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¿De dónde vino la Biblia?

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La Biblia no vino volando desde el cielo, escrita en páginas de oro. La Biblia fue escrita por seres humanos quienes fueron inspirados por Dios.

Los primeros cinco libros del Antiguo Testamento fueron escritos por Moisés y los conocemos como el Pentateuco. La mayoría de los libros de la Biblia llevan el nombre de sus autores. Todos los libros del Antiguo Testamento fueron escritos por autores judíos. Esos libros fueron escritos en rollos, coleccionados, y atesorados como «La Torá», y así pasaron de generación a generación. El último libro del Antiguo Testamento fue escrito alrededor del año 400 a.C. 

El Nuevo Testamento fue escrito por discípulos de Jesús. Los primeros cinco libros son históricos —los cuatro Evangelios y el libro de los Hechos—, y el último libro —Apocalipsis— fue dado a su autor, el apóstol Juan, por el mismo Jesucristo en forma de visión. El resto de los libros del Nuevo Testamento son llamados «Epístolas», que es la palabra griega para «Cartas».

A medida que los apóstoles llevaron la Buena Noticia a lo largo y ancho del Imperio romano, se concentraron en las ciudades más grandes. Cuando las personas que habitaban las ciudades se hacían cristianas comenzaron a reunirse para adorar a Dios y estar en comunión, y lo hacían en pequeños grupos. Cuando los apóstoles dejaban esas ciudades, querían ver, de tanto en tanto, cómo iban esos grupos y ofrecerles algunos consejos y recordarles algunos mandamientos.

Como en aquel tiempo no había teléfonos móviles ni correo electrónico, los apóstoles utilizaban un método muy bueno: el sistema postal del Imperio romano.

Lo hacían pidiéndole a alguien que llevara alguna carta a diferentes ciudades. A menudo, comenzaban sus cartas en griego de la siguiente manera —o algo similar—: «A los hermanos de la ciudad de…». Como consecuencia de esa práctica, la mayoría de las cartas se hicieron conocidas por el nombre de los habitantes de la ciudad a la que iba dirigida; por ejemplo: «Efesios», «Corintios», etc. Las cartas no son sermones religiosos, sino más bien información práctica sobre cómo vivir una vida cristiana victoriosa.

Los grupos de cristianos en las diferentes ciudades comenzaron a intercambiarse sus cartas con las de otras ciudades. Por consecuencia, aquellos grupos comenzaron a coleccionar las cartas y libros enviados por los apóstoles.

Finalmente, a mediados del año 300 d.C., los diferentes grupos ubicados en el Imperio romano enviaron representantes a un «concilio» para unirse en oración y ponerse de acuerdo sobre cuáles cartas y libros deberían ser considerados para conformar las Escrituras. En aquella ocasión, decidieron qué libros debían ser considerados como parte integrante de la Escrituras, que es lo que tenemos hoy en día y conocemos como el Nuevo Testamento.

Hubo también otros libros que se consideraron en aquella ocasión y sobre los cuales hubo consenso de no incluirlos en las Escrituras; hoy los conocemos como libros o cartas apócrifos, y si bien tienen un valor histórico, no forman parte del Nuevo Testamento. En oración y búsqueda de Dios, aquellos hombres decidieron dejar afuera aquellos libros que no conformaban las Escrituras.

A lo largo de los siglos y generaciones, la Biblia fue preservada por monjes que creían firmemente que estaban copiando la Palabra de Dios. Por lo tanto, aquellos monjes fueron extremadamente cuidadosos en su tarea. 

Hoy, la Biblia que tenemos en nuestras manos, gracias a la búsqueda de Dios por el hombre, representa el compromiso, sacrificio y devoción de mucha gente que la escribió y preservó para nosotros. 

¿Por qué no abrirla y leerla ahora mismo?  

«Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra.» 2 Timoteo 3.16-17, RVC. 

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