Siempre se han planteado dudas acerca de Dios. Sin embargo, las nuevas generaciones presentan sus dudas de maneras diferentes. El cristianismo ha cambiado significativamente en los últimos años. Hoy en día, las clásicas preguntas sobre Dios han cambiado. No es que no haya dudas sobre la existencia de Dios o la resurrección de Jesús. Sí, las hay. Sin embargo, lo que no importa hoy en día, son las respuestas.
Lo que se pone en duda hoy es más que la existencia de Dios, es la importancia de ello. Los escépticos dicen: «Está bien. Acepto. Digamos que Dios existe. ¿Y qué con eso? ¿Qué significa para mí?».
También surgen preguntas relacionadas al carácter de Dios. ¿Por qué poner a Dios como el parámetro de la buena moral? ¿Es tu Dios realmente bueno? ¿Cómo lo sabes?
Hace 30 años nos preguntaban: ¿Realmente existe Dios? Hoy en día nos dicen: «Lo que sé acerca de Dios, no me gusta». «Leo la Biblia, particularmente el AT, y me encuentro con cosas que no me hablan de un Dios de amor».
En estos tiempos, el hombre se atreve a poner en dudas el accionar de Dios, y eso no se limita únicamente a no cristianos.
Es claro que este tipo de preguntas siempre ha existido, y que siempre se ha cuestionado el accionar de Dios o la necesidad de que Dios se haga hombre y muera por nuestros pecados. Ni hablar cuando se comienza a preguntar porqué Dios permite que el hombre siga sufriendo, o cosas por el estilo. Siempre ha sido así.
Lo que sí es nuevo es la clase de preguntas presentadas hoy en día y la necesidad de que las respondamos con sinceridad y transparencia. Hoy, más que nunca, somos llamados a responder preguntas referidas al carácter de Dios y clarificar quién es el Dios de la Biblia o explicar la fe cristiana en un mundo poscristiano que tiene necesidad de escuchar respuestas claras a sus preguntas.
El tema es que, si no lo hacemos, perderemos la oportunidad de ganar personas para Cristo.
En el 2009, Dan Brown, el autor de «El código Da Vinci» ha lanzado sunovela: «El símbolo perdido». En una entrevista realizada por la revista «Parade» (septiembre 13, 2009) se le preguntó: «¿Es usted religioso?». Brown respondió:
«Fui criado en un hogar episcopal —anglicano— y de niño fui muy religioso. Entonces, cuando tenía 12 o 13 años comencé a interesarme en la astronomía, cosmología y los orígenes del universo. Cierta vez, le comenté a mi maestro de Biblia sobre algunas dudas que me surgieron y que había leído un libro que hablaba del Big Bang y toda esa teoría, y que no podía conectar lo leído con la creación de Dios relatada en la Biblia, y él me respondió: “Los buenos niños no hacen ese tipo de preguntas”. Aquel día, una luz se apagó en mi interior y me dije: “La Biblia no tiene sentido. La ciencia responde más mis preguntas que la religión”. A partir de aquellos años, comencé a alejarme de la religión».
Si pudiéramos volver el tiempo atrás y hablar con aquel maestro de Biblia,creo que podríamos explicarle el mal que se puede hacer cuando no se responde convenientemente a los niños con inquietudes sinceras. La respuesta a la pregunta de Brown solamente necesitaba unos pocos minutos para responderla eficaz y eficientemente. Pero lamentablemente no fue así.
Por lo tanto, aquel niño comenzó a buscar sus respuestas transitando otros caminos. No buscamos excusar a Brown respecto a su alejamiento de las cosas de Dios, pero sí que eso sea una advertencia para quienes enseñan a niños interesados en Dios.
Julia Duin, escribiendo para el Washington Times, decía: «La primera vez que escuché de Wade Bradshaw, pastor de evangelismo de la Iglesia Presbiteriana Trinidad, en Charlottesville, EE. UU., fue cuando estaba investigando sobre por qué la gente deja la Iglesia. La especialidad del pastor Bradshaw son los jóvenes desencantados con la religión.
«Las preguntas [que la gente hace] han cambiado significativamente en los últimos 30 años —me dijo—. Antes nos preguntaban: “¿Existe Dios?”, y hoy nos dicen: “Lo que sé de Dios no me gusta”. Su queja más importante es que Dios actúa, desde el punto de vista moral, inferiormente con respecto a nosotros. No solo eso, sino que el Dios que aparece en la Biblia es especialmente ofensivo».
En busca de desarrollar una respuesta que sea apropiada para sus estudiantes universitarios, el pastor Bradshaw escribió «En busca de un Dios mejor», un libro que indaga en la naturaleza del Todopoderoso.
El Dios que a veces comunicamos a los jóvenes parece ser vengativo, enojarsecon facilidad y estar ansioso de enviar gente al infierno. Esto se agrava pues un Dios que se hace hombre y muere por los pecados de otros no tiene cabida en la mentalidad posmoderna. Hoy en día ninguna ley condenaría a una persona inocente para que pague las culpas de otros, parece ser su razonamiento.
«Si Dios fuera bueno, ¿por qué no se muestra visiblemente en lugar de permitir miles de años de sufrimiento humano? Dios, —concluyenrápidamente— si existe, es moralmente inferior a nosotros».
La Iglesia necesita responder estas preguntas. Las respuestas están en la Biblia, pero debemos usarla convenientemente.
Es muy importante que enfrentemos este tipo de preguntas en lugar de evitarlas con el peligro de desencantar a las nuevas generaciones, de lo contrario se alejarán cada vez más de Dios. Muchas de esas preguntas tienen que ver con el sufrimiento de personas inocentes. Miran a distintos lugares alrededor del mundo y se preguntan ¿por qué tanto sufrimiento?
La generación del milenio ha puesto a Dios en el banquillo y lo ha declarado culpable. Están en la búsqueda de un Dios mejor.
La Iglesia enfrenta un desafío monumental. No podemos dejar escapar la oportunidad de llegar a las nuevas generaciones con la Palabra de Dios de una manera clara y efectiva.
Si bien el futuro de los perdidos es el infierno, y debemos advertirles sobre eso, sin duda es preferible enfatizar la gracia. Es preferible que la gente responda a Dios por el gran amor con que nos amó que por temor al infierno. El infierno es real, pero la gran razón por la que debemos acercarnos a Dios es por su gracia. No debe ser el temor lo que nos acerca a Dios, sino su amor por nosotros. Dios se hizo hombre, vivió entre nosotros, sufrió por mis pecados y fue colgado en una cruz en mi lugar. Por lo tanto, es la cruz; es la gracia; es la misericordia; es el amor.
Es evidente que el mensaje más impactante para las nuevas generaciones es aquel que está encarnado en aquellos que lo proclaman. Nada es tan convincente como una vida que muestra, en forma práctica, el amor y la misericordia de Dios que se predica. Las discusiones referentes a la existencia de Dios pueden seguir siempre, pero pocas cosas pueden argumentarse ante una vida dedicada a Dios y que muestra, en forma práctica, qué significa vivir de acuerdo con las normas de Dios, cada día.










