Desde tiempos inmemoriales, la humanidad ha sido testigo de la aparición de grandes figuras que marcaron la historia con su sabiduría, poder y compasión. Pero ninguno como Él. Su llegada fue anunciada con señales celestiales y proclamada por mensajeros divinos (Lucas 2.8-14). Nació en un humilde pesebre, pues no había lugar para él en el mesón (Lucas 2.7), en un rincón poco considerado del mundo y, sin embargo, su sola presencia estremeció a sabios y gobernantes, que buscaron visitarlo a pesar de que los separaba una gran distancia (Mateo 2.1-3).
Desde niño, su entendimiento y sabiduría superaban a la de los más instruidos (Lucas 2.46-47). Ya a sus 12 años hablaba con autoridad, incluso ante aquellos que pasaban sus vidas estudiando las Escrituras. Con el tiempo, su presencia en la tierra se volvió imposible de ignorar. Su palabra transformaba corazones, su toque sanaba enfermedades incurables y su autoridad hacía que las fuerzas de la naturaleza le obedecieran (Mateo 8.23-27).
A pesar de ser tentado como nadie antes, no sucumbió a la tentación, sino que salió airoso, apoyándose en las Escrituras (Mateo 4.1-11). Caminó toda su vida en santidad, constituyéndose, así, en el Salvador perfecto, el Cordero sin mancha que quita el pecado del mundo (Juan 1.29).
Tomó sobre sí nuestra pecaminosidad y nos concedió su justicia.
Con un simple mandato, las aguas embravecidas se calmaban (Marcos 4.39). Con su sola palabra, los espíritus malignos lo obedecían de inmediato (Lucas 8.29). Quienes estaban sumidos en la desesperanza encontraban en él una luz que jamás se apagaba. Él mismo declaró: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Juan 8.12); restauró la vista de los ciegos (Juan 9.6-7) y resucitó a los muertos (Juan 11.43-44). Su compasión no tenía límites y su amor trascendía barreras impuestas por la sociedad y la religión.
Sanó a leprosos, que eran marginados por la sociedad, devolviendo su dignidad y su salud (Lucas 17.12-14). Dio oído a los sordos y habló vida a los paralíticos, quienes se levantaron y caminaron con regocijo (Marcos 2.10-12). Con solo cinco panes y dos peces, sació el hambre de miles, mostrando que su provisión no tiene límites (Juan 6:10-11). Él dijo: «Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre» (Juan 6.35). En cada acto, revelaba la gloria del Padre, el poder del Espíritu Santo y el propósito de su venida.
Mostró compasión con quienes habían pecado, perdonándolos e instándolos a no pecar más (Juan 8.10-11). Declaró: «Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo» (Juan 10:9), pues él es el acceso al Padre. También afirmó: «Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas» (Juan 10:11), pues vino a buscar y salvar a las ovejas perdidas.
Sin embargo, su misión no fue comprendida por muchos. Fue traicionado por alguien que lo llamó amigo (Lucas 22.47-48), acusado injustamente y condenado a un sufrimiento inimaginable (Mateo 27.22-26). A pesar de tener todo el poder para librarse de sus opresores, eligió el camino del sacrificio, que era el camino trazado por el Padre desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1.19-20). Clavado en un madero, soportó el peso de la maldad y la injusticia de toda la humanidad (Isaías 53.5). En ese momento, la tierra tembló, los cielos se oscurecieron y la creación misma pareció llorar su muerte (Mateo 27.45, 51).
Pero ni la muerte pudo retenerlo. Al tercer día, el sepulcro quedó vacío (Lucas 24.6-7). Su victoria sobre la tumba fue la prueba suprema de su divinidad y su poder. Se apareció a muchos (1 Corintios 15.5-6), confirmó su promesa y regresó al Padre con la seguridad de que volvería otra vez (Hechos 1.9-11). Él dijo: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá» (Juan 11:25).
Porque sí, su historia aún no ha terminado. Hoy vive en su pueblo, la Iglesia, que espera su regreso glorioso, esta vez no en humildad, sino en majestad, para establecer justicia y reinar con poder absoluto (Apocalipsis 19.11-16). Toda rodilla se doblará ante él, y toda lengua confesará su soberanía (Filipenses 2.10-11). Él mismo dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí» (Juan 14.6), y «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador» (Juan 15.1).
Él fue quien nos libertó, nos amó, nos dio paz, nos transformó, nos dio vida, nos sanó, nos aceptó, nos redimió, nos perdonó, nos restauró, nos justificó y nos santificó.
Él es el Rey de reyes, el Señor de señores, el Alfa y la Omega, el principio y el fin (Apocalipsis 22.13). Es nuestro proveedor, nuestro maestro, nuestro libertador, nuestro pastor.
Su nombre es Jesús, el Cristo, el Salvador del mundo. A él sea la gloria, el honor y el poder por los siglos de los siglos. ¡Amén!










