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Contexto cultural del Nuevo Testamento — Parte 1

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La cultura del Mediterráneo del siglo I — Parte I

Introducción

En la tarea hermenéutica, el intérprete requiere al menos cierta familiaridad con la metodología y temas centrales de diversas disciplinas. En lo que respecta al estudio del «texto en su contexto», además del conocimiento de las lenguas bíblicas —hebreo, arameo y griego—, es necesario, por la lejanía temporal y geográfica, considerar todos los contextos que le dan sentido al mensaje del pasaje estudiado: el literario, el histórico, el geográfico, el social y el cultural. Cada una de las ciencias que se dedican a brindarnos respuestas a los diferentes contextos se pueden relacionar con una de las siguientes preguntas: ¿qué? ¿quién? ¿dónde? ¿cuándo? ¿cómo? y ¿por qué?

Por Edesio Sánchez Cetina

El «¿por qué?» es el que se relaciona con el contexto cultural, y de alguna manera recoge todos los anteriores, y orienta al estudiante de la Biblia en la búsqueda de modelos culturales para poder comprender mejor el modo de pensar, de ver el mundo y de conducirse de las gentes que pertenecieron a lo que llamamos el mundo de la Biblia. El conocimiento del contexto cultural del NT nos ayuda a evitar anacronismos que desvirtúan el sentido del texto y producen «cortocircuitos» hermenéuticos. No es lo mismo hablar de lo que significa ser padre o madre hoy que lo que significó serlo en la época de Jesús. Los roles que se exigen o esperan del hombre o la mujer de hoy son muy diferentes de los que fueron para el hombre y la mujer de los tiempos bíblicos. Lo mismo pasa con el manejo del tiempo y las relaciones interpersonales dentro y fuera del hogar.

Claves culturales

Todo individuo o comunidad lleva consigo modelos o escenarios de cómo funciona la sociedad; de cómo interactúan las personas. Estos modelos o escenarios se dividen en dos grandes grupos:

(1) las estructuras sociales y los patrones culturales que «gobiernan» la forma en que la gente se relaciona y que las cosas sucedan;

(2) los valores centrales que dan sentido y propósito a la conducta y a la vida. Aquí nos interesa preguntarnos: ¿Cuáles son los valores centrales de la sociedad mediterránea: el valor del hombre frente al de la mujer, del individuo frente al de la familia, del judío en contraposición al del forastero, del tiempo, de los seres espirituales? ¿Cómo se estructura esa sociedad en lo que respecta a las relaciones de parentesco, sistema de gobierno, economía, religión, educación?

Cuando leemos un texto del NT, la información sobre la cultura y sociedad del Mediterráneo del siglo I nos ayuda a reconocer que las palabras, las expresiones y la lengua en general expresan de una manera diferente a nuestra cultura lo que es el sentido de pertenencia, de poder, de influencia y de incentivo.

En la sociedad bajo el Imperio romano, el parentesco fue la institución social central y omnipresente. No importaba si eras romano, griego o judío, el parentesco era fundamental para la función de cada grupo. Los grupos familiares de la élite controlaron la política, fuera la forma que fuera: monarquía, democracia o teocracia. Esas familias controlaban la economía y las relaciones sociales. En las familias campesinas, el apoyo solidario en tiempos de escasez permitió la supervivencia de individuos que de otra manera habrían perecido. De hecho, la religión y la economía estaban supeditadas a las relaciones de parentesco.

Cómo era el mundo del Mediterráneo oriental del siglo I

¿Dónde vivía la mayoría de la gente en la Palestina de Jesús y a qué se dedicaba? ¿Cómo se constituía la sociedad de esa época y de qué manera se organizaba la vida política y pública de los asentamientos humanos? Estas y otras preguntas nos ayudarán a hacer una descripción somera del mundo en el que vivió Jesús y muchos de los personajes que «pasan frente nuestros ojos» en la historia bíblica del NT.

Aldeas y ciudades

Cerca del 90 % de la población vivía en pequeñas aldeas no mayores de 100 habitantes, quienes estaban, por lo general, emparentados entre sí. Es decir, eran pequeños pueblos formados por un clan familiar. Muy pocos, un 10 %, vivían en las escasas ciudades. Quienes vivían en ellas eran, casi siempre, gente de la élite religiosa, militar y política. Esas ciudades eran muy pequeñas, comparadas con las de hoy en día: una ciudad como Jerusalén no superaba los 35 000 habitantes. En ellas vivían, como es de esperarse, quienes controlaban los asuntos políticos, culturales y religiosos. Esa élite, por lo general, la conformaban los grandes terratenientes que día a día les arrebataban a los campesinos las pequeñas parcelas familiares, a través transacciones económicas muy desiguales. Los terratenientes esperaban tiempos de sequía y momentos en que el campesino se veía incapaz de pagar los impuestos del Templo y del Imperio —cerca del 50 % de la producción. En la época del reinado de los Herodes, Cesar Augusto (y las élites que lo apoyaban) era dueño de toda la costa mediterránea, de Samaria y Transjordania, y la familia herodiana era dueña de casi toda Judea y Galilea.

La mayor parte del ministerio de Jesús se desarrolló entre los campesinos que vivían en las áreas rurales; casi todos ellos analfabetos y nunca mayores de 40 años. ¡Jesús no fue un evangelista urbano!

Los grandes terratenientes, que controlaban la vida diaria de ese 90 % de la población, tenían por lo general dos residencias. Una estaba en el campo; en la tierra que les daba a esta élite el poder y la riqueza. La otra residencia estaba en la ciudad; donde residían los otros terratenientes. Un «ejército» de campesinos y artesanos se requerían para sostener estas élites. A diferencia de las ciudades modernas, las ciudades del Mediterráneo del siglo I eran grandes centros rurales donde vivían rancheros, ganaderos y grandes agricultores. Estos formaban familias «de alta alcurnia» que desplegaban todo tipo de riqueza y negocios para competir por los mejores puestos de honor y gloria. La ciudad también les servía de centro desde donde organizaban fuerzas policiales para proteger sus intereses y desarrollar maneras de extorsión y enriquecimiento a expensas de las masas campesinas.

En realidad, la residencia de la ciudad no era la casa, sino el lugar para socializar, hacer transacciones comerciales y políticas. Los terratenientes vivían en el campo, en enormes casas con todo tipo de servicios y lujos, y rodeados de esclavos y jornaleros.

Esas élites que manejaban y controlaban la vida campesina y artesanal, estaban sujetas a la gran urbe de Roma. El culto al emperador no es más que una expresión de cómo se usó la religión para afirmar la centralidad del poder de Roma y la sacralización de la «omnipotencia» como arma clave en las ciudades y su control sobre las aldeas y poblaciones satélites.

Esa omnipotencia, en una sociedad sin leyes de protección al ciudadano común ni derechos civiles, se convertía en violencia del establishment o «vigilantismo». En otras palabras, en el Imperio romano, como en muchos de nuestros países en el Tercer Mundo, la aplicación del poder tenía como propósito beneficiar a las élites «urbanas» y al poder a quien estos apoyaban y de quien se beneficiaban. En palabras de Bruce J. Malina (2001: 29-30):

Al igual que la mafia en Cecilia, el Imperio romano alcanzó un nivel de control casi absoluto de la sociedad en la cuenca mediterránea. Los romanos tenían prácticamente el monopolio total de la violencia física y, por tanto, el control social de la región. El romano que pertenecía a la élite no solo subsistía de las actividades de extorsión políticamente apoyadas, sino que era parte integral del sistema social; pertenecía a la burocracia imperial… El control social que Roma ejercía se basaba sobre todo en el terror. Su función era «proteger» para obtener impuestos y servicios… El gobierno romano no era productor de bienes y servicios para la población. Sus negocios, legales o ilegales proveyeron servicios para las élites y sus beneficiarios (obtención de tierras, esclavos, impuestos locales), pero al pueblo en general lo que el Imperio proveyó fue puro control.

Economía

La población mayoritaria practicaba una economía de subsistencia; una economía sin superávit o utilidades para la formación de capital. Este tipo de economía tenía como base la relación «patrón-cliente» o sistema de patronazgo. A través de este sistema se daban relaciones de reciprocidad entre gente de diferente nivel social. La persona de una clase más baja (el «cliente») se encuentra en apuros y para hacer frente a sus necesidades recurre a los favores de una persona de estatus superior (el «patrón»). Así se aseguraba un tipo de relación en la que los «clientes» terminaban convirtiéndose en trabajadores del «patrón»: cuidaban los rebaños, producían bienes de primera necesidad, ayudaban en las granjas y en la agricultura. Por su parte el «patrón» les daba protección y les obsequiaba su generosidad.

Contexto cultural del Nuevo Testamento — Parte I

Los «clientes» no tenían derechos políticos, como ya se ha señalado, y eran considerados inferiores a los «ciudadanos». Malina-Rohrbaugh (1996: 401) recogen una lista de obligaciones de los «clientes» de los Epigramas de Marcial:

El primer deber era la salutatio (la llegada a la casa del patrón en la madrugada). Para ello el cliente debía vestir ropas apropiadas y estar disponible a atender las necesidades del patrón que le podían llevar casi todo el día. Del cliente se esperaban deberes serviles y la alabanza pública del patrón. Como recompensa, el cliente recibía en comida diaria y uno que otro favor pequeño. El cliente con mucha frecuencia era humillado públicamente, sin que nadie pudiera acudir en su defensa.

En la relación de patronazgo fue muy común la intromisión de un tercer elemento: el «intermediario». Si el patrón controlaba la tierra, las tareas, los bienes y el poder; el intermediario manejaba los contactos estratégicos y el acceso a los patronos. Funcionaban como administradores de los bienes y servicios que un patrón solía ofrecer (véase al respecto, Lc 16.1-15). Mucho del lenguaje usado en los intercambios entre Jesús y sus enemigos, o entre Jesús y sus seguidores refleja el sistema del patronazgo propio de la sociedad mediterránea. Lucas 7.1-10 es un buen ejemplo.

Cuando en los Evangelios se habla de los «pobres», estos no se cuentan entre los «clientes» generalmente. Los pobres eran realmente los totalmente marginados de la sociedad. No tenían poder y por ello carecían de «honor». Los mutilados, los cojos, los ciegos eran los pobres; lo mismo que las viudas y los huérfanos.

En el NT, al hablar de los ricos, en contraposición de los pobres, el rico o adinerado era sinónimo de «codicioso» y «avaro»; eran especuladores y rapaces.
Quien se volvía rico, por lo general lo lograba arrancándoles a los otros sus pocas posesiones por medio del fraude y la eliminación.

Las relaciones interpersonales

Contexto cultural del Nuevo Testamento — Parte I

Honor y vergüenza

Estos dos elementos se constituyen en los dos valores básicos para entender las relaciones interpersonales. «El “honor” es el valor que una persona tiene a sus propios ojos (es decir, la reivindicación del propio valor) más el valor de esa persona a los ojos de su grupo social (reconocimiento social de tal valor)». Se presenta en tres contextos que definen ese valor: el poder, el estatus sexual y la religión. Además, hay que considerar que el honor puede ser «asignado» o «adquirido». El primero es algo que viene con la persona, es propio de ella: ¿Cuál es tu «linaje» o tu «apellido»? (he allí el valor de las genealogías) ¿Naciste en el seno de una familia rica? El segundo, el honor «adquirido», es el que se obtiene por superar a otros en la interacción social, a través de lo que se ha denominado «desafío y respuesta».

Ahora bien, todo este asunto del honor tiene, en el contexto de la cultura mediterránea oriental, su seno en la familia; la familia lo significa todo (a diferencia de la cultura occidental en la que la «economía» es la institución central de la sociedad); y su principio organizativo es la «pertenencia»: La identidad de una persona depende de su pertenencia y su aceptación en la familia.

Normalmente, el honor se afirma y conjuga en el seno familiar; pero el desafío al honor, normalmente viene de afuera.

Junto con el honor aparece el elemento de la vergüenza; hay una «vergüenza positiva» y una «negativa». La primera significa la sensibilidad hacia la propia reputación, hacia el propio grado de honor; tener sensibilidad ante la opinión de los demás. La «vergüenza negativa» apunta hacia lo que hoy denominaríamos como el «desvergonzado», hacia la persona que no tiene «vergüenza», la que no reconoce las reglas de interacción humana, ni las fronteras sociales; es decir, es aquella persona que se sitúa fuera de los límites de una vida moral aceptable.

Desafío y respuesta

En una cultura basada en los valores de honor y la vergüenza, el binomio «desafío-respuesta» es esencial en las relaciones interpersonales, y su contexto es siempre público. En algún momento, un individuo o grupo desafía el honor de alguna persona o de un grupo; como consecuencia, se espera la respuesta para afirmar el honor y también para contraatacar al oponente y ponerlo en «vergüenza» o al menos poner en duda su propio honor. Varias de las enseñanzas y acciones de Jesús surgen en el contexto de esta especie de juego social, y muestran a Jesús como un maestro de la «respuesta» y, por ende, como un gran profeta honorable y con autoridad.

Esta interacción siempre se da entre varones y entre gente socialmente igual. Si tomamos nota de esto en el caso de Jesús, reconoceremos que los escribas y fariseos lo consideraban igual que ellos, en tanto que el sumo sacerdote y Pilato prácticamente no lo tomaron en cuenta hasta el final del ministerio de Jesús. En la interacción entre Jesús y los fariseos se descubre que el desafío normalmente es negativo y consiste en privar al otro de su buena reputación. De allí que para Jesús era importante responder a esa usurpación; permanecer callado significaba aceptar la verdad que esa usurpación traía o demostrar incapacidad de respuesta ante el desafío.

Personalidad en la cultura mediterránea

En la sociedad basada en los valores de «honor y vergüenza», la personalidad se percibe a partir de la opinión de los otros: la imagen que uno tiene de sí mismo coincide normalmente con la opinión de los demás hacia esa persona: la familia, el pueblo, la ciudad, la nación.

En una sociedad como la nuestra, basada en el sentimiento de «culpa», el valor de la persona se obtiene a partir de la propia opinión. Por ello, en la cultura occidental la estructura psicológica de una persona es considerada vital. Nosotros valoramos mucho el desarrollo psicológico, las motivaciones psicológicas y el análisis introspectivo.

En la cultura mediterránea la interdependencia es la clave; en la occidental, la independencia.

En realidad, en la cultura mediterránea del siglo I la orientación es más grupal que individual. Es lo que se llama personalidad diádica («par, pareja»): la persona inmersa en el grupo y orientada hacia él. En este tipo de sociedad, no se valora el individualismo, sino que la personalidad está orientada hacia el grupo familiar o clan en el que el padre era la figura de autoridad, y su tarea principal era mantener el honor propio y el de la familia. Lo normal, en este tipo de sociedad, era que los hijos varones adultos permanecieran en la casa paterna o muy cerca de ella. Toda la vida social se filtraba a través del padre; él era el intermediario entre el resto de la familia y el ámbito social más amplio.

La cultura del mediterráneo del siglo I en el texto bíblico

Textos de aquí y de allá

Después de adentrarme un poco más en los estudios de antropología cultural en el mundo bíblico, he estado repasando en la mente algunos textos cuyo sentido se ha enriquecido con este nuevo conocimiento.

Marcos 6.30-44 —el relato sobre la alimentación de la multitud— es un texto que desde hace varios años he estudiado y expuesto más de una vez. En varias ocasiones he levantado el asunto del contraste entre la alimentación que Jesús ofrece a las multitudes en el desierto, en el campo, y el banquete que Herodes (Mc 6.21) ofrece— sin duda en su residencia palaciega— a los notables de Galilea.

Por lo que se ha dicho en la sección sobre «el mundo mediterráneo del siglo I», los «príncipes y tribunos» (RVR-60) que acompañaron a Herodes en su banquete no eran otros que los miembros de la élite económica, política y militar —la palabra griega megistán significa «magnate», «mercader»; la palabra jilíarjos quiere decir «tribuno», «comandante». En cambio, las multitudes estaban formadas, en su mayor parte, por esas gentes marginadas —jornaleros y pobres— que no solo no tenían comida, sino tampoco dinero para adquirirla. La idea de los discípulos de «enviarlos a los campos y aldeas de alrededor para comprar comida» (Mc 6.36) era una «salida» desesperada e imposible. Cuando Jesús les dice a los discípulos: «Dadles vosotros de comer» (v. 37), en realidad les estaba diciendo: «no sean ridículos, si ustedes hurgan sus bolsas encontrarán mucho más de lo que esta gente junta puede proveer».

Lucas 7.36-50 narra la historia de Simón el fariseo que convidó a Jesús a una cena. En este pasaje existen varios elementos que inciden directamente con asuntos relacionados con nuestro estudio. El versículo 36 termina diciendo: se sentó a la mesa (RVR-60, DHH). La palabra griega que estas versiones usan para «sentarse» realmente significa «reclinarse [a la mesa]» (kataklíno, verbo que solo aparece en Lc). En efecto, en la época de Jesús —práctica de las clases adineradas, importada desde la conquista griega, unos 200 años a.C.— al llegar los invitados se «reclinaban» o «recostaban» en divanes para tomar sus alimentos. Las mesas eran de patas muy cortas, así que la altura de los divanes era casi a ras del suelo. Al reclinarse, Jesús, como el resto de los comensales, mantenía los pies «atrás». Solo así se entiende lo que se dice en 7.38: y estando detrás de él a sus pies (RVR-60). Sin esta explicación, el lector de nuestro tiempo —con la imagen que se tiene hoy de las sillas y mesas modernas— se haría un «nudo» en la cabeza tratando de imaginarse qué piruetas y contorsiones debió de haber realizado esa mujer para «enjugar con sus cabellos los pies de Jesús».

CONTEXTO CULTURAL DEL ANTIGUO TESTAMENTO Parte I

En la cultura mediterránea, el banquete o cena se servía en dos etapas (Malina-Rohrbaugh: 248). En la primera etapa, se servían las «entradas» o primeros platos (comida liviana). Era el momento en el que los siervos de las casas de los potentados entraban y lavaban los pies de los invitados y se los ungían con perfume para contrarrestar el olor corporal— cosa que Simón no hizo de acuerdo con la queja de Jesús (v. 44).

En el relato se contrastan las actitudes de tres personajes: la del fariseo, la de la mujer y la de Jesús. Es muy probable que Simón no haya sido un fariseo adinerado, pero tampoco era un «pobretón». Al parecer, este hombre no tenía esclavos o sirvientes a su servicio, y Jesús supuso que, al menos, él le debió de haber provisto de agua. La mujer es caracterizada como «pecadora» (RVR-60, «pecadora pública» [NBJ], «de mala vida» [DHH], «mala fama» [TLA]), palabra aplicada, por lo general, a las prostitutas. Para Simón, el fariseo, Jesús estaba haciendo algo totalmente indebido al permitir que esa mujer lo tocara; es decir, había quedado «impuro».

La presencia de la mujer en la casa no debe extrañarnos, a pesar de no haber sido invitada. En esa época, especialmente la gente religiosa, recibía en su casa a los pobres, y con las puertas abiertas, no solo entraban aquellos, sino también los perros (recuérdese el intercambio entre Jesús y la mujer cananea [Mt 15.27]) y, como en este caso, hasta una «prostituta». Sobre este punto dice Graig S. Keener (205): «En los banquetes donde podía entrar gente no invitada, esta debía permanecer callada y lejos de los divanes, observando las conversaciones del anfitrión y sus huéspedes».

En la época de Jesús, era muy raro que una mujer adulta no estuviera casada y con la cabeza cubierta si estaba en público. La mujer que ungió a Jesús llevaba los cabellos sueltos, y así «comunicaba» cuál era su situación en la sociedad.

En el banquete, Jesús abiertamente le echa en cara a su anfitrión el «insulto» o «vergüenza» en el que puso el «honor» de Jesús, y de paso se puso él mismo (Lc 7.44-46). De acuerdo con este pasaje, Simón descuidó en todos los sentidos a su huésped, Jesús: no le lavó los pies, no le dio el beso de bienvenida, no lo ungió —frotó con aceite el cuero cabelludo. Al haber hecho eso, dos cosas se pueden concluir y que inciden directamente con el doble valor de «honor y vergüenza», ya tratados en este capítulo: (1) Simón consideraba a Jesús como un superior o igual, pero hizo algo inadmisible para la cultura mediterránea, y, por lo tanto, quedaba en vergüenza por no haber cumplido con lo mínimo que se esperaba de él según las leyes de la hospitalidad; (2) Simón consideraba a Jesús como igual, pero deseaba insultarlo y dejarlo en deshonra y vergüenza.

Jesús, en honor al tipo de mensaje que predicaba y para ser consistente con los principios del reino que él enseñaba, rompió con varios «principios culturales» en beneficio de una persona marginada: la mujer «pecadora». Ya antes había reconocido que para la «gente de bien», como sería el caso de un fariseo, él era lo que se cita en Lucas 7.33-34 (TLA): Porque Juan el Bautista ayunaba y no bebía vino, y ustedes decían que tenía un demonio. Luego, vine yo, el Hijo del hombre, que como y bebo, y ustedes dicen que soy un glotón y un borracho; que soy amigo de gente de mala fama y de los que cobran impuestos para Roma.

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