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El líder y la comunión con Dios

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SE VA MOISÉS, SE VA MOISÉS, SE VA PARA. . .

¡TIERRA SANTA!»

I

Contigo estoy

El valor del individuo se demuestra por sus logros y éxitos en nuestra sociedad y cultura.  Cuando se presenta a un conferenciante, cuando se presenta el autor de un libro, cuando se hace un homenaje a una persona, por lo general resaltan todos sus logros profesionales y materiales, y mientras más larga sea la lista, más es el respeto, la admiración y el valor que se le da.

Cuando (mayo, 2005) murió mi padre, tuve el privilegio de dar la reflexión bíblica en su funeral. Antes escuché más de una vez, en boca de los varios familiares, amigos y feligreses, la lista de logros de ese que en vida fue Don Edesio Sánchez Sánchez. Al preparar mi reflexión me puse a pensar en cuál sería la voluntad de mi padre al recordar su vida y ministerio, sus logros, éxitos y su relación con Dios, su Padre. De inmediato mi memoria me llevó a las varias listas de reyes que aparecen sobre todo en los dos libros de Reyes. De acuerdo con el Deuteronomista, la evaluación de los logros o fracasos del líder no se refiere a cuántos edificios construyó, cuántos enemigos venció y cuántos territorios conquistó, sino cuál fue su relación con Dios y la obediencia a su voluntad.

A diferencia del sistema de valores de nuestra sociedad —materialista, individualista y hedonista— el sistema de valores de Dios califica los «logros» a la inversa. Lo que cuenta no son los logros materiales, políticos o profesionales, sino la intensidad de la dependencia en Dios y en su gracia. Moisés, con dificultad extrema, aprendió esta lección. La respuesta de Dios a su oración en Deuteronomio 3.23-29 y lo que Moisés dice en su oración del Salmo 90 no le dejó a Moisés otra alternativa de saber que ante Dios no había credenciales, ni privilegios, ni títulos, ni logros, ni ofrendas o dádivas, sino la dependencia total en él.

En su llamado, en Éxodo 3.1-15, Moisés recibió la pauta y derrotero de su ministerio.  Era Yavé, no él, quien daba la visión, hacía el llamado por ser el dueño y sujeto de la misión, e investía con su magnificente YO SOY:

Dijo Moisés a Dios: ¿Quién soy yo para ir a Faraón y sacar de Egipto a los israelitas?»

Respondió: «Yo estaré contigo y esta será para ti la señal de que yo te envío: Cuando hayas sacado al pueblo de Egipto daréis culto a Dios en este monte».

Contestó Moisés a Dios: «Si voy a los israelitas y les digo: «El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros»; cuando me pregunten: «¿Cuál es su nombre?», ¿qué les responderé?»

Dijo Dios a Moisés: «Yo soy el que soy.» Y añadió: «Así dirás a los israelitas: «Yo soy» me ha enviado a vosotros.»  Siguió Dios diciendo a Moisés: «Así dirás a los israelitas: Yahvé, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, me ha enviado a vosotros. Este es mi nombre para siempre, por él seré invocado de generación en generación».

A Moisés, como a prácticamente todo ser humano, le costó entender los tres fundamentos sobre los que descansaba su obra y misión: visión de Dios, misión de Dios, «YO» de Dios.  Al líder, más que a otros, le cuesta dejar a un lado o librarse del aura de poder, autoridad e indispensabilidad que lo rodea. He allí porque cuando Dios diseñó el concepto de liderazgo y misión en la Biblia implementó el principio de dependencia total, de contar más que nada con la gracia divina: ¡Bástate mi gracia! Le dijo Dios al apóstol Pablo.

De hecho, el mismo nombre revelado en el momento de la vocación de Moisés, y que coincide con la liberación y formación de la nación de Israel, al parecer no tiene otro significado más que «YO-ESTOY». Yavé o YHVH no es una forma hifil del verbo hebreo, por más que William Albright lo haya sugerido.  ¡No se ha encontrado ninguna inscripción o texto que compruebe la existencia o uso del verbo HYH en hifil!  Las principales teologías del Antiguo Testamento que tengo a la mano, que se apoyan en las monografías de Vriezen y Preuss, apoyan la idea de que el nombre debe entenderse en el sentido de «presencia» o «de estar con alguien». Estas monografías, a su vez, citan, además de Éxodo 3.12 y 14, Oseas 1.9 que en forma negativa expresa la idea de presencia o de estar con: «Yo no estoy para ustedes» (véase también Dt 1.42). Empecemos citando a Edmund Jacob: 

. . . no es la idea de eternidad la que es primordial cuando los israelitas pronuncian el nombre de Yahvé, sino la de presencia.  La existencia es, como todos los otros conceptos israelitas, un concepto de relación, es decir, que la existencia no es real más que en relación con otra existencia.  Dios es aquel que es con alguien. . . No es ciertamente ser lo que se desea a Yahvé, cuya existencia no fue jamás discutida, sino su presencia efectiva cerca de un individuo o de su pueblo. . . La prioridad de la presencia sobre la existencia da un aspecto nuevo a todas las intervenciones de Yahvé, un aspecto asimismo inesperado; la presencia de Yahvé corresponde cada vez a una nueva venida, y los profetas han estigmatizado, como una grave ilusión, la fe de quienes interpretaban el «Dios está con nosotros» en el sentido de una posesión definitiva e inalienable.

Por su parte Gerhard von Rad dice:

No existe cosa más ajena a esta etimología del nombre de Yahvéh que una definición ontológica de su esencia (…), algo así como una alusión a su naturaleza absoluta, su aseidad y demás atributos.  Una interpretación semejante es fundamentalmente ajena al Antiguo Testamento.  Ya desde el principio todo el contexto narrativo nos hace esperar que Yahvéh va a comunicar algo; no cómo es, sino cómo se va a mostrar a Israel.  Se insiste con razón en que, sobre todo en este texto hyh debe entenderse como un «estar presente», «estar ahí», no en sentido absoluto sino como una existencia relativa y eficaz «yo estaré ahí (para vosotros)».

Finalmente, cito una nueva Teología del Antiguo Testamento que ha salido en español en los últimos años. Se trata de la obra de Horst Dietrich Preuss:

Por otra parte a Yahvé no se le cree o se le imagina en una existencia absoluta, sino en su relación con Israel, con el hombre… (Os 13,4; cf. 12,10)… Este Dios quiere “estar con” (Ex 3,12), y eso es lo que luego (Ex 3,14) se explicita con todo el peso de la palabra dicha por Dios y, por tanto, en 1ª persona del singular: ehyeh.  

En Éxodo 7.1, una traducción literal del TM dice: «Yo te doy/pongo[hago] dios para Faraón». Es decir, frente al poder político, religioso y militar de Egipto, Moisés era, ni más ni menos, el mismo Dios. ¡Qué manera de presentarse Dios en la vida de su emisario! ¡Nada lograría Moisés, si la presencia de Yavé no era real en su vida! Eso que suena así como algo maravilloso traía un tremendo compromiso y muchas penurias. Cuando le dices sí a Dios, prepárate para todo, de principio a fin tu vida depende de él. Ante la promesa de Dios en Éxodo 3.12, Yo estaré contigo, y 33.14, Mi presencia irá contigo, y te daré descanso, Moisés respondió: Si tu presencia no ha de ir conmigo, no nos saques de aquí. ¿Y en qué se conocerá aquí que he hallado gracia en tus ojos, yo y tu pueblo, sino en que tú andes con nosotros, y que yo y tu pueblo seamos apartados de todos los pueblos que están sobre la faz de la tierra? (Ex 33.15-16). Pero a Moisés le faltaba algo, no solo confiar en que en efecto Yavé estaría siempre con él y con el pueblo, sino que él y el pueblo estarían siempre con Yavé. Es decir, que la voluntad de Moisés coincidiera con la de Dios. ¡Esa era la lección más difícil de aprender!

Las oraciones de Deuteronomio 3.23-28 y del Salmo 90—que se estudian en el segundo ensayo de esta serie—son bastante claras para entender que el hecho de que Yavé esté con un individuo o una comunidad, no significa que con ello se tuviera licencia para demandar privilegios o exigir la adecuación divina con la voluntad humana. A Moisés nada le sirvió como argumento para demandarle a Dios que lo dejara entrar en la Tierra prometida.  Por ello, en la segunda parte de la oración del Salmo 90, llegó a la sabia conclusión de que solo dependiendo totalmente en Dios y su jesed o «gracia» podemos salir avante: 

Que la bondad del Señor, nuestro Dios,

esté sobre nosotros.

¡Afirma, Señor, nuestro trabajo!

¡Afirma, sí, nuestro trabajo!

¡Cómo le costó a Moisés entender aquello que ya Dios le había prometido desde un principio: «Yo estaré contigo, no te dejaré ni te abandonaré». Y esa fue precisamente la misma promesa dada al sucesor de Moisés (Jos 1.5-9): 

Nadie podrá mantenerse delante de ti en todos los días de tu vida: lo mismo que estuve con Moisés estaré contigo; no te dejaré ni te abandonaré. Sé valiente y firme, porque tú vas a dar a este pueblo la posesión del país que juré dar a sus padres.  Sé, pues, valiente y muy firme, teniendo cuidado de cumplir toda la Ley que te dio mi siervo Moisés. No te apartes de ella ni a la derecha ni a la izquierda, para que tengas éxito dondequiera que vayas.  No se aparte el libro de esta Ley de tus labios: medítalo día y noche; así procurarás obrar en todo conforme a lo que en él está escrito, y tendrás suerte y éxito en tus empresas.  ¿No te he mandado que seas valiente y firme? No tengas miedo ni te acobardes, porque Yahvé tu Dios estará contigo dondequiera que vayas.

La presencia de Dios, concretamente a través de su Palabra, es el secreto del éxito (Véanse Sal 1.2-3; 119.9, 165). La dependencia en Dios en la forma de obediencia a la voluntad divina fue la clave del éxito de Josué y del pueblo con él (Jos 21.43-45, DHH):

Así fue como el Señor les dio a los israelitas todo el territorio que les había prometido bajo juramento a sus antepasados, y ellos se establecieron y vivieron allí. El Señor cumplió su promesa, y les dio paz en todo el territorio. Sus enemigos no pudieron hacerles frente, porque el Señor les dio la victoria sobre ellos. Ni una sola palabra quedó sin cumplirse de todas las buenas promesas que el Señor había hecho a los israelitas. 

A Moisés y a Josué se les une toda una lista de líderes en el Antiguo Testamento a quienes se les evalúa no por resonadas victorias, o por sus magníficas construcciones, o por sus dotes de grandes políticos, gobernantes o estadistas, sino por el simple y llano hecho de que Dios-estuvo con ellos. Sí, David fue un gran militar, un gran político, un gran poeta y un gran músico. Pero en el momento más importante de su vida, en el momento en el que Dios decidió hacer «alianza eterna» con David y su dinastía, lo que contó no fueron ninguno de esos logros, sino porque Dios había estado con él (2 S 7.9). Si los logros materiales y políticos hubiesen sido los motivos por los cuales se calificaran los éxitos de los líderes bíblicos, Salomón, Jeroboam II y Acab habrían sido los campeones y no David. Pero de ningún rey de Israel y Judá se afirma lo que se dice de David: 1 S 18.12-14, 28; 17.37; 20.13; 2 S 5.10; 2 S 7.3; 14.17; 22.30; 1 Cr 11.9.  Estos textos, como estribillo, repiten las palabras que coronaron la vida y obra de David: «yo, tu Dios, estoy contigo». Bien sabía David que ese era el secreto de una vida exitosa delante de Dios, y por ello, no olvidó dejárselas a su hijo Salomón como su mejor patrimonio: 

Ahora pues, hijo mío, Jehová esté contigo, y seas prosperado, y edifiques casa a Jehová tu Dios, como él ha dicho de ti. Y Jehová te dé entendimiento y prudencia, para que cuando gobiernes a Israel, guardes la ley de Jehová tu Dios. Entonces serás prosperado, si cuidares de poner por obra los estatutos y decretos que Jehová mandó a Moisés para Israel. Esfuérzate, pues, y cobra ánimo; no temas, ni desmayes. . . Levántate, y manos a la obra; y Jehová esté contigo.  Asimismo mandó David a todos los principales de Israel que ayudasen a Salomón su hijo, diciendo: ¿No está con vosotros Jehová vuestro Dios, el cual os ha dado paz por todas partes? (1 Cr 22.11-14, 16-18).

Dijo además David a Salomón su hijo: Anímate y esfuérzate, y manos a la obra; no temas, ni desmayes, porque Jehová Dios, mi Dios, estará contigo; él no te dejará ni te desamparará, hasta que acabes toda la obra para el servicio de la casa de Jehová (1 Cr 28:20).

Más de una vez, los profetas y, a través de ellos, el pueblo escucharon de la boca de Dios la misma promesa: Is 41.10, No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia. Is 43.2-5, Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti. Porque yo Jehová, Dios tuyo, el Santo de Israel, soy tu Salvador; a Egipto he dado por tu rescate, a Etiopía y a Seba por ti. Porque a mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable, y yo te amé; daré, pues, hombres por ti, y naciones por tu vida. No temas, porque yo estoy contigo; del oriente traeré tu generación, y del occidente te recogeré.  Jer 1.8, 19, No les tengas miedo, que contigo estoy yo para salvarte… Te harán la guerra, mas no podrán contigo, pues contigo estoy yo – oráculo de Yahvé – para salvarte. Jer 15.20, Pelearán contigo, pero no te podrán, pues contigo estoy yo para librarte y salvarte. Jer 30.11, Contigo estoy para salvarte.  Jer 46.28, Tú, siervo mío Jacob, no temas, dice Jehová, porque yo estoy contigo.  Ez 34.30, Y sabrá que yo Jehová estoy con ellos. Hag 1.13; 2.4, Yo estoy con vosotros, dice Jehová.

Cuando pasamos al Nuevo Testamento, Pablo, el gran perseguidor de Jesucristo y de su Iglesia, cuando fue doblegado por el Señor, no pudo hacer otra cosa que entregarse totalmente a él.  Por ello, en la misma línea que Moisés, Josué, David y los profetas, solo encontró apropiado también auto designarse: «Pablo, siervo de Jesucristo». Para un hombre como él, con tantos logros a nivel humano, el reconocimiento de la dependencia total en Dios era algo sumamente difícil. Pero, como Moisés, Pablo aprendió bien la lección. De su pluma y labios salieron estas conmovedoras palabras: 

2Co 12.9-10: Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.

1Co 15.10 Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo.

Gl 2.20 Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.

Todo, todo lo que Pablo había considerado como logros y éxitos desde la perspectiva humana, al encontrarse con Cristo y haber sido transformado por él, eran ahora considerados como nada, como «basura» (Flp 3.8-14):

Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe; a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte, si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos.  No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.

Pero es en Jesús que ese «estar de Dios con su siervo» llega a su máxima expresión. Desde que leí el libro, Cristo y la cultura, de Richard Niebuhr, siempre me impactó y me sigue impactando la sección que él titula «Hacia una definición de Cristo», en el capítulo primero de su obra. Son varios los párrafos que podría citar, pero me concretaré a los siguientes:

La humildad de Cristo no es la moderación de no rebasar el lugar exacto que corresponde al individuo en la escala del ser, sino más bien la dependencia y la confianza absolutas en Dios, con la consiguiente capacidad para trasladar montañas. El secreto de la mansedumbre y de la gentileza de Cristo estriba en su relación con Dios. . . Cualquier virtud de Jesús puede considerarse como la clave del secreto de su carácter y doctrina; pero cada una de ellas es inteligible en su radicalismo aparente a condición de entenderla como una relación con Dios. . . Parece evidente que la excepcionalidad, la magnitud heroica y la sublimidad de la persona de Cristo, consideradas moralmente, se deben a esa devoción única a Dios y a esa confianza absoluta en él, que sólo se expresan diciendo que es el Hijo de Dios. . . El poder y el atractivo que Jesucristo ejerce sobre los hombres nunca provienen de él solo, sino de él como Hijo del Padre. Provienen de él según su filiación en un doble sentido, como hombre que vive para Dios y como Dios que vive entre los hombres.

Y no hay, quizá, mejor lugar para afirmar esa unión del Jesús con el Padre que en su famosa oración sacerdotal de Juan 17 (vv. 20-26): 

Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado. Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido, y éstos han conocido que tú me enviaste. Y les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a conocer aún, para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos

Pero ustedes me abandonaron

La promesa y oferta de la presencia divina en la vida de los líderes de Israel y del pueblo mismo más de una vez se rechazó o ignoró. Y así, el testimonio bíblico nos asegura que el «yo estoy/estaré contigo» de Dios solo puede ser anulado por el ser humano. Por aquel a quien Dios le ha dado la certeza de su presencia.

No encuentro otro lugar donde se escuchen las palabras tristes y amargas de Dios como se escuchan en Jeremías 2.4-13 (TLA): 

Yo no traté mal a sus antepasados,

sin embargo, ellos se alejaron de mí.

Adoraron a ídolos inútiles,

y ellos mismos se volvieron inútiles.

Jamás preguntaron por mí,

a pesar de que fui yo

quien los liberó de Egipto,

quien los llevó por el desierto,

por un terreno seco y peligroso,

donde nadie pasa y donde nadie vive.

Fui yo quien los trajo a esta buena tierra,

donde hay comida en abundancia.

Pero llegaron ustedes y todo lo ensuciaron;

¡convirtieron mi tierra en un lugar asqueroso!

Los sacerdotes nunca preguntaron por mí,

los maestros de Biblia jamás me conocieron,

los dirigentes pecaron contra mí,

y los profetas no hablaron en mi nombre.

Todos ellos siguieron a otros dioses

que no sirven para nada,

y en nombre de ellos hablaron.

Por eso, a ustedes,

a sus hijos y a sus nietos,

los voy a llevar ante los jueces.

Les juro que así lo haré.

Envíen mensajeros

al desierto de Arabia,

o a las islas del Mediterráneo,

para que se fijen y averigüen

si alguna vez pasó algo parecido.

Jamás he conocido a una nación

que haya abandonado a sus dioses,

aun cuando sus dioses sean falsos.

Pero ustedes me cambiaron a mí,

que soy el Dios verdadero y glorioso,

por dioses que no sirven para nada.

El universo entero se sorprende

y tiembla de espanto.

Les juro que esto es así.

Ustedes, pueblo mío,

cometieron dos pecados:

me abandonaron a mí,

que soy para ustedes una fuente

de agua que les da vida,

y se hicieron sus propios estanques,

que no retienen el agua.

Tan profundo fue el abandono y la infidelidad del pueblo de la alianza, que Dios tuvo que decidir «des-revelarse» de la presencia del pueblo, «des-exodisarse» de él: Y dijo Yahvé: Ponle el nombre de «No-mi-pueblo», porque vosotros no sois mi pueblo ni yo soy para vosotros El-Que-Soy(Os 1.9, NBJ).Esta versión que traduce el hebreo de manera literal es la que mejor eco hace de Éxodo 3.14: Yo soy E- que-soy. Si en el éxodo Yavé se presentó como eso, como «el-que-era-todo-para-el-pueblo», en el exilio hacía todo lo contrario.

Como el pueblo de Israel en el exilio, Moisés, aquel que fue el primero en escuchar el «Yo-soy-porque-estoy-contigo», también experimentó, por sus pecados, egoísmos, desobediencia y falta de visión, el abandono divino, el «no-soy-más-para-ti» (Sal 90.3, TLA: Tú marcas el fin de nuestra existencia cuando nos ordenas volver al polvo; cf. Gn 3.19). Y ¡con qué palabras más gráficas y con profundo sentido de urgencia clamó de nuevo por la presencia de Dios!: Dios nuestro, ¿hasta cuándo vas a abandonarnos? ¡Vuelve a ser nuestro Dios! ¡Compadécete de nosotros pues somos tu pueblo! (Sal 90.13, TLA). Bien sabía Moisés, como lo supo Josué, David y tantos otros, que sin Dios nada se puede hacer: «Si Dios está contra nosotros, todos podrán contra nosotros», para parafrasear en negativo ese famoso texto de Romanos 8.31.

David también tuvo su traspié (2 S 11), y Dios claramente lo definió como «despreció», «abandono» (2 S 12.10).  Pero la gracia de Dios que es amplia y profunda perdonó a David y, aunque este sufrió, lo restituyó: el nombre que se le pondría al niño que finalmente se llamaría «Salomón» fue el de «Jededías» («amado de Yavé», [2 S 12.25). Jededías, etimológicamente hablando, está más cercano al nombre de David que de Salomón.  De acuerdo con algunos biblistas, es muy probable que este nombre responda más al «amor» que Dios le tenía a David que la preocupación futura por Salomón.  En efecto, la historia futura del pueblo de Dios se definiría más por la relación de Dios con David que con ninguno de sus descendientes.

Yo estaré contigo. . . si tú permaneces conmigo

En la experiencia del liderazgo, de acuerdo con el testimonio bíblico, Dios es quien toma la iniciativa, y él es quien promete su presencia constante. Sin embargo, en la experiencia de Moisés, de Josué, de David y de otros tantos, hay una responsabilidad exigida a la parte humana. En el caso de Josué se expresa de manera muy clara (Jos 1.5-9): 

Nadie te podrá derrotar en toda tu vida, y yo estaré contigo así como estuve con Moisés, sin dejarte ni abandonarte jamás. Ten valor y firmeza, que tú vas a repartir la tierra a este pueblo, pues es la herencia que yo prometí a sus antepasados. Lo único que te pido es que tengas mucho valor y firmeza, y que cumplas toda la ley que mi siervo Moisés te dio. Cúmplela al pie de la letra para que te vaya bien en todo lo que hagas. Repite siempre lo que dice el libro de la ley de Dios, y medita en él de día y de noche, para que hagas siempre lo que este ordena. Así todo lo que hagas te saldrá bien. Yo soy quien te manda que tengas valor y firmeza. No tengas miedo ni te desanimes porque yo, tu Señor y Dios, estaré contigo dondequiera que vayas.

Fidelidad a Dios y obediencia a su Palabra son los componentes de la respuesta humana a la promesa divina de su «constante presencia»: no solo de pan vive el ser humano, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (Dt 8.3). Y es precisamente aquí donde se encuentra el principal obstáculo para hacer efectiva la promesa divina. La duda, la infidelidad, la desobediencia, constantemente pueblan la mente de los «siervos» de Dios; y eso es lo que los hace «tropezar» y muchas veces «caer».

¡Cuántas veces, tan pronto Dios convoca, promete estar con el líder y lo envía, la respuesta no es de aceptación inmediata, sino de temor y duda!  Dios envía a Moisés a liberar al pueblo de la esclavitud egipcia, y la respuesta es: «tengo miedo», «¿quién soy yo?», «no puedo hablar, soy corto de palabra». Dios llama a Jeremías, le define su misión y le asegura su compañía, pero la respuesta de Jeremías es: «no sé hablar, soy muy joven» (Jer 1.4-19).  Y cuando la misión se vuelve difícil y dura, cuando la misión incomoda y coloca en peligro de muerte, ¡hasta el más valiente y convencido flaquea!  Jeremías 20.7-18 (DHH) registra las duras palabras que el profeta le lanza a Dios: 

Señor, tú me engañaste,

y yo me dejé engañar;

eras más fuerte, y me venciste.

A todas horas soy motivo de risa;

todos se burlan de mí. . . 

¡Maldito el día en que nací!

¡Que el día en que mi madre me dio a luz no sea bendito!

¡Maldito el que alegró a mi padre

con la noticia de que un hijo varón le había nacido!

¡Que ese hombre sea como las ciudades

que Dios destruye para siempre!

¡Que oiga de mañana gritos de dolor,

y alarma de guerra a mediodía,

 pues Dios no me hizo morir en el seno de mi madre!

Así ella hubiera sido mi sepulcro,

y yo nunca habría nacido.

¿Por qué salí del vientre

solo para ver dolor y penas,

y para terminar mi vida cubierto de vergüenza? 

No es nada fácil cumplir la parte que le corresponde al ser humano, aquel llamado por Dios «mi siervo». Ese es y será siendo el problema más grave en el ministerio bíblico y cristiano. Dios no es el que falla, aunque a veces eso nos parezca. Los que fallamos somos nosotros, pues a menudo nos cuesta entender la dimensión de la tarea a la que hemos sido llamados; ni tampoco hemos interiorizado ni convencidos del todo de lo que significa la promesa de Dios de estar siempre con nosotros y de no abandonarnos. ¿No fue el mismo Jesús, Hijo de Dios, quien también flaqueó en algún momento?: Jesús se alejó un poco de ellos, se arrodilló y oró a Dios: «¡Padre!, ¡papá!, si fuera posible, no me dejes sufrir. Para ti todo es posible. ¡Cómo deseo que me libres de este sufrimiento! Pero que no suceda lo que yo quiero, sino lo que quieras tú.» (Mc 14.35-36, TLA). Sin embargo, Jesús no cejó, volvió a colocar la mirada en la misión que su Padre le dio y siguió adelante. Una y otra vez, les aseguró a sus seguidores de la certeza de su sufrimiento y muerte, y caminó hasta la cruz y su propia muerte para otorgarnos salvación y vida eterna.  

En efecto, el ministerio cristiano, tal como lo vemos con el mismo Jesús, es una hermosa «simbiosis» entre Dios y el ser humano. ¡Dios no quiere hacer solo el trabajo!, pero tampoco ¡quiere que lo hagamos a un lado! De hecho, como muestran Éxodo 3.8 y 3.10, la tarea que Dios decide hacer —y he descendido para librarlos de mano de los egipcios, y sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y ancha, a tierra que fluye leche y miel— es la misma tarea que le pide hacer a Moisés—Ven, por tanto, ahora, y te enviaré a Faraón, para que saques de Egipto a mi pueblo, los hijos de Israel. Cuando el gran apóstol Pablo quiso olvidar este importante detalle, él mismo se detuvo y tuvo que admitir que sus logros no le pertenecían, sino a Dios: he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo (1 Co 5.10).

Conclusión

Aquí en la tierra, en nuestra sociedad occidental, acumular títulos, logros económicos y materiales, tener un currículo extenso son elementos esenciales para triunfar, para ser persona de éxito y ocupar un lugar en la sociedad y dejar un buen nombre para la posteridad. En el sistema de valores de Dios las cosas suceden al revés.  

Moisés, Josué, David y los profetas comprendieron que el secreto estaba en tener la certeza de la presencia total de Dios. Pero ellos tendrían que hacer de su parte, no pedir para sí ni títulos ni éxitos ni premios personales, sino aquel título que los acompañaría en todo su ministerio: «servidor de Dios». Pablo también aprendió esa lección, y afirmó su pertenencia a Dios y con orgullo se llamó a sí mismo: «Siervo de Jesucristo». ¡Hasta nuestro propio Señor Jesucristo reconoció que sus logros le pertenecían al Padre! Y más que adjudicarse el título de «Siervo de Dios» lo vivió de tal manera que aquello de lo que había una vez hablado Isaías (53), ahora le venía como el título más adecuado para definir su misión: «Siervo Sufriente». Por ello, cuando en la escena celestial del reconocimiento del poder de Dios como soberano del universo se presenta a Jesucristo, no se le hace como poderoso conquistar, sino como un Cordero que estaba de pie, pero se veía que había sido sacrificado, y todos cantaban este canto nuevo:

Tú eres digno de tomar el rollo y de romper sus sellos,

porque fuiste sacrificado;

y derramando tu sangre redimiste para Dios

gentes de toda raza, lengua, pueblo y nación.

De ellos hiciste un reino,

hiciste sacerdotes para nuestro Dios,

y reinarán sobre la tierra (Ap 4.6-10, DHH).

Edesio Sánchez Cetina

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