El texto del Antiguo Testamento — Parte I

El texto del Antiguo Testamento — Parte 1

Introducción: Hablar, o escribir en este caso, acerca del texto bíblico en general, y del texto del Antiguo Testamento en particular, plantea de entrada el problema del punto de partida. ¿Por dónde comenzar? Así como en nuestros días el libro promedio no se empieza a escribir por el principio (por lo general, las introducciones son casi lo último que se escribe), así también, en el caso del Antiguo Testamento, el orden presente de los libros que lo componen no es en modo alguno indicio de su orden cronológico.

Por Alfredo Tepox Varela

Tal vez sea más conveniente, y a la larga más provechoso, buscar en las páginas mismas del texto bíblico algunas pautas de su desarrollo histórico y, al mismo tiempo, plantearse una pregunta fundamental: ¿Qué se necesita para escribir un libro?

La respuesta, como habrá de verse, no es una sola, sino múltiple. Porque si alguien respondiera que se necesita tener algo qué decir (lo cual es cierto), pronto será necesario pasar de lo abstracto a lo concreto, y entonces alguien hará notar que se necesitan ciertos materiales, tales como plumas, papel, tinta (en nuestro tiempo, un equipo de computación), etc. Pero aun cuando estos aspectos materiales se resuelvan y el escritor cuente con ellos, queda la cuestión de que hace falta, además, un sistema de escritura o, en términos más comprensibles, un alfabeto.

No terminan allí los problemas. Incluso en la situación ideal de que el escritor logre salvar todos estos problemas abstractos y concretos, antes de emprender la tarea de escribir necesitará de algo que es fundamental; ese algo es tiempo y, junto con este, las condiciones ambientales adecuadas para dedicarse a escribir.

EL texto del Antiguo Testamento Parte I

Si estos planteamientos se transportan a los días del Antiguo Testamento, pronto resultará evidente que los problemas se agigantan. Los escritores del Antiguo Testamento (así, en plural, pues fueron muchos quienes lo escribieron, y esto en diferentes épocas y circunstancias) no contaban con los recursos materiales con que cuenta el escritor de nuestros días. Su sistema de escritura fue evolucionando, a partir de un alfabeto de veintidós consonantes, hasta llegar a la escritura vocalizada que hoy se conoce como puntuación masorética (véase más abajo, Texto Masorético). Los materiales en que escribieron fueron lajas de piedra, tablillas de arcilla, hojas de metal, cueros de vaca y papiros, y escribieron con punzones, estiletes, cinceles y plumas de ave. La tinta que usaban no era indeleble, ya que estaba hecha de un compuesto de carbón y goma arábiga.

En cuanto al tiempo, basta una lectura somera de los primeros ocho libros del Antiguo Testamento para constatar que fue precisamente tiempo lo que menos tuvieron los israelitas desde la salida de Egipto y hasta la consolidación del reino davídico. Tal vez sea durante el reinado de David y Salomón donde pueda localizarse, o suponerse, un posible principio del texto veterotestamentario.

Aunque lo que sigue tendrá esta presunción como punto de partida, tal presunción no niega la realidad de los hechos históricos que, de manera no histórica, fueron transmitidos oralmente de padres a hijos, y que constituyen lo que hoy se conoce y reconoce como tradición oral.

Los primeros textos

A. La evidencia bíblica. En el libro del Éxodo leemos que el Señor le dijo a Moisés: Escribe esto para memoria en un libro (17.14).1 También leemos que Moisés escribió todas las palabras del Señor, frase que al parecer se refiere a los Diez Mandamientos (Ex 24.4; cf. 34.1, 27, 28; Dt 4.13 passim). Más adelante, leemos que Moisés dejó por escrito el peregrinaje de los israelitas por el desierto, desde que salieron de Egipto hasta que llegaron a la ribera oriental del río Jordán (Nm 33.1-2ss.). La tradición ha extendido el sentido de estas palabras para avalar la paternidad literaria de Moisés sobre los primeros cinco libros de la Biblia. Esto, sin embargo, pudo no haber ocurrido necesariamente así, especialmente si se toman en cuenta los factores mencionados antes.

En el primer libro de Samuel leemos que este profeta recitó… al pueblo las leyes del reino, y las escribió en un libro, y que este libro lo guardó delante del Señor (10.25). ¿Cuáles eran estas «leyes del reino»? Podemos suponer que se trataba de una legislación incipiente de las leyes que habrían de regir a la naciente monarquía. ¿Y qué fue de ellas? Tal vez a estas y a otras leyes posteriores se refiera la frase el libro de las crónicas de los reyes, al que el texto bíblico hace tan frecuente referencia, pero del cual no sabemos mucho. Lo que sí es posible decir es que, al parecer, con esta naciente monarquía dio comienzo una actividad literaria nunca antes conocida en Israel. Que esto pudo haber sido así lo corrobora el hecho de que, a partir del reinado de David y Salomón, se desarrolló la escritura a nivel profesional, y en tal manera que personajes como Seraías, Seva, Sebna y Mesulam reciben el título de «escribas» (2 S 8.17; 20.25; 2 R 18.18,37; 19.2; 22.3). Tal actividad parece haber ido en aumento, y así parece señalarlo el texto bíblico cuando dice que, durante la caída de Jerusalén (587 a.C.), Nabuzaradán se llevó a Babilonia, entre muchos otros cautivos, al principal escriba del ejército, que llevaba el registro de la gente del país (2 R 25.19).

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Los acontecimientos mencionados tuvieron lugar durante el período llamado pre-exílico, es decir, antes de la caída de Jerusalén y del cautiverio en Babilonia (587-540 a.C), y pueden enmarcarse dentro de un espacio temporal que se remonta a los siglos XII-X a.C. Es importante señalar lo anterior para determinar, hasta donde es posible hacerlo, el desarrollo cronológico de la escritura y, por ende, de la formación del texto bíblico que llamamos Antiguo Testamento.

B. La evidencia arqueológica

Los primeros escritos del Antiguo Testamento parecen haber sido recogidos en la antigua escritura fenicio-hebraica, de la que se han derivado prácticamente todos los alfabetos conocidos. Evidencia de esta escritura es el abecedario de Izbet Sartah, hallado en 1974 y fechado en los siglos XII-XI a.C., el cual constituye el ejemplo más antiguo de la antigua escritura hebrea. Este abecedario es más antiguo incluso que el calendario de Gezer (siglo X a.C.) y que la piedra moabita (siglo IX a.C.), aunque los antecedentes de esta escritura pueden remontarse varios siglos atrás y hallarse en la llamada escritura sinaítica, que, a partir de las inscripciones encontradas en las minas de Serabit el-Hadem, el célebre arqueólogo William F. Albright fechó hacia el siglo XV a.C. Hay que hacer notar, sin embargo, que el texto del Antiguo Testamento que hemos recibido está escrito en lo que se conoce como escritura cuadrada, o escritura aramea, que comenzó a usarse después del cautiverio en Babilonia. Tal vez fue, entre otras cosas, este cambio de escritura lo que habrá originado el llamado cisma judeo-samaritano, pues mientras que los samaritanos mantuvieron la Torah, o Ley, en la antigua escritura fenicio-hebraica, por considerar que tal escritura preservaba el antiguo texto tradicional con mayor pureza, los judíos por su parte adoptaron la escritura aramea porque, según entendían, esta existía ya antes del destierro y Esdras, el escriba versado en los mandamientos del Señor (Esd 7.11), la había reintroducido.

Desarrollo del Tanak

Se entiende por Tanak el conjunto de libros sagrados que la comunidad judía agrupa en tres secciones principales conocidas como Ley, Profetas y Escritos, y que en el ámbito cristiano constituyen lo que se conoce como Antiguo Testamento. El nombre Tanak proviene del acrónimo que forman las consonantes iniciales de los nombres de estos tres grupos de libros: Torah, Nebi’im y Ketubim, es decir, Ley, Profetas y Escritos.

A. La Ley y los Profetas. A partir de la salida de Egipto y hasta el retorno del exilio babilónico fue desarrollándose en el seno de Israel un corpus de escritos que llegó a ser conocido como la Ley y los Profetas (cf. Mt. 5.17-18; 7.12; 11.13; 22.40; 17.3-5). Aunque su desarrollo y formación abarca varios siglos, en lo que sigue se intentará ofrecer una visión esquemática de su proceso histórico.

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La reforma de Josías

Al ver el orden presente de los varios libros del Antiguo Testamento, el lector promedio tiende a pensar que el primer libro que se escribió fue Génesis, que el segundo fue Éxodo, y el tercero, Levítico, y así sucesivamente, hasta llegar al libro del profeta Malaquías. Tal percepción tiene un valor práctico, aunque pronto resulta evidente que carece de sustento. Es innegable, por supuesto, que en algún momento deben haber surgido los primeros documentos veterotestamentarios, aunque a estas alturas resulta poco menos que imposible decir cuáles fueron estos documentos, y cuándo y dónde fueron escritos, y por quién.

No obstante esto, hay un dato que puede servirnos de brújula. En los días de Josías, rey de Judá (640-609 a.C., y más concretamente en el año 621), tuvo lugar una impresionante reforma religiosa a partir del hallazgo del «libro de la ley» (2 R 22.3, 8ss.). Puesto que «ley» ha sido la traducción tradicional de torah, palabra hebrea que en realidad significa «enseñanza» y que se asigna generalmente a los primeros cinco libros de la Biblia, es decir, al Pentateuco, resulta natural que el lector promedio concluya que, en efecto, la ley hallada en ese tiempo era el Pentateuco. Pero el texto bíblico no dice esto, por lo menos no de manera explícita. Lo que sí dice es que, además de ordenar la destrucción de los ídolos de otros pueblos, Josías ordenó celebrar la Pascua, porque esta no se había celebrado desde los tiempos en que los jueces gobernaban a Israel (2 R 23.22).

La mención de la pascua, que conduce a establecer una relación directa entre la reforma de Josías y cuatro de los cinco libros del Pentateuco que hacen referencia a esta práctica ritual, ha hecho que los estudiosos convengan en que existe una innegable relación entre por lo menos el libro de Deuteronomio y la reforma de Josías, también conocida como reforma deuteronomista. Más aún, es un hecho reconocido que el carácter y estilo de Deuteronomio predomina en el pensamiento y la literatura del Antiguo Testamento, como puede constatarse en libros tales como Josué, Jueces, Reyes y Jeremías.

Lo anterior significa que el texto de la Ley hallado en los días de Josías puede ser el antecedente más antiguo del texto del Antiguo Testamento. Significa también que a partir de este fue generándose lo que hoy conocemos como Pentateuco.

El exilio babilónico

El segundo libro de los Reyes (25.1-21) y el libro del profeta Jeremías (39.1ss; 52.3ss) nos narran la caída de Jerusalén y el destierro masivo de sus habitantes a Babilonia, a manos del rey Nabucodonosor, en el año 587 a.C. Este destierro duró más de cuarenta años, y llegó a su fin cuando Ciro de Persia hizo su aparición en el escenario histórico en el año 540 a.C. El libro de Esdras (1.1-4) y el segundo libro de Crónicas (36.22-23) nos dicen que Ciro mismo emitió un decreto que autorizaba a los judíos volver a Jerusalén y reconstruir la ciudad. Esto ocurrió en el año 538 a.C.

Por lo general se piensa que en Babilonia el pueblo judío sufrió su cautividad en condiciones infrahumanas y en medio de nostálgicas añoranzas (Sal 137.1-6), lo cual es en gran medida cierto. Pero cierto es también que algunos de ellos, si no todos, gozaban de ciertos privilegios y de relativa libertad, e incluso llegaron a ocupar puestos importantes en el reino, como el texto bíblico mismo lo corrobora (2 R 25.27-30; Jer 29.4-10; 52.31-34; Ez 8.1; 12.1-7; Neh 1.11; Is 55.1-2). Fue durante este período, esencialmente triste en la historia de Israel, cuando surgieron insólitas joyas literarias como los libros de Ezequiel y de Isaías de Babilonia, grandes profetas y poetas israelitas. Con esta literatura surgió, al mismo tiempo, una visión renovada del pacto sinaítico (Jer 31.27-40), el cual Dios establecería con un nuevo pueblo (Ez 36—37). Fue durante este período cuando se recobraron una visión y una práctica renovadas del culto al Señor (Lv 17—26). Fue también durante este período cuando, de alguna manera, nació un pueblo nuevo, el judaísmo, producto de los dos conjuntos de textos que este pueblo nuevo reconocía como Palabra de Dios. Tales textos eran la Ley (Torah), que el sacerdote Esdras leyó en presencia de hombres y mujeres y de todos los que podían entender (Neh 8.3ss), y los Profetas (Nebi’im). Este binomio literario habría de prevalecer como Palabra de Dios hasta el primer siglo (cf. Mt. 5.17-18; 7.12; 11.13; 22.40; 17.3-5).

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B. Los Escritos

A la vuelta del destierro, y probablemente como resultado del choque cultural entre la comunidad judía y su entorno geopolítico, fue cobrando fuerza entre la comunidad judía una corriente de pensamiento que, aunque sin duda presente en siglos anteriores (cf. Jue 9.7-15; 14.14, 18; Pr 25.1), fue consolidándose durante el llamado período helenista. Este momento filosófico y literario en el contexto de Israel es conocido como la corriente sapiencial, cuya rica producción literaria habría de quedar finalmente recogida como resultado del llamado Concilio de Yamnia (véase más abajo, «Canonización del Tanak»). A continuación, un breve repaso de este período.

El período helenista

En el año 336 a.C., un joven príncipe macedonio inició una impresionante carrera militar que, en el lapso de diez años, lo llevó a extender su dominio desde los Balcanes hasta la ribera occidental del río Indo y el norte de África. Este joven era Alejandro de Macedonia, mejor conocido como Alejandro Magno. Su hegemonía fue no solo militar sino también cultural y lingüística, ya que su lengua materna, el griego, llegó a ser la lingua franca de los pueblos por él subyugados, y la cultura griega se convirtió en el modelo a seguir.

Uno de los grandes legados del reinado de Alejandro fue la fundación de Alejandría, ciudad famosa por su vasta biblioteca y por el ambiente cultural que en ella prevalecía. En esta ciudad, situada en la ribera occidental del delta del Nilo, se estableció una colonia judía que hizo honor al elevado nivel cultural de la ciudad. Una de las grandes contribuciones de esta comunidad fue su amplia producción literaria, la cual incluyó la traducción al griego de la Ley y los Profetas, así como de otros libros que circulaban entre la comunidad judía, lo mismo en Palestina que en Alejandría. Con el tiempo, algunos de estos libros llegarían a formar un nuevo grupo, el cual llegó a ser reconocido como escritura sagrada y recibió el nombre de Escritos (Ketubim). Fue así como llegó a conformarse el Tanak, es decir, los tres grupos de libros que conforman el Antiguo Testamento, tal como hoy día lo conocemos: Torah, Nebi’im, Ketubim.

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Notas y referencias

1 A menos que se indique  lo contrario, las citas bíblicas en este capítulo son de la RVR, aunque el autor ha decidido usar la palabra Señor en lugar de «Jehová».

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