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Jesús brilló como el Sol

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Un día, cuando estaba cerca de Cesarea de Filipos, «Jesús comenzó a enseñarles que era necesario que el Hijo del Hombre sufriera mucho y fuera desechado por los ancianos, los principales sacerdotes y los escribas, y que tenía que morir y resucitar después de tres días», pero, dice la Palabra: «Pedro lo llevó aparte y comenzó a reconvenirlo». Jesús reprendió a Pedro con estas palabras: «¡Aléjate de mi vista, Satanás! Tú no piensas en las cosas de Dios sino en cuestiones humanas» (Mc 8.31-33).

Más adelante, Jesús dijo a sus discípulos: «De cierto les digo que algunos de los que están aquí no morirán hasta que vean llegar el reino de Dios con poder» (Mc 9.1).

«Seis días después, Jesús se llevó a Pedro, Jacobo y Juan. Los llevó a un monte alto, y allí se transfiguró delante de ellos» (Mc 9.2). Pedro, Jacobo y Juan conformaban, sin dudas, el círculo íntimo de Jesús. A ellos los llevó consigo para presenciar algo que cambiaría sus vidas. Si bien la Biblia no lo dice, tradicionalmente se ha dicho que el evento se desarrolló en el monte Tabor, aunque pudo haber sido una de las laderas del monte Hermón, pero lo importante no es dónde sucedió, sino qué sucedió. Lucas dice: «Mientras (Jesús) oraba, cambió la apariencia de su rostro y su vestido se hizo blanco y resplandeciente» (Lc 9.29). Su apariencia cambió tanto que Marcos dice respecto a la ropa de Jesús: «Sus vestidos se volvieron resplandecientes y muy blancos, como la nieve. ¡Nadie que los lavara en la tierra podría dejarlos tan blancos!» (Mr 9.3). Mateo agrega: «Su rostro resplandeció como el sol» (Mt 17.2). Hoy conocemos este evento como la transfiguración.

Los tres evangelistas comentan que vieron a Moisés y a Elías hablando con Jesús, y Lucas especifica que hablaban acerca de la próxima partida de Jesús que se llevaría a cabo en Jerusalén.

Jesús, por lo que podemos ver en los acontecimientos que lo llevan a la cruz, estaba pasando por momentos de profunda carga emocional. Él sabía lo que le esperaba a la vuelta de la esquina. Sin dudas que el ánimo y el apoyo de Moisés y de Elías eran muy importantes para él.

Al ver lo que sucedía y al tiempo que Moisés y Elías comenzaban a marcharse, Pedro le propuso a Jesús preparar tres cobertizos, uno para Jesús, otro para Moisés y oro para Elías. «Y es que no sabía qué decir, pues todos estaban espantados» (Mc 9.6).

Mientras Pedro hablaba, «una nube los cubrió, y tuvieron miedo de entrar en la nube. Entonces, desde la nube se oyó una voz que decía: “Este es mi Hijo amado. ¡Escúchenlo!”» (Lc 9.7).

«Al oír esto los discípulos, se postraron sobre sus rostros, llenos de miedo» (Mt 17.6).

Después que la voz habló, Jesús estaba nuevamente a solas con los tres discípulos, y les dijo: «No digan nada a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del Hombre resucite de los muertos» (Mt 17.9).

«Por eso ellos guardaron el secreto entre sí, aunque se preguntaban qué querría decir aquello de “resucitar de los muertos”» (Mr 9.10).

Pero toda experiencia, por más majestuosa que sea, siempre llega a su fin. «Al día siguiente, cuando bajaron del monte, una gran multitud les salió al encuentro» (Lc 9.37). Jesús y su grupo íntimo volvieron a un mundo de posesión demoníaca y fracaso. Un muchacho endemoniado los esperaba. El padre del muchacho le dijo a Jesús: «Yo les pedí a tus discípulos que expulsaran al espíritu, pero no pudieron» (Lc 9.40).

La transfiguración es un evento clave en la vida y ministerio de Jesús. Fue un evento de consuelo y ánimo así como de confirmación: El camino que transitaría Jesús era el de la cruz, indefectiblemente. Aun si los suyos no lo comprendían, Jesús caminaría hacia la cruz.

Muchos años después, Pedro se referiría a este evento que impactó su vida tan tremendamente: «Porque, cuando les hicimos saber que nuestro Señor Jesucristo vendrá con todo su poder, no lo hicimos siguiendo fábulas artificiosas, sino como quienes han visto su majestad con sus propios ojos. Pues cuando él recibió de Dios Padre la honra y la gloria le fue enviada una voz que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”. Y nosotros oímos esa voz que venía del cielo, mientras estábamos con él en el monte santo» (2 P 1.16-18).

A la gloria se accede por el camino de la cruz. Jesús lo sabía. Sus discípulos lo supieron también. Es muy importante que nosotros también sepamos que fuimos escogidos para acceder a la gloria, pero el camino nos lleva primero hacia la cruz. «Si alguno quiere seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame» (Lc 9.23). La cruz era un instrumento de muerte. Esa es la enseñanza de Jesús. Morir cada día es el camino que lleva a la gloria. Dejar que Jesús sea el dueño y Señor de nuestras vidas. Cada día.

En todas las tradiciones cristianas se recuerda y enseña la transfiguración. Es una buena ocasión para recordarla, y recordar asimismo que la transfiguración de Jesús fue un paso más en su camino hacia la cruz, para morir en lugar de nosotros. ¡Gloria a Dios!

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