Jesús es el Señor

Jesús es el Señor

El tema del señorío de Jesucristo es central en la fe cristiana. Desde los primeros siglos de la Iglesia, la afirmación «Jesús es el Señor» ha sido la piedra angular de la confesión de fe.

En cierto sentido, el mejor resumen del mensaje de la Biblia es simplemente este: Jesucristo es el Señor.

Jesús como Señor en el Antiguo Testamento

El nombre con que Jehová se identificó ante Moisés cuando este le preguntó su nombre consta de cuatro consonantes (YHWH), y es básicamente impronunciable. Sin embargo, Jehová, el Dios indescriptible y de nombre impronunciable, vino a la tierra como el Cristo encarnado y se reveló a hombres y mujeres. Humildemente fue a la cruz, y luego fue elevado al lugar más alto —su lugar legítimo— y se le dio este nombre que es «sobre todo nombre». Dice el comentarista Jeremy Taylor: «Él ha cambiado el nombre inefable por un nombre pronunciable por los hombres y deseado por todo el mundo».

El concepto del señorío de Cristo tiene sus raíces en el Antiguo Testamento, donde Jehová, el Dios de Israel, es reconocido como Señor. En textos como Deuteronomio 6.4, conocido como el Shemá, se declara: «Oye, Israel: el Señor nuestro Dios, el Señor uno es». Este pasaje enfatiza la singularidad y la soberanía absoluta de Dios sobre su pueblo.

Asimismo, en Salmos 110.1, encontramos una profecía mesiánica que se cita en el Nuevo Testamento en múltiples ocasiones: «Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies» (Mt 22.44). Este versículo señala la exaltación y la autoridad del Mesías, quien es identificado por Jesús mismo como el referido Señor en el Evangelio de Mateo (Mt 22.41-45).

El señorío de Jesucristo en el Nuevo Testamento

El Nuevo Testamento presenta a Jesucristo como el cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento y como el Señor supremo sobre toda la creación. En el Evangelio de Juan, Jesús afirma su divinidad al identificarse con el nombre sagrado de Dios, «Yo soy» (Jn 8.58), y al reclamar la gloria que compartía con el Padre antes de la creación del mundo (Jn 17.5).

Además, en el himno cristológico de Filipenses 2.9-11, Pablo declara que Dios exaltó a Jesús sobre todo nombre, para que ante el nombre de Jesús se doble toda rodilla y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre. Este pasaje resalta la soberanía universal de Jesucristo y su señorío sobre toda la humanidad.

Numerosos teólogos a lo largo de la historia han reflexionado sobre el señorío de Jesucristo y su significado para la fe cristiana. Agustín de Hipona, uno de los padres de la Iglesia, afirmaba que la confesión de Jesucristo como Señor era central para la salvación, ya que implicaba reconocer su autoridad sobre nuestras vidas y someternos a su gobierno amoroso.

Martín Lutero, el reformador del siglo XVI, enseñaba que la fe en Jesucristo como Señor no solo implica creer en su divinidad, sino también confiar en él como Salvador y obedecer su enseñanza. Para Lutero, la justificación por la fe implicaba una respuesta de obediencia y sumisión a la voluntad de Dios revelada en Jesucristo.

En el siglo XX, el teólogo suizo Karl Barth enfatizaba la trascendencia absoluta de Jesucristo como el Señor de la historia y la revelación definitiva de Dios. Para Barth, la fe en Jesucristo como Señor requería una respuesta radical de entrega y fidelidad, que transformara todas las dimensiones de la existencia humana.

Implicaciones prácticas del señorío de Jesucristo

La confesión de Jesucristo como Señor tiene profundas implicaciones para la vida cristiana. Implica reconocer su autoridad sobre todas las áreas de nuestra vida, sometiéndonos a su voluntad y buscando su reino y justicia en todo lo que hacemos (Mt 6.33).

Además, implica vivir en comunión con Cristo, permitiendo que su Espíritu Santo nos guíe y transforme a su semejanza. Como señaló el apóstol Pablo, «ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gál 2.20), lo que significa que nuestra vida debe reflejar la vida de Cristo en nosotros.

Asimismo, la confesión de Jesucristo como Señor nos llama a proclamar su evangelio y hacer discípulos de todas las naciones, llevando a otros a conocer y seguir a Jesús como el Señor y Salvador de sus vidas (Mt 28.18-20).

Conclusión

La afirmación «Jesús es el Señor» resume la esencia de la fe cristiana y la identidad del creyente. Desde las Escrituras hasta la reflexión teológica, esta declaración encuentra su fundamento en la revelación de Dios en Jesucristo como el Señor supremo sobre toda la creación. Que cada uno de nosotros, al confesar a Jesucristo como Señor, pueda vivir en comunión con él, obedeciendo sus enseñanzas y proclamando su evangelio en todo tiempo y lugar.

¡Jesucristo es el Señor para gloria de Dios Padre!

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