«En el mar austral» es una novela de Fray Mocho, pseudónimo del escritor argentino José S. Álvarez Escalada. La novela fue escrita en 1898, y relata las aventuras y dificultades de adentrarse en el sur argentino. En cierta parte de la novela, el narrador se pregunta qué pasaría si el débil barco en el que viajaban los tres hombres se hundiera. De repente, se sobresalta al escuchar algo que parecía ser el ruido de cañonazos. Y pregunta ¿qué es eso?
—No, le responde Smith, uno de los personajes de la novela.
— Es el mar no más. Ya comienza la marea. Fíjate: las olas siempre vienen de a tres seguidas y golpean con leve pausa entre sí. Primero viene una y choca, se rompe y baña el pie del peñón de la orilla que parece atajarla, derramándose en seguida en la extensión de algunos metros; luego hay una pequeña pausa y tras ella viene una segunda ola, que golpea más fuerte que la otra, baña el peñón hasta la cima y se derrama casi el doble de la primera, y no ya en silencio, sino con un ruido sordo; después hay una pequeña pausa durante la cual la segunda ola, que no ha podido volver aún, es alcanzada por la tercera, que viene tronadora y vigorosa a conservar el espacio que conquistaron las otras dos… Y así, de tres en tres olas, van las aguas avanzando y subiendo su nivel. Cuando uno ha naufragado y está prendido a un peñón con uñas y dientes, defendiendo la poca vida que le queda, sabe recién cuánto vale esa pausa más larga que hay entre cada grupo de tres olas. Ella es la salvación, pues da lugar para que uno se acomode, se afirme y espere el nuevo embate que vendrá… ¡Oh! ¡Oh!… ¡Es preciso haber estado por ahogarse… para saberlo! ¡Eso vale millones y vale imperios!
Al considerar este fragmento de la obra de Fray Mocho, resulta inevitable pensar en aquel conocido coro congregacional: «Cristo es la peña de Horeb que está brotando, agua de vida saludable para ti…». Aunque la novela y el coro se refieren a escenarios distintos, la imagen conduce de inmediato a contemplar a Cristo como la verdadera Roca de nuestra salvación. También vienen a la mente las palabras del salmista: «Tú eres mi Padre. Eres mi Dios, la roca de mi salvación» (Sal 89.26).
Es fácil darse cuenta de que el mundo está cada vez más a la deriva, y que muchos están naufragando, sin saber de dónde aferrarse. La novela habla de aferrarse fuertemente al peñón, para evitar ser arrastrados por las olas que golpean la costa. El náufrago busca aferrarse de algo sólido, para evitar ser arrastrado hacia el embravecido mar. Pero a veces, nos paralizamos sin tener una razón concreta para ello… solo estamos ansiosos por la incertidumbre de algo que nos pueda suceder.
La ansiedad casi nunca se basa en el presente, sino en el futuro… por lo que «nos pueda suceder». ¿Qué sucedería si pasa esto o aquello? ¿Y si me enfermo? ¿Y si pierdo el trabajo? ¿Y si algo le pasa a mi familia? El futuro muchas veces nos atemoriza, y es un enemigo al que debemos vencer. No es raro encontrar personas que, al atravesar dificultades físicas, evitan consultar al médico por un temor paralizante. Al sugerirles buscar atención profesional, la respuesta a menudo surge con contundencia: «¡No! ¡Tengo miedo de que me descubran algo malo!». En esos casos, el temor no proviene de un diagnóstico confirmado, sino de la incertidumbre sobre lo que podría suceder.
Ante situaciones como esta, cobran renovado valor las palabras del apóstol Pablo a Timoteo: «Porque no nos ha dado Dios un espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio» (2 Timoteo 1.7). ¿Cómo conciliar nuestros temores y ansiedades con lo que dice Pablo?
El profeta Jeremías profetiza justo antes de la caída de Judá a manos de los babilonios. Tanto él como el resto del pueblo conocían lo que le había pasado al reino del norte (Israel), que había caído, alrededor de 100 años antes, a manos de los asirios, y había sido dispersado por todo el Imperio asirio… y ya no quedaban rastros del mismo. Ahora, el pueblo de Judá estaba a las puertas de una debacle tremenda. La santa ciudad de Jerusalén sería destruida, el templo —el único lugar sobre la tierra donde Dios se comunicaba con su pueblo— sería saqueado, quemado y destruido.
Casi todo el pueblo sería llevado a Babilonia y esclavizado por aquel poderoso Imperio. No había ninguna esperanza de liberación. Sin dudas, tenían sobradas razones para sentir ansiedad por su propio futuro. Dios, que había cumplido su promesa a Abraham y había forjado un reino esplendoroso en los reinos de David y Salomón, los enviaría al exilio debido a la constante desobediencia e incredulidad del pueblo. Vez tras vez habían elegido a otros dioses por sobre el único y verdadero Dios. No parecía haber ninguna esperanza. Todo sería destruido.
Sin embargo, el Señor no se olvida de su pueblo, y dice por boca del profeta Jeremías: «Solo yo sé los planes que tengo para ustedes. Son planes para su bien, y no para su mal, para que tengan un futuro lleno de esperanza» (Jer 29. 11).
Muchas veces, en las Escrituras, nos encontramos con los personajes principales de la historia bíblica que estaban atravesando por serios problemas, o debían enfrentar enemigos peligrosos, y es ahí donde escuchamos la dulce voz de Dios que les decía: «No temas… porque yo estoy contigo. No temas, porque yo te sostendré. No temas, porque yo soy tu Dios y te ayudaré. No temas pasar por las aguas, no te hundirás… porque yo lo evitaré».
A través del profeta Isaías, Dios le dice al pueblo que no tema y le da tres razones para no temer: «No temas, Jacob, porque yo te redimí; yo te di tu nombre, Israel, y tú me perteneces» (Is 43.1).
Bien podemos aplicar ese versículo a cada uno de nosotros; y al enfrentar problemas o dificultades, podremos escuchar las palabras de Dios, que nos dicen: «¡No temas!… porque yo te redimí… ¡No temas!… porque yo te di un nombre… ¡No temas!… porque tú me perteneces».
Vez tras vez, la Palabra de Dios no enseña que nuestra verdadera esperanza está en Dios, que es nuestra Roca fuerte. Aun cuando las olas quieran arrastrarnos, aun si el mar truena tanto que suena como cañonazos, si nos mantenemos firmemente aferrados a la fuerte mano de Dios, nada ni nadie podrá dañarnos.
Lecturas bíblicas para reflexionar: Josué 1.1-10; Salmos 34.15-22; Salmos 125.1-5; Romanos 8.28-39; 1 Pedro 5.6-11.










