Históricamente hablando, el reino del norte (Israel) desapareció como entidad política y territorial después del cautiverio asirio en el año 722 a.C.
A pesar de las muchas advertencias de Dios por medio de sus profetas, el reino del norte siguió su camino de desobediencia a Dios hasta que, finalmente, su pecado los alcanzó.
El Imperio asirio dispersó a los israelitas por las diversas regiones de su Imperio (2 Reyes 17.6), a fin de que no pudieran unirse y rebelarse. Eso implicó que, poco a poco, el pueblo dispersado fuera uniéndose con otros pueblos hasta que, eventualmente, desapareció.
Sin embargo, no todos los habitantes del reino del norte fueron deportados, algunos permanecieron en la tierra, mientras que otros emigraron al reino de Judá.
Después de la caída del reino del norte, muchas personas de las tribus de Israel se habían integrado al reino de Judá antes del exilio babilónico. Por lo tanto, cuando el reino de Judá regresó del cautiverio, las doce tribus todavía estaban representadas, aunque predominantemente bajo la identidad «judía» (un término derivado de Judá). Esto es evidente en pasajes como Esdras 6.17, donde se mencionan sacrificios por «las doce tribus de Israel».
Las tribus deportadas no se extinguieron, sino que se mezclaron con otras naciones, lo que llevó al fenómeno de los «judíos de la diáspora» que Santiago menciona en su epístola. Veamos qué aprendemos de las Escrituras.
Personas que pasaron de Israel a Judá
2 Crónicas 11.16 refleja la elección de muchos de Israel que decidieron pasarse a Judá.
Hay otro pasaje que refleja este mismo acontecimiento. En 2 Crónicas 15.9, se menciona cómo personas de las tribus de Israel también se unieron a Judá durante el reinado del rey Asa, en un contexto de búsqueda de Dios:
2 Crónicas 15.9
«Y reunió a todo Judá y Benjamín, y con ellos los forasteros de Efraín, de Manasés y de Simeón, porque muchos de Israel se habían pasado a él, viendo que Jehová su Dios estaba con él».
Este versículo muestra cómo, al igual que en el caso de Roboam en 2 Crónicas 11.16, hubo una migración de personas de las tribus del norte hacia Judá, motivados por su deseo de seguir al Señor y adorar de acuerdo con Su voluntad. Ambas referencias destacan el papel de la fidelidad a Dios como un punto central para estas decisiones.
Asimismo, hay otros libros de la Biblia que reflejan o aluden a situaciones similares donde personas del reino del norte (Israel) se acercaron al reino del sur (Judá) debido a su deseo de seguir al Señor o por razones espirituales. Veamos algunos ejemplos:
1 Reyes 12.17
«Mas reinó Roboam sobre los hijos de Israel que moraban en las ciudades de Judá».
Aunque no se refiere explícitamente a una migración, este pasaje establece la división del reino, dejando implícito que las tribus de Judá y Benjamín permanecieron con Roboam y, por extensión, que algunos de Israel podían alinearse con Judá.
Ezequiel 37.15-24
Este pasaje no es histórico, sino profético, pero refleja la esperanza de una futura reunificación de Israel y Judá bajo un solo rey, mostrando el deseo de unidad entre las tribus: «Y haré de ellos una nación en la tierra, en los montes de Israel; y un rey será a todos ellos por rey; y nunca más serán dos naciones, ni nunca más estarán divididos en dos reinos». (Ezequiel 37.22).
2 Crónicas 30.10-11
En tiempos del rey Ezequías, cuando se restauró la Pascua, algunos de Israel también acudieron a Judá para adorar al Señor:
«Pasaron, pues, los correos de ciudad en ciudad por la tierra de Efraín y de Manasés, hasta Zabulón; mas se reían y burlaban de ellos. No obstante, algunos de Aser, de Manasés y de Zabulón se humillaron y vinieron a Jerusalén».
Estos textos muestran que, a lo largo de la historia bíblica, siempre hubo personas en Israel que buscaron la verdadera adoración en Judá, especialmente cuando los reyes y el templo en Jerusalén eran los principales referentes de fidelidad al Señor.
En el Nuevo Testamento
En el Nuevo Testamento no se menciona explícitamente una migración de las tribus del norte (Israel) hacia Judá como en el Antiguo Testamento, pero sí hay referencias a la restauración y unidad del pueblo de Dios, que incluyen a las doce tribus de Israel como una sola nación bajo el Mesías.
En el Nuevo Testamento, las «doce tribus» a menudo tienen un significado más espiritual o simbólico, representando la totalidad del pueblo de Dios. Santiago, al dirigir su carta «a las doce tribus en la dispersión», probablemente habla a los cristianos judíos que vivían fuera de Palestina, recordándoles su identidad como el pueblo del pacto, descendientes de las doce tribus.
Veamos algunos ejemplos relevantes:
Lucas 2.36
«Estaba también allí Ana, profetisa, hija de Fanuel, de la tribu de Aser; esta era de grande edad…», Este versículo es significativo porque menciona a Ana, de la tribu de Aser, una de las tribus del reino del norte. Esto implica que, incluso en el tiempo del Nuevo Testamento, había personas de las tribus del norte viviendo en Judá y participando en la adoración en el templo de Jerusalén.
Hechos 2.5-11
En el día de Pentecostés, se menciona que había judíos y prosélitos de diferentes lugares del mundo, incluyendo personas de todas las tribus de Israel:
«Y moraban entonces en Jerusalén judíos, varones piadosos, de todas las naciones bajo el cielo… Partos, medos, elamitas, y los que habitamos en Mesopotamia, en Judea, en Capadocia...».
Aunque no especifica las tribus, este evento es un reflejo de la unidad entre los judíos dispersos, probablemente de todo Israel, quienes se reunieron en Jerusalén por la fiesta.
Santiago 1.1
«Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo, a las doce tribus que están en la dispersión, salud».
Santiago dirige su carta a «las doce tribus», lo que sugiere un reconocimiento de la continuidad de todo Israel (incluidas las tribus del norte y del sur), aunque estén dispersas. Esto conecta con la idea de una restauración espiritual de todo el pueblo de Dios.
Apocalipsis 7.4-8
«Y oí el número de los sellados: ciento cuarenta y cuatro mil, sellados de todas las tribus de los hijos de Israel…». Aquí se enumeran las doce tribus de Israel, lo que simboliza la restauración y salvación de todo el pueblo de Dios. Este pasaje es un recordatorio de la unidad final de Israel bajo el plan redentor de Dios.
Aunque el enfoque del Nuevo Testamento es más espiritual, relacionado con la unidad de la Iglesia y la salvación ofrecida por Cristo, estos pasajes muestran que las doce tribus, incluyendo a las del reino del norte, permanecen en el propósito de Dios.
La restauración de las doce tribus es un tema recurrente en las Escrituras, especialmente en los profetas (por ejemplo, Ezequiel 37.15-28). En el Nuevo Testamento, esta restauración se entiende en el contexto de la Iglesia como el nuevo pueblo de Dios, que incluye tanto a judíos como a gentiles (Romanos 11.25-26; Efesios 2.14-16).
Conclusión
Aunque —como dijimos al principio— el reino del norte dejó de existir como una entidad política tras el exilio asirio, las tribus del norte no desaparecieron por completo. Muchas se integraron en Judá, otras se dispersaron y se mezclaron con otras naciones, pero la idea de las «doce tribus» se mantuvo viva como un símbolo de la unidad del pueblo de Dios.










