Cuando la espera tiene sentido

En 1953, el dramaturgo irlandés Samuel Beckett estrenó Esperando a Godot, una de las obras más conocidas del teatro del absurdo. La escena es sencilla: dos personajes, Vladimir y Estragón, esperan la llegada de alguien llamado Godot. No saben exactamente cuándo vendrá, ni parecen tener certeza de quién es. Sin embargo, siguen esperando. Hablan, discuten, recuerdan, consideran irse, vuelven a decidir esperar… pero Godot nunca llega.

La obra transmite una sensación profunda de vacío. El tiempo pasa, pero nada cambia. Esperan, pero no saben realmente qué esperan. Y, sobre todo, no encuentran en esa espera un significado que transforme su vida.

Quizás allí encontremos una de las imágenes más poderosas de la condición humana cuando vive sin Dios. Podemos llenar nuestros días de actividades, proyectos, preocupaciones, placeres y metas, y, sin embargo, llegar al final preguntándonos: «¿Para qué?». Podemos pasar la vida esperando que algo suceda que finalmente dé sentido a nuestra existencia: una oportunidad, una relación, una posición, una seguridad económica, un reconocimiento. Pero si aquello que esperamos no puede responder a las preguntas más profundas del corazón, tarde o temprano descubriremos que nuestra espera se parece demasiado a la de Vladimir y Estragón.

La Biblia, en cambio, nos presenta una esperanza completamente diferente. El cristiano también espera. Pero su espera no es vacía, ni absurda, ni carente de dirección. El cristiano espera porque tiene a Dios. Y tener a Dios cambia completamente el significado de la vida.

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Una esperanza centrada en una Persona

La gran diferencia entre la espera cristiana y una espera sin Dios no consiste simplemente en que el cristiano tiene mejores expectativas acerca del futuro. La diferencia fundamental es que nuestra esperanza tiene una Persona como objeto.

El salmista declara: «¿A quién tengo en los cielos? ¡Sólo a ti! ¡Sin ti, no quiero nada aquí en la tierra!» (Sal 73.25), y esta afirmación es extraordinaria. Asaf no dice que Dios sea simplemente quien le ayuda a conseguir aquello que realmente desea. Dice algo mucho más profundo: Dios mismo es su mayor bien.

Aquí se encuentra el corazón de la fe cristiana. El evangelio consiste en que, por medio de Cristo, Dios se entrega a nosotros y nos recibe como suyos.

Pablo lo expresa de una manera bellísima cuando dice que «todo es de ustedes», y luego agrega: «y ustedes son de Cristo, y Cristo es de Dios» (1 Cor 3.21-23).

Tenemos mucho más que una promesa para el futuro. Tenemos a Cristo ahora.

Por eso, incluso cuando la vida cristiana está atravesada por sufrimientos, incertidumbres y pérdidas, no estamos esperando en el vacío. Nuestra vida tiene un centro: Dios está con nosotros.

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Tener a Dios transforma incluso el sufrimiento

La Biblia nunca promete que quien pertenece a Dios dejará de sufrir. A decir verdad, nos enseña que el sufrimiento forma parte de este mundo caído. Pero nos revela algo que cambia completamente nuestra manera de atravesarlo: el sufrimiento no significa que Dios nos haya abandonado.

Job perdió sus bienes, sus hijos y finalmente su salud. Sus amigos intentaron explicarle su sufrimiento desde una lógica sencilla: si estás sufriendo, seguramente has pecado; si eres justo, Dios debería hacerte prosperar. Pero el libro de Job destruye esa manera superficial de entender la relación entre Dios y el sufrimiento.

Lo más importante es que, al final, Job no recibe simplemente una explicación de cada acontecimiento. Recibe algo mucho mayor: una revelación más profunda de Dios.

Después de encontrarse con el Señor, Job declara: «Yo había oído hablar de ti, pero ahora mis ojos te ven» (Job 42.5).

¡Qué impresionante! Job comenzó preguntando esencialmente: «¿Por qué me está pasando esto?». Y Dios no le entrega una explicación detallada de cada circunstancia. Le muestra quién es él.

Esto nos enseña algo fundamental: a veces Dios no responde nuestras preguntas dándonos explicaciones; responde revelándose a nosotros. Y cuando tenemos a Dios, aun aquello que no entendemos puede ser atravesado con esperanza.

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La presencia de Dios da sentido al presente

Podríamos pensar que el sentido de la vida cristiana está solamente en llegar al cielo. Sin duda, nuestra esperanza final está allí. Esperamos «un cielo nuevo y una tierra nueva, donde reinará la justicia» (2 P 3.13). Esperamos la resurrección, la restauración de todas las cosas y la presencia eterna de Dios.

Pero esa esperanza futura transforma nuestra vida presente.

Pablo escribe: «Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia» (Fil 1.21).

Cristo no es solamente el destino de nuestra vida; Cristo es el significado de nuestra vida ahora.

Trabajamos para él, amamos por él, servimos por él, sufrimos con él, perdonamos por causa de él. Criamos a nuestros hijos y nietos delante de él. Atravesamos nuestras pérdidas sostenidos por él. Y esperamos su regreso porque sabemos que él ha prometido regresar.

Nuestra vida deja entonces de ser una sucesión de acontecimientos sin conexión. Todo adquiere una dirección.

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Esperar a Dios es una espera activa

Hay otra diferencia importante entre la espera de Godot y la espera cristiana. Vladimir y Estragón permanecen esperando porque no saben qué otra cosa hacer. La espera parece paralizar su existencia. La espera bíblica, en cambio, nunca es una invitación a la pasividad.

El profeta Isaías dice: «Pero los que confían en el Señor recobran las fuerzas y levantan el vuelo, como las águilas; corren, y no se cansan; caminan, y no se fatigan» (Is 40.31).

Observemos los verbos: «levantan», «corren», «caminan». Esperar en Dios no significa cruzarnos de brazos. Significa vivir confiando en él mientras caminamos en obediencia.

El cristiano espera, pero mientras espera ama, sirve, ora y anuncia el evangelio… y permanece fiel.

Y esto es posible porque nuestra espera no depende de la incertidumbre acerca de quién vendrá. Sabemos quién viene. Jesús prometió: «Ciertamente, vengo pronto» (Ap 22.20). Y la respuesta de la Iglesia es: «Amén. ¡Ven, Señor Jesús!».

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La verdadera esperanza tiene nombre

Quizás una de las tragedias más grandes de nuestra época sea que muchas personas tienen esperanza en algo, pero no saben en quién poner esa esperanza.

Esperan que cambien las circunstancias, esperan encontrar felicidad, esperan tener suficiente dinero, esperan que una relación llene el vacío del corazón, esperan que el próximo proyecto les dé satisfacción, esperan que algún día llegue aquello que finalmente haga que todo valga la pena. Pero todas esas cosas son demasiado pequeñas para cargar con el peso de nuestra esperanza.

El cristiano puede perder muchas cosas y todavía decir con el salmista: «Aunque mi cuerpo y mi corazón desfallecen, tú, Dios mío, eres la roca de mi corazón, ¡eres la herencia que para siempre me ha tocado!» (Sal 73.26).

Esa es una gran diferencia. No esperamos a alguien que quizá nunca llegue. No vivimos aguardando que algún acontecimiento incierto finalmente nos dé significado. Hemos encontrado en Cristo aquello que el corazón humano busca desesperadamente: reconciliación con Dios, perdón, propósito, esperanza y vida eterna.

La vida cristiana es, en última instancia, aprender a descubrir que Dios mismo es nuestra herencia. Esperamos su reino, esperamos la resurrección, esperamos la restauración de todas las cosas, esperamos el regreso de Cristo. Pero, por encima de todo, esperamos estar para siempre con él.

Y esa espera no es inútil. Tiene sentido porque Aquel a quien esperamos ya está con nosotros. Como prometió Jesús a sus discípulos: «Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28.20).

Esa es la gran diferencia entre esperar a Godot y esperar a Dios. Godot nunca llega. Dios ya vino a nosotros en Cristo, permanece con nosotros por su Espíritu y volverá para llevar a los suyos a la plenitud de su presencia.

Podemos esperar confiados porque nuestra esperanza no descansa en que la vida finalmente se comporte como nosotros queremos. Descansar en que Dios es Dios, Cristo es nuestro Salvador y su promesa es segura. Y cuando tenemos a Dios, aun la espera tiene significado.

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