El hebreo — Parte 1

Introducción: Como no existe ningún autógrafo —manuscrito original— ni copias enteras de la Biblia hebrea antes del siglo X a.C., dependemos de los descubrimientos de Qumrán (1947) para tener a la vista cómo era el texto hebreo y su escritura entre el 200 a.C. y el 68 d.C. El libro de Isaías y algunos fragmentos de los otros libros canónicos nos sirven para conocer mejor la gramática, la ortografía y la grafía del hebreo en tiempos del Jesús. Documentos anteriores a estos manuscritos, solo los tenemos en forma de inscripciones sobre óstraca o cacharros (p.ej., el calendario de un agricultor encontrado en Guezer, del siglo X a.C.) y en piedra (p.ej., la inscripción tallada en el túnel de Siloé, del siglo VIII a.C.). Por medio de ellos nos enteramos del tipo de escritura del hebreo desde el 1000 a.C. hasta más o menos el siglo IV a.C.

Por Edesio Sánchez Cetina

La escritura

El hebreo, en sus varias grafías, es heredero del alfabeto desarrollado en Fenicia. A esa escritura se la conoce como «escritura hebreo-fenicia». El calendario de Guezer y la estela moabita (850 a.C.) tienen ese tipo de escritura. El ejemplo que sigue muestra la grafía tal como aparece en esas inscripciones:

a b g d h w z j f y k l m n s
[ p x q r c t

 

La escritura cursiva, como se muestra arriba, es la que muy probablemente usaron los escritores bíblicos. La escritura «cuadrada» o asiria —tal como la llama el Talmud— es de origen arameo. Este es el tipo de escritura que se empezó a usar a partir del cautiverio babilonio. La grafía cuadrada, como era de esperarse, sufrió varias transformaciones al correr de los siglos. Por ejemplo, las formas finales de algunas letras como la «m» y la «f» empiezan a aparecer en el período ptolemaico en el siglo III a.C. Este es el tipo de escritura que aparece en la mayoría de los manuscritos del Mar Muerto (Qumrán).

El hebreo y su lugar entre las lenguas semíticas

En el capítulo 10 de Génesis se ofrece la lista de los idiomas semíticos que se desarrollaron en el Asia sudoccidental. Estos idiomas se dividen en dos grupos (véase el cuadro abajo):

 

  • Como se puede notar en la gráfica, el hebreo pertenece a la rama cananea de los idiomas semíticos. Todos estos idiomas comparten las mismas peculiaridades lingüísticas: preferencia de las raíces triliterarles, dominio de las consonantes en su escritura, muy poca aglutinación en la formación de palabras y simpleza en la estructura de la oración.
  • El gran biblista francés Georges Auzou (108-109), escribiendo sobre las características del hebreo —que comparte por supuesto con sus lenguas hermanas—, dice así en forma clara, con una que otra afirmación no muy feliz:
  • Esta lengua es ruda y vigorosa. Predominan en ella las consonantes duras y graves, los sonidos guturales, sordos y enfáticos. El hebreo tiene más pasión que armonía, más energía que gracia. Es más adecuado para lo sagrado que para la estética; es más cultual que cultural.
  • Pero tiene también sus bellezas y no carece de solemnidad y grandeza. Es una lengua muy a propósito para «clamar a voz en cuello» (Is 58.1), como harán muchos profetas, puesto que ellos oían también «rugir» a Yahvé (Am 1.2; Jer 25.30). La rústica lengua hebrea es capaz de cantar cánticos vigorosos e impresionantes, es capaz de expresar brillantemente la alegría y profundamente el dolor. Por lo demás, no le resulta imposible expresar sentimientos delicados. El fino genio israelita supo hacer tañer de múltiples maneras, a veces maravillosamente delicadas, el rudo instrumento de la lengua hebraica.
  • El hebreo es sencillo y pobre. Su vocabulario es reducido. Tiene pocos nombres o verbos compuestos. Muy pocos adjetivos. Sus medios de sintaxis son mediocres: el hebreo tiene algunas partículas de subordinación; pero siente especial predilección por utilizar el recurso más sencillo, la coordinación. Frecuentísimamente, las oraciones están yuxtapuestas y van unidas por una «y» que se repite y se repite sin cesar, y que reemplaza a nuestras conjunciones de subordinación y coordinación. El traductor deberá preguntarse a menudo si debe contentarse con mantener esa serie de oraciones independientes o si deberá construirlas según las leyes y con los medios, más complejos ya, de nuestras lenguas modernas…
  • La lengua hebrea, finalmente, es concreta y dinámica. Esto se lo debe, sobre todo, al genio hebraico. Aunque todas las lenguas, en sus comienzos, fueron un lenguaje de los sentidos, el hebreo lo ha seguido siendo de manera muy vigorosa. De ahí la viveza y carácter directo de todo lo que se dice en hebreo. Predominan, los verbos de movimiento. No existe el verbo «haber». El verbo «ser» es activo y significa «existir eficazmente».
  • Los tiempos de los verbos no son tanto verdaderos tiempos cuanto «aspectos» de la acción, según que esta sea única o reiterada, según que sea instantánea o se prolongue. La distinción no se hace tanto entre el pasado, el presente y el futuro, cuanto entre lo «acabado» (perfecto) e «inacabado» (imperfecto).

 

EL hebreo – Parte I

El hebreo, lengua rica en imágenes animadas, lengua de orden mucho más auditivo que visual, carece —más que ninguna otra lengua— de términos abstractos, y es radicalmente inepta para expresar ideas generales. El hebreo es un magnífico instrumento para traducir la percepción sensible. Tiene cualidades admirables para la expresión poética. Pero es insuficiente o desmañado para analizar y exponer una reflexión, para definir y explicar.

En el Antiguo Testamento, al hebreo se lo conoce como «lengua de Canaán» (Is 19.18) y, más comúnmente» como «lengua de Judá» o «judío» (Neh 13.24; Is 36.11) y nunca como «hebreo». En el Nuevo, en cambio, sí aparece «hebreo» como nombre del idioma (Jn 5.2; 19.13; Hch 21.40).

El abecedario o alfabeto hebreo tiene 22 letras, y todas son consonantes. Las conocidas como begakefat (b, g, d, k, f, t) tienen dos sonidos, fricativo y oclusivo (b-v, ge-ga, d-dh, j-k, f-p, th-t). Otras letras como la alef y la ayin no tienen sonido correspondiente en castellano.

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