El texto del Antiguo Testamento — Parte II

El texto del Antiguo Testamento — Parte 2

Canonización del Tanak:  En las líneas anteriores se ha esbozado a grandes rasgos la historia de la formación del Antiguo Testamento. Aquí se propondrán las posibles razones que condujeron a su formación.

Por Alfredo Tepox Varela

La Ley (Torah)

Es probable, como se ha señalado, que la reforma de Josías haya contribuido al reconocimiento y cuidadosa transmisión posterior de la Ley como Palabra de Dios. Es probable también que la experiencia del destierro babilónico haya contribuido a fortalecer esta visión de la Ley, ya que un pueblo que lo había perdido todo (templo, rey, nación y libertad) sin duda encontró en la observación de la Ley el mantenimiento de su identidad como pueblo. Puede asegurarse que, tanto durante el destierro como a la vuelta de este, el reconocimiento y la observancia de la Ley como Palabra de Dios hicieron del pueblo judío una comunidad nueva y un pueblo más firme que nunca en su fe.

Los Profetas (Nebi’im)

Los libros de Esdras y Nehemías nos hablan de las pugnas y abierta lucha que los judíos debieron librar constantemente contra los samaritanos, quienes entre otras cosas no reconocían más escritos sagrados que la Ley. Es probable que, ante la recalcitrante postura samaritana, la comunidad judía no solo haya afirmado su fe y reverencia por la Ley como escritura sagrada, sino que hizo extensivo tal reconocimiento a los libros de los Profetas.

Los Escritos (Ketubim)

Las pugnas entre la comunidad judía no terminarían allí. Con el surgimiento del cristianismo, y ante el uso que los primeros cristianos (por supuesto judíos) hacían de las escrituras hebreas traducidas al griego, para probar que Jesús de Nazaret era el Mesías prometido (la traducción griega del termino hebreo meshiaj es precisamente kristós), el sanedrín, reunido en Yamnia (o Yabné) hacia finales del siglo I d.C., optó por desautorizar la versión griega de las escrituras hebreas. Uno de los criterios que el sanedrín estableció para determinar qué libros eran escritura sagrada y qué libros no lo eran, fue precisamente el lenguaje: los que estaban escritos en hebreo fueron reconocidos como escritura sagrada; los que estaban en otra lengua no fueron reconocidos así. Tal razonamiento automáticamente desautorizó a la versión griega de las escrituras hebreas, la cual llegó a formar, junto con otros libros, lo que hoy se conoce como Versión Griega del Antiguo Testamento, o Septuaginta (LXX) —véase el capítulo respectivo en este tomo de Descubre la Biblia.

El canon del Tanak

A partir del llamado Concilio de Yamnia, el Tanak quedó constituido de la siguiente manera:
Ley: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio.
Profetas: (Anteriores) Josué, Jueces, 1-2 Samuel, 1-2 Reyes: (Posteriores) Isaías, Jeremías, Ezequiel, y Los Doce (profetas menores).
Escritos: Salmos, Job, Proverbios, Megillot (Rut, Cantares, Eclesiastés, Lamentaciones, Ester), Daniel, Esdras-Nehemías, 1-2 Crónicas.

EL texto del Antiguo Testamento Parte II
El texto masorético
A. El texto de ben Asher

El texto tradicional del Antiguo Testamento que ha llegado hasta nosotros se conoce como Texto Masorético. Su nombre proviene de la palabra hebrea masorah, que significa tradición, ya que fueron precisamente los llamados masoretas, o «portadores de la tradición», los que se encargaron de la preservación y transmisión del texto del Antiguo Testamento a través de los siglos.

Si bien pueden documentarse varias corrientes de tradición, dos son las escuelas principales que se ocuparon de la preservación y transmisión del texto hebreo, a saber, la escuela babilónica y la escuela palestinense. Aunque con sus propias particularidades, estas dos escuelas no solo se ocuparon de la escrupulosa transmisión del texto, sino también de su interpretación, para lo cual desarrollaron ciertos signos diacríticos con valor vocálico que, anotados en la parte superior o inferior del texto consonantal, determinaban la lectura correcta o más generalmente aceptada de cierta palabra. Por ejemplo, en casos como la secuencia consonantal zkr, esta vocalización determinaba si la lectura correcta debía ser zeker, «remembranza», o zakar, «varón».

Tal vocalización tuvo un desarrollo lento y tardío, que históricamente puede remontarse a la Edad Media. Con el tiempo, este sistema de vocalización fue depurándose hasta llegar a lo que se conoce como puntuación tiberiana, y que es la que ha prevalecido, como todo estudiante de hebreo puede constatar. Esta puntuación tuvo su auge entre los siglos VIII-X de nuestra era, y está ligada a la familia masorética de ben Asher. Fue precisamente un notable miembro de esta familia de masoretas, Aarón ben Moshe ben Asher, quien produjo una edición completamente vocalizada y acentuada, y que constituye la base de las ediciones modernas del Antiguo Testamento hebreo.

Hay cuatro manuscritos hebreos que se consideran textos de ben Asher. Uno es el códice del Cairo, que recoge a los Profetas (anteriores y posteriores) y que puede fecharse hacia fines del siglo IX d.C; otro es el códice de Aleppo, fechado hacia la primera mitad del siglo X pero destruido, junto con la sinagoga sefaradita en que se encontraba, durante los combates que se libraron en Siria en 1949; otro es el manuscrito 4445, que se encuentra en el Museo Británico y que abarca de Génesis 39.20 a Deuteronomio 1-33, y finalmente el códice de Leningrado, que se completó en el año 1008 y que ha sido la base de las tres ediciones de la Biblia Hebraica, preparada por Rudolf Kittel, lo mismo que de la Biblia Hebraica Stuttgartensia, publicada por la Sociedad Bíblica Alemana.

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B. El texto de ben Neftalí

Otra familia masorética que merece ser mencionada es la de ben Neftalí, aun cuando su obra no sea del todo conocida. Al parecer los manuscritos conocidos como Erfurt 1, 2 y 3, que pueden fecharse entre los siglos XI-XIV, tienen la obra de ben Neftalí como su base textual. También se sabe que el sistema vocálico de ben Neftalí es muy parecido al de ben Asher, con divergencias menores, y que el gran maestro judío Maimónides no consideró que el texto de ben Neftalí pudiera competir en calidad con el texto de ben Asher.

C. Otros textos

A partir del siglo XI han surgido otros textos del Antiguo Testamento, que combinan el texto de ben Asher con el de ben Neftalí. Además de los manuscritos de Erfurt, ya mencionados, está el códice de Reuchlin (1105), que contiene los Profetas; el texto de Jacob ben Jayim (1524), el texto hebreo que aparece en la Biblia Políglota Complutense (1520), y las ediciones políglotas de Amberes (1569-1572).

Los rollos de Qumrán

A partir de 1947, año en que fueron descubiertos en las cuevas de Qumrán los rollos conocidos como del Mar Muerto, la noción de una transmisión textual altamente escrupulosa ha resultado debatible. Si bien es cierto que los textos de Qumrán han sido fechados aproximadamente un siglo antes de la era cristiana, lo que nos lleva unos mil años antes del texto de ben Asher, y si bien después de ser cotejados se ha podido corroborar una transmisión textual fundamentalmente cuidadosa, también es cierto que esta transmisión textual no parece haber sido tan rígida ni tan uniforme como se pensaba.

En primer lugar, estos rollos nos remiten a los días del texto consonantal, lo que obliga a los estudiosos a reconsiderar la vocalización masorética. Por ejemplo, en el Salmo 100 la lectura tradicional porque él nos hizo, y no nosotros (a nosotros mismos) revela que la palabra hebrea lo’, que se traduce como «no», pudo resultar de una percepción equivocada de la palabra hebrea lo, que suena igual pero que significa «de él». Y así, la lectura de esta línea en Q (abreviatura de Qumrán) es porque él nos hizo, y de él nosotros (somos).

En segundo lugar, hay en Q divergencias con respecto a TM en la división de los párrafos. Además, siendo como es Q un texto muchos siglos anterior al TM, usa la llamada escritura plena, donde las llamadas consonantes vocales cumplen la función de la tardía vocalización masorética, lo cual es entendible, ya que esta no existía en aquellos tiempos.

Los rollos de Qumrán revelan también dos tradiciones marcadamente distintas en el proceso de copiar los textos, una de ellas más apegada a lo que posteriormente sería la norma textual rabínica. Esto es notable en un mismo libro, por ejemplo, en el rollo de Isaías (1-33; 34-66), que es uno de los más estudiados.

La versión Septuaginta

En párrafos anteriores se ha hecho mención del llamado Concilio de Yamnia, donde el sanedrín de esa ciudad dejó establecido el canon hebreo del Antiguo Testamento. Sin embargo, como resultado de esa decisión, surgió otro canon del Antiguo Testamento, al que por razones prácticas llamaremos canon griego.

Ya se ha dicho que la comunidad judía de Alejandría tradujo al griego los textos de la Ley y los Profetas, junto con otros textos que ya por entonces circulaban entre los judíos, pero que aún no formaban un corpus reconocido. Entre esos textos se encontraban los libros que después de Yamnia llegarían a conocerse como Escritos, y también otros que, por no contar con una contraparte hebrea, quedaron excluidos del canon hebreo. Los más conocidos son Tobit, Judit, 1 y 2 Macabeos, Eclesiástico, Sabiduría, Baruc, el llamado Ester griego, y algunos fragmentos adicionales al libro de Daniel, aunque no debe pasarse por alto el hecho de que hay en esta versión otros libros, a saber, 1 Esdras, la Carta de Jeremías, 3 y 4 Macabeos, Odas y los Salmos de Salomón. Todos estos libros, más los libros presentes en el Tanak, han quedado recogidos en la versión griega del Antiguo Testamento conocida como Septuaginta (LXX), edición de Alfred Rahlfs.

La importancia de la LXX no puede minimizarse. Como traducción de los textos hebreos es de gran utilidad para reconstruir el posible original hebreo cuando este no es del todo claro. Además, desde la perspectiva cristiana, es un hecho que la iglesia primitiva hizo de la LXX su primera Biblia. De esto dan constancia las numerosas citas del Antiguo Testamento en el Nuevo Testamento griego, la mayoría de las cuales son citas directas de la LXX.

Es necesario recalcar también la antigüedad de la LXX, ya que antes del hallazgo de los rollos de Qumrán fue la LXX la versión que representaba un texto del Antiguo Testamento varios siglos más antiguo que el texto Masorético.

Debe hacerse notar, sin embargo, que el texto de la LXX está integrado por varias versiones, algunas más literalistas que otras, las cuales han quedado recogidas en la edición de Rahlfs, ya mencionada. Destacan entre ellas las siguientes:

A. La versión de Áquila

Como resultado del rechazo de la LXX por parte de la comunidad judía, y de la adopción de esta por la iglesia primitiva, hacia fines del primer siglo un prosélito judío llamado Áquila tradujo los textos hebreos al griego, ciñéndose a estos lo más literalmente posible. Tan literal resultó esta versión que solo es posible entenderla si se retraduce al hebreo.

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B. La versión de Teodoción

Poco es lo que se sabe de este personaje, que al parecer revisó un texto anterior al de Áquila, y que fue ampliamente usado y difundido. El estilo de Teodoción es más fluido que el de Áquila, y su influencia en la literatura apocalíptica es innegable, ya que llegó a ser la versión oficial del libro de Daniel (como puede verse en la edición de Rahlfs), y es además frecuentemente citada por el autor del Apocalipsis.

C. La versión de Símaco

De este personaje se sabe que era un ebionita de fines del segundo siglo. Su versión es menos literalista que las dos anteriores, e incluso raya en lo parafrástico, aunque en no pocos casos contribuye a dilucidar el texto hebreo. Esto merece una mención especial a la luz de las más recientes teorías de traducción, ya que a diferencia de las otras dos versiones mencionadas, Símaco centra su interés más en el lector potencial que en el texto fuente.

Unas palabras finales

Lo anterior dista mucho de agotar el tema. Es apenas una visión panorámica de una historia larga y abundante en múltiples peripecias, en las que no ha faltado el espíritu de controversia. Aquí se han señalado apenas algunos aspectos técnicos, que poco aportarán a los especialistas, pero que esperamos abran nuevas rutas y sugieran algunas pistas para aquellos lectores que quieran ahondar en el tema. Debiera ofrecerse alguna bibliografía, pero tal vez sea mejor simplemente sugerir, a quienes deseen mayores lecturas, que acudan a los diccionarios bíblicos existentes, donde hallarán artículos más específicos y amplias bibliografías en torno a cada tema allí tratado. Cabe recomendar aquí la lectura del Prefacio a la Biblia Hebraica Stuttgartensia (pp. XXVII-XXXVI) y el texto clásico Der Text des Alten Testaments, de Ernst Würthwein (1973), del que hay traducción al inglés (The text of the Old Testament, tr. Erroll F. Rodees, 1979, 1981).

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