El griego del NT Parte II

El griego del Nuevo Testamento — Parte 2

Nociones previas: (1) Puesto que existen escritos en el Nuevo Testamento respecto de los cuales no podemos tener certeza absoluta de quién o quiénes hayan sido sus autores, la afirmación general de que en ese texto hay tantos estilos como autores cobra especial relevancia. Además, debe tomarse en consideración que, en muchas ocasiones, el estilo de un mismo autor varía, incluso significativamente, de acuerdo con elementos propios de la ocasión que provoca la confección del texto: la persona o personas a quienes se dirige el escrito; el asunto que se trata y el propósito que se persigue; el carácter cronológico del documento (¿es una primera comunicación? ¿hubo varios intercambios epistolares entre remitente y destinatario?); la naturaleza de la relación personal entre el que escribe y el receptor; el mismo género literario del escrito.

Por Plutarco Bonilla A.

(2) Al margen de las diferencias de estilo, los diversos autores muestran también diferentes habilidades en el manejo de la lengua. Esto significa que lo que podría calificarse, en términos generales, de «corrección» en el uso del griego no es uniforme entre los escritores del Nuevo Testamento. Textos hay en los que son evidentes, por ejemplo, las faltas de concordancia o la suspensión del desarrollo de la idea, que se deja inconclusa. Que tales «faltas» hayan sido cometidas a propósito, por descuido o por el conocimiento de un único código de comunicación o nivel del lenguaje es asunto de interpretación que, con frecuencia y en buena medida, depende de las posiciones teológicas del intérprete.

(3) Otro detalle que debe tomarse en cuenta, aunque estrechamente relacionado con los dos aspectos mencionados, es el nivel del lenguaje del autor, en el que influyen, por ejemplo, su cultura general, su conocimiento léxico y la complejidad de la argumentación que desarrolla. Aquí hay que incluir el uso que se hace (o no se hace) del vocabulario técnico relacionado con el tema que se está desarrollando o con el problema al que se le hace frente.

En este marco general, hay que reiterar que el griego del Nuevo Testamento corresponde a una fase tardía del desarrollo del griego antiguo.

El griego del NT Parte I

Este hecho básico significa que el griego neotestamentario, como el griego en general, tiene características que lo distinguen muy marcadamente de idiomas como el castellano. No nos referimos a las formas de las letras de su alfabeto, pues es claro que usa un sistema distinto. Más importante es, por ejemplo, la estructura sintética del idioma, en contraste con las formas analíticas del nuestro. El griego establece relaciones entre las palabras (substantivos, substantivos y adjetivos, verbos y substantivos) por medio de los casos («marca flexiva que, en muchas lenguas, sirve para expresar diferentes relaciones sintácticas», según definición del Diccionario de la Real Academia Española. El Diccionario de uso del español, de María Moliner, es más claro al definir el significado del término «caso» en su uso gramatical: «Cierto accidente o posibilidad de variación que tienen algunas palabras para expresar la relación en que están con otras de la misma oración»). En castellano solo existen vestigios del sistema declinacional (que también es propio del latín) en los pronombres personales (me, a mí, te, a ti, le, la, lo; les, las, los; nos, os). El conjunto de los casos de una palabra constituye lo que se denomina «declinación».

Esto quiere decir que en el proceso de transformación de la lengua, el griego del Nuevo Testamento presenta cambios muy significativos si se lo compara con la forma clásica del idioma. Esos cambios se manifiestan en todos los aspectos de la lengua, tanto escrita como, con mayor razón, hablada (cambios que continuaron produciéndose en el decurso de los siglos posteriores al período helenístico). En este panorama, la koiné representa ya la transición a un sistema menos sintético, que se refleja con el más amplio uso de las preposiciones para expresar muchas de las relaciones que antes se expresaban por medio de los casos.

Sin perder de vista la variedad implícita en lo que se ha dicho, podemos señalar algunas características del griego del Nuevo Testamento, con referencia a aspectos específicos del idioma.

  1. En el griego del Nuevo Testamento se percibe con claridad la tendencia general a la
    simplificación del idioma. Dentro de esa tendencia se enmarca la inclinación más analítica a la que hemos hecho referencia.

Tal simplificación se expresa en los diversos campos desde los cuales puede estudiarse la lengua. Por ejemplo:

(1) En fonética se produce el fenómeno conocido como iotacismo, según el cual hay una asimilación de la pronunciación de varias vocales o combinaciones de vocales al sonido de la iota. Este fenómeno explica el hecho de que en los manuscritos griegos del Nuevo Testamento sea tan común la confusión entre los pronombres personales de primera y segunda personas del plural.

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El hecho de que tanto le eta como la ípsilon, al igual que los diptongos con iota (menos ai), llegaran a pronunciarse exactamente igual que la iota, produjo, en muchas ocasiones, cierta confusión a la hora de copiar textos. En efecto, resultaba muy fácil que los copistas confundieron palabras que, aunque se escribían de distinta manera (heterógrafas), se habían vuelto completamente homófonas (es decir, no se distinguían en la pronunciación). Tal sucede con hēmeis y hymeis (y con todas las diferentes formas del plural). La epístola a los colosenses presenta varios casos en los que diferentes manuscritos registran, para la misma palabra, una u otra forma de este pronombre; por ejemplo, los siguientes: 1.7 (hymōn y hēmōn); 1.12 (hymās y hēmās); 2.13 (hymās y hēmās); 2.13 (hymīn y hēmīn).1

Un caso similar se presenta con la desaparición de la distinción entre la o y la ō. Al pronunciarse ambas letras de la misma manera, no resultaba difícil que los copistas escribieran una en lugar de la otra. Un caso claro de confusión de letras por homofonía lo encontramos en Romanos 5.1: mientras unos manuscritos dicen: «tenemos paz» (ejomen eirēnēn), otros dicen: «tengamos paz» (ejōmen eirēnēn). Ambas formas del verbo (presente de indicativo y presente de subjuntivo, respectivamente) se pronunciaban igual; y cada una representa un diferente matiz semántico de lo dicho por el autor. Como se desprende de estos ejemplos, casos como estos no representan «errores» ortográficos propiamente dichos, sino confusión al tomar una palabra por otra. En algunos casos, el cambio de la palabra podría significar que el copista corrige a propósito el texto del que copia (probablemente al considerar que el copista anterior se había equivocado).2

(2) En morfología nos encontramos con hechos como estos: El sistema verbal se simplifica. Algunos tiempos verbales muestran claros indicios de ir desapareciendo. El caso más evidente es el del optativo: «…entre todos los verbos neotestamentarios solo figuran 35 formas diferentes de el [sic] optativo. […] Aparece así como en germen, la desaparición del optativo, que se operará en época posterior».3

Guerra Gómez incluye, en la obra que hemos citado, estadísticas del uso en el Nuevo Testamento de algunas formas verbales y muestra cómo algunas de ellas son, en efecto, de uso relativamente restringido,4 lo que es indicio del proceso de pérdida.

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La rigurosidad con que se distinguía en las conjugaciones verbales lo que se ha llamado «aspecto verbal» tampoco se aplica de la misma manera. Así, por ejemplo, la distinción entre el aoristo y el perfecto no siempre se mantiene.

El dual (número gramatical que tienen algunas lenguas —como el griego clásico— para palabras que se aplican a dos cosas) también ha desaparecido.

En otro orden, muchos diminutivos pierden su significado propiamente diminutivo y terminan siendo equivalentes a la forma regular de la palabra (ōtarion deja de significar «oidito» y pasa a designar sencillamente el «oído»: Juan 18.10; kynarion ya no es «perrillos», sino «perros»: Marcos 7.27, aunque puede ser que, en este caso, conserve, un cierto matiz hipocorístico o afectivo); la ni final de la tercera persona de ciertas formas verbales comienza a caer; muchas formas irregulares de palabras se van regularizando.

2. El léxico se va a transformar y enriquecer de manera muy particular por el contexto propio (interno y externo) de los textos que conforman el Nuevo Testamento.5 Por «contexto interno» nos referimos concretamente al hecho de que la inmensa mayoría de esos escritos fueron producidos por personas bilingües pero de mentalidad y formación semíticas: escribían en griego pero pensaban en arameo y ello hace que en las mismas palabras griegas se introduzcan nuevos significados o nuevos matices de los significados propios (esto se ve, por ejemplo, en el uso neotestamentario de palabras como agapē, doxa, hypostasis, jaris, parousia, pistis, sarx y muchísimas otras); y por «contexto externo» nos referimos al fenómeno similar y paralelo que consiste en la incorporación de nuevos significados a términos establecidos, como consecuencia del intercambio con otras personas o comunidades cuya lengua materna no era el griego y que procedían de otras culturas (con sus distintas lenguas, costumbres, etc.).

En el primer caso, tenemos, además, la inclusión en el Nuevo Testamento de muchas palabras que proceden directamente del hebreo o del arameo. Entre ellas, nombres propios (de personas o lugares), que quizá sean las más evidentes. En la transcripción griega de nombres propios, tal como puede verse, por ejemplo, en las genealogías de Mateo 1 o de Lucas 3, no se observan las normas ortográficas comunes, por lo que encontramos muchos vocablos con terminaciones consonánticas que no son propias del griego clásico. En este, son consonante final la ni, la ro y la sigma, más las consonantes dobles ksi y psi. La kappa como consonante final es una excepción (en la preposición ek y en el adverbio ouk). En las genealogías mencionadas tenemos nombres con terminaciones en beta, delta, dseta, theta, kappa, lambda, mi, tau, fi, ji.6 Pero no se trata solo de nombres propios, pues también se incorporan al texto del Nuevo Testamento otro tipo de palabras de origen hebreo o arameo, tomadas de las Escrituras hebreas. Muchas de ellas (como aleluya, hosana, amén, sábado, satanás) se han incorporado incluso a las lenguas que se hablan actualmente en muchas partes del mundo.

De los idiomas del Antiguo Testamento también tenemos, en el Nuevo, expresiones o breves oraciones completas que han sido transliteradas, como se ve, por ejemplo, en estos textos: Talita cumi (Marcos 5.41, del arameo); Efata (Marcos 7.34, del arameo); Eloi, Eloi, ¿lama sabactani? (Marcos 15.34, del arameo; y su paralelo: Mateo 27.46, que cita del hebreo la primera parte [Elí, Elí] y del arameo la segunda [¿lama sabactani?]).7

3. Donde más se evidencian ciertas peculiaridades del griego del Nuevo Testamento es en la sintaxis, pues intervienen varios factores.

Por una parte, también en este aspecto se manifiesta el proceso de simplificación de la lengua y se tiende a suprimir las dificultades; «se prefiere frecuentemente la coordinación a la subordinación; las frases se hacen más breves; el estilo directo; [se asume] una cierta libertad que permite licencias lingüísticas».8

Pero además de esta tendencia general de la época, hay peculiaridades en el griego del Nuevo Testamento que se deben a la presencia abundante de semitismos (hebraísmos o arameísmos). Estos no se limitan a los aspectos léxico y ortográfico que ya hemos mencionado, sino que incluyen también ciertas estructuras sintácticas que son ajenas al griego clásico.

La presencia de estos semitismos en el Nuevo Testamento es asunto indiscutible; pero su extensión sí se debate. Según J. N. Birdsall, «mucho de lo que parecía curioso a los entendidos de otras épocas, y que se atribuía a hebraísmos, resultó ser, como ha podido verse desde el descubrimiento de los papiros, el griego popular de este período. Pero todavía existen rasgos en torno a los cuales el debate continúa».9

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A modo de ejemplo pueden mencionarse estos pocos casos, que mostramos en la traducción literal castellana:10 «y abriendo su boca les enseñaba, diciendo» (Mateo 5.2); «y respondió diciendo» (Marcos 5.9); «De cierto te bendeciré bendiciendo, y multiplicando te multiplicaré» (Hebreos 6.14, que es traducción literal de Génesis 22.17); y compárese esa última forma de expresión con esta otra: «del juramento que juró» (Lucas 1.73).

También se encuentran en el Nuevo Testamento no solo palabras tomadas directamente del latín sino además construcciones que están calcadas de ese idioma (por ejemplo: to hicanon poiein [satisfacer], copiado del satisfacere latino); y, aunque muy escasos, también hay préstamos de otros idiomas.11

Nota final

El griego del Nuevo Testamento es, pues, una expresión particular de la koiné del siglo primero. Pero hay que añadir que, como otras formas del griego helenístico, sufrió influencias de otros idiomas. Por razones muy diversas (el que los escritores hayan sido todos o casi todos de habla aramea; el hecho probable de que algunos textos hayan existido primero en arameo; la influencia de la LXX, con su carga semítica12), el griego neotestamentario es un griego hasta cierto punto semitizado. Sin embargo, no toda esa influencia semítica fue exclusiva de los escritores de ese texto.

Hay que tomar en consideración, además, que al ser el Nuevo Testamento una obra de muchos autores, cada uno de ellos tiene sus características peculiares. El nivel del lenguaje, la calidad estilística, la preocupación por las formas, etc., varían de autor a autor. Por esa razón, las afirmaciones generales que se han hecho tienen luego que matizarse, en el estudio particular de cada uno de los libros que componen el Nuevo Testamento, en conformidad con los aspectos que hemos mencionado y algunos otros. «En un extremo de la escala, tenemos el basto griego del Evangelio de Marcos o del Apocalipsis; en el otro, los pulidos períodos del autor de la Epístola a los Hebreos», ha dicho el profesor George Milligan; y continúa con una cita de Jülicher relativa a las epístolas de Pablo: «Estas epístolas, a pesar de que siempre se toman como escritos del momento dirigidos a un reducido círculo de lectores, han alcanzado, no obstante, la posición propia de obras literarias independientes mucho más que el promedio de las cartas de grandes hombres de nuestro tiempo… Sin saberlo o pretenderlo, Pablo se convirtió, con sus cartas, en el creador de la literatura cristiana».13

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Apéndice: La Septuaginta (LXX)

Entre las primeras grandes obras del período helenístico se encuentra la traducción al griego de las Escrituras hebreas llevada a cabo por sabios judíos en Alejandría. Marcada por la leyenda de que la obra fue realizada por exactamente setenta de esos sabios, esta traducción se conoce con los nombres de Septuaginta o Versión de los Setenta, y se suele referir a ella, en textos escritos, con el número setenta en caracteres romanos (LXX).

Los orígenes de la LXX es tema que se debate en la actualidad, pues se han propuesto diversas teorías, ninguna de las cuales es totalmente satisfactoria. Además, debe tomarse en cuenta que no existe un único texto de esa monumental obra, sino varios, que no coinciden totalmente entre sí.

Uno de los aspectos que le dan a este texto importancia fundamental es el hecho de que “antes y después de la adopción de la LXX por los cristianos […] fue un importante documento en círculos helenísticos. Autores judíos antiguos que escribían en griego, como Filón (c. 30 d.C.), Pablo (c. 50 d.C.) y Josefo (c. 80 d.C.) alegorizaron, expandieron y citaron el texto ampliamente. Los sermones y comentarios de los Padres de la Iglesia griega y latina muestran evidencias de que usaban la Biblia griega y no la hebrea».14

La influencia de la LXX en los escritores del Nuevo Testamento es, ciertamente, variada y se muestra más intensamente en unos que en otros. En algunos autores, las citas que se hacen de las Escrituras hebreas no se toman del texto hebreo sino de esta traducción griega. A veces, tal traducción es corregida a la luz del texto hebreo. «El influjo de la LXX, evidente a lo largo de todo el NT, se manifiesta sobre todo en el Evangelio de Lucas y en conceptos hebreos de las cartas paulinas, como los de justificación o propiciación».15

En cuanto al griego de esta traducción, el autor que acabamos de citar sostiene que «en la actualidad se observa más bien una tendencia a explicar el griego de los LXX como un fenómeno derivado de la traducción. El hecho de que se trate de una versión justifica el significado extraño dado a algunos términos, el uso indiscriminado de términos poéticos o de la prosa, la acuñación de neologismos, etc.».16

Como dato curioso señalemos que Manuel Guerra Gómez sostiene que «de las 5436 palabras diferentes del NT c. 1053 (el 19,4%) no figuran en la versión de los LXX»;17 o sea, que comparten algo más del 80% del vocabulario del Nuevo Testamento.

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Notas y comentarios

1 No siempre el contexto permite determinar con absoluta seguridad cuál fue la forma original.

2 Como es natural, los cambios fonéticos continuaron y han afectado también a la ortografía. En griego moderno, este fenómeno se percibe con claridad en la pérdida de ciertas vocales largas de formas subjuntivas que han sido substituidas por las formas diptongadas del indicativo.

3 Manuel Guerra Gómez, El idioma del Nuevo Testamento (Burgos: Ediciones Aldecoa, 1981), p. 75.

4 Op. cit, p. 73-76. En griego moderno, el infinitivo ha desaparecido totalmente y ha sido substituido por el subjuntivo.

5 «De las 5436 palabras distintas del NT, las cuatro quintas partes, c. 4000 pertenecen al griego clásico, c. 1000 al griego inmediatamente postclásico o helenístico» (Manuel Guerra Gómez, op. cit., p. 20).

6 Algo semejante sucede en castellano cuando se mantienen grafías como «Abraham», con una eme final que no es propia de nuestra lengua. De ahí que traducciones contemporáneas del texto bíblico escriban «Abrahán»; y de ahí también que se hayan hecho intentos de «castellanizar» la grafía de toda la onomástica bíblica (tarea por demás muy compleja).

7 Hemos conservado las transcripciones de la edición de Reina-Valera, revisión de 1960.

8 Valerio Mannucci, La Biblia como palabra de Dios. Introducción general a la Sagrada Escritura (Bilbao: Desclée de Brouwer, S.A., 19954), p. 86

9 «Lengua del Nuevo Testamento», en Nuevo diccionario bíblico (primera edición basada en la segunda edición inglesa del New Bible Dictionary, 1982). (Buenos Aires: Ediciones Certeza, 1991), p 802.

10Para percibir este fenómeno son útiles traducciones como la Reina-Valera, que procuran mantener la forma de la expresión del idioma original («traducción por equivalencia formal») y reproducen así, en nuestro idioma los semitismos a los que nos referimos. Esta utilidad se ve menoscabada a veces en las revisiones que, para hacer el texto más natural de acuerdo con los cánones de la lengua a la que se traduce, eliminan algunos aspectos como este que comentamos. Las referencias que se mencionan son, precisamente, de la revisión de la Reina-Valera hecha en 1960, excepto las referencias de Hebreos y Lucas, que están tomadas de la revisión de 1909.

11 Véase la siguiente obra en relación con el uso, en el Nuevo Testamento, de palabras, sufijos y traducciones de origen latino: F. Blass y A. Debrunner, A Greek Grammar of the New Testament and Other Early Christian Literature, traducida por Robert W. Funk (Chicago: The University of Chicago Press, 1961), p. 4-6.

12 Por ejemplo, al darles a un buen número de palabras griegas los significados que eran propios de las «correspondientes» palabras hebreas o arameas.

13 G. Milligan, en la «Introducción general» (escrita en 1904) a la siguiente obra: James Hope Moulton y George Milligan, The Vocabulary of the Greek Testament (Grand Rapids, Michigan: Wm. B. Eerdmans Publishing Company, 1930 [primera edición en un solo volumen]), p. xix.

14 Melvin K. H. Peters, «Septuagint», en The Anchor Bible Dictionary, David Noel Freedman, editor jefe (Nueva York: Doubleday, 1992), vol. 5, p. 1102.

15 J. Trebolle, «El texto de la Biblia», en La Biblia en su entorno, p. 447.

16 Ibídem.

17 Obra citada, p. 21. (Bruce M. Metzger, en Lexical Aids for Students of New Testament Greek [Princeton, 1955], p. 1, sostiene que según el léxico de Thayer, el Nuevo Testamento griego usa 5.594 palabras).

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Bibliografía sucinta

Birdsall, J. N., «Lengua del Nuevo Testamento», en Nuevo diccionario bíblico (primera edición basada en la segunda edición inglesa del New Bible Dictionary, 1982). Buenos Aires: Ediciones Certeza, 1991
Blass, F. y A. Debrunner, A Greek Grammar of the New Testament and Other Early Christian Literature, traducida por Robert W. Funk. Chicago: The University of Chicago Press, 1961
Dautzenberg, Gerhard, «Lenguaje y forma de los escritos del Nuevo Testamento», en Forma y propósito del Nuevo Testamento, dirigida por Josef Schreiner. Barcelona: Editorial Herder, 1973
Guerra Gómez, Manuel, El idioma del Nuevo Testamento. Burgos: Ediciones Aldecoa, 1981
Mannucci, Valerio, La Biblia como palabra de Dios. Introducción general a la Sagrada Escritura. Bilbao: Desclée de Brouwer, S.A., 19954
Trebolle Barrera, Julio, La Biblia judía y la Biblia cristiana. Madrid, editorial Trotta, S.A., 1993
Trebolle Barrera, Julio y José M. Sánchez Caro, «Lengua y escritura bíblicas», Parte cuarta, cap. XIV de La Biblia en su entorno. Estella: Editorial Verbo Divino, 1992
Zerwick, Maximiliano, El griego del Nuevo Testamento. Estella, Navarra: Editorial verbo Divino, 1997

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