1¿Dónde está Dios? «En los días de Asuero, es decir, el Asuero que reinó sobre ciento veintisiete provincias, desde la India hasta Etiopía, sucedió que fue afirmado su trono, que estaba en Susa, capital del reino. En el tercer año de su reinado, Asuero ofreció un banquete a todos sus príncipes y cortesanos, en el que estuvieron presentes los personajes más poderosos de Persia yd e Media, y también gobernadores y príncipes de provincias»
Ester1.1–3
Una reacción natural de cualquiera que lea el libro de Ester es preguntarse: «¿Dónde está Dios en este libro?». Es uno de los dos libros de la Biblia que no mencionan a Dios por nombre (el otro es el Cantar de los Cantares). ¿Por qué esta omisión? Aunque comentaristas y estudiosos han propuesto todo tipo de explicaciones, la razón fundamental por la cual el nombre de Dios no aparece podría ser la más sencilla: porque él no quiso que estuviera allí. Pero eso nos lleva a una pregunta aún más profunda: ¿por qué Dios no querría que su nombre apareciera en la historia de Ester?
Tal vez sea porque Dios desea enseñarnos que habrá momentos en la vida en los que parecerá estar ausente, pero no lo está.

Charles Spurgeon escribió: «Aunque el nombre de Dios no aparece en el libro de Ester, el Señor mismo está allí de la manera más evidente en cada incidente que se relata… He visto retratos con los nombres de las personas a quienes representan, y ciertamente los necesitaban. Pero todos hemos visto otros que no requerían nombre alguno, porque eran tan conocidos que, al mirarlos, uno los reconocía de inmediato».
Entonces, aunque el nombre de Dios está ausente en Ester, su presencia es supremamente evidente. Él actúa en la negativa de la reina persa Vasti a acceder a las exigencias airadas de su esposo (Ester 1.12). Actúa en la belleza de la joven judía que da nombre al libro, Ester (2.7). Actúa en los patrones de sueño del rey y en sus decisiones de lectura (6.1). Y actúa al frustrar el odio del primer ministro del rey, Amán (8.7-8, 17). Ester vivió «en los días de Asuero», el poderoso rey persa. Pero también vivió en los días del Dios Creador todo poderoso, que reina desde lo alto. Y nosotros también vivimos en esos mismos días.
A lo largo de la Escritura encontramos ejemplos donde Dios parece ausente, pero su mano está guiando silenciosamente cada paso. Uno de los más conmovedores es la historia de José. Sus hermanos lo vendieron como esclavo, fue acusado injustamente en Egipto y terminó en prisión. Nada en su experiencia inicial sugería la intervención de Dios. De hecho, durante varios capítulos en Génesis, no aparece una sola palabra que indique que Dios habló directamente con José o realizó un milagro a su favor. Y, sin embargo, al final del relato, José declara con claridad absoluta la presencia invisible de Dios: «Ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios cambió todo para bien, para hacer lo que hoy vemos, que es darle vida a mucha gente» (Génesis 50.20). Lo que parecía una seguidilla de tragedias sin explicación era, en realidad, parte del plan de Dios para preservar la vida de su pueblo.

Otro ejemplo es el de Rut, una viuda extranjera que llegó a Belén sin recursos, sin marido, sin hijos y sin esperanza humana. Nada en su llegada a Judá indicaba que la mano de Dios la estaba guiando. Pero cuando «casualmente» entró en los campos de Booz (Rut 2.3), la Escritura nos deja entrever que aquellas «coincidencias» eran, en realidad, elementos de la providencia de Dios. La historia concluye con la genealogía de David (Rut 4.17), recordándonos que, incluso cuando Dios no se menciona explícitamente, está obrando para tejer algo mucho más grande que nuestras circunstancias presentes.
Así como en Ester, José y Rut, Dios sigue actuando hoy en los rincones silenciosos de tu vida. Aunque no lo veas, él está escribiendo una historia que terminará mostrando su fidelidad.
La historia que se va desarrollando en nuestra vida siempre nos revela que Dios está en los detalles. El libro de Ester deja claro que Dios no solo está presente en los «rayos» de su intervención poderosa—como en la apertura del Mar Rojo (Éxodo 14) o la calma de la tormenta (Marcos 4.35–41)—,sino también en la rutina diaria. En los acontecimientos comunes, Dios está cumpliendo su propósito.
Tal vez te encuentres en medio de una profunda oscuridad y en circunstancias que buscan abrumarte. Si es así, ora para que Dios te ayude a oír su Palabra, que promete: «Nunca te dejaré ni te abandonaré»(Hebreos 13.5); que nos asegura que «Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman, es decir, de los que él ha llamado de acuerdo a su propósito» (Romanos 8.28); y que nos llama a echar «sobre el Señor tu carga, y él [nos] sustentará» (Salmos55.22).
Por las promesas en su Palabra—y por las muchas experiencias de cristianos a lo largo de la historia—, podemos estar seguros de que, aunque Dios parezca estar más ausente en tu vida, él sigue obrando.










