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El Dr. Livingstone, un ejemplo de dedicación a la tarea que Dios le había encomendado

Por años, nadie había oído nada del misionero y explorador escocés, David Livingstone. En 1886, Livingstone había desaparecido en el interior de África oriental, cuando buscaba la fuente del río Nilo. Los informes de Livingstone de sus anteriores exploraciones en África, habían fascinado a multitudes de lectores en su país natal. Una vez, cuando le preguntaron por qué había decidido convertirse en un misionero, Livingstone respondió: «Fui impulsado por el amor de Cristo». 

En su libro «Missionary Travels and Researches in South Africa» (Viajes e investigaciones misioneras en África el sur), publicado en 1857, contaba sobre sus travesías, de un lado a otro del continente africano, totalizando más de 32 000 kilómetros (20 000 millas). Sus exploraciones aportaron valiosa información sobre los pueblos y la geografía del interior de África. Sin embargo, cuando no sabía algo, lo suponía; y sus sueños a menudo fueron más grandes que sus hechos, lo que hizo difícil y peligrosa la tarea de otros misioneros que descansaban en la información provista por Livingstone.  

De todas maneras, Livingstone despertó al mundo en cuanto al horror del comercio de esclavos, al que llamaba «Monstruo de iniquidad moviéndose sobre África». Al hacer pública la maldad de la esclavitud, Livingstone ayudó efectivamente a su abolición. Por cada 20 000 esclavos capturados y exportados, él estimaba que 100 000 africanos eran asesinados, heridos o morían de distintas enfermedades cuando eran transportados. En cierta ocasión escribió: «Los muchos esqueletos que hemos visto en los caminos salvajes de África muestran el horrible sacrificio humano que puede ser directamente atribuido a este comercio del infierno». 

En 1871, como por cinco años nada se había escuchado de Livingstone y se deseaba obtener una buena noticia, «The New York Herald» envió al periodista Henry Stanley para encontrarlo. Aterrizando en Zanzíbar, Stanley siguió los pasos de Livingstone en el interior de África. Para lograr su cometido, Stanley buscó incansablemente —a veces, incluso tuvo que luchar con algunas tribus— en medio de un territorio hostil y resistió los ataques de la malaria, las mandíbulas de los cocodrilos, e incluso motines y deserciones entre la gente de su equipo. 

Después de meses de miseria, sabiendo que Livingstone estaba cerca, Stanley y sus cargadores vistieron sus mejores ropas. Finalmente, el 10 de noviembre de 1871, Stanley vio a un hombre blanco, en la orilla del lago Tanganica. Sabiendo que ese hombre podía ser solamente una persona, Stanley lo saludó con su ya famosa frase: «El Dr. Livingstone, presumo». 

Los alimentos que Henry había llevado con él salvó la vida de Livingstone, pues estaba desesperadamente enfermo, alimentado únicamente con un potaje africano. «Me ha traído nueva vida», decía el misionero repetidamente. Sin poder convencer a Livingstone para que dejara África, Stanley lo acompañó en la exploración del lago Tanganica y luego volvió a Inglaterra. Stanley quedó impresionado con la vida cristiana de Livingstone y escribió: «No se trata de algo teórico. Su experiencia cristiana es constante, valiente, sincera y práctica…y siempre está trabajando». 

Tal fue el impacto de la vida de Livingstone sobre Stanley que, más adelante, abandonó su trabajo como periodista y volvió a África como misionero para continuar la tarea de Livingstone.  

Mucho se ha escrito sobre la vida de Livingstone. Tuvo muchos admiradores y algunos detractores. Sin embargo, podemos decir que fue un ejemplo de dedicación a la tarea que Dios le había encomendado, ofrendando su vida en la práctica de su fe. Patrocinado por la «Royal Geographic Society», Livingstone hizo grandes descubrimientos geográficos y también fue clave en áreas como la zoología, la botánica y aún la geología. Podemos decir que Livingstone descubrió África y la colocó en el lugar que le correspondía. 

Cuando finalmente se encontró con Stanley, Livingstone dijo una de sus más famosas frases, que resumen la profundidad de su amor por Dios y su pensamiento sobre la Biblia: «Stanley, he leído la Biblia cuatro veces mientras estaba esperando en Manyuena. Todo lo que soy se lo debo a Cristo Jesús, revelado para mí en su Libro divino. ¡Oh, Stanley, Stanley, aquí está el manantial de la fuerza y del poder que transforman!». 

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