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El enemigo

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En aquellos días Ezequías enfermó de muerte. Y el profeta Isaías, hijo de Amoz, vino a él y le dijo: «Esto dice Jehová: “Ordena los asuntos de tu casa, porque vas a morir. Ya no vivirás”».

Entonces volvió Ezequías su rostro a la pared e hizo oración a Jehová, y dijo: «Jehová, te ruego que te acuerdes ahora que he andado delante de ti en verdad y con íntegro corazón, y que he hecho lo que ha sido agradable delante de tus ojos». Y lloró Ezequías con gran llanto. (Isaías 38.1-3).

Carlos había estado en coma por cuatro días. Los que una vez fueron poderosos y musculosos brazos descansaban quietamente a sus lados. Físicamente exhausto y consumido por los dos años de lucha con el cáncer de colon, Carlos estaba inmóvil en su cama de hospital, como una crisálida viva en su capullo. Pronto moriría; muy probablemente ese mismo día.

Aquel día, mi visita al hospital me llevó a la habitación de Carlos a las 5:30 horas. La oficina de las enfermeras y las habitaciones permanecían sin movimiento y, como una paradoja de la vida del hospital, aún en paz –si algo como la paz es posible en un lugar donde constantemente la vida y la muerte luchan por tener dominio.

Con apenas 40 años, Mónica, la esposa de Carlos, estaba sentada en silencio al costado de la cama y había puesto suavemente su mano sobre el hombre derecho de su esposo. Ese día no sería necesario ningún examen. En deferencia a la vigilia de Mónica, tomé una silla, me senté frente a ella y me uní a su silenciosa espera, admirando conjuntamente el vigor físico y la resistencia de un cuerpo humano, y ponderando el misterio de la aproximación de la muerte.

Perdidos en nuestros pensamientos y acosados por memorias personales de ese hombre maravilloso, nos sentamos juntos, enlazados por nuestro dolor y cautivados por el drama que lentamente se develaba ante nuestros ojos.

De repente, algo asombroso sucedió. Como Lázaro, Carlos se sentó derecho sobre su cama. Tomando fuertemente los lados de la cama, Carlos contrajo sus brazos, mientras miraba con horror hacia el vacío del pie de su cama. Este movimiento totalmente inesperado fue seguido de inmediato por una igualmente inesperada liberación de sus cuerdas vocales —en silencio por los últimos cuatro días— en un terrorífico grito que quebró la quietud del corredor del hospital.

En cuatro cortas oraciones —aquello aún hoy retumba en mi mente cuando reflexiono en su muerte diez años atrás— Carlos gritó en la temprana mañana que lo rodeaba: «¡Nooo! ¡No quiero ir…No quiero morir…No iré!». Completamente exhausto por esa explosión emocional y física, Carlos colapsó sobre la cama, boqueó el húmedo aire de la habitación del hospital dos o tres veces, y murió.

El rey Ezequías hubiera entendido.

Mirando hacia la pared

Ascendiendo al trono como rey de Judá luego de la muerte de su impío padre Acaz, Ezequías comenzó uno de los más grandes movimientos religiosos en la historia del reino del sur. Los ídolos fueron destruidos, el Templo de Jerusalén fue reparado y rededicado para la adoración, el pacto con Moisés fue renovado y la Pascua fue celebrada por una nación agradecida y gozosa.

A pesar de los éxitos, luego de 14 años del reinado de Ezequías la crisis golpeó utilizando como medio a los asirios. Judá observaba aterrorizada a medida que el poder asirio recorría la pequeña nación y sitiando, finalmente, Jerusalén. Sin embargo, a causa de la decisión de Ezequías de confiar en Dios, milagrosamente la ciudad fue liberada de la cautividad asiria.

Junto con la retirada de las tropas asirias, el gran líder de Judá, enfermó desesperadamente. Cuando la enfermedad del rey intensificó, el profeta Isaías, personaje clave en la renovación espiritual de la nación en tiempos de Ezequías, fue enviado al rey con un mensaje directo. Con palabras que no dejaban la más mínima duda, el gran profeta declaró: «…vas a morir. Ya no vivirás».

Con 39 años de edad y líder político del pueblo de Dios, Ezequías se dio cuenta de que su futuro había sido decidido por el mismo Dios a quien él adoraba tan fielmente. Toda esperanza había sido removida; su muerte era tan inevitable como inminente.

Ezequías reaccionó rápida y apasionadamente. Retirándose del contacto personal, el rey volvió su cabeza hacia la pared, derramó su desaliento como una queja a Dios en oración y «lloró amargamente». En una reacción análoga a la de Carlos cuando se enfrentó a la evidente realidad de la proximidad de su muerte, el gran líder religioso simplemente no pudo aceptar las palabras de Isaías sin una intensa lucha emocional y espiritual.

Carlos hubiera entendido, ¿no te parece?

Una frágil tregua

Como médico oncólogo he tenido el privilegio y la responsabilidad de acompañar a muchos hombres y mujeres en el viaje de sus muertes físicas. Hemos batallado valientemente juntos, esos pacientes convertidos en amigos y yo, con las ramificaciones físicas, emocionales y espirituales de sus cánceres terminales. Y mucho después de sus muertes, continúo batallando, tanto emocional como espiritualmente con el horrendo hecho de la muerte.

Gradualmente, la muerte y yo hemos llegado a una frágil pero significativa tregua; una tregua que le provee a mi alma el escudo necesario mientras presto servicio a los que mueren. Una tregua que ha sido fraguada solo con la ayuda de Carlos, Ezequías y el mensaje de Dios mismo.

De todos los pueblos, los seguidores de Cristo por cierto no necesitan temer a la muerte y, realmente, deben servir como ejemplo para otros en su respuesta a la muerte. Pablo escribe a los Filipenses: «…porque para mí el vivir es Cristo y el morir, ganancia…De ambas cosas estoy puesto en estrecho teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor, pero quedar en la carne es más necesario por causa de vosotros» (Fil. 1.21-24). Pero, mientras que este pasaje es fundamental para una perspectiva bíblica sobre la muerte, he encontrado que las palabras de Pablo a menudo son usadas de una forma que minimizan o ignoran el muy real dolor físico y emocional de la lucha. Muchas veces me he preguntado cuánto lugar habría hoy para Carlos y Ezequías y sus agonizantes preguntas y quejas, en las iglesias de hoy.

Si tuviéramos que asistir a nuestros compañeros seguidores de Cristo en el fraguado de sus treguas individuales con la muerte, deberíamos estudiar bien otras enseñanzas bíblicas —aquellas que aceptan y aún abrazan las honestas reacciones emocionales y espirituales de la gente en la historial escritural. En mi búsqueda personal de comprensión bíblica, han emergido los siguientes hechos que me han ayudado a seguir el camino. Permítanme que los comparta con ustedes.

Aunque inevitable, la muerte no es natural — La inescapabilidad de la muerte física es una de las más grandes y terroríficas realidades de la existencia humana. Confirmando la certidumbre de la muerte, el salmista escribió: «¡Recuerda cuán breve es mi tiempo! ¿Qué hombre vivirá y no verá muerte? ¿Librará su alma del poder del seol?» (Salmos 89.47-48). De igual manera, el autor de la carta a los hebreos enfatiza el hecho de que «…está establecido para los hombres que mueran una sola vez y después de esto el juicio,…» (Hebreos 9.27).

Sin embargo, a pesar de que la certidumbre de la muerte física está claramente enclavada en la realidad, no es la realidad completa. La realidad es que a pesar de que la muerte física es una certidumbre, no es «natural». La humanidad, como fue creada a la imagen de Dios, no fue creada para morir. La muerte física es una aberración que ha plagado a hombres y mujeres, pues individual y colectivamente nos hemos rebelado contra la ley de Dios que fue concebida para que vivamos correctamente (Romanos 5.12-14).

Entender este hecho crucial se ha convertido en uno de los fundamentos sobre los que mi endeble tregua con la muerte ha sido construida. Yo no he sido creado para morir, sino para vivir. La muerte física es una realidad por la que debo pasar, pero es una realidad que no fue parte del plan original de Dios.
Como médico encontré que esta verdad es liberadora. Mi mente era libre para rebelarse contra el destino cierto que nos espera a mis pacientes y a mí; se convirtió tanto en aceptable como en apropiado para mí enojarme cuando la muerte se aproxima. Ya no siento que mi fe me requería que aceptara pasivamente la muerte física. Mis preguntas y temores se convirtieron en una confirmación de mi humanidad común con mis pacientes; y el hecho de que yo, con ellos, teníamos esos temores manifiestos de que la muerte no es natural, sino la consecuencia universal y directa de nuestro común rechazo de Dios.

Aunque es un profundo misterio, la reacción de Dios ante la muerte física, corre pareja a la de su creación — Angustia (2 Samuel 22.5-7) y desaliento (Salmos 88.15; Job 6.26) como también temor y terror (Hebreos 2.15; Salmos 55.4-5) fueron todas emociones registradas como experiencias de individuos que eran parte del pueblo de Dios cuando enfrentaron la muerte física.

Dios no aparece como un observador pasivo en este drama de vida y muerte. Él se ha involucrado apasionadamente y, en realidad, redentivamente con las luchas de su creación. Pablo describe nuestro final físico como el final adversario de Dios en este mundo, finalmente siendo vencido por la muerte de su Hijo sobre la cruz: «Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte» (1 Corintios 15.26).

Dios no condena el diluvio de emociones que experimentamos cuando enfrentamos a la muerte, ni nos fuerza a empaquetarlas profundamente dentro de la depresión de nuestras almas como esqueletos psíquicos ocultos. Él entiende nuestros temores, nos provee ejemplos humanos para nuestra instrucción y personalmente se involucra con nosotros en el fluir emocional de nuestras preguntas y preocupaciones.

Aunque es un adversario perseguidor, la muerte física no es ni el final enemigo ni el final vencedor — Sirviendo como un gran contrapeso para mis reacciones emocionales a la muerte física, está la seguridad en las Escrituras de que la vida se extiende más allá de lo físico.
He aprendido que a pesar de ser un adversario formidable, la muerte física no es ni el final enemigo ni el vencedor final en la batalla en que ha sido comprometida toda la humanidad.

En su ministerio terrenal, las enseñanzas de Jesús —a menudo dichas con considerables pasión e integridad— subrayaron la importancia de la vida del alma. Jesús buscó convencer a su audiencia de que esta eterna personalidad consciente representa la última realidad de la existencia y el último foco de la preocupación de Dios en su interrelación con las criaturas humanas. En sus más directas indicaciones de que la muerte física no es el final adversario de la vida, Jesús les dijo a sus discípulos: «No temáis a los que matan el cuerpo pero el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno» (Mateo 10.28). Jesús también les preguntó: «¿De qué le servirá al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?» (Mateo 16.26). Finalmente, en concordancia con Jesús, vivimos en un nivel de personalidad presente y no simplemente en un plano físico, y la muerte espiritual de una persona separada de Dios más que muerte física de una persona separada de su cuerpo, es nuestro final y más terrible enemigo.

Dada la naturaleza fundamental de estos hechos para mi fe, he hallado que mi aceptación diaria de ellos es sorprendentemente difícil. De alguna manera, aunque reconozco intelectualmente su veracidad, el principio de que la muerte es un adversario limitado y vencido no me ayuda cuando discuto sobre la muerte física con mis pacientes y sus familiares. Es precisamente en esos momentos desafiantes y peligrosos que he aprendido que debo elegir creer en las sorprendentes promesas de Dios concernientes a nuestra victoria sobre la muerte a través de Cristo nuestro Señor.

Como para los discípulos y las multitudes a quienes Jesús enseñó, el concepto de la vida del alma que va más allá de la muerte física representa un profundo misterio para mí. Pero, mientras busco a tientas mi camino a través del misterio y la majestad de esas sorprendentes aseveraciones, repetidamente he encontrado al Dios que es la roca de mi fe, alcanzándome aún cuando estoy luchando para alcanzarle a él.

¿Cómo luce mi rostro?

El enemigo

El 10 de mayo de 1863, en Chancellor, Virginia, Estados Unidos de Norteamérica, ocho días después de la furiosa batalla entre el ejército confederado de Robert Lee y el gran ejército de la república, Thomas Jackson, quien era el general de campo más admirado de Lee, estaba muriendo. Había sido herido accidentalmente por una de sus propias tropas cuando patrullaba las líneas de batalla, observando los resultados de una victoria confederada.

Tratando de evitar el tejido gangrenado, los médicos habían amputado el brazo de Jackson; pero a pesar de sus mejores esfuerzos, el general de 39 años desarrolló una progresiva neumonía.

Al acercarse a su muerte, Jackson, un cristiano devoto, observó los rostros de los médicos y ayudantes que rodeaban su camilla y preguntó: «¿Cómo luce mi rostro?».

Mirar la cara de la muerte en otros es una experiencia impactante y temible que me ha sacudido y cambiado. No puedo evitar preguntarme cómo «lucirá mi rostro» cuando el tiempo se aproxime para mí.

El fraguado de mi tregua personal con la muerte se ha convertido en un factor fundamental de mi vida. Entender la básica desnaturalización de la muerte física, la universalidad de mi instintivo «no» a ella, la identificación de Dios con mi respuesta emocional ante ella, la supremacía de la vida del alma y la próxima destrucción de este «último enemigo», no han llevado a que mis preguntas y agitación interior se disuelvan en un triunfo doctrinal. Pero ese entendimiento me ha permitido enfrentar un día después de otro, un paciente después de otro, un paso de fe después de otro, una mirada a la cara de la muerte después de otra.

Mis amigos —Carlos, un artesano del norte de Nueva Inglaterra y Ezequías, un rey hebreo y reformador espiritual— entendieron. Y mientras oímos cuidadosamente tanto el angustiado grito de nuestro Salvador sobre la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?» (Mateo 27.46), como la triunfante declaración de los mensajeros angelicales en la tumba: «¡Él no está aquí; ha resucitado!» (Lucas 24.6), nosotros también podemos entender.

(®Christianity Today, autor anónimo, publicado en «Los Temas de la vida cristiana», Vol. III, Núm. 5, usado con permiso).

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