El despertar de un cristiano

Imaginemos por un momento que un cristiano que vivió alrededor del siglo IV, conocido por su amor a Dios, su vida de oración y su testimonio fiel despertara hoy, de repente, en una gran ciudad moderna. Al abrir los ojos, se encontraría rodeado de luces, pantallas, multitudes apuradas y sonidos constantes. Todo le resultaría extraño, pero no amenazante, porque su corazón estaría anclado en el Señor.

Vería máquinas que vuelan, hombres viajando al espacio, cirugías que reemplazan órganos, dispositivos diminutos capaces de almacenar bibliotecas enteras y de transmitir mensajes al instante a cualquier punto del planeta. Descubriría que el conocimiento se ha multiplicado de manera inimaginable para su época, que la alfabetización es casi universal y que la Biblia puede leerse en cientos de idiomas con solo deslizar un dedo sobre una pantalla. Probablemente recordaría las palabras de Daniel: «Muchos correrán de un lado para otro, y la ciencia irá en aumento» (Dn 12.4).

El despertar de un cristiano
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Podría pensar, al menos por un instante, que el progreso externo del hombre ha ido de la mano de su progreso moral y espiritual. Con humildad y gratitud, reconocería en todo ello la bondad de Dios hacia la humanidad. Recordaría las palabras del salmista: «Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra» (Sal 8.5).

Pero ese entusiasmo inicial no duraría demasiado.

Pero bastaría con observar un poco más de cerca para que la sorpresa cambiara de signo. Pronto descubriría que, a pesar de todos los adelantos, el corazón del hombre sigue siendo esencialmente el mismo. Tecnológicamente sofisticado, sí; científicamente informado, también; pero moralmente caído, espiritualmente rebelde y profundamente necesitado de redención como siempre.

Al leer los titulares de los diarios —o sus equivalentes digitales— se encontraría con guerras, injusticias, corrupción, violencia, abusos de poder y desprecio por la vida humana. Comprobaría que el pecado no ha sido erradicado; solo ha cambiado de vestimenta. Comprendería que, aun en un mundo marcado por el pecado, Dios sigue sosteniendo la creación y permitiendo que el ingenio humano produzca bien.

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Asimismo, al convivir con las personas y escuchar sus historias, su corazón comenzaría a percibir algo más profundo. Notaría cansancio, soledad, ansiedad y una búsqueda constante de sentido. A pesar de tantas posibilidades, muchos vivirían sin paz. Entonces recordaría que el mayor problema del ser humano sigue siendo el mismo: no es la falta de recursos, sino la falta de descanso para el alma.

Con ternura, recordaría las palabras de Jesús: «Vengan a mí todos ustedes, los agotados de tanto trabajar, que yo los haré descansar» (Mt 11.28). Comprendería que, aunque el mundo ha avanzado, el corazón humano sigue necesitando la misma gracia sanadora.

Al observar los conflictos, las divisiones y las heridas visibles e invisibles, acudiría nuevamente a la enseñanza del Señor: «Porque de adentro del corazón humano salen los malos pensamientos, la inmoralidad sexual, los robos, los homicidios» (Mr 7.21). No lo haría para condenar, sino para explicar con compasión por qué el ser humano sigue tropezando con la misma piedra.

Esta persona no hablaría desde la dureza, sino desde la esperanza. Reconocería que todos estamos en proceso, luchando con nuestras fragilidades, y que nadie se transforma solo por tener más información o mejores condiciones. Recordaría que la Escritura dice: «No hay justo, ni aun uno» (Rom 3.10), y al mismo tiempo afirmaría que Dios no abandona a ninguno de los que lo buscan.

Le dolería ver cómo muchos intentan aliviar su vacío con éxito, consumo o reconocimiento. Probablemente recordaría las palabras del profeta: «El corazón es engañoso y perverso, más que todas las cosas» (Jer 17.9), no para señalar con el dedo, sino para invitar a mirar hacia Dios con honestidad.

Si tuviera que resumir su experiencia, no hablaría de decadencia ni de nostalgia por otros tiempos. Diría, más bien, que el ser humano sigue siendo profundamente amado por Dios y profundamente necesitado de su gracia. Recordaría que estábamos muertos en nuestros pecados, pero que Dios, por su gran amor, nos dio vida juntamente con Cristo (Ef 2.1–5).

Pecado, arrepentimiento y el llamado urgente a volver a Dios
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Su mensaje final sería sencillo y lleno de esperanza: la fe sigue siendo el camino para recibir la gracia de Dios (Rom 5.1), y Jesucristo continúa siendo el único mediador que puede restaurar nuestra relación con el Padre (1 Tim 2.5).

Con una mirada serena, afirmaría que mientras exista un corazón cansado, Dios seguirá ofreciendo uno nuevo. Porque su promesa permanece: «Les daré un corazón nuevo, y pondré en ustedes un espíritu nuevo; les quitaré el corazón de piedra que ahora tienen, y les daré un corazón sensible. Pondré en ustedes mi espíritu, y haré que cumplan mis estatutos, y que obedezcan y pongan en práctica mis preceptos» (Eze 36.26-27).

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