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Aspectos culturales de la Biblia — Parte 1

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¿Qué es cultura?

Entre los distintos elementos presentes en todo texto, hay uno que es de suma importancia para la adecuada comprensión del mismo, y que representa un lenguaje en sí mismo. Me refiero a lo que conocemos como «cultura». Si acudimos al diccionario, o si preguntamos a varias personas al azar, la posible respuesta que obtendremos será que cultura es un conjunto de conocimientos. Y, en cierto modo, lo es. Sin embargo, cultura es algo más que la mera acumulación de conocimientos. Cuando de alguien se dice que es una persona culta, por lo general se quiere decir que esa persona sabe mucho acerca de muchas cosas. En realidad, todos somos cultos. Todos tenemos cultura. Claro que al afirmar esto, se hace necesario explicar qué es lo que queremos decir con «cultura».

Por Alfredo Tepox Varela

Hacia fines del siglo xix, y principios del xx, la antropología como disciplina de estudios acerca del ser humano comenzó a desarrollarse de manera más definida con personalidades de la estatura de Franz Boas, a quien muchos consideran el padre de la antropología, y de sus discípulos Alfred Kroeber, Margaret Mead, Rut Benedict, y muchos otros. En México, el doctor Manuel Gamio fue uno de los primeros antropólogos y arqueólogos que tuvo ese país. Pero fue Edward B. Tylor quien primero definió la cultura como «ese todo complejo que abarca conocimientos, creencias, arte, moral, ley, costumbres, y cualesquiera otras capacidades y hábitos que el hombre, como miembro de la sociedad, ha adquirido». Es decir, que cultura es lo que el ser humano ha hecho en el tiempo y en el espacio, dentro de un contexto específico.

Aspectos culturales de la Biblia — Parte I

Aunque es un hecho que puede haber tantas definiciones de cultura como antropólogos, es importante señalar que todos, donde quiera que nos encontremos o hayamos nacido, pertenecemos a una cultura, la cual puede llamarse occidental, boreal, andina, pastoril, europea, mexicana, etc. Resulta entonces que, más que hablar de «cultura», debemos hablar de «culturas». Pero estas culturas crean lo que podríamos llamar «ondas culturales», las cuales van traslapándose, hacinándose unas sobre otras, hasta crear nuevas culturas, de modo que más de una cultura es resultado de toda una suma de culturas. En este y en otros aspectos, el comportamiento de las culturas es muy semejante al de los distintos lenguajes. Puede afirmarse que, del río Bravo a la Patagonia, los patrones culturales de los distintos países latinoamericanos tienen mucho en común. Hay aspectos culturales que compartimos argentinos, mexicanos, costarricenses y colombianos, de modo que, si bien cada país tiene sus propias características, hay también coincidencias que permiten hablar de cierta cultura «latinoamericana». Quien viaje a Colombia, y prosiga al Perú, y luego llegue a Chile, encontrará patrones de conducta menos contrastantes que los que encontraría al norte del río Bravo o al otro lado del Atlántico. Sin embargo, frente a esa cultura «latinoamericana», habrá que reconocer que cada país de nuestro continente tiene una cultura muy específica. Esto puede observarse en términos de producción, en el modo de vestir, y hasta en las distintas horas en que se acostumbra sentarse a la mesa.

 

Aspectos culturales de la Biblia — Parte 1

El fenómeno humano que llamamos cultura puede verse más claramente cuando se estudia desde la perspectiva de las distintas áreas culturales. Hay, por ejemplo, en nuestro continente, un área geográfica que rebasa las fronteras de varios países, y que se conoce como Mesoamérica. Esta área geográfica abarca toda un área cultural que se extiende desde el actual estado mexicano de San Luis Potosí, aproximadamente, hasta lo que hoy es Panamá. Posiblemente esta área podría extenderse hasta Colombia, si en vez de hablar de Mesoamérica se hablara de la Cultura del Maíz.

En efecto, hay varios países donde el alimento básico es el maíz, ya sea en forma de tortilla, tamal o atole. Pero llámese tortilla, o arepa, el maíz es en este caso la base de la alimentación, y podemos inferir que en los países donde se consume también habrá de cultivarse, lo que redundará en una cultura agrícola en torno del maíz. Incluso dentro de esa cultura encontraremos un fenómeno que se conoce como subcultura, es decir, una cultura menor dentro de una misma cultura, que habrá de diferir de sus culturas hermanas en algunas prácticas, como el modo de procesar el maíz.

Aspectos culturales en la Biblia

Con todo lo antes dicho en mente, acerquémonos a la Biblia y veamos algunos de los muchos aspectos culturales presentes en sus páginas, a fin de que podamos reflexionar en ellos y empecemos a ver su trascendencia para nosotros. Un problema que constantemente enfrentan pastores y maestros, y que también constantemente se ven obligados a corregir, es la idea generalizada de que, si el texto bíblico es la Palabra de Dios, y por tanto es un texto inspirado, entonces los principios que el texto bíblico recoge deben ser válidos para todas las épocas y para todas las naciones en cualquier situación histórica. ¡Cuidado! Pensar así, y actuar así, perdiendo de vista los aspectos culturales de la Biblia, significa correr el riesgo de cometer graves errores.

Es un hecho innegable que hay pastores y maestros que ponen énfasis en ciertos patrones culturales de la Biblia, y que olvidándose de que estos datan de varios siglos antes de Cristo quisieran verlos vigentes en el siglo en que vivimos. Quienes así piensan y así enseñan se van a encontrar en serios problemas. Porque no es posible hacer del mexicano, o argentino, o colombiano de nuestros días, un judío del siglo v a.C. Si bien los valores de la Biblia están allí, como una enseñanza para normar nuestra vida, debemos también prestar atención a los aspectos culturales de la Biblia para no trasponer una cultura que nos resulta ajena. El hombre y la mujer del siglo xx no pertenecen al pasado bíblico. Hoy día hay mexicanos, tal vez con patrones culturales aztecas, o toltecas; los hay mestizos, con patrones culturales que no son españoles ni indígenas, sino una mezcla de ambos legados culturales; hay también argentinos que, aunque descendientes de varias naciones europeas, hoy día se identifican como argentinos, y actúan siguiendo un patrón cultural que es fruto de un contexto cultural totalmente distinto. Esto, aunque ciertamente evidente, suele pasarse por alto en el caso del texto bíblico.

Génesis

Sin embargo, si abrimos la Biblia conscientes de que en sus páginas también se nos habla de una cultura específica, que es la hebrea, nos encontraremos presenciando escenas muy interesantes. Veamos, por ejemplo, el capítulo 18 del Génesis. ¿Qué es lo que vemos? A un beduino, sentado a la entrada de su tienda de campaña, guareciéndose del sol de medio día. Si nosotros llegáramos hoy a visitarlo, tendríamos la impresión de estar ante un tipo perezoso, que es lo que europeos y norteamericanos piensan cuando en zonas tropicales encuentran a los hombres acostados en su hamaca, ¡a las doce del día! Sin embargo, quien haya convivido con ellos sabrá que esos «perezosos» se levantan a las cinco de la mañana, cuando el sol aún no ha salido, para ir a trabajar en su campo. Y cuando nosotros, los «trabajadores», apenas estamos despertando, ellos vienen ya de regreso, a comer y descansar. Tales patrones de conducta nos resultan ajenos. Para ellos, el reloj es otro; y lo es justamente porque el clima y sus condiciones de vida los obligan a tener un ritmo de vida y de trabajo muy diferente al nuestro. Esto va estableciendo patrones de conducta que, en su conjunto, van conformando una cultura. La «cultura de la siesta», por ejemplo, puede explicarse por causa del calor de medio día, pero de ninguna manera significa que quienes la acostumbran sean necesariamente unos perezosos.

Aspectos culturales de la Biblia — Parte 1

Pero volvamos a Abraham, a quien hallamos en su tienda, descansando. De pronto, llegan unos visitantes. ¿Cuál es la reacción de Abraham? De inmediato se levanta, se inclina ante ellos, y los saluda a la manera de los beduinos. Los lectores de hoy, que por decirlo así, leen la Biblia con ojos cristianos, ven esta escena como una teofanía, es decir, como una manifestación divina, lo que les lleva a concluir: «Abraham reconoció que Dios estaba ante él». Y como el texto nos dice que los visitantes eran tres, la primera conclusión se ve corroborada: «¡Qué bien que Abraham se haya inclinado ante sus visitantes, pues estaba en presencia de la Trinidad!». Sin embargo, si comparamos esta escena con otras semejantes en el AT, en donde la gente no tenía ante sí ningún visitante especial sino gente común y corriente, veremos que también se arrodillaban al saludar, simplemente porque esa era su manera de saludar. Así que en esta escena tenemos un patrón cultural.

¿Y qué vemos a continuación? Que Abraham le ordena a su esposa: «Mujer, corre y dile al mozo que mate un becerro». ¿Y realmente el mozo mató un becerro, o tal vez la orden haya sido hiperbólica? En algunos lugares, el dueño de la casa suele dar órdenes parecidas. Este modo de exagerar las atenciones tiene como objeto demostrar al visitante que es bienvenido. En el caso de Abraham, el mozo puede o no haber matado realmente un becerro, pero la reacción natural —y más bien, cultural— de Abraham es decirle a su esposa «Mata un becerro». Ahora bien, ¿cuántas medidas de harina le ordena tomar? ¡Tres medidas! ¿Y qué lector de la Biblia puede decir de inmediato cuánta harina son esas «tres medidas»? ¡Resulta que son el equivalente a unos treinta kilos! ¿Podemos imaginarnos lo que son treinta kilos de pan, solo para tres personas? La hipérbole, como recurso literario, es también un recurso cultural para exagerar las cortesías.

La escena no termina ahí. Es ya la hora de comer, y los visitantes se sientan a la mesa. ¿Y dónde está Sara? ¿Acaso la vemos ahí, sentada con ellos? ¡Por supuesto que no, en este contexto beduino! Entonces, ¿dónde se encuentra? «Detrás de la puerta», dice el texto bíblico. En la cocina, diríamos nosotros.

Quien haya recorrido la península de Yucatán (México), habrá notado que, al llegar a una casa, en algún lugar alejado, si la señora de la casa anda afuera, en seguida corre al interior y se pierde de vista, mientras que el señor de la casa sale a ver quién ha llegado. Luego de los saludos rituales, se inicia una charla intrascendente. Pocos minutos después, reaparece la señora, esta vez trayendo una jícara con pozol, que es una sustancia hecha de maíz con agua. A diferencia del atole, esta bebida es fría y sin sabor alguno; es más bien desabrida y sin azúcar. Para quien nunca antes haya probado el pozol, beberlo es un acto de heroísmo; sin embargo, ofrecerlo al visitante es una cortesía maya, es la manera de decirle «bienvenido». Y si se ahonda en la razón de por qué es precisamente pozol lo que se ofrece, se encontrará que hay varias razones: hace calor, y el pozol es refrescante; contiene maíz, lo que significa que es una bebida nutritiva, y además su preparación no requiere de mucho tiempo. Y mientras se conversa con el señor de la casa, se toma el pozol y se trata todo lo que deba ser tratado. He aquí otro patrón cultural.

Aspectos culturales de la Biblia — Parte I

Al seguir recorriendo las páginas de la Biblia, en otro pasaje se encontrará que Sara no podía tener hijos, y que por tal razón le dijo a Abraham: «Toma a mi sierva, y ten hijos con ella para que sean míos». Pero, ¿por qué nosotros, tan literalistas en nuestra lectura del texto bíblico, no lo hacemos así? Simplemente porque hemos sospechado que, aunque los valores de la Biblia están allí, y son valederos para todos los tiempos, para nosotros sería un antivalor actuar a la manera de Abraham. Simplemente, este tipo de acciones no pertenece al conjunto de valores de nuestra cultura y, por lo tanto, no forma parte de nuestra conducta socialmente aprobada. Por otra parte, el tomar a la sierva como un objeto que puede poseerse, como un mero receptáculo en el cual engendrar un hijo que no habrá de ser suyo sino de la patrona, tampoco es típico de nuestra cultura. Pero en la cultura bíblica de aquellos tiempos esto era perfectamente aceptado. En aquellos tiempos, los siervos y los esclavos no tenían voz ni voto; eran simples objetos que se compraban y se vendían, o se regalaban, y que llegaban a ser propiedad de sus amos, los cuales podían hacer con ellos lo que les placiera.

Esto nos llevaría al Éxodo, donde tal «propiedad» llegaría a legislarse, y donde tales patrones culturales llegarían a adquirir tonalidades más humanas. De momento, sin embargo, el cuadro que tenemos en Génesis 16 es el de una criada, que no es sino un mero recipiente en el que se incubará un hijo que no será suyo. En este mismo cuadro escuchamos un giro que nos sorprende y nos intriga: … para que ella dé a luz sobre mis rodillas. ¿Qué quiere decir esto?

Es necesario hacer notar algo de suma importancia: de tal modo se funden, y confunden, el lenguaje y la cultura, que no es posible hablar de lenguaje, por un lado, y de cultura, por el otro, ya que lenguaje y cultura caminan juntos. Los alemanes suelen decir que ellos piensan como piensan porque hablan como hablan, seguramente porque han visto en su lenguaje el molde que conforma y modela su manera de razonar. Su percepción no es nada errónea: el lenguaje es un mundo en sí mismo, el cual da origen a una cosmovisión muy particular. Esto podemos constatarlo en nuestra propia lengua, y prueba de ello son nuestros refranes. Cuando decimos: «Más vale paso que dure y no trote que canse», no faltará quien piense que los hispanohablantes somos un tanto perezosos. Y si comenzamos a recorrer nuestro refranero, encontraremos allí muchos patrones culturales que resumen mucho de nuestras características y de nuestra manera de ser. Volvamos entonces al cuadro bíblico de Génesis 16 y tratemos de entender cómo es posible que Sara le diga a Abraham que tome a Agar, para que esta dé a luz sobre sus rodillas. Para entenderlo, es necesario que reflexionemos un poco en lo que es cultura y lo que es natura, o naturaleza.

La cultura podría también definirse diciendo que esta es todo lo que no es natural. Inversamente, todo lo que no sea natural, será cultural. Nacer, por ejemplo, es un hecho natural, pero el modo de nacer es un hecho cultural. Hay etnias en el Brasil central donde, para facilitar el parto, las mujeres se cuelgan de algún árbol al momento de dar a luz. En cambio, en nuestras ciudades, las señoras dan a luz en un hospital, y algunas de ellas tienen a sus hijos por cesárea. En cualquiera de estos casos, el modo de alumbramiento es un hecho cultural.

En nuestra escena bíblica de Génesis 16, el hecho de que la criada dé a luz sobre las rodillas de Sara puede entenderse literalmente o en sentido figurado. Es posible que la dueña de la esclava tomara a esta en sus brazos al momento de dar a luz y que, por el solo hecho del contacto físico, la dueña se convirtiera automáticamente en la madre del niño. Todos hemos oído decir alguna vez que Fulano y Zutano son hermanos de sangre, frase que sugiere que la consaguinidad puede transmitirse por ósmosis. En el caso de Sara y Agar, aparentemente se creía que la maternidad podía transmitirse también así.

Vea la siguiente parte de este artículo aquí: «Aspectos culturales de la Biblia Parte 2»

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