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Historia de una Biblia

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En el año 1930 llegó a Buenos Aires, Argentina, una familia compuesta de siete personas: el padre, cinco hijos y la abuela. Llegaron con muchas ilusiones, mucho miedo y poco dinero.

Dios, en su misericordia, los llevó a escuchar el evangelio en una carpa, método que en aquellos tiempos se utilizaba mucho en la Provincia de Buenos Aires. Después de un tiempo, todos juntos entraron a una iglesia donde un hermano les prestó una Biblia para que leyeran; pero, como gente de campo, creyeron que era un regalo, dijeron gracias y se la llevaron. No sé si la pérdida material fue para la iglesia o para el hermano que la facilitó, pero fue una pérdida que dio una ganancia incontable para el reino de los cielos.

Historia de una Biblia
(Image by FotoRieth from Pixabay)

Una Biblia perdida, una familia alcanzada

Después del trabajo se reunían en familia para cantar y leer esa Biblia que nunca hubieran comprado por dos razones: Primero, porque creían que era un libro malo («brujerías», decían) y segundo, porque no tenían dinero.

Sin embargo, a través de la lectura de esa Biblia se convirtió toda la familia; y algunos de ellos, sin tener contacto con ninguna iglesia, empezaron a hablar de Cristo a otras personas. También conocieron al Señor al venir a Buenos Aires una de las hijas que vivían en el Chaco, su esposo e hijos.

La conversión más notable fue la del jefe de la familia, a pesar de haber sido un miembro activo en la iglesia católica —primer monaguillo, sacristán. Decía muchas malas palabras y tenía un tremendo rencor, ya que si alguien le hacía algo para él había terminado, no le hacía mal, pero si lo veía en el suelo no lo levantaba.

Muy pronto, Dios le dio la oportunidad de demostrar su nueva vida. Llegó del campo un hombre casi ciego, sin dinero y con mucho miedo, rogando que una de sus hijas lo llevara a un hospital, pero la Biblia ya había hecho su obra; lo abrazó, le dijo: «Ya no soy el mismo, don Ramón, Cristo me ha salvado. Venga, mi casa es suya».

El hombre no lo podía creer, pues se jactaba de ser anarquista, incrédulo, borracho, destructor de su familia, quienes se ocultaban en el bosque cuando él volvía borracho. Escuchaba todos los días la lectura de la Biblia, a pesar suyo, pues, por un largo tiempo, no le gustaba… hasta que le gustó, ¡para la gloria de Dios! Cuando volvió a su casa nadie podía creer que ese hombre fuera el mismo,  decían que en Buenos Aires lo habían vuelto loco, que no le iba a durar el cambio, pero ese hombre nuevo fue fiel hasta que murió.

Hoy, en Las Breñas, provincia del Chaco, hay una hermosa iglesia fundada por sus hijos, que se convirtieron ante el milagro de la vida de su padre.

Una Biblia que siguió viajando

Historia de una Biblia
(Photo by Kiwihug on Unsplash)

Pero la Biblia siguió su obra, durante cinco años fue la compañera de un familiar en el seminario. Estaba subrayada con distintos colores, fue muy leída y usada con gente nueva en un grupito de la que hoy es la primera iglesia evangélica bautista de Villa Ballester, provincia de Buenos Aires.

Una  alumna pidió prestada la Biblia a su maestra y nunca la devolvió.

Hasta aquí seguimos la historia de una Biblia que viajó por diversos lugares. Solo Dios sabe cuánto fruto llevó. Luego hubo otras Biblias, otra gente, pero la raíz fue aquella vieja Biblia subrayada y muy manoseada por estar en la cocina y por su mucho uso.

De  esta familia salieron dos pastores, uno con un pastorado de treinta y ocho años en las iglesias bautistas de Río Colorado y Artigas en la República Oriental del Uruguay, y el otro estuvo involucrado por muchos años en el ministerio en la iglesia bautista de Las Varillas, provincia de Córdoba —ambos en la presencia del Señor—; también surgieron varios diáconos, maestros de Escuela Dominical y laicos activos en sus congregaciones.

Empezando con Don Salvador, el padre de esta familia, ya vamos por la séptima generación, con aproximadamente trescientas cincuenta personas que aceptaron al Señor a partir del testimonio de quienes lo conocieron a partir de la lectura de aquella vieja Biblia.

Con esto se cumple la promesa del Señor: «Mi Palabra no volverá a mí vacía».

Por: Eustasia Vela de De Monte

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