Distribuir la Biblia sea cual fuere el costo

Distribuir la Biblia sea cual fuere el costo

Julián Hernández fue un personaje nacido en España el 22 de diciembre de 1560. Incluso los estudiosos católicos han reconocido su importancia en la Reforma protestante en España, sobre todo en Sevilla. El erudito católico Marcelino Menéndez y Pelayo, en su Historia de los heterodoxos españoles, se refiere a él como «el más activo de todos los reformadores» (Menéndez y Pelayo, Marcelino. «Historia de los heterodoxos españoles» (HTML). Consultado el 29 de mayo de 2024.

Su estrategia

Con la pena de muerte pendiendo sobre su cabeza, Julián Hernández, una vez más, se abrió camino a través de los Pirineos, con sus paredes rocosas cubiertas de nieve, llevando su cargamento prohibido a lomo de mula. Cada soldado, guardia y funcionario de aduana había sido instruido por decreto real para capturar el cargamento que transportaba.

El decreto también había dictado la pena de muerte a cualquiera que supiera o sospechara del paradero del cargamento y no lo declarara. ¿Quién podría escapar a la amplia red extendida a través de España para capturar este tipo de cargamento? El intrépido y osado Julián Hernández fue uno de ellos.

Al llegar a su destino, Sevilla, luego de haber viajado cientos de kilómetros, su precioso cargamento fue descargado y distribuido, a través de un complejo sistema, a los centenares de cristianos secretos que dependían del cargamento para su crecimiento y supervivencia. Aun así, Julián seguía arriesgándose, porque era conocido por las autoridades como el contrabandista de literatura prohibida.

¿Cómo sobrevivió? ¿Por qué arriesgaba su vida? ¿Cómo pudo burlar consistentemente a las autoridades que trataban de apresarlo? Hay pocos ejemplos en la historia de tanta creatividad y astucia: Julián era suave y, sin embargo, astuto.

¿Quién hubiera soñado que los barriles de finísimo vino importado estuvieran cuidadosamente sellados y que contenían docenas de copias del Nuevo Testamento en castellano, que estaban terminantemente prohibidos en España? Las autoridades españolas habían catado los excelentes vinos en cada ocasión que habían examinado a Julián, pero su plan había sido perfecto. Sin embargo, Hernández no se arriesgaba a usar el mismo engaño cada vez; era prolífico en producir nuevas ideas, astutamente exitoso en lograr lo imposible.

Julián había tenido un pasado humilde; había nacido en el campo con pocas posibilidades de lograr una educación. Siendo joven había viajado a Alemania, y había conseguido un puesto de aprendiz en una imprenta. Si

bien no sabemos con seguridad dónde había entrado en contacto con la Biblia y el mensaje de la Reforma, tal vez fue en la imprenta, trabajando como tipógrafo para alguno de los reformadores españoles como Juan de Valdés o el Dr. Enzinas. El mensaje provocaba en su corazón la necesidad de volver a su tierra natal, España, para comunicar la luz que había transformado su vida. Pronto lo encontramos de nuevo en Sevilla sirviendo a la iglesia subterránea como diácono.

En Alemania, Julián había visto el poder de la Biblia impresa y de la literatura de la Reforma; él mismo había sido tocado grandemente a través de la lectura. Había reconocido la tremenda necesidad que había en España para esa literatura, que podía edificar y guiar a los nuevos cristianos. Pero, ¿cómo podía escapar de la extensa red esparcida por un gobierno resuelto a que no hubiera ninguna reforma en España? El rey Felipe II declaró que, personalmente, quemaría vivo a su propio hijo si descubriera que tenía ideas reformistas. Muchos habían sido quemados vivos solo por expresar que tenían simpatía por los reformadores.

Una vez más, Julián abandonó España para ir a Alemania, pero al llegar encontró que los reformadores españoles exiliados habían abandonado Alemania. Escuchó que habían ido a Ginebra, Suiza, por lo que partió hacia allí. Julián era tan pobre que no podía comprar el cargamento deseado, por lo que en Ginebra otra vez consiguió trabajo como tipógrafo, y con sus escasos recursos comenzó a comprar los libros prohibidos. En el proceso conoció al Dr. Juan Pérez de Pineda, un reformador exiliado y traductor del Nuevo Testamento al español. En su labor, Juan Pérez se valió de la traducción del Dr. Francisco de Enzinas, cuyo Nuevo Testamento fue publicado en Amberes, en 1543. Julián se convirtió en asistente de Juan Pérez, pero no podía establecerse y estar satisfecho con una vida cómoda y segura cuando su gente precisaba la verdad.

Con justificada razón, Patrick Collinson escribe que la Reforma fue una «inundación de palabras en forma impresa». La imprenta de tipos móviles fue una aliada de quienes, a partir del 31 de octubre de 1517 (cuando Lutero fijó sus famosas 95 tesis sobre las puertas de una iglesia en Wittemberg), fueron acrecentando su amor por las Escrituras. La cadena de autores, traductores y editores necesitaba un eslabón vital para verse completada: distribuidores que hicieran llegar el material impreso a sus eventuales lectores.

Pronto lo encontramos cargando su precioso cargamento sobre mulas: los Nuevos Testamentos recientemente impresos en castellano, escondidos en el fondo de los barriles de vino, expresamente preparados para tal fin. ¡Cuánto debió haber orado en su camino de Francia a España! Sabía que necesitaba la aprobación de la aduana en la frontera para poder sobrevivir, reconociendo que era imposible escapar a todos los controles, a pesar de lo mucho que lo intentara. Compartía generosamente el buen vino Borgoña con las autoridades de la frontera, y Dios respondía a sus oraciones: pudo pasar sin problemas. En los días siguientes, continuaba compartiendo su vino en los puentes y entradas a las ciudades donde era controlado. Cada vez, Dios le dio gracia ante los controladores que, regularmente, abrían todos los paquetes buscando los libros prohibidos. Julián llegó a su destino con su preciosa carga. En los meses siguientes, este siervo incansable entregó la Palabra de Dios a cada grupo de lucha y estableció depósitos de Biblias y de otros libros a lo largo y ancho del país. También se convirtió en el agente de enlace entre los distintos grupos: relacionándolos unos con otros, así como con la iglesia fuera de España.

En una obra publicada en 1567, titulada Artes de la Santa Inquisición Española, y de autor anónimo (aunque algunos especialistas la atribuyen a Casiodoro de Reina, monje huido de San Isidro del Campo y posterior traductor de la Biblia del Oso, que inicia su circulación en 1569), se narra que el núcleo protestante sevillano estaba integrado por 800 personas y que, a ese círculo, Julianillo entregaba la literatura protestante prohibida en España.

No sabemos cuántos viajes hizo; solo sabemos por boca de sus enemigos que cientos de libros fueron llevados al país. También escribieron de las artimañas y ardides, que luego fueron descubiertos, que Julián utilizó para sus cargas. Sin embargo, su vida se complicaría.

Un herrero a quien Julián le había entregado un Nuevo Testamento lo denunció a la Inquisición.

A pesar de ser torturado, no expuso los nombres de los creyentes. Los inquisidores sabían que poseía secretos, lugares de reuniones, depósitos de libros y los nombres de los reformadores en España y fuera de ella. Para quebrantarlo llevaron a miembros de su familia que le rogaban que no siguiera en esa postura a fin de no ser torturado, pero todo fue en vano. Ni una sola vez, denunció o dio alguna información a sus torturadores.

De su valerosa actitud, M’Crie escribió: «Recurrieron a todas las artes engañosas en que eran maestros, a fin de arrancarle a Hernández su secreto. En vano emplearon promesas y amenazas, interrogatorios y careos, a veces en la sala de audiencias y a veces en su celda… Cuando lo interrogaban sobre su fe, respondía francamente; y aunque desprovisto de las ventajas de una educación liberal, se defendía con valentía silenciando a sus jueces y a los eruditos que ellos traían para refutarle, por su conocimiento de las Escrituras solamente. Pero cuando se le preguntaba quiénes eran sus maestros y compañeros religiosos, se negaba a proferir palabra. Hernández demostró una firmeza muy superior a su fuerza física y a sus años: durante los tres años completos que permaneció en la prisión, fue sometido frecuentemente al tormento… pero en cada nueva oportunidad aparecía ante ellos con una insubyugable fortaleza» (Historia de la Reforma en España, Editor Dr. M. Gutiérrez Marín, editorial Producciones editoriales del nordeste. Barcelona, España:1973).

Finalmente, luego de tres años preso, fue liberado… por así decirlo. Sin lograr ningún éxito en cuanto a su confesión, Julián sería quemado vivo.

Cuando lo estaban sacando del calabozo vio a sus compañeros por primera vez en tres años, presos como él, y les dijo: «¡Valor, compañeros! Es hora que nos demostremos a nosotros mismos que somos soldados valerosos de Jesucristo… en pocas horas recibiremos el premio de la aprobación de nuestro Señor».

Al llegar al lugar donde sería ejecutado, se arrodilló y besó el suelo. Luego se levantó y decididamente fue hacia el lugar donde sería amarrado y quemado. El fuego fue encendido inmediatamente, y pronto las llamas rodearon el cuerpo de Julián. De repente, un guardia le clavó su lanza, liberándolo del suplicio.

Así murió Julián, un siervo fiel y humilde aún hasta la muerte. Pronto lo veremos con la corona de la vida.

El caso de Julián Hernández asombra. Su convicción en la necesidad de distribuir la Biblia y el costo que le significó deben tenerse en cuenta por quienes se interesan en la difusión de la Palabra de Dios.

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