a mi esposo con hombres de la ficción me dio un espíritu crítico, por lo que nada que hiciera me parecía suficientemente bueno. Yo quería que él me hiciera feliz, y me lamentaba cuando me decepcionaba. «Seguramente otros hombres me tratarían mejor», pensaba. Para calmar mi autocompasión, me escapaba aun más en pensamientos inapropiados, y gozaba la atención de otros hombres.

Verdad: Solo Jesús puede satisfacerme

Cuando conocía a esos hombres, descubrí que ellos no eran los amantes de las películas con los que yo había soñado. Cada uno de ellos tenía sus propias debilidades y problemas de carácter (lo mismo que yo). Estaba buscando la satisfacción en el lugar equivocado.

Una vez, Jesús conversó con una mujer que había tenido cinco maridos y estaba viviendo con un hombre que no era su marido. Aparentemente, esta mujer estaba buscando el «hombre perfecto» que llenara el vacío de su vida. Jesús le dijo: «Todo el que beba de esta agua, volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás» Juan 4.13-14. Jesús sabía que las relaciones humanas —tanto emocionales como sexuales— nunca satisfarían sus deseos. La verdadera satisfacción solo puede ser hallada en el amor que Jesús ofrece.Finalmente, llegué a la verdad: Podría ser más feliz únicamente con Otro que no sea mi pareja terrenal.

Soy la persona más feliz cuando cultivo una relación con Aquel quien me hizo —corazón, deseos y todo lo demás. A medida que atesoraba los versículos que hablan sobre el amor de Jesús por mí y sobre cuán inexplicablemente digna soy para él, he descubierto la verdadera satisfacción del alma, por primera vez en mi vida. Jesús conforma todo lo que siempre he buscado.

Mentira Nº 3: La vida pasa rápidamente, me merezco algo mejor

Cuando sentí que mi juventud se me estaba yendo, casi al llegar a los 30 años, entré en pánico. «Merezco más que esto», pensé, «¡y rápidamente será muy tarde para encontrarlo!». Yo estaba segura de que era una esposa mucho mejor de lo que mi esposo se merecía, y creía que algún hombre más compatible estaría más que dispuesto a amarme. No podía soportar el pensamiento de que quizá nunca podría ser feliz y completa —de acuerdo a mi propia definición sobre la vida. Todas las personas en las películas encontraban su pareja perfecta; quería llegar al perfecto «y vivirán felices hasta qua la muerte nos separe». ¡Me lo merecía!

Verdad: Ya he recibido más de lo que merezco

Mi amorío me demostró qué tan equivocada estaba sobre mí misma. Yo no era buena. No me merecía algo mejor. Ni siquiera merecía una segunda oportunidad. La buena noticia es que «Dios no ha hecho con nosotros conforme a nuestras inequidades, ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados» Salmos 103-10. Él me ofrece una segunda oportunidad no porque lo mereciera, sino por la sorprendente gracia de Jesús.

A través de Jesús podré experimentar la felicidad real y duradera, pero eso no será así hasta que lleguemos al cielo. Mientras tanto, Jesús quiere de mí que elija algo mejor que los placeres terrenales, intimidad con él (véase Lucas 10.38-42). Ahora, la única vez que siento que la vida se me está escapando es cuando no busco diariamente una relación de amor con Jesús. Esa relación inicia la pasión y la aventura a medida que descubro su propósito en mi vida.

Mentira Nº 4: Cuando otros me prestan atención es que piensan que soy especial

Obtener la atención de los hombres me ha intoxicado desde que era joven. Yo ansiaba el poder de la importancia que eso me daba. Cuando me sentía desilusionada u olvidada por mi esposo, acudía a otros hombres en busca de consuelo seguridad. Yo sabía cómo atraer la atención de casi cualquier hombre —soltero o casado. Cuantos más hombres mostraban interés por mí, mejor me sentía. En mi mente, ellos me halagaban y admiraban porque yo era especial.

Verdad: Usualmente, la gente usa los halagos para obtener lo que desean

Después de mi divorcio, esta fascinación con los hombres se me pegaba como un insecto molesto. Temía que eso me acompañaría hasta la tumba. Como había hecho muchas veces antes, le pedí a Dios que me librara de esa tentación. Pero esta vez lo decía en serio —me había dado cuenta de su poder destructivo.
Entonces, en unas vacaciones, conocí a un hombre —maravilloso, manso y exitoso. El tipo de hombre que usualmente consideraría irresistible. Él me buscaba con las palabras y las actitudes más románticas que una mujer puede soportar sin derretirse. Justo como en las películas.

De repente me di cuenta: La atención que me daba no era por mí, era en busca de lujuria, sexo y codicia. Yo no era especial para él, sino otra conquista potencial. Él era un lobo vestido de oveja que usaba la atención y los halagos para obtener lo que quería de mí. El apóstol Pablo describe a hombres similares en Romanos 16.18: «Porque tales personas no sirven a nuestro Señor Jesucristo, sino a su propio vientre, y con palabras suaves y lisonjeras engañan al corazón de los ingenuos».

Comencé a darme cuenta que alguien que verdaderamente me valorara se preocuparía por mi salud espiritual, y no alimentaría mi vanidad ni tomaría ventaja de mis falencias sentimentales. No hay nada malo con los cumplidos sinceros, pero la admiración que ahora encuentro más significativa es cuando alguien se da cuenta que estoy desarrollando la imagen de Cristo en mi vida.

Mentira Nº 5: Puedo librarme del pecado

Durante mi amorío, pensé que podría evitar las consecuencias de mi pecado. Dado que el «hacha» que esperaba que viniera desde el cielo no vino inmediatamente, creí que mi pecado no era tan grande como para que Dios lo tenga en cuenta. Él me perdonaría cuando yo decidiera arrepentirme, por lo tanto, ¿para qué apurarse? Lo que haría es seguir viviendo mis fantasías por un tiempo y cuando estuviera lista, podría volver a mi vida normal. Nadie —incluyendo a mi esposo— sabría lo que había hecho.

Verdad: Dios expondrá mi pecado

Por un tiempo, pude evitar que otros supieran mi pecado, pero me estaba burlando de mí misma al pensar que Dios no prestaba atención a lo que estaba haciendo.

Las Escrituras dicen: «Sepan que cometen un pecado contra el Señor y que algún día les llegará el castigo por ese pecado» Números 32.23. Dios orquestó algunos eventos increíbles para exponer mi pecado, porque él me amaba demasiado como para dejarme en ese camino de destrucción. Él sabía que si mi pecado continuaba oculto yo nunca vería cuán espantoso era ante sus ojos y nunca entendería cuánto lastimaba a mi esposo, mis hijos y a mí misma. El temor de que alguien descubriera este pecado repugnante y pestilente escondido en mí evitaba que gozara de la verdadera libertad. Toda relación con mi esposo (o futuro esposo) sería obstaculizada y una pared se ubicaría entre Dios y yo.

Que mi adulterio salga a la luz, al principio fue muy doloroso. Dios me mostró que el arrepentimiento verdadero demandaba que yo le confesara mi pecado a mi esposo, a quien yo había lastimado (Mateo 5.23-24). Estaba humillada y avergonzada. Pero cuando confesé mi pecado, Dios comenzó a cambiar las cenizas de mi vida en belleza. Dios me mostró que los únicos pecados que el diablo puede usar en mi contra son aquellos que mantengo ocultos. Ahora estoy libre para experimentar la paz que viene de ser honesta con otros cristianos.

Mi amorío también ha abierto las puertas para el ministerio. Escuchar mi testimonio le ha dado a mucha gente el valor necesario para compartir sus luchas conmigo, para que las ayude a vencer las mentiras del diablo.
El proceso que me llevó hacia la integridad fue largo y difícil, pero la verdad de Dios, que cambia vidas, me ha sanado por completo. La mujer que hoy veo en el espejo es una nueva persona —pacífica, satisfecha y más consciente de las mentiras que el diablo puede usar para guiarme por el camino equivocado. Hoy, cuando soy tentada por pensamientos errantes, me detengo y los reemplazo con la verdad. También les he dado a algunas amigas íntimas la autorización para hacerme preguntas personales, lo que me mantiene alerta para vivir esas verdades. Sobre todo, permanentemente recuerdo que solo Jesús, el agua de vida, puede satisfacer mis más profundos anhelos de ser amada y valorada.

© Julie Ferwerda, usado con permiso – http://www.julieferwerda.com
©Traducción y edición: Sociedades Bíblicas Unidas.

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