Hay canciones que, sin proponérselo necesariamente, ponen palabras a experiencias que todos hemos tenido alguna vez. Una de ellas lleva un título particularmente sugestivo: Unanswered Prayers, «Oraciones no respondidas», de Garth Brooks. La canción mira hacia atrás, hacia un momento de la vida en el que alguien pidió algo con intensidad, deseó que ocurriera y probablemente estuvo convencido de que aquello sería bueno. Sin embargo, la respuesta que esperaba nunca llegó. Con el paso de los años, al mirar nuevamente aquella situación desde una perspectiva diferente, descubre que quizás aquello que tanto había pedido no era lo mejor para él.
La canción termina con una frase que merece ser pensada más allá de la propia canción: «Algunos de los dones más grandes de Dios son sus oraciones no respondidas».
La expresión es provocadora, porque solemos pensar exactamente al revés. Consideramos que una oración ha sido respondida cuando Dios dice «sí» a lo que pedimos. Si pedimos sanidad y recibimos sanidad, hablamos de una oración respondida. Si pedimos que se abra una puerta y la puerta se abre, damos gracias. Si pedimos algo durante mucho tiempo y finalmente sucede, sentimos que Dios ha escuchado nuestra oración.
Pero ¿qué hacemos cuando Dios dice «no»?
La pregunta no es sencilla. Hay oraciones que hacemos con lágrimas, con fe sincera y con la convicción de que aquello que pedimos es bueno. Hay enfermedades de las que pedimos ser librados, personas cuya vida pedimos que sea preservada, puertas que rogamos que se abran, situaciones que suplicamos que cambien. Y, sin embargo, llega un momento en que comprendemos que Dios no ha respondido como esperábamos.
Es precisamente allí donde nuestra comprensión de Dios es puesta a prueba. Porque mientras Dios nos da lo que pedimos, es relativamente fácil hablar de su bondad. Pero cuando su respuesta contradice nuestros deseos, descubrimos cuánto confiamos realmente en él.
La fe madura no consiste solamente en creer que Dios puede hacer lo que le pedimos. Consiste también en confiar en que Dios sabe cuándo hacerlo, cómo hacerlo y, en ocasiones, por qué no hacerlo.
Nosotros vemos solamente una parte de la historia. Dios ve toda la historia. Nosotros vemos una puerta cerrada y sentimos frustración; Dios puede ver lo que se encuentra detrás de esa puerta y que nosotros jamás alcanzamos a imaginar.
Por eso el Señor dice por medio del profeta Isaías: «Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, ni son sus caminos mis caminos» (Is 55.8). Y continúa: «Así como los cielos son más altos que la tierra, también mis caminos y mis pensamientos son más altos que los caminos y pensamientos de ustedes» (Is 55.9).
Esto no significa que Dios sea caprichoso o impredecible. Significa que su sabiduría es infinitamente superior a la nuestra. Nosotros podemos tener una perspectiva correcta de una pequeña parte de la realidad y, aun así, equivocarnos al imaginar cuál sería el mejor desenlace.
Pensemos en el apóstol Pablo. Había algo en su vida que él describe como «un aguijón en mi carne». No sabemos exactamente qué era, pero sí sabemos que le producía suficiente sufrimiento como para llevarlo repetidamente delante del Señor. Pablo dice: «Tres veces le he rogado al Señor que me lo quite» (2 Cor 12.8).
Podemos detenernos un momento allí. Pablo, insistió, le pidió que Dios quitara aquello que lo afligía. Y Dios respondió. Pero no respondió como Pablo esperaba. El Señor le dijo: «Con mi gracia tienes más que suficiente, porque mi poder se perfecciona en la debilidad» (2 Cor 12.9).
Pablo pidió que Dios quitara su debilidad. Dios decidió mostrar su poder en medio de ella. Pablo pidió liberación de una circunstancia. Dios le dio algo que consideraba aún más necesario: gracia suficiente para atravesarla.
Eso transforma completamente nuestra comprensión de una oración respondida. Tal vez pensamos que Dios responde cuando cambia nuestras circunstancias. Pero a veces Dios responde cambiándonos a nosotros mientras permanecen las circunstancias.
Pablo terminó diciendo: «Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades» (2 Cor 12.10).
No porque el sufrimiento fuera agradable, sino porque había descubierto que la presencia y el poder de Cristo eran más valiosos que una vida sin dificultades.
Algo parecido encontramos en Getsemaní. La noche antes de la cruz, Jesús ora: «Padre, si quieres, haz que pase de mí esta copa» (Lc 22.42). No hay nada superficial en aquella oración. Jesús está expresando delante del Padre la profundidad de su angustia. Pero inmediatamente añade: «Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya».
Aquí encontramos algo esencial acerca de la oración cristiana. Orar no significa tratar de convencer a Dios para que haga lo que nosotros queremos. Orar significa llevar sinceramente nuestros deseos delante de nuestro Padre y, al mismo tiempo, descansar en su voluntad.
Jesús pidió que la copa pasara. El Padre dijo «no». Y ese «no» condujo a la cruz.
Desde nuestra perspectiva, aquel era un camino de sufrimiento, humillación y muerte. Pero desde la perspectiva de Dios era el camino de nuestra redención.
La cruz nos enseña algo que jamás deberíamos olvidar: una respuesta dolorosa de Dios no es necesariamente una respuesta sin amor. A veces el amor de Dios se encuentra precisamente detrás de una respuesta que nosotros no habríamos escogido.
Quizás esto también nos ayude a mirar nuestra propia historia. Todos podemos recordar cosas que alguna vez quisimos desesperadamente. Algunas personas pueden mirar hacia atrás y agradecer hoy a Dios por puertas que nunca se abrieron. Por relaciones que terminaron. Por oportunidades que se perdieron. Por proyectos que fracasaron. Por caminos que no pudieron recorrer. En aquel momento quizá solamente pudieron llorar y preguntar: «Señor, ¿por qué?».
Años después pudieron decir: «Ahora entiendo un poco más».
Pero también debemos ser honestos: no siempre ocurre así. Hay oraciones cuya respuesta probablemente no comprenderemos durante esta vida. Hay sufrimientos que permanecen como preguntas abiertas.
Hay respuestas negativas de Dios que solamente entenderemos cuando estemos delante de él.
Y ahí aparece la verdadera cuestión de la fe. ¿Podemos confiar en Dios cuando no entendemos? El problema aparece cuando hacemos de nuestras circunstancias la medida de la bondad de Dios. Si todo sale bien, pensamos que Dios es bueno. Si algo sale mal, comenzamos a preguntarnos si todavía nos ama.
Pero la Biblia nos enseña a mirar en otra dirección. La medida definitiva del amor de Dios no es lo que sucede con nuestras circunstancias, ¡es Cristo! «El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros», pregunta Pablo, «¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?» (Rom 8.32).
Si Dios ya nos dio a su Hijo, podemos confiar en él incluso cuando no entendamos sus decisiones.
Porque quizás el mayor error que cometemos al orar es pensar que nuestro mayor bien consiste en recibir aquello que estamos pidiendo. La Biblia nos lleva a algo mucho más profundo: nuestro mayor bien es tener a Dios mismo.
De eso se trata la madurez espiritual. No significa dejar de pedir. No significa que nuestras peticiones sean irrelevantes. Jesús mismo nos enseñó a pedir, buscar y llamar. Significa que podemos pedir con toda nuestra alma y, al mismo tiempo, decir: «Señor, si tu respuesta es diferente de la mía, seguiré confiando en ti».
Porque Dios no es solamente quien responde nuestras oraciones. Dios es nuestro Padre. Y un buen padre no le da a su hijo todo lo que este pide. Le da lo que sabe que es bueno.
Tal vez algún día descubriremos que aquella puerta cerrada nos protegió. Tal vez comprenderemos que aquello que no recibimos nos libró de algo que no podíamos ver. Tal vez veremos cómo Dios utilizó una pérdida para llevarnos hacia él de una manera que jamás habríamos experimentado de otro modo. Y quizás algunas respuestas permanezcan ocultas hasta la eternidad.
Pero podemos seguir confiando. Porque nuestra esperanza no descansa en comprender todos los caminos de Dios (lo cual sería imposible), sino en conocer al Dios que camina con nosotros.
Pablo pudo decir: «Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman» (Rom 8.28).
No dice que todas las cosas sean buenas. Algunas cosas son profundamente dolorosas. Algunas lágrimas son reales. Algunas pérdidas dejan heridas que permanecen.
Lo que Pablo afirma es que Dios es suficientemente sabio, suficientemente poderoso y suficientemente bueno como para tomar incluso aquello que nosotros no habríamos escogido y utilizarlo para nuestro bien y para su gloria.
Por eso, cuando Dios diga «sí», demos gracias. Cuando diga «espera», aprendamos a esperar. Y cuando diga «no», aunque nos duela, aprendamos a confiar.
Porque una oración no respondida como nosotros esperábamos no significa que Dios no haya escuchado. Puede significar que él está haciendo algo que todavía no podemos ver.
Y quizás algún día, al mirar hacia atrás desde la eternidad, descubramos que algunas de las cosas que más lamentamos haber perdido fueron precisamente aquellas mediante las cuales Dios nos estaba dando algo infinitamente mejor.
¡Qué bueno que aprendamos a agradecer a Dios por las oraciones no respondidas!










