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Enzinas y el primer Nuevo Testamento en español

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Era el hombre más poderoso del mundo; orgullosamente decía que en sus dominios no se ponía el sol. En 1543, el imperio de Carlos V se extendía cada vez más y de su palabra dependía todo.

Con la frente erguida, el 13 de diciembre entró a su comedor, seguido de numerosos cortesanos, y se sentó a la mesa. Los demás se limitaban a mirar, hasta que, acabado el almuerzo, se fueron acercando uno a uno para sus saludos y peticiones. El segundo en acercarse fue el obispo español de Jaén, a quien acompañaba un joven que fue presentado al monarca. Se llamaba Francisco de Enzinas y llevaba consigo un libro que acababa de salir de la imprenta en Amberes. La escena tenía lugar en Bruselas, hoy capital de Bélgica, parte de los Países Bajos tierra predilecta de Carlos V, que había nacido allí.

Enzinas y el primer Nuevo Testamento en español
(Nuevo Testamento de Francisco de Enzinas, Photo: Public Domain)

El mismo Enzinas, que tenía veintitrés años de edad, dejó escritas sabrosas memorias, donde dice: «Confieso que al verme entre gente tan lúcida tuve algún temor, considerando lo que yo iba a decir, pero luego recobré fuerzas y ánimo, por ser tan grande la justicia y alteza de mi causa». El obispo explicó al rey que su acompañante quería dedicarle un libro, este ya tenía una larga y conceptuosa dedicatoria. Quizás, un poco molesto, Carlos preguntó: «¿Qué libro quieres dedicarme?». El joven respondió: «Señor, una parte de las Sagradas Escrituras, que llamamos Nuevo Testamento, fielmente trasladado por mí al castellano». Y siguió explicando qué era un libro y por qué quería que todos lo leyeran.

El autor de esta obra

Parece que el emperador no había prestado mucha atención, porque preguntó de nuevo: «¿Eres tú el autor de esa obra?», a lo que Enzinas, sin amilanarse, replicó: «El Espíritu Santo es el autor»; y aprovechó para explicar cómo este había inspirado a autores sagrados; mientras que él mismo solo era «siervo fiel y órgano débil que he traducido esta obra en lengua castellana». Aquello sorprendió al monarca, quien declaró: «Sea como quieras, con tal que nada sospechoso haya en el libro». «Nada que proceda de la Palabra de Dios debe ser sospechoso a los cristianos», dijo Enzinas comprendiendo que la entrevista estaba agotada. Al parecer, había sido fructífera.

Francisco de Enzinas procedía de una eminente familia de Burgos, en el norte de España, donde nació en 1520. Después de un tiempo en los Países Bajos, con su hermano Jaime, volvió a su tierra en 1537, donde se educó con su tío Pedro de Lerma, que había sido perseguido por la Inquisición, acusado de «hereje». Allí entró en contacto con los pensadores reformados, que leería de nuevo en Lovaina, universidad donde fue a estudiar y donde quizá tradujo la «Institución» de Calvino. Jaime fue a París, donde le conmovió ver a algunos amigos en la hoguera, por causa de sus ideas, sin imaginar que él terminaría de la misma manera.

Literatura, un ministerio

Enzinas y el primer Nuevo Testamento en español
(Nuevo Testamento de Francisco de Enzinas, Photo: Public Domain)

Desde los Países Bajos, Francisco escribió al reformado polaco Juan de Lasco, a quien había conocido exiliado en los estudios, pidiéndole una recomendación para el gran teólogo Felipe Melanchton, con quien cultivaría una larga amistad, primero por correspondencia, y años después viviendo en su casa. Al mismo tiempo declaraba haber sentido un llamamiento para dedicarse a la literatura, como un ministerio.

Fue a Wittenberg, la ciudad alemana que era una especie de capital de la Reforma, donde tuvo la visión de traducir el Nuevo Testamento a su idioma. Había, por cierto, traducciones previas, pero ninguna había sido publicada. Hecho ya el trabajo, volvió a Lovaina para imprimirlo, pero se cansó de la tardanza y lo hizo en Amberes. Consultó a muchos eruditos, que aprobaron su idea, aunque le recomendaron, inclusive Melanchton, que no pusiera su nombre en la portada, porque era peligroso y que cambiara algo el título, suprimiendo la frase «Nueva Alianza».

Pero, ¿cómo hacer para que el libro sagrado pudiera circular?

Enzinas tuvo una doble idea. Primero, incluiría una dedicatoria al omnipotente emperador. Y luego, el paso más atrevido, de hablar con él en persona, tal como hemos visto.

Feliz salió Enzinas de aquella entrevista, y así fue al día siguiente a ver a Pedro de Soto, el confesor del emperador. Este le comenzó a hacer algunas recriminaciones y, cuando el visitante salió del monasterio, fue detenido y juzgado. Las acusaciones incluían alguna cosa «seria», como traducir el Nuevo Testamento o «el libro peligroso: De la libertad religiosa», y otras, como sospechas de «luteranismo», conversaciones con herejes o compra de alguna obra sospechosa. Por todo ello, estuvo encarcelado desde diciembre de 1543 hasta febrero de 1545, cuando, abrumado por los interrogatorios, una noche comprobó que las tres puertas de la prisión estaban abiertas. Unos amigos lo llevaron ocultamente a Amberes, donde corría la noticia de la fuga, que era calificada de milagrosa.

Volvió a Wittenberg, donde continuó trabajando y viajando por distintos países. En 1547 se casó en Estrasburgo y tuvo dos hijos. Fue profesor en Cambridge, Inglaterra, y en Suiza se dedicó a traducir y publicar obras clásicas, como las de Tito, Luvio y Josefo, así como otras de los reformadores. Un punto culminante de su vida fue en 1552, cuando pudo visitar a Calvino, con quien había tenido correspondencia.

Al volver a Estrasburgo el mismo año, encontró la ciudad dominada por la peste que terminó con él y, al poco tiempo, con su esposa. Tenía treinta y dos años de edad, pero se puede decir que había cambiado la historia.

De toda su producción, sin duda la más importante fue la traducción del Nuevo Testamento.

Fue tan perseguida, que hubiera parecido un fracaso, pero fue recogida por su compatriota Juan Pérez, que publicó la suya, evidentemente basada en la de Enzinas. Años después, cuando esta edición también había desaparecido, Casiodoro de Reina publicó la suya, de la que sin duda se puede decir que bebió mucho de la de Enzinas, de modo que la visión y el coraje de aquel joven español tiene mucho que ver con nuestra posibilidad de tener la Biblia en castellano, último gran idioma moderno en poseerla, hace ya más de cuatrocientos cincuenta años. Por eso, tal vez el mejor homenaje es copiar su traducción de un versículo:

«Estas cosas os he dicho, para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero estad de buen ánimo que yo he vencido al mundo» (Juan 16:33).

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