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El poder de la imagen

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Una pregunta recurrente entre cristianos es: «¿Cómo llevar el mensaje de Cristo a un mundo necesitado?»

Tradicionalmente se mencionan tres elementos:

  1. La Palabra
  2. El Espíritu Santo
  3. El mensajero

Sin dudas, esos tres elementos están presentes en la proclamación del evangelio. Sin embargo, es importante añadir un factor no mencionado generalmente:

  1. La imagen que proyectamos

El impacto del evangelio en la iglesia primitiva no consistía solamente de los grandes conceptos de la gracia y del amor, aunque estos tienen un valor supremo… sino en el tipo de personas que proclamaban esas verdades.

Hasta entonces las voces que se escuchaban eran los pensamientos de los grandes filósofos de las épocas anteriores. Pero todavía no habían visto a hombres que estaban por encima de sus pensadores y moralistas.

Cuando en distintas épocas y circunstancias la imagen del cristiano se deterioró, la iglesia entera se debilitó, y el poder de alcanzar a la gente decreció.

La eficacia del ministerio depende más de la imagen del ministro, que de sus logros académicos o aun sus experiencias.

El ministro representa a Cristo, pero no es un exponente, sino una exposición.

Algunas imágenes falsas del ministerio:

  1. La imagen de la cultura teológica – Este tipo de imagen refleja solo hechos religiosos… mucho conocimiento, pero poca vida y experiencia. Somos grandes apologistas, pero tenemos poca vivencia de lo que decimos creer y enseñar.
  2. La imagen de la actualidad – Usamos todos los recursos naturales para hacer una obra que necesita, esencialmente, la presencia continua de lo eterno.
  3. La imagen de la falsa santidad – Utilizamos una pose exterior que no se condice con nuestro interior… incluso podemos pedir prestada la imagen de algún hombre de Dios… pero es solo una imitación. No es santidad, sino santurronería. 

Es importante que comprendamos que no solo llevamos un mensaje verbal —aunque proclamamos el evangelio—, ni tampoco escrito —aunque predicamos la Palabra… Cuando predicamos, en primer lugar, ¡nosotros somos el mensaje!

¿Cuál debe ser la imagen correcta?

Cualquiera que sea la tarea que realicemos en el ministerio, la imagen que transmitimos revelará la identificación que tenemos con el modelo original.

Juan el Bautista, por ejemplo, proyectaba una imagen que llegó a producir cierta confusión: «¿Eres tú aquel que había de venir? ¿Eres tú el profeta?». En Pablo fue la comunicación de la misma persona de Cristo – Gálatas 4.14: «… me recibieron como a un ángel de Dios, como a Cristo Jesús».

Algo del mensaje y de la Persona que proclamamos debe estar impreso en nuestra vida y nuestra comunicación.

Rasgos que se ven en Cristo:

  1. Un profundo amor a Dios – Juan 14.31
    Una persona enamorada de Dios reproduce el amor de Dios.
    No somos profesionales… somos profetas que proclaman la Palabra de Dios.
  2. Un profundo amor a las Escrituras – Juan 5.39
    Los sentimientos con los cuales la Biblia fue escrita deben prevalecer en nuestros ministerios.
  3. Un profundo amor a la tarea recibida – Juan 6.38
    No somos especialistas… somos hombres especialmente llamados para una tarea eterna.
    Lo que Jesús hacía en cualquier momento era la cosa más importante en ese momento.
    Algunos sueñan con acciones heroicas, pero cada acción debe ser heroica.

Conclusión

El hombre de Dios no lleva simplemente un mensaje, lleva una Persona: Cristo. Y esa Persona debe verse en todas las áreas de su vida y ministerio.

¿Dónde está la clave, el secreto, de ese ministerio? – 2 Corintios 3.18:

«Todos nosotros, que miramos la gloria del Señor a cara descubierta, como en un espejo, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor».

Es imprescindible que contemplemos siempre a Cristo, y desde su perspectiva, interpretemos el ministerio y la vida cristiana.

Nuestra vida debe reflejar la vida de Cristo, para comunicar el mensaje y llevar honor y gloria a nuestro Señor a través de lo que predicamos y, especialmente, de lo que somos.

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