Hay palabras de Jesús que nos reconfortan de inmediato. Sus promesas de descanso, su invitación al perdón y las demostraciones del amor del Padre llenan nuestro corazón de paz. Pero hay otras palabras suyas que nos conmueven hasta lo más profundo por su seriedad. Una de ellas se encuentra hacia el final del Sermón del Monte, cuando Jesús advierte sobre el destino eterno de muchos que se consideraban cercanos a él.
Jesús dice: «No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. En aquel día, muchos me dirán: “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?”. Pero yo les diré claramente: “Nunca los conocí. ¡Apártense de mí, obreros de la maldad!”» (Mt 7.21-23).
Lo más impactante de estas palabras es que Jesús no se refiere a personas que rechazaron su existencia o que se burlaron públicamente del evangelio. Aquellas personas llegarán ante él utilizando el lenguaje de la fe. Lo llamarán «Señor», hablarán de sus experiencias espirituales y apelarán al activismo religioso que realizaron en su nombre. Sin embargo, la respuesta del Señor será categórica: «Nunca los conocí».
Esta declaración revela una realidad solemne: se puede estar sumergido en las disciplinas de la religión y, al mismo tiempo, estar completamente alejado de la vida de Dios.

La distancia entre conocer acerca de Jesús y pertenecer a Jesús
Vivimos en un tiempo en el que es fácil confundir la adhesión a ciertos datos bíblicos con la fe que salva. Una persona puede creer que Jesús existió, que murió en la cruz y que resucitó de entre los muertos; puede asistir regularmente a una congregación, cantar alabanzas, leer las Escrituras y defender con convicción doctrinas bíblicas. Pero conocer verdades acerca de Cristo no es lo mismo que conocer a Cristo.
El apóstol Santiago nos advierte sobre los límites de la mera aceptación intelectual: «Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan» (Stg 2.19).
Los demonios poseen una teología intelectualmente correcta: saben quién es Dios, reconocen la divinidad de Jesús y entienden su autoridad soberana. Sin embargo, ese conocimiento no los conduce al arrepentimiento, a la obediencia ni a una relación de amor con el Creador.
Por eso, cuando afirmamos que creemos en Jesús, debemos examinar qué tipo de fe tenemos. La fe bíblica no consiste simplemente en dar un asentimiento mental a hechos históricos ocurridos hace dos mil años. La fe verdadera nos lleva a confiar en la persona de Cristo, a reconocernos personalmente como pecadores necesitados de su perdón y a descansar en su sacrificio como nuestra única esperanza delante de Dios.
Nuestra seguridad eterna no puede descansar en experiencias pasadas ni en méritos propios. No podemos mirar atrás y apoyarnos en haber levantado la mano en una reunión, haber sido bautizados o haber participado durante años en ministerios de la iglesia como si esas acciones, por sí mismas, garantizaran la salvación. Ningún rito ni actividad exterior puede sustituir la obra regeneradora de Dios en el corazón.

«Te es necesario nacer de nuevo»
En el evangelio de Juan encontramos a Nicodemo, un hombre que encarnaba lo mejor de la religión de su época. Era fariseo, miembro del Sanedrín y un maestro respetado que dedicaba su vida al estudio de la Ley. Sin embargo, cuando se acercó a Jesús de noche, no recibió un halago por su conocimiento ni por su piedad. Jesús fue directo al centro de su necesidad: «De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios» (Jn 3.3).
Jesús no le dijo a Nicodemo que necesitaba mejorar su comportamiento, esforzarse más o pulir su moralidad. Le dijo que necesitaba nacer de nuevo, o «nacer de arriba». Le mostró que la religión, por sincera que parezca, es incapaz de salvar al ser humano.
Existe una diferencia sustancial entre una reforma moral exterior y el nuevo nacimiento. La carne puede producir esfuerzo, disciplina y comportamiento religioso, pero solo el Espíritu Santo puede impartir vida espiritual. Como explicó el Señor: «Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es» (Jn 3.6).
El apóstol Pablo describe la condición humana natural afirmando que estamos «muertos en delitos y pecados» (Ef 2.1). Un muerto no necesita mejores consejos ni un código de conducta renovado; necesita recibir vida. La salvación es la obra sobrenatural de Dios que transforma el corazón de piedra en un corazón de carne (Ez 36.26).

La evidencia de una vida transformada
Cuando Dios otorga esa vida nueva, la persona no alcanza la perfección de la noche a la mañana. Mientras habitemos en este mundo, el creyente continuará luchando contra el pecado, atravesará períodos de debilidad y experimentará momentos de duda. La diferencia no radica en la ausencia absoluta de faltas, sino en una dirección completamente nueva.
Quien ha nacido de nuevo ya no puede vivir cómodo en el pecado como lo hacía antes. Comienza a sentir el peso de su falta, busca el arrepentimiento, anhela obedecer la Palabra de Dios y se vuelve sensible a la santidad. Como escribió el apóstol Juan: «Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos» (1 Jn 2.3).
La obediencia no es la causa de la salvación —pues somos salvos únicamente por gracia mediante la fe (Ef 2.8-9)—, pero es el fruto ineludible de un corazón regenerado. Jesús lo resumió con claridad: «Los conocerán por sus frutos» (Mt 7.16). Una semilla viva, aunque pequeña, terminará por manifestar señales de vida.

La certeza de la gracia
Estas advertencias solemnes de la Escritura no tienen como fin sumergirnos en el temor ni en la desesperación, sino librarnos de la trampa de una falsa seguridad antes de que sea demasiado tarde. El mismo evangelio que nos confronta es el que nos ofrece la mayor consolación.
Jesús no vino a llamar a personas que se consideran a sí mismas suficientes o justas, sino a pecadores al arrepentimiento (Lc 5.32). Su invitación permanece abierta y firme para todo aquel que reconoce su necesidad: «Al que a mí viene, no le echo fuera» (Jn 6.37).
No necesitamos acercarnos a Dios fingiendo una piedad que no tenemos, ni buscando convencerlo de nuestros méritos. El evangelio comienza precisamente cuando dejamos de confiar en nuestras obras, en nuestra religiosidad o en nuestras apariencias, y descansamos exclusivamente en Cristo, quien llevó sobre la cruz el juicio que nosotros merecíamos.
Llegará el día en que todos estaremos ante la presencia de Cristo. En ese momento, la pregunta decisiva no será cuántas actividades religiosas realizamos, cuántas doctrinas memorizamos o cuántas veces pronunciamos «Señor, Señor». La única pregunta determinante será si realmente le pertenecíamos.
Para quienes han nacido de nuevo y pertenecen al Salvador, no hay temor en ese día, sino una certeza llena de gloria. Jesús declaró: «Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen» (Jn 10.14).
No te apresures a responder. Detente delante de Dios, examina tu corazón a la luz de su Palabra y pregúntate con profunda sinceridad: «¿He nacido de nuevo?».










