La Biblia en la familia

La Biblia en familia

Las familias viven y se desarrollan en un contexto social y temporal determinado. En la actualidad, ese contexto presenta características singulares y contradictorias, que influyen en la vida familiar.

Es mi deseo, que estas breves reflexiones estimulen a otros a continuar y perfeccionar estos pensamientos y de esta manera hacer que la Biblia signifique para la vida individual, familiar y de la sociedad actual no un libro más sino el horizonte y la guía indispensable para una vida más plena que dé honra a Dios, nuestro Padre, Creador del maravilloso continente llamado «familia».

Por Marcelo Figueroa

I  Del relativismo a los valores eternos

Jesús finaliza su Sermón del monte con una parábola en donde participan dos personas que construyen su casa. (Mt 7.24-29). Allí, el Señor traza una relación directa de dos conductas opuestas frente a un mismo hecho. Califica a uno de los edificadores como prudente y al otro como insensato. El prudente trabaja sobre bases firmes y el otro construye sin fundamentos sólidos. Luego, circunstancias adversas afectan a ambos por igual y las consecuencias resultan inevitables y evidentes. Para el insensato la ruina de su casa y para el otro la permanencia de su vivienda. Esta enseñanza magistral de Jesús, relaciona al prudente con aquel que oye la Palabra de Dios y la pone en práctica, y al insensato con aquel que oyendo esa misma Palabra no la obedece.

Se me ocurre trazar un paralelismo entre los edificadores de las casas de la parábola de Jesús y los integrantes de una familia y evaluar asimismo esos conceptos frente a las circunstancias que afectan la vida familiar en la época que nos toca vivir.

A los conceptos psicológicos que sostienen que todas las identidades, inclusive las familiares, están en permanente elaboración o construcción, debemos acercar el concepto bíblico de esta parábola. Asimismo, debemos considerar que san Pablo nos recuerda que además de poner cuidado en la piedra fundamental de la construcción se debe seleccionar diligentemente los materiales de la edificación (1 Co 3.10-14). En la construcción de una familia cristiana es fundamental la aceptación de la autoridad de la Palabra de Dios, que tendrá su manifestación práctica en el desarrollo de las virtudes cristianas como el amor, el servicio, la piedad, etc.

Hoy existe la extendida premisa que todo esta permitido mientras se enmarque dentro de la utilidad propia y el ejercicio privado. Esos paradigmas derivan  en un relativismo moral que enmascarado de tolerancia y respeto encierra tras de sí el antiamor de la indiferencia. Bajo estas premisas, nada es malo ni bueno en sí mismo.

La familia, está amenazada por estos conceptos. Y en muchos casos, los introduce y los adopta como propios. Esta siembra del «desvalor» en la vida familiar, lejos de ser en un signo de madurez, como se quiere mostrar, es la semilla de la permisividad que dará necesariamente como fruto la destrucción de la familia.

Frente a los embates de ese relativismo posmoderno, la Biblia debe significar para la familia cristiana la norma suprema, y su aplicación la única forma de mantenerse firme y sana.

El relativismo moral, la carencia de normas explícitas y universales sobre los principios fundamentales de la vida llevan al rechazo y menosprecio de cualquier normativa absoluta, sea de índole social, legal y especialmente espiritual. Rechazando normas absolutas se rechaza a un Dios Absoluto.

El Dios de la Palabra de Vida es un Dios absoluto y excluyente. En la revelación veterotestamentaria lo encontramos presentándose ante Moisés como Yo soy el que soy (Ex 3.14). Luego, en el primer mandamiento del decálogo, Jehová reclama exclusividad a sus seguidores cuando dice:No tendrás dioses ajenos delante de mí (Ex 20.3).En el Nuevo Testamento es Jesucristo quien se proclama el «Yo soy». Lo hace por ejemplo al declararse la manifestación visible de elementos o valores absolutos como la luz, el camino, la verdad, la vida, etc. en su dimensión espiritual. (Jn 8.12; 14.6; 11.25). También es Jesús quien se muestra excluyente cuando proclama que: El que no está conmigo, está contra mí; y el que conmigo no recoge, desparrama (Mt 12.30, RVR-95).

Para el hombre de hoy no existen inconvenientes en creer en uno o en varios dioses, y eso no solo facilita el relativismo moral y la ausencia de valores sino que también lo promueve. Estos dioses convencionales y acomodaticios no hacen ninguna demanda moral y simplemente están al servicio utilitario de quien los invoque y los haga actuar con la fuerza y el mérito de su propia fe.

¡El Dios de la Biblia está lejos de esta concepción! Mientras que el Dios revelado en las Sagradas Escrituras crea al ser humano a su imagen y semejanza (Gn 1.26), hoy es el ser humano quien «crea» sus dioses a su propia imagen y semejanza.

En estos tiempos, resulta imperioso que las familias abracen la Biblia y encuentren allí la fe en un Dios que es galardonador de los que le buscan y que da a sus seguidores leyes inmutables y eternas para que, al seguirlas, alcancen la plenitud de su existencia individual y familiar. Solo la familia que oye las palabras de la Biblia y vive de acuerdo a ellas, permanecerá firme frente a los problemas, pruebas y angustias de la vida.

Josué, en una actitud digna de ser imitada, tomó esa decisión para su familia y la comunicó así al pueblo reunido: Si mal os parece servir a Jehová, escogeos hoy a quién sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres cuando estuvieron al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis; pero yo y mi casa serviremos a Jehová (Jos 24:15, RVR-95).

II  Del individualismo a la unificación

De la mano del relativismo se transita hacia el individualismo y el hedonismo, donde la búsqueda de la felicidad se constituye en el motor único de la existencia. Esta felicidad consiste en la satisfacción inmediata de los deseos y apetitos más urgentes, los que paradójicamente se tornan en absolutos autoritarios. Los conceptos de libertad individual se reducen en la práctica al sometimiento a esos impulsos sin un fin relevante desde el punto de vista ético, moral o espiritual.

La familia actual, afectada por estos conceptos individualistas y egoístas, debe buscar en la Biblia los valores más sublimes del amor y la verdadera libertad.

En los Evangelios, Jesucristo enseña que la libertad viene del conocimiento de la verdad revelada en las Sagradas Escrituras, las cuales a su vez dan testimonio de él (Jn 5.39), quien a su vez encarna la Verdad (Jn 14.6). También el apóstol Pablo nos habla de la responsabilidad que tiene cada cristiano de no buscar su propio bien sino el del otro. (1 Co 10.24)

El abandonar los conceptos fundamentales de la vida familiar en manos del análisis subjetivo de cada integrante lleva en muchos casos al vaciamiento de la familia como una entidad.

En algunos casos, hasta la maternidad es considerada solamente como una experiencia de autorrealización individual, que no necesita de la formación de una familia. De esta manera, se puede considerar al hombre como mero semental al servicio de este concepto egoísta de maternidad. Por otro lado, hoy una mujer podría decidir ser madre a partir de un «padre» conocido o desconocido, vivo o muerto y hasta elegir los rasgos raciales del hijo que sean de su agrado.

En un mundo dominado por el consumismo y sus principios de marketing y de satisfacción del cliente, no resulta extraño pensar en este atroz concepto de niño a medida y «familia» monoparental. Como lo expresa Lipovetsky: «No asistimos al resurgimiento del orden familiar sino a su disolución posmoralista, no es el deber de procrear y de casarse el que nos caracteriza… La procreación artificial hace estallar las normas estables del orden familiarista.»[1]

En el contexto individualista que estamos considerando, el narcisismo y el culto a la imagen son consecuencias de anteponer el «parecer» al «ser».

Uno de los aspectos que resulta más patético en la parábola de los edificadores que considerábamos al principio es que exteriormente, las dos casas parecían idénticas, pero en lo fundamental y profundo sus diferencias eran dramáticas. Mientras en un caso se puso el empeño y el esfuerzo en sustentarla en bases sólidas, en el otro se buscó el camino fácil de la apariencia, creyendo que los fundamentos eran un aspecto intrascendente de la existencia, mientras lo aparente era la meta última. Este aspecto de la parábola describe muy bien el pensamiento actual.

Los integrantes de una familia se ven muchas veces invadidos por esta exaltación de la apariencia y la imagen que proclama la sociedad actual. Esta superficialidad socava a la familia reflejándose, muchas veces en los adolescentes, en crisis de identidad y aceptación que pueden llegar hasta la bulimia o anorexia. Ante esto, los padres de familia cristianos deben dar un marco de contención que ofrezca a sus hijos principios de aceptación basados en el amor incondicional inspirado en la persona de Dios. Frente a estas enormes presiones de modelos estándares, la familia debe esforzarse en guardar su identidad particular. Más aún, ante estas tendencias masificadoras, debe promover en cada integrante el desarrollo de una identidad propia, resaltando el enriquecedor efecto de la diversidad que encuentra sus raíces en un Dios creador y amoroso.

El mundo globalizado en que vivimos, ejerce una nueva forma de presión a sus habitantes al imponer sin fronteras un único modelo exitoso de apariencia e imagen. Esta imposición afecta a todos los integrantes de las familias, aún a los más pequeños que van creando una imagen de aceptación estética a través de muñecas desproporcionalmente estilizadas o esculturales superhéroes. Aun en  países culturalmente diferentes a los occidentales, como los asiáticos, gran cantidad de jóvenes cambian sus hábitos musicales, comida, vestido y hasta apariencia física con operaciones quirúrgicas para parecerse a los modelos publicitarios norteamericanos y europeos.

En la Biblia vemos cómo reconocían a Jesús, incluso sus detractores como quien no se basa en las apariencias y la imagen exterior de las personas: Maestro, sabemos que eres amante de la verdad y que enseñas con verdad el camino de Dios, y no te cuidas de nadie, porque no miras la apariencia de los hombres (Mt 22.16, RVR-95).Nosotros debemos imitar al Maestro en esa actitud valorativa hacia otros. También haríamos bien en cuidarnos de no caer en el error de los fariseos de este relato, que aun conociendo esto, intentaron ante el mismo Señor Jesucristo aparentar, y fracasaron rotundamente (Mt 22.18).

Cada integrante de la familia debe encontrar en su seno el ambiente de aceptación y amor para desarrollar su personalidad con autenticidad. En la riqueza de la diversidad de caracteres, debe hallar un lugar para vivir en armonía con todos y en comunión con Dios. En la Biblia, este concepto es frecuente, como cuando se compara la iglesia a un cuerpo donde todos sus miembros son importantes, porque se necesitan mutuamente. (1 Co 12.14-26).

En un mundo individualista el tenerpasa a ser un absoluto indiscutible que sobrepasa al ser. El poder demoníaco de las riquezas (Mamón) se extiende a través de la sociedad capitalista neoliberal disfrazándose una vez más de ángel de luz o de ángel de felicidad.

Los medios de publicidad globalizados constituyen el vehículo ideal para la extensión de este antievangelio materialista, «hasta lo último de la tierra». Muchas familias se desesperan y se endeudan para adquirir cosas inútiles, que han interpretado como urgencias existenciales por la influencia de la publicidad. Esta explota hasta la obscenidad esta locura, que dice que para ser feliz solo debe obtenerse tal o cual artículo, desde un suntuoso auto deportivo a un superfluo cosmético.

La Palabra de Dios enseña que la felicidad del hombre no se encuentra en los bienes que posee (Lc 12.15) y que ese amor al dinero que estimula no es otra cosa que el principio de todos los males, que hace tambalear la fe y produce efectos dolorosos (1 Ti 6.10). La avaricia, según la Biblia, es idolatría (Col 3.5), y Jesús llama a los suyos a una decisión moral definitiva: Dios o Mamón, pues es imposible servir a ambos (Mt 6.24).

Hay costumbres familiares concretas con que podemos enfrentar el materialismo, desde un punto de vista cristiano. Estas costumbres llevan a la familia a una vida de fe genuina en Dios (Heb 13.5). En mi familia, por ejemplo, disfrutamos con mi esposa el tiempo de ordenar la ropa al cambiar la temporada. En ese momento, identificamos las prendas que no hemos utilizado frecuentemente, las cuales separamos para donar a quienes las necesiten. Realizar esta experiencia selectiva junto con nuestros hijos nos ayudó a transmitirles esos valores, quienes rápidamente quisieron imitar la experiencia con sus juguetes.

Hay claros ejemplos bíblicos de desprendimiento y solidaridad, especialmente en la vida de los primeros cristianos narrada en el libro de los Hechos. En estos textos encontramos a las familias reunidas en sus casas, y en una actitud de alegría y sencillez atender las necesidades de cada uno ofreciendo sus bienes materiales al servicio de los otros (Hch 2.43-47; 4.32-37). Sin embargo, en contraste con el ejemplo piadoso de Bernabé, encontramos el de Ananías y Safira: lo que hacen tiene por meta la vanagloria y el engaño (Hch 5.1-11). Esta familia equivoca el camino, y utiliza una mentira para transformar un acto de amor sublime en una acción digna de las más graves consecuencias para sus vidas. En pasajes como estos, la Biblia nos enseña que la motivación y el amor genuino en la piedad familiar son más importantes que el hecho mismo que se hace en forma visible. Pablo también resalta este concepto en su primera carta a la iglesia de Corinto, cuando enfatiza que aunque en la práctica se den todos los bienes a los necesitados, si el amor está ausente, el acto resulta inservible. (1 Co 13.3).

También el apóstol Pablo llama la atención sobre reuniones en casa de familia donde se desvirtuaba la dignidad de la Cena del Señor (1 Co 11.17-34). ¿Por qué sucedía esto? Una de las causas fundamentales era que algunas familias más ricas se adelantaban para comer lo que habían llevado para el ágape comunitario, discriminando de esa manera a las familias más pobres. La familia se reunía alrededor del evangelio de Cristo, pero la piedad cristiana quedaba marginada al momento de satisfacer el apetito personal.

Es también importante que se inculquen en la familia valores de responsabilidad comunitaria hacia afuera. Pero es igualmente importante que estos principios se vivan dentro de su propio techo y de manera solidaria entre sus integrantes. Esto significa, por ejemplo, que las distintas tareas de la vida familiar puedan ser compartidas y llevadas adelante con el fin de afianzar los sentidos de pertenencia responsable. El uso del dinero debe tener también un criterio solidario. Debe contribuir al crecimiento de todo el grupo, y no ser usado de una manera egoísta o basado en principios de poder y dominación.

La solidaridad familiar toma una dimensión importantísima en momentos de enfermedad, dolor o dificultad de uno de sus integrantes. En la búsqueda de la solidaridad familiar real que enfrente a una sociedad insensible, Giorgio Campanini expresa: «En el seno de la familia, el dolor y el sufrimiento no pueden ser a la larga negados, porque están encarnados en personas vivas; allí los discursos abstractos sobre la humanidad se hacen encuentros concretísimos con el otro… De aquí pueden surgir, para incorporarse en lo externo, nuevas energías espirituales y morales que hagan un mundo más humano».[2]

Entre  los relatos bíblicos, la tragedia de Job es el ejemplo indispensable al considerar el sufrimiento privado y familiar. Incontables generaciones encontraron en sus páginas la fortaleza, el consuelo y la dirección para enfrentar situaciones difíciles de prueba y enfermedad. La mujer de Job es considerada como el ejemplo paradigmático de la insensibilidad familiar. Sin embargo, quisiera, en breves líneas, ir en un rescate misericordioso de esta mujer. Ella sufrió, como Job, enormes perjuicios económicos y dolorosas pérdidas familiares y, como si fuera poco, veía a su esposo sufriendo enormemente. Si criticamos a los amigos de Job porque teorizaron sobre el dolor ajeno sin comprometerse, creo que haríamos muy bien en no hacer lo mismo con la esposa de Job a quien, a diferencia de los otros, Dios no censura.

Para que la familia encuentre vías de consuelo y fortaleza en situaciones de dolor, es necesaria una lectura bíblica completa y cuidadosa, que nos ilumine para ver la realidad de dolor en una dimensión completa y realista de cada uno de los integrantes del grupo familiar. Ante el dolor, no caben los argumentos ni las teorías de responsabilidad. La identificación bíblica, en esos momentos, debe ser tan intensa como para llevarnos a mezclar con nuestras lágrimas el llanto del otro (Ro 12.5).

III Del aislamiento a la integración

Cada integrante de la familia se desarrollará personalmente interrelacionándose con los otros. Si la tendencia actual es hacia el aislamiento, los principios bíblicos nos deben llevar a la integración en un contexto de amor.

Obviamente, la base y fundamento de la integración familiar primaria es el matrimonio. Desde sus primeras páginas, la Biblia nos ayuda a entender que la unión completa y complementaria de un hombre y una mujer es la base de la familia. A la integración marital bíblica —los dos llegan a ser como una sola persona— se agrega la separación familiar anterior —Por eso el hombre deja a su padre y a su madre para unirse a su esposa (Gn 2.24, DHH)—, que, como veremos más adelante no significa el aislamiento irresponsable de los mayores.

La Biblia presenta en sus páginas variados ejemplos de familias. Sus integrantes son personas de carne y hueso, con sus victorias, pero también con sus miserias. Esta pintura humana y trágica de la vida familiar, especialmente la de algunos héroes bíblicos, nos ayuda a iniciar la búsqueda de los valores espirituales de la familia desde una perspectiva realista, y desde allí, encontrar la respuesta a los interrogantes para el día de hoy.

Ya el primer matrimonio humano tuvo problemas de integración. La crisis de Adán y Eva los llevó a acusarse mutuamente ante su desobediencia a Dios. Sin quitar responsabilidad a Caín y Abel, Adán y Eva, como padres, no consiguen que sus hijos aprendan a amarse, y, como una de las consecuencias, se produjo el primer crimen filial de la historia humana.

La falta de armonía en el matrimonio de Isaac y Rebeca provocó una crisis familiar profunda (Gn 25.28).

Más adelante, las evidentes diferencias afectivas que Jacob hizo con sus hijos produjo la lucha entre hermanos que desencadenó un plan siniestro para deshacerse de José. Un plan que se presenta como alternativa «misericordiosa» al fratricidio, y que construye la mentira de una muerte accidental para ocultar la venta de un hermano con fines de esclavitud. ¿Podemos imaginar la vida de esta familia en la que cada hermano desconfía que el otro pueda contar la verdad? ¿Podría existir algún tipo de integración sana entre estos y su padre? Por supuesto que no. Sin embargo resulta aleccionadora la noble actitud de José que, en base al perdón y el amor, logra integrar a esta familia cuando eso parecía imposible.

Los errores y las victorias de estos personajes bíblicos y sus consecuencias nos sirven como enseñanza y ejemplo aleccionador. Así lo remarca Pablo cuando asevera que las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, y cuando alerta al decir: y estas cosas les sucedieron como ejemplo. Los matrimonios y familias actuales haríamos muy bien si tomáramos estas enseñanzas y ejemplos muy en serio.

La Biblia guía la integridad matrimonial por los senderos más profundos del amor, y no olvidemos que en el Nuevo Testamento, el amor está modelado en la persona de Jesucristo. El esposo debe recordar siempre que su amor conyugal está guiado por el ejemplo sacrificial de Cristo (Ef 5.25-27). Por su parte, la esposa decide, ante el amor sacrificial del marido, sujetarse a él por amor a Jesucristo (Ef 5.22-24).

El Cantar de los Cantares resulta una inmejorable referencia inspiradora para la vida matrimonial. Allí se expone, en forma poética, la belleza y pureza de la intimidad marital.

Dios y su Palabra deben ocupar un lugar central en la vida de toda pareja cristiana que esté en una sincera búsqueda de la plenitud y de la integridad matrimonial. En efecto, la ausencia de cohesión espiritual en el ámbito conyugal está en proporción directa con la falta de integración bíblica.

Para el matrimonio, el cuidado y la formación de los hijos, así como su integración al continente familiar son tarea indelegable. Debería significar esto una de las experiencias más fascinantes y hermosas de la existencia humana. En el mundo actual, sobreinformado en lo general pero infrainformado en lo trascendente, los padres deben enfrentar el desafío de transmitir a sus hijos los valores y principios que regirán sus primeros pensamientos, así como sus conductas concretas. Esos valores y principios los llevarán consigo en su memoria por toda su vida. La instrucción bíblica temprana del niño le dará herramientas para que en su vida adulta no se aparte del camino de la vida trascendente (Pr 22.6).

Sin embargo, en la actualidad, muchos padres, para no ser considerados como autoritarios ni perder su cómoda pasividad, abandonan su responsabilidad de transmitir valores absolutos a sus hijos, arrojándolos a la tiranía del desvalor y de sus impulsos naturales.

Debemos reafirmar que es imprescindible para todo padre de familia transmitir esos valores y principios absolutos a sus hijos. Hay principios absolutos porque existe el Absoluto, hay valores trascendentes porque reina un Dios eterno. Como dice Jaime Barylko: «La religión es educación en la ética. Si Dios existe no necesita de ti; te necesita a ti».[3]La comunicación de los valores bíblicos a nuestros hijos es una obligación imprescindible. Barylko presenta como su postulado básico: «La religión es una parte de la cultura, que debemos conocer y dominar. Así como no hay derecho a criar a hijos ignorantes en matemáticas o en gramática o en ciencias naturales, tampoco lo hay para cercenarles la posibilidad de conocer los significados de la religión… A la pregunta ¿con qué derecho cría a su hijo en religión?, creo que corresponde otra pregunta: ¿Con qué derecho cría usted a su hijo sin religión?».[4]

Los padres deben también ser sabios administradores del tiempo en la familia.

La cantidad y la calidad de tiempo que los padres dedican a sus hijos son muy importantes. Debe buscarse tiempo asegurándose la atención concentrada en cada actividad, ya sea un juego, tareas del colegio o la lectura de un libro. El Dr. Ross Campbell afirma: «Uno puede decir que esto es lo que separa a los mejores padres de los demás; a los sacrificados de los no sacrificados; a los que más se preocupan de los que se preocupan menos; a los padres que establecen prioridades de aquellos que no lo hacen».[5]

Por otro lado, algunos padres que desatienden a sus hijos buscan reparar esta falencia por medio de compensaciones materiales. Les regalan juguetes en forma exagerada o adoptan actitudes permisivas y contradictorias. Esos padres no se dan cuenta de que esa conducta contradictoria crea en el niño confusión en los conceptos de autoridad y roles familiares. Al respecto José Manuel Saravia dice: «En lugar de educarlos, ceden a sus caprichos, los halagan, y procuran trabar con ellos una amistad que la diferencia de edad y de posición biológica torna imposible».[6]La Biblia indica que existen roles determinados para cada miembro de la familia y que la autoridad tiene parámetros expresos: Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, porque esto agrada al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten (Col 3:20-21, RVR-95).

La enseñanza bíblica es fundamental en la educación religiosa de los niños. Leemos en el libro de Deuteronomio 6.4-7 (RVR-95):Oye, Israel: Jehová, nuestro Dios, Jehová uno es. Amarás a Jehová, tu Dios, de todo tu corazón, de toda tu alma y con todas tus fuerzas. Estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón. Se las repetirás a tus hijos, y les hablarás de ellas estando en tu casa y andando por el camino, al acostarte y cuando te levantes.

Esta permanente actitud de enseñanza de las verdades de la Biblia debe existir en ambos padres. Además, es importante establecer una rutina de enseñanza. Para muchos, entre los cuales me incluyo, la hora antes de ir a dormir es la mejor para relatar a los hijos historias de la Palabra de Dios. También es un buen momento para que el niño pueda tener un espacio de intimidad que permita contar a sus padres sus temores, conflictos y problemas que lo inquietan. Mucha de la apertura comunicativa futura de un hijo con sus padres dependerá del aprovechamiento de estos momentos desde muy temprana edad. Es también una excelente oportunidad para ayudar al niño a buscar la solución y el consejo de Dios para las circunstancias de su vida.

Una parte muy importante en la formación de valores en los niños y su integración familiar es la disciplina. Esta no solo es inseparable del amor sino que es una manifestación de este. En la Biblia, la disciplina del Señor es una señal de su amor personal (Heb 2.6), y en ella se exhorta a los padres a criar a sus hijos en disciplina (Ef 6.4). El Dr. Ross Campbell dice: «La disciplina es la preparación de la mente y del carácter de un hijo con objeto de capacitarlo para que llegue a ser un miembro constructivo de la sociedad y con dominio propio».El niño debe sentirse amado en y por la disciplina. Existe toda una gama de disciplinas correctivas que pueden usarse dependiendo las circunstancias, desde las privaciones momentáneas a determinadas actividades hasta la disciplina física.

La disciplina física es también resaltada en las Escrituras como un método de provecho para el alma del niño (Pr 23.4), que le proporcionará sabiduría (Pr 29.15). Si bien la disciplina física provocará un dolor momentáneo en el niño, los padres deben siempre poner especialísimo cuidado de no lastimar al niño, ni física, ni emocionalmente.

Los padres deben ejercer la disciplina asegurándose que el niño entiende las causas en su  conducta que la originaron. Deben cuidar de guardar coherencia con correcciones anteriores y proporcionalidad entre el hecho a corregir y la disciplina utilizada. Además es importante que la misma se lleve a cabo dentro de un evidente marco de amor y dominio propio. Los padres deben comunicar, por todos los medios, al hijo disciplinado que su amor por él se mantiene invariable e independiente a su conducta. El acto de disciplina debe completarse con la iniciativa paterna a la reconciliación. El niño será entonces invitado a una actitud de arrepentimiento, lo que dará a los padres la oportunidad de corresponder con expresiones genuinas y claras de perdón.

Los valores bíblicos, como el amor genuino y el perdón, deben hacerse presentes en el ámbito familiar, no como un postulado teórico, sino como una experiencia cotidiana, vivencial y renovada. Es muy importante enseñar sobre el perdón, pero nada es más importante para la vida familiar que perdonar o pedir perdón. Cuando corresponde, la enseñanza práctica de un padre o una madre para un hijo a quien le piden perdón sobre un error cometido es un fuerte impacto pedagógico y formativo en su vida.

El rol de los padres en la transmisión de los valores fundamentales es determinante para sus hijos. Es en esa enseñanza, donde los adultos, como modelos, deben buscar siempre vivir en coherencia con lo que dicen y lo que hacen. Otros valores bíblicos como el cumplimento de la palabra empeñada son muy importantes para la enseñanza familiar.

Hace algunos años, le había prometido a mi hijo David que una tarde íbamos a jugar algo especial ya que inmediatamente debía viajar a dar unas conferencias fuera de casa. Lamentablemente, el tiempo me fue escaso para darle los últimos retoques a mi presentación y me vi en la disyuntiva de terminar con estos antes del viaje en la tranquilidad de mi hogar o jugar con mi hijo y luego buscar algún incierto espacio de tiempo antes de enfrentar el auditorio. A pesar de que yo hubiera podido tomar la decisión de culminar mi trabajo y luego explicar el cambio a mi hijo, preferí buscar de una manera simple la comprensión de David sobre mi problema a la vez de confirmar en la práctica mis enseñanzas del valor de la palabra empeñada. Subí a mi hijo en mi falda e intenté explicarle mi situación y la necesidad de su consentimiento de postergación del juego para cuando regrese. David pensó un poco y luego asintió satisfecho con su cabecita. El auditorio más importante de mi vida (mi familia) había recibido una enseñanza real y genuina, y los principios de la palabra y el amor penetraron con más fuerza en la mente de mi hijo.

Principios bíblicos profundos como el honrar al padre y a la madre, tallados en la piedra del decálogo (Ex 20.12) no se deben abandonar al formar otra familia nuclear, por el contrario, se crean otras circunstancias en donde estos mandatos bíblicos se presentan como imperativos imprescindibles. Proverbios bíblicos pertinentes necesitan de una aplicación práctica para enfrentar a la luz de la verdad bíblica esta circunstancia como Proverbios 23.22 (RVR-95): Escucha a tu padre, que te engendró; y cuando tu madre envejezca, no la menosprecies.

Consideraciones finales

Si bien es cierto que la sociedad y su contexto tienden a ejercer influencia y condicionar a la familia, también podemos afirmar que las familias, a su vez, impactan y modelan a la sociedad en que viven. Es por lo tanto, un camino de doble vía en donde familia y sociedad interactúan y se transforman entre sí.

Existe el dicho popular que dice que «si la familia es fuerte, el país es fuerte».Desde este postulado debemos considerar a la familia como principio, no como fin de su entorno social, y transformadora de la sociedad. Este concepto es mantenido por G. Madinier, cuando afirma que «cualquier otra unidad reúne a seres ya constituidos; aquí, en la familia, la unión es fuente, origen. La familia es la unión más elevada, puesto que no es una unión resultante, sino una unión principio».[7]

 Resulta necesaria una refundación ética, moral y espiritual de nuestra sociedad a través de familias, en las cuales en forma individual y en conjunto estén dispuestas a vivir las verdades inmutables de las Escrituras.

En tiempos de Nehemías y Esdras, cuando se realizó el retorno del pueblo judío a Jerusalén, se debió poner manos a la obra para reconstruir completamente la nación. En esa oportunidad, las murallas y sus alrededores fueron levantados con enorme esfuerzo e igual emoción y entusiasmo. Sin embargo, era necesario una reconstrucción espiritual fundamental para «refundar» la vida de un pueblo que deseaba vivir bajo el amparo y la dirección de Dios. Esta reconstrucción espiritual recién comenzó cuando se abrió públicamente la Palabra de Dios y se la colocó en lo alto de la vida familiar. Esa Palabra debía ser oída por toda la familia (Neh 8.3); era menester que cada cabeza de hogar la estudiara detenidamente (8.13); la lectura bíblica debía ser aplicada a una vida de adoración y confesión (9.3), y finalmente toda la familia reunida se comprometió solemnemente a obedecerla (9.38 y 10.28-29).

Nos ha tocado vivir en una época sumamente difícil, pero nacer y vivir en este tiempo es algo que ninguno de nosotros ha elegido. Lo que sí podemos y debemos decidir es el rumbo que daremos a nuestra vida y la de nuestras familias. Podemos tomar la decisión de aceptar las pautas y normas éticas, morales y espirituales actuales, o bien tomar la decisión valiente y esperanzada de enfrentar la vida con valores y principios superiores. Aquí se hace especialmente pertinente el consejo paulino: No vivan ya según los criterios del tiempo presente; al contrario, cambien su manera de pensar para que así cambie su manera de vivir y lleguen a conocer la voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que le es grato, lo que es perfecto (Ro 12.2, DHH).

Si optamos por la decisión de la esperanza, debemos saber que la voluntad de Dios, lo bueno, lo grato y lo perfecto, se encuentra en la Palabra de Dios y en la comunión con el Dios de la Palabra. De esta única manera, nuestras vidas, y las de nuestras familias darán un testimonio vivo de que una sociedad mejor, más trascendente y profunda, es posible y, desde luego, necesaria.

Bibliografía

 [1]Lipovetsky, Gilles.El crepúsculo del deber(Editorial Anagrama, Madrid: 2000), 161.

 [2]Georgia Campanini (citado por Enrique Fabbri), La familia fra publico e privato(Milán: Editorial Vita e Pensscero, 1979), p. 82

 [3]Jaime Barylko, Los hijos y la religión(Buenos Aires: Emecé Editores, SA, 2000), p.36

 [4]Barylko: 26

[5]Ross Campbell, Si amas a tu hijo(San Juan: Editorial Betania, 1985).

[6]José Manuel Saravia, El silencio de Dios(Buenos Aires: Emecé Editores, SA, 2001).

 [7]G. Madinier, citado por Enrique Fabbri, Naturaleza y misterio de la familia.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *