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La Biblia: La Palabra de Dios

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Amo mi Biblia, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento. La debo tener, y sin ningún error. Crecí en medio de livianas devociones y juicios superficiales, pero fui atraído por el Antiguo Testamento cuando dice: «Los hombres roban, mienten, matan, cometen adulterio y persiguen el pecado a pleno».

Por R. C. Sproul

No hay irrealidad en el AT, la gente es real, luchando diariamente con la terrible debilidad de la carne, tratando de que alguien ponga sus vidas en conexión con el Dios del Sinaí.

La angustia de Abraham era genuina mientras caminaba durante esos tres días hacia el Moriah, intentando alguna conversación con su hijo, su único hijo, Isaac. No le repite versículos de memoria como respuesta a las preguntas de su hijo, sino que temblaba en su caminata de fe.

Ten en cuenta lo sucedido con Jacob: Su pelea con Dios fue violenta. Lo dejó lisiado. Lo transformó en «Israel». Cuando reconoce el abrumador poder de Dios, no olvida su hombría, sino que la acrecienta.

Escucha a Moisés cuando discute con Dios sobre la pesada tarea que tenía. Su heroica misión no tuvo nada de agradable. Cuando sacó al pueblo de la servidumbre, estos eran quejosos, y él también. Esa fue la realidad. Allí están David, Job, Jeremías, humedeciendo sus almohadas con sus lágrimas. En la desesperación clamaron a Dios por ayuda.

El AT está vivo con pasión, una pasión que trasciende las costumbres de los hebreos. Contesta poderosamente cada pregunta que oprime al hombre. Hay días, muchos días, en los que pierdo el coraje. Pero el coraje es contagioso, y tanto David como Amós me lo infunden. En ellos encuentro la razón para seguir.

Por su parte, el NT no es un mundo de escritos animosos y dichos interesantes. Es el ancla de esperanza; una esperanza que no puede ser quebrantada, ella me mantiene estable en medio de la tormenta. Excluye el desconcierto y nos deja sin vergüenza.

Quítame la Biblia y me dormiría en el futuro. Quítame la Biblia y me rindo. Si la Palabra está quebrada, yo estoy quebrado.

Jesús lo entendió así. En el atormentador desierto, el pan no lo podía sustentar. Necesitó la Palabra, cada palabra que procedía de la boca de su Padre. La tentación se profundizó durante los cuarenta días. Inexorablemente, obstinadamente, Jesús rechazó ceder. «La Escritura no puede ser quebrantada».

¿Cómo puedo romper lo inquebrantable? ¿Cómo puedo rechazar lo que sostuvo al Señor Jesús? Todos sus temas son verdad (y la verdad te hace libre). Y de ello trata la inerrancia. No sobre puntos importantes ni sobre gramática. No sobre números ni de hipérboles. Tampoco sobre citas libres de pasajes del AT ni enumeraciones en los sinópticos. Trata sobre la verdad, la verdad de Dios.

LA BIBLIA: LA PALABRA DE DIOS

La inerrancia afirma que la Biblia no es nada menos que la revelación que nos viene de un trascendente y personal Dios. La Palabra empequeñece toda conjetura humana y destina toda especulación a la impotencia. ¿Autores humanos? Por supuesto. Con todos los adornos de sus estilos, personalidades, énfasis personales y gustos. Pero aun así, la Palabra es de Dios. Esta es la verdad de Dios que no puede equivocarse. Esa es, no puede ser falsa, fraudulenta, mentirosa ni engañosa. Es consistente con la integridad de Dios mismo.

Una cosa es decir que la Biblia es el producto equivocado del esfuerzo humano, otra cosa es decir que Dios mismo inspira el error.

Quita la inerrancia y estamos perdidos, y fundamentalmente con opiniones humanas. Tal opinión puede exhibir extraordinaria sabiduría y asombrosa visión. Puede ser creativa y emanar una atractiva literatura. Pero la opinión pasa, en cambio su Palabra «no pasará». La opinión humana nos arrastra fuera de la luz y nos encadena para siempre en la cueva de Platón.

He leído a los gigantes de la civilización occidental. Fui estimulado por Hume, impresionado por Kant, intimidado por Aristóteles, despertado por Nietzsche. Me asombré de las viñetas con visión existencial en los escritos de Sartre. Estos hombres son maestros del pensamiento crítico. Ellos tienen la autoridad adquirida por la experiencia, pero carecen de la autoridad de Dios. En una palabra, ellos se equivocan.

Los escritos de los eruditos, a menudo, son agudos, pero su agudeza es como espada de un solo filo. En cambio, «la espada de Dios» corta por ambos lados. Puede sondear la invisible línea que separa los huesos de la médula, el nervio del esqueleto. Puede destruir y sanar al mismo tiempo.

No me gusta ser criticado. Ni los palazos o las piedras hieren tanto como las palabras. Sin embargo, en las Escrituras encuentro crítica que me sana. Delante de la Palabra puedo estar desnudo y no avergonzarme. A veces, cuando Dios me corrige, siento que me afirma, no que me rebaja. Con su disciplina sobreviene una innegable corriente de amor. Aun en su ira, Dios me comunica que «está conmigo». Su enojo no tiene amargura, su reprensión no insulta.

La mente puede resistir a las Escrituras y el corazón se puede rebelar. Pero nuestras conciencias traicionan nuestra profunda teología, porque cuando tratamos de escapar de Dios, su presencia es asombrosamente sentida.

Mucho de lo que hoy se hace en nombre de la «crítica bíblica» no es crítica, sino vandalismo. No procede de un deseo de analizar concienzudamente las sutilezas de la Escritura. A menudo procede de un vívido deseo de desaprobar todo lo que este libro señala como medida de la autoridad divina. Si esa autoridad puede ser dejada de lado, entonces, al fin el hombre puede «hacer lo suyo». La batalla es por la autoridad y los combatientes tienen pesados vestidos de intereses.

A veces, cuando Dios me corrige, siento que me afirma, no que me rebaja. Con su disciplina sobreviene una innegable corriente de amor. Aun en su ira, Dios me comunica que «está conmigo». Su enojo no tiene amargura, su reprensión no insulta.

Algunos buscan una posición intermedia en la batalla. Estos dicen, con caras sinceras, que la Biblia es inspirada, pero equivocada. Es la Palabra de Dios, pero falible. Esta posición intermedia parece muy diplomática. Sin embargo se eriza con calumnias hacia Dios.

Una cosa es decir que la Biblia es el producto equivocado del esfuerzo humano, otra cosa es decir que Dios mismo inspira el error. Los defensores de esta posición aún tienen que explicar cómo la inspirada Palabra de Dios puede estar equivocada y ser falible.

Tengo un sueño: Que en alguna parte, de algún modo, nosotros, en este mundo académico, nos tomemos un tiempo sabático en la negativa crítica de la Biblia. Hagamos un cese al fuego y guardemos nuestros rifles, permitiendo a la Escritura que nos critique. Ella a nosotros.

 

La inerrancia nunca es una licencia para la superficialidad. No es un pasaje para patinar suavemente sobre la superficie del texto. La Palabra de Dios es profunda. Demanda un escrutinio. Proclama por el discipulado más excelente. Implica agudeza en el análisis técnico, digno de esfuerzo. La renta de tal esfuerzo es la verdad.

La verdad de la Escritura demuele la especulación. Admite la infalible Palabra, la Palabra da luz al mundo moribundo. Trae esperanza, no deseos o inseguridad. Sin ella, muero.

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