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El canon del Nuevo Testamento — Parte 2

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El canon

La situación interna de la iglesia

Desde el primer siglo —y de ello tenemos testimonio en los escritos del NT— los dirigentes cristianos hubieron de enfrentarse a problemas que tenían que ver no solo con aspectos prácticos de la vida cristiana personal y comunitaria (cuestiones morales y de relaciones personales), sino también con desviaciones doctrinales, resultado de la incomprensión —o de la distorsión intencionada— del significado del evangelio. En varios libros del NT podemos ver esta lucha de aquellos primeros escritores cristianos.

Por Plutarco Bonilla Acosta

Con el pasar del tiempo, los problemas fueron creciendo y haciéndose cada vez más agudos. El acelerado crecimiento del cristianismo contribuyó también a ello, además de otros factores. Entre estos podemos mencionar los siguientes: el natural proceso de transformación desde un movimiento con «mística» y visión hasta una institución que tenía que gastar gran cantidad de energía en resolver sus asuntos internos (el menor de los cuales no era la administración) y en cuidar su supervivencia; el tránsito desde una comunidad perseguida a una comunidad primero tolerada, luego protegida y finalmente asimilada al poder político y capaz de perseguir 15 (o, en otros términos, el paso del cristianismo a la cristiandad); la incorporación a la nueva fe, durante los primeros siglos, de muchas personas que, antes de su conversión, habían sido muy bien formadas de acuerdo con la cultura helenística dominante, no cristiana; la carencia del instrumental ideológico y técnico (además del lexicográfico) para profundizar y expresar, desde adentro de la fe, la inteligencia de esa misma fe; la «oferta» que le hacía al cristianismo el contexto sociocultural, del instrumental ideológico, técnico y lexicográfico provisto por la prevaleciente cultura helenística (sobre todo en el oriente cristiano, donde se elabora, en su primera etapa, la teología cristiana); la entrada al cristianismo (sobre todo en la época constantiniana) de gran número de personas que lo hicieron por razones no «teológicas», sin que hubiera realmente conversión.

Surgieron entonces las controversias doctrinales, en algunas de las cuales se vio envuelto todo el mundo cristiano. Por supuesto, no todas suscitaron el mismo interés (algunas estaban circunscritas a una región) ni tenían igual importancia. Pero desde el principio se vio una necesidad imperiosa: la de contar con un corpus propio de libros sagrados que pudieran servir como punto de referencia y como fuente y criterio a la hora de tomar decisiones doctrinales. En otras palabras: hacía falta establecer un canon.

El canon del Nuevo Testamento — Parte 2

Como es de esperar, la conciencia de esta necesidad no fue algo que irrumpió repentinamente en los círculos cristianos. Es más, los cristianos de los primeros siglos, como ya se indicó, llegaron a considerar que algunos libros que actualmente no forman parte de nuestro NT sí eran parte del canon. Este hecho es fundamental para entender el panorama que hoy se nos presenta en el marco general del cristianismo, pues no todos los cristianos aceptan el mismo conjunto de libros canónicos.

En líneas anteriores mencionamos algunos de esos libros que fueron citados como fuentes de autoridad por los escritores cristianos. A este respecto, es necesario ampliar nuestra comprensión de aquel período. Esos mismos cristianos, incluidos los autores de los libros que componen el NT, se sentían en libertad de citar, en sus obras, escritos que no eran parte del canon del AT, tal como este se acepta hoy por la mayoría de las iglesias protestantes. En efecto, encontramos en el NT alusiones a textos o historias que pertenecen a los libros deuterocanónicos; aún más, como fuente importante, y no como mero adorno literario, hay citas de libros que pertenecen al grupo de los llamados pseudoepígrafos (o apócrifos, según otra nomenclatura).16

Esta libertad de uso, junto al hecho de que los libros sagrados de la primera comunidad cristiana eran los que habían recibido del judaísmo, explica que cuando empiezan a hacerse las primeras listas de los nuevos libros admitidos por la iglesia aparezcan en ellas algunos de los que hoy nos extrañamos… y no aparezcan otros que todas las comunidades cristianas de nuestra época aceptan como canónicos. Veamos, a vuelo de pájaro, los siguientes hechos:

Recepción de los libros y autoridad conferida

Los escritos de los apóstoles y de los otros seguidores de Jesús (especialmente la mayoría de aquellos escritos que luego se incluyeron en el conjunto que llamamos NT) gozaron desde muy temprano de una calurosa recepción y se convirtieron en fuente de autoridad para los escritores cristianos de los años subsiguientes. Cuando se leen los escritos de los Padres apostólicos 17 puede notarse la presencia, en ellos, de la enseñanza apostólica, tal como la conocemos por los libros ahora canónicos. Hay citas, en esos escritos, de todo el NT, con excepción de los siguientes libros: Filemón, 2 de Juan y 3 de Juan. Los siguientes se citan muy poco: 2 de Pedro, Santiago y Judas.

Algunos tratados de los Padres apostólicos —fundamentalmente pastorales—, por la naturaleza de su contenido, por la autoridad de su autor y por su cercanía temporal y temática a la enseñanza de los apóstoles, gozaron de gran simpatía, prestigio y aceptación. Aun cuando se basaban en lo que habían transmitido los discípulos de Jesús (de ahí el recurrir a las citas de las obras de estos últimos), muy pronto esos mismos escritos comenzaron a ser citados como libros de igual autoridad: los miembros de la comunidad los leían como si fueran parte de las «escrituras cristianas».

Los Padres de la iglesia

El período inmediatamente posterior al de los Padres apostólicos se conoce como el de los «Padres de la iglesia». Algunos dividen este período, a su vez, en tres etapas (que no tienen necesariamente secuencia cronológica): la etapa apologética (los Padres apologistas), la polémica y la científica. Fue entonces cuando recrudecieron los problemas doctrinales, tanto por los ataques externos de los enemigos del cristianismo como por dificultades internas, causadas por el sano deseo de profundizar en la inteligencia de la fe y en la comprensión de la enseñanza. De hecho se trató, en este último aspecto, de reducir cada vez más el ámbito del misterio; o sea, se intentó «explicar» todo aquello que pudiera ser explicable, incluso después de aceptar la irrupción del misterio o del milagro. Por ejemplo, aceptada, como hecho y como milagro, la encarnación, se buscó explicar cómo se unen las dos naturalezas (humana y divina) en la persona de Jesús. Lo mismo, respecto de la persona y la voluntad. Y otro tanto en relación con la doctrina de la Trinidad.

Los esfuerzos fueron múltiples, y variadas las soluciones propuestas. Desafortunadamente, las nuevas relaciones entre el cristianismo y el Imperio romano hicieron que intereses políticos no se mantuvieran ajenos a las controversias teológicas.18

No es de extrañar, dadas esas circunstancias, que este período nos ofrezca una gran riqueza de producción literaria: amplia y variada, en la que están representados los diferentes bandos teológicos en pugna.19

Marción

En el siglo II apareció un personaje de cuya vida tenemos muy pocos datos: Marción. Al parecer, fue excomulgado de la iglesia por su propio padre (quien, por tanto, debió ser obispo). Luego se afilió a la comunidad cristiana de Roma, y también de allí lo expulsaron (probablemente en el 144 d.C.). 20Influido por creencias no cristianas, consideró que el Dios de quien habla el AT no es el Dios verdadero, por lo que rechazó, en bloque, todos los libros de la Biblia hebrea. Por aquel entonces no se había establecido en la iglesia ningún canon, y por eso bien puede afirmarse que fue Marción el primero que definió un canon de libros cristianos. Según él, estaba constituido por el Evangelio de Lucas y por diez de las epístolas paulinas (todas menos las cartas pastorales; Hebreos no cuenta). Aun en esos libros que aceptó, Marción hizo recortes, pues consideraba que la iglesia había manipulado el texto y lo había pervertido.

Los rollos del Mar Muerto —Parte 2

La acción de Marción fue muy significativa. Muchos escritores cristianos lo atacaron. Fue condenado en el 144 d.C. Pero su atrevimiento dio inicio, en cierto sentido, a un proceso que llevaría a la definición de un canon «cerrado». «La polémica contra las pretensiones de los gnósticos de disponer de tradiciones secretas y contra las de Marción de escoger y corregir los textos, rechazando además las Escrituras hebreas, contribuyó a reforzar la conciencia del privilegio que tenían los escritos juzgados como apostólicos, en función de la acogida que obtuvieron entre las principales iglesias y teniendo en cuenta los criterios internos de seriedad y ortodoxia».21

Ya por el año 200 d.C. se había aceptado la idea del canon y se había compilado una buena parte de su contenido; sin embargo, no había unidad de criterio en cuanto a la totalidad de los libros que lo constituirían. Este hecho se percibe muy bien por las dudas y variaciones presentadas en las listas que surgieron en diversos lugares donde el cristianismo se había desarrollado.

Taciano

Antes de finales del siglo II, Taciano —que había sido discípulo de Justino Mártir— escribió su Diatessaron (c. 170 d.C.), que es una armonía de los cuatro evangelios. Este hecho muestra que, para esa fecha, ya se consideraba que los evangelios canónicos eran esos cuatro.

El Fragmento Muratori

De finales del siglo II o principios del III, este manuscrito contiene una lista de libros del NT, escrito en latín, conocido como el Fragmento Muratori, por el nombre del anticuario y teólogo que descubrió el documento: Ludovico Antonio Muratori.22
En el Fragmento Muratori se mencionan, como libros aceptados, 22 de los que componen nuestra versión del canon del NT. Faltan los siguientes: Hebreos, Santiago, 1 y 2 de Pedro, 3 de Juan. Pero se añaden, como aceptados, otros dos libros: Apocalipsis de Pedro y Sabiduría de Salomón. Además, se da una lista de obras que fueron rechazadas por la iglesia, por diversas razones.

El canon del Nuevo Testamento — Parte 2

Orígenes

Por su parte, el gran Orígenes (quien murió alrededor del año 254 d.C.), indica que son aceptados veintiún libros del actual canon de veintisiete; pero hay otros que él cita como «escritura», como la Didajé y la Carta de Bernabé. Luego menciona entre los textos acerca de cuya aceptación algunos dudaban, los siguientes: Hebreos, Santiago, Judas, 2 de Pedro, 2 y 3 de Juan, además de otros libros (como la Predicación de Pedro o los Hechos de Pablo).23

Eusebio de Cesarea

Eusebio de Cesarea nos presenta, en su Historia eclesiástica, una síntesis de la situación a principios del siglo cuarto, en cuanto al estatus de los libros sagrados dentro del cristianismo. Dice así el padre de la historia eclesiástica:

«En primer lugar hay que poner la tétrada santa de los Evangelios, a los que sigue el escrito de Hechos de los Apóstoles.
»Y después de este hay que poner en lista las Cartas de Pablo. Luego se ha de dar por cierta la llamada 1 de Juan, también la de Pedro. Después de estas, si parece bien, puede colocarse el Apocalipsis de Juan, acerca del cual expondremos oportunamente lo que de él se piensa.
»Estos son los que están entre los admitidos [griego: homolo- goumena]. De los libros discutidos [antilegomena], en cambio, y que, sin embargo, son conocidos de la gran mayoría, tenemos la Carta llamada de Santiago, la de Judas y la 2 de Pedro, así como las que se dicen ser 2 y 3 de Juan, ya sean del evangelista, ya de otro del mismo nombre.
»Entre los espurios [noza] colóquense […] aun, como dije, si parece, el Apocalipsis de Juan: algunos, como dije, lo rechazan, mientras otros lo cuentan entre los libros admitidos».24

Resumen

¿Qué nos enseña todo este proceso?
Primero, que el camino de la recepción y aceptación como libros privilegiados de un determinado número de textos a los que se les reconoció especial autoridad en las comunidades cristianas fue un proceso propio y natural de esas mismas comunidades. No fue resultado de una decisión consciente, de tipo jerárquico o conciliar. Las comunidades cristianas recibieron con alegría, respeto y hasta reverencia las comunicaciones (epístolas, por ejemplo) de los apóstoles o de otros dirigentes de la iglesia, y las aceptaron como documentos que poseían autoridad. Las leían y releían y las compartían con otras comunidades hermanas. Movida por su impulso misionero, la iglesia muy pronto comenzó a sacar copias de esos mismos textos y a repartirlas a las nuevas comunidades que se iban constituyendo a lo largo y ancho del Imperio y aún más allá de sus fronteras.

Segundo, que los demás escritores cristianos, predicadores, teólogos, etc., utilizaron esos escritos y los citaron con frecuencia, en su esfuerzo por comprender mejor la enseñanza cristiana y compartirla con sus lectores.

Tercero, que así se fue reuniendo un conjunto de libros que gozaban del mismo privilegio de aceptación. Este proceso de colección no fue uniforme en todo el territorio en que había presencia cristiana. Por una u otra razón, algunos libros eran aceptados por unas comunidades y rechazados por otras. Fue esa precisamente la causa de que no hubiera una única e idéntica lista de libros «canónicos» en todas partes.

Cuarto, que el fenómeno que acabamos de explicar no se limitó, de manera exclusiva, a variaciones dentro del conjunto de libros que hoy aceptamos como canónicos. No solo algunos de estos fueron rechazados por algunas comunidades, sino que otros libros extraños a esa lista fueron aceptados, quizá por esas mismas comunidades.

Quinto, que las listas de los siglos II y III que han llegado hasta nosotros representan, fundamentalmente, la posición de los grupos cristianos que las confeccionaron (o a los cuales pertenecían las personas que las confeccionaron). Por ejemplo, el «canon» de Muratori (o sea, la lista de libros que aparece en el fragmento de ese nombre) es, con toda probabilidad, el «canon» de la comunidad cristiana de Roma.

Sexto, que la variedad que se produjo se dio, en términos generales, dentro de un marco determinado, con excepción de los «cánones» que se fueron formando en comunidades que estuvieron al margen de la iglesia (como es el caso de la iglesia marcionita).

Séptimo, que no fue sino a partir del siglo IV cuando comenzaron a tomarse decisiones conciliares respecto de la composición del canon. Al principio se trató solo de concilios locales o regionales. Muy posteriormente fue asunto de los concilios generales o ecuménicos.

Octavo, que esas decisiones conciliares confirmaron la tendencia manifestada en los siglos precedentes y que, poco a poco, fue consiguiéndose un consenso orientado al cierre del canon de los veintisiete libros, en las iglesias cristianas mayoritarias. Desde el siglo IV en adelante, los concilios publicaron listas de los libros componentes del NT. Algunos de los libros tenidos por «dudosos» pasaron a engrosar la lista del canon. Otros, quedaron fuera para siempre. A veces, las circunstancias religiosas de una región pudieron afectar la aceptación definitiva de un determinado libro. Por ejemplo, en el Oriente se tardó más tiempo en aceptar el Apocalipsis de Juan porque este libro fue usado por algunos para apoyar ideas que se consideraban heterodoxas. Por otra parte, se siguió dudando, hasta el día de hoy, de la paternidad literaria paulina de Hebreos (o de la petrina de 2 de Pedro). Pero los actuales veintisiete libros canónicos son los que la iglesia cristiana en su gran mayoría ha aceptado y acepta.

Hay que destacar que la aceptación definitiva del canon del NT no se debió a las decisiones de los concilios. Lo que estos hicieron no fue sino reconocer y ratificar lo que ya estaba sucediendo en las diversas comunidades cristianas que formaban la iglesia universal.

Nos toca, como cristianos, agradecer a Dios por el don especial de estos libros que son «un libro», abrir sus páginas para descubrir en ellas su palabra, para recibir inspiración y corrección, y para comprender mejor su voluntad.

«… conoces las sagradas Escrituras, que pueden instruirte y llevarte a la salvación por medio de la fe en Cristo Jesús. Toda Escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar y reprender, para corregir y educar en una vida de rectitud, para que el hombre de Dios esté capacitado y completamente preparado para hacer toda clase de bien» (2 Ti 3.15–17, DHH).

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Libros recomendados
Báez-Camargo, Gonzalo. Breve historia del canon bíblico. México: Ediciones «Luminar», 1982.
Eusebio de Cesarea. Historia eclesiástica. Traducción de Argimiro Velasco Delgado. Madrid: B.A.C., 1973.
Gerhardson, Birger. Prehistoria de los evangelios. Santander: Sal Terrae, 1980.
González, Justo L. Historia del pensamiento cristiano. Buenos Aires: Methopress, 1965.
Gribomont, J. «Escritura (Sagrada)». Diccionario patrístico y de la antigüedad cristiana. Dirigido por Angelo Di Berardino. Trad. de Alfonso Ortiz García y José Manuel Guirau. Salamanca: Sígueme, 1991. 2 volúmenes.
Muñoz Iglesias, S. «Canon del NT». Enciclopedia de la Biblia. Dirección Técnica: Alejandro Díez Macho y Sebastián Bartina. Barcelona: Ediciones Garriga, S.A., 19692. 6 volúmenes.
Trebolle Barrera, Julio. La Biblia judía y la Biblia cristiana. Madrid: Editorial Trotta, 1993.

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Notas y referencias

15 Se nos ocurre pensar que es el recorrido, pero a la inversa, que siguió Pablo. Este, de perseguidor se convierte en perseguido. Esto fue parte de su «conversión». La Iglesia, por su lado, de perseguida se convierte en perseguidora. ¿Será esa su «desconversión?».

16 No debieran identificarse los dos términos (deuterocanónico y apócrifo). Desafortunadamente, no ha habido acuerdo para su uso, y este ha cambiado, sobre todo en la tradición protestante. En efecto, la misma palabra «apócrifo» ha variado su significado, y hoy se maneja, al menos en círculos populares evangélicos, con un sentido básicamente peyorativo. Respecto de las alusiones y referencias que a algunos de estos libros se hace en el NT, véase el «Index of allusions and verbal parallels», The Greek New Testament. Fourth revised edition. Edited by Barbara Aland, Kurt Aland, Johannes Karavidopoulos, Carlo M. Martini and Bruce M. Metzger (Stuttgart, Germany: Deutsche Bibelgesellschaft, United Bible Societies, 1993), p. 891–901. En las p. 900 y 901 se registran ciento dieciséis de esas «alusiones y paralelos verbales» de libros deuterocanónicos y apócrifos (apócrifos y pseudoepígrafos, respectivamente, según la terminología más usada entre los protestantes) en el NT. Además se señalan tres (o quizá cuatro) casos, en el NT, tomados de «otros escritos» del mundo antiguo.

17 Se llama así al conjunto de escritores y textos cristianos que aparecen en la etapa inmediatamente posterior a la de los apóstoles. Conocemos los nombres de los autores de muchas de esas obras. Otros escritos de la época resultan anónimos. Se cuentan, entre los Padres apostólicos, los siguientes: Clemente Romano, La Didajé, Ignacio de Antioquía, Policarpo de Esmirna, Papías de Hierápolis, La Epístola de Bernabé, El Pastor, de Hermas, la Epístola (o Discurso) a Diogneto. Véase, para los textos: Padres apostólicos. Introducción, notas y versión castellana de Daniel Ruiz Bueno (Madrid: B.A.C., 1967)2; y para información sobre esos libros: las obras ya citadas de Justo L. González y de Philipp Vielhauer.

18 Quizá el ejemplo más dramático haya sido el de Atanasio, quien experimentó en carne propia las vicisitudes de la intromisión del poder político en las discusiones doctrinales de los cristianos. No hay que olvidar, incluso, que durante mucho tiempo fue el emperador el único que tenía la autoridad para convocar los concilios. Véase: Justo L. González, Historia del pensamiento cristiano (Buenos Aires: Methopress, 1965), vol. I, especialmente los capítulos VI y XIII. «Un hecho notable en los concilios antiguos es el papel importante que ejercía el emperador: él los convoca, fija el orden del día, confirma sus decisiones; al ratificarlos, da valor de leyes imperiales a las decisiones conciliares, ya que los ciudadanos tienen que profesar la fe ortodoxa, y confía a la justicia coercitiva secular a los que se oponen a ella» (Ch. Munier, «Concilio», Diccionario patrístico, vol. I, p. 462).

19 Aunque hay que reconocer, con tristeza, que muchas de las obras de autores que llegaron a ser considerados «heterodoxos» fueron luego destruidas, como también algunos volúmenes contra el cristianismo escritos por autores «paganos». De lamentar es la desaparición de los libros de Porfirio (segunda parte del s. III).

20 J. L. González, p. 160–165.

21 J. Gribomont, «Escritura (Sagrada)», Diccionario patrístico, p. 742. Véase, en Philipp Vielhauer, Historia de la literatura…, pp. 817–821, la presentación de las hipótesis que intentan explicar cuál fue el motivo por el que se formó un canon del NT.

22 La historia de este fragmento, sus posibles interpretaciones y su significado, así como los problemas de determinación de su fecha están explicados en el capítulo doce («The Muratorian Fragment») de la obra de F. F. Bruce, The Canon of Scripture (Downers Grove, Illinois: InterVarsity Press, 1988).

23 Eusebio de Cesarea, Historia eclesiástica. Traducción de Argimiro Velasco Delgado (Madrid: B.A.C., 1973), VI, 25, 3–14; G. Báez Camargo, Breve historia del canon bíblico (México: Ediciones «Luminar», 1982)2; F. F. Bruce, The Canon of Scripture, pp.192–195.

24 Eusebio, Historia eclesiástica, III, 25,1-4. El grupo de los espurios (noza) está formado por libros que también son discutidos, como «Hechos de Pablo, el llamado Pastor y el Apocalipsis de Pedro», entre otros. Eusebio menciona, además, otros libros que «han propalado los herejes»; y añade: «Jamás uno solo entre los escritores ortodoxos juzgó digno de hacer mención de estos libros en sus escritos». De esos mismos libros dice que son «engendros de herejes» (haireticon andron anaplasmata) y «absurdos e impíos» (atopa kai dyssebe) (III, 25,4 y 6–7).

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