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El equilibrio de la prosperidad

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Por Carmelo B. Terranova

La Biblia está poblada de personajes que oscilan entre dos extremos. Grandes millonarios, como Abraham y Salomón, y grandes pobres como Elías y Jesús. Pordioseros como Bartimeo y ricachones como Zaqueo. Y todos ellos se encuentran dentro del reino de Dios.

Los cristianos —que por historia o por histeria somos pendulares— tenemos la tendencia de ir a los extremos. Glorificamos la pobreza (soñando secretamente con ser ricos) o exaltamos la prosperidad soñando también con tener más. Aquellos que hemos visitado el tercer mundo hemos visto, con admiración, la increíble dignidad de santos pobres y la vergonzosa indignidad de algunos ricos. A veces la historia del rico y Lázaro puede llevarnos a equivocaciones. No se perdió el rico por sus riquezas ni se salvó Lázaro por su pobreza. Simplemente fue un asunto de elección. Dios no condecoró a Lázaro por sus andrajos, sino por su confianza en el Señor, ni fue condenado el rico por sus bienes, sino por el uso equivocado de ellos.

El propósito de la prosperidad

Pablo le explica a Timoteo el verdadero propósito de la prosperidad. «A los ricos de este siglo manda que no sean altivos, ni pongan la esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos, que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos» (1 Timoteo 6.17-18). Y el apóstol Juan en una cita muy usada, abusada y manoseada, declara el deseo de Dios para con los suyos: «Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma». Pero inmediatamente explica el por qué de la prosperidad: una vida íntegra, veraz y prestigiosa (3 Juan 2-3).

Dios no tiene problemas en que tengamos riquezas, tiene problemas en que las riquezas nos tengan a nosotros. Un análisis de los santos hombres de la Biblia establece que primero fueron hombres ricos. Y por no saber ser un rico sabio, Lot terminó en una cueva empobrecido y envilecido. Posiblemente algo de esto pensaba Jesús cuando dejó partir al joven rico. A Dios no le importa cuánto tienes. Le importa cuánto tienes de él.

El propósito de la vida

Simplemente agradar a Dios. Por la simple razón que cuando agradamos a Dios todo nos resulta agradable. Pero cuando desagradamos a Dios todo termina siendo desagradable. David no tenía una familia muy honorable y tampoco una templanza moral que pudiera superar a la conservadora moralidad de Saúl. Pero David anhelaba agradar a Dios. Saúl deseaba agradar a Saúl. Para uno la prosperidad tenía finalidades espirituales, para el otro solo temporales. David conquistó el corazón de Dios… y muchas riquezas. La prosperidad de David coincidía con el propósito de la vida. Al mismo tiempo la Biblia coloca en el pedestal de los gigantes de la fe a honorables miserables y a distinguidos empobrecidos: «…anduvieron de aquí para allá cubiertos de pieles de oveja y de cabra, pobres, angustiados, maltratados, de los cuales el mundo no era digno, errando por los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra» (Hebreos 11.37-38).

Tengamos mucho cuidado en condenar la prosperidad y glorificar la pobreza, y el mismo cuidado en exaltar la prosperidad y enjuiciar la pobreza.

El propósito de la abnegación

Detrás de todo el monumento de palabras bonitas que levantamos para ponderar tanto la pobreza por amor a Dios como la riqueza para servirle a Dios está un gran principio espiritual. Pablo lo expresa con claridad: «No lo digo porque tenga escasez, pues he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación. Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad». Luego agrega una cita que con frecuencia usamos, ventajosamente fuera de contexto. «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece». Tanto para la escasez como para la prosperidad.

Quiero aclarar. Creo en la prosperidad. Creo en la pobreza, creo en infinitos recursos para servir a Dios y también creo en la renuncia de todo por amor a Dios. Pero por encima de todo creo en el sentido victorioso de la abnegación que se expresa: «Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos».

Si tú perteneces total y absolutamente a Cristo, todo lo que tienes es de él, para él y para su gloria. Si deseas la prosperidad y Dios te bendice, todo lo que venga será de Dios. Pero no la busques como meta sino como instrumento para la gloria del Reino de Dios. Y si nada tienes, tú eres la mayor riqueza de Dios en el tiempo y en la historia.

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