Hay una pregunta que puede resultar incómoda para cualquier cristiano: ¿mi manera de vivir acerca a las personas a Dios o las aleja de él? No estamos preguntando si nuestras obras pueden salvar a alguien. La respuesta bíblica es absolutamente clara: nadie puede salvarse por sus propias obras. «Ciertamente la gracia de Dios los ha salvado por medio de la fe. Ésta no nació de ustedes, sino que es un don de Dios; ni es resultado de las obras, para que nadie se vanaglorie» (Ef 2.8-9). La salvación es únicamente por gracia, por medio de la fe en Jesucristo.
Sin embargo, la Biblia también enseña que, aunque nuestras obras no salvan a nadie, nuestra manera de vivir influye profundamente en quienes todavía no conocen a Dios. Podemos ser un puente que facilite que otros escuchen el evangelio o una barrera que los haga tropezar.
Hay un pasaje en Malaquías que expresa esta verdad con una fuerza extraordinaria. Dios recuerda cómo fue la vida de Leví: «En sus labios estuvo la ley verdadera, y nunca pronunció nada inicuo; anduvo conmigo en paz y en justicia, e hizo que muchos se apartaran de la maldad» (Mal 2.6).
¡Qué hermosa descripción! Leví caminaba con Dios y, como consecuencia, muchos se apartaban de la maldad. Su vida no era la fuente de la verdad; la verdad procedía de Dios. Tampoco era él quien producía la transformación en aquellas personas. Pero su fidelidad hacía que otros pudieran escuchar, comprender y seguir el camino correcto.
El problema es que los sacerdotes de los días de Malaquías habían distorsionado completamente esa realidad. Dios les dice: «Pero ustedes se han apartado del camino; han hecho tropezar a muchos en la ley; han corrompido el pacto de Leví. Lo digo yo, el Señor de los ejércitos» (Mal 2.8).
Los sacerdotes, que debían conducir al pueblo hacia Dios, se convirtieron en una piedra de tropiezo. Su enseñanza y su conducta hacían que otros se desviaran. La diferencia entre ambos textos radica en esto: unos vivían de tal manera que
señalaban hacia Dios, mientras que los otros vivían de tal manera que oscurecían su carácter.
Aquí aparece una verdad que necesitamos recuperar: el evangelio de la gracia nunca es una invitación a vivir de cualquier manera.
Pablo lo expresa maravillosamente en Efesios. Primero afirma que somos salvados por gracia, «no por obras» (2.8-9). Pero inmediatamente añade: «Somos hechura suya; hemos sido creados en Cristo Jesús para realizar buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que vivamos de acuerdo con ellas» (2.10). Las buenas obras no son la raíz de nuestra salvación, son su fruto.
No obedecemos para que Dios nos ame. Obedecemos porque Dios ya nos ha amado. Vivimos santamente porque, por gracia, Cristo nos ha hecho ciudadanos de su reino. Hacemos buenas obras porque, en Cristo, hemos sido hechos hijos de Dios.
Es como un árbol: no produce fruto para convertirse en árbol, sino que produce fruto porque está vivo. De la misma manera, el cristiano no hace buenas obras para conseguir la salvación; las buenas obras brotan en su vida porque la gracia de Dios lo está transformando.
Por eso Pablo puede decir que «la gracia de Dios se ha manifestado para la salvación» y, al mismo tiempo, que esa misma gracia nos «enseña» a «renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y vivir en esta época de manera sobria, justa y piadosa» (Tito 2.11-12). La gracia que perdona es también la gracia que transforma.
Jesús utilizó otra imagen al decir: «Ustedes son la luz del mundo […] Que la luz de ustedes alumbre delante de todos, para que todos vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre, que está en los cielos» (Mt 5.14, 16).
Nuestra vida se parece a una ventana: no produce la luz, pero permite que se vea a través de ella. Si está cubierta de suciedad, oscurecerá lo que hay detrás. De igual manera, nuestra conducta puede permitir que otros vean a Cristo con claridad, o puede dificultar que lo distingan.
Cuántas personas se han negado a escuchar el evangelio porque conocieron a cristianos cuya vida contradecía lo que predicaban. Sin duda, no es justo juzgar a Cristo por las fallas de sus seguidores, pero debemos reconocer que muchos lo hacen. Y aunque su conclusión sea equivocada, nuestra responsabilidad de vivir fielmente permanece.
Pensemos en quien habla continuamente del amor de Dios, pero trata con desprecio a su familia. En quien proclama la verdad, pero miente por conveniencia. O en quien habla de perdón, pero alimenta resentimientos. Ninguna de esas contradicciones demuestra que el evangelio sea falso, pero sí pueden hacer que alguien tropiece antes de llegar a escucharlo.
Por eso Pedro exhorta a los creyentes a mantener «una buena conducta entre los no creyentes» para que, aun cuando sean acusados injustamente, quienes observen su estilo de vida «glorifiquen a Dios» (1 P 2.12).
No se trata de aparentar perfección; el mundo no necesita cristianos que pretendan ser impecables. Necesita hombres y mujeres que, siendo conscientes de sus fallas, vivan en arrepentimiento, humildad, integridad y dependencia de Cristo. Una vida cristiana auténtica es una vida que ya no puede sentirse cómoda con el pecado.
Esta responsabilidad de dar un testimonio claro nos conecta directamente con la misión a la que fuimos llamados. En Ezequiel encontramos la imagen del atalaya. Dios le dice al profeta: «A ti, pues, hijo de hombre, te he puesto por atalaya a la casa de Israel; oirás la palabra de mi boca, y los amonestarás de mi parte» (Ez 3.17).
El atalaya no salva a la ciudad ni puede detener al enemigo por sí mismo; su deber consiste en ver el peligro y dar la voz de alarma. Es el Espíritu Santo quien convence de pecado, justicia y juicio (Jn 16.8), pero Dios nos ha llamado a advertir, anunciar, testificar y vivir de tal manera que nuestro mensaje sea creíble. Nuestra vida y nuestras palabras deben caminar juntas.
Pablo le escribió a Tito que los creyentes deben mostrarse «fieles en todo, para que en todo engalanen la doctrina de Dios, nuestro Salvador» (Tito 2.10). El evangelio es hermoso por sí mismo y no necesita que lo hagamos más verdadero, pero nuestra conducta puede hacerlo visible, atractivo y coherente ante los ojos de quienes nos observan.
Si hemos vivido fielmente, hablado con amor y dado un testimonio sincero, pero alguien rechaza a Cristo, no debemos pensar que hemos fracasado. Jesús mismo fue rechazado por muchos; Pablo predicó con fidelidad y también encontró oposición. La salvación sigue siendo obra de Dios.
Sin embargo, precisamente porque no podemos salvar a nadie, debemos ser aún más cuidadosos para no convertirnos en un obstáculo innecesario.
Tal vez por eso la confrontación en Malaquías sigue siendo tan pertinente para nosotros: ¿somos como aquel Leví de quien Dios dijo que «a muchos hizo apartar de la maldad»? ¿O nos parecemos más a aquellos sacerdotes de quienes tuvo que decir que «han hecho tropezar a muchos»?
Quizás alguien esté observando nuestra vida hoy sin que lo sepamos: un vecino, un compañero de trabajo, un familiar o un amigo; alguien que sabe que somos cristianos y que, silenciosamente, intenta descubrir si nuestra fe es real.
Recordemos siempre que somos testigos del evangelio, llamados a reflejar la luz y a señalar al Salvador. La gracia no nos libera de la responsabilidad de vivir piadosamente; nos libera para poder hacerlo.










