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La curación del ciego de nacimiento

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La curación del ciego de nacimiento — Juan 9

Introducción

Juan ubica el relato justo después de la Fiesta de los Tabernáculos que era popularmente la fiesta de las luces, durante la cual Jesús había dicho:

Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida (8.12)

La sanidad del ciego ilustra lo que Jesús enseñó (9.5). Juan comienza con el relato de un hombre que había nacido ciego y que recibía la vista y lo termina con el juicio de Jesús a los fariseos a causa de su ceguera espiritual.

Personajes del relato:

Jesús – El ciego – Los discípulos – Los vecinos
Los que antes lo habían visto
Los fariseos (algunos creían/dudaban y otros en contra)
Los padres del ciego

La curación (9.1-7)

El hombre ciego tiene las características del pecador arrepentido

  • Era ciego (Ef. 4.18; Jn. 3.3; 2 Cor. 4.3-6). El inconverso nunca puede ver o comprender las cosas espirituales (1 Cor. 2.14-16)
  • Estaba mendigando. El inconverso es pobre a la vista de Dios, aunque sea rico a los ojos del mundo. Mendiga por algo que satisfaga sus más profundas necesidades.
  • Era impotente. No podía curarse a sí mismo; otro no podían curarlo.

La curación muestra cómo Jesús salva al pecador

Se acerca por gracia al hombre. Cristo podía haber pasado de largo, porque era Sabbath y se suponía que debía descansar (v. 14). Mientras que los discípulos discutían acerca de la causa de la ceguera, y en lugar de ver la necesidad del hombre ven un tema para la discusión teológica, Jesús satisface la necesidad del hombre.

Curó al hombre con su poder. El hombre probó su fe en Cristo al obedecer a su Palabra. La «religión» de hoy en día quiere darles a los hombres sustitutos para la salvación, pero sólo Cristo puede librar de las tinieblas del pecado y del infierno.

La curación glorificó a Dios. Todas las verdaderas conversiones son para la gloria de Dios únicamente (Ef. 1.6, 12, 14; 2.8-10)
La sanidad fue notoria a otros. Los que lo habían visto antes y sus vecinos vieron un cambio en la vida del ciego; de tal manera que discutían si era o no era el ciego. Así es cuando una persona nace de nuevo, otros ven la diferencia que se manifiesta en ella (2 Cor. 5.17).
Busca al hombre cuando los demás lo rechazaron (v. 35-39).

Los fariseos no podían creer el cambio que veían (13-21). No todos creerán sobre el cambio sin embargo todos serán impactados, de una manera u otra.

La controversia (9.8-34)

Los líderes religiosos habían hecho saber que si alguno confesaba a Cristo abiertamente sería expulsado de la Sinagoga (v. 22). Esto significaba perder amigos, amigos y todos los beneficios de la religión judía. Fue esa declaración la que forzó a los padres y a los vecinos del ciego a «andar con rodeos» cuando se les preguntó sobre la asombrosa curación. La simple confesión del ciego en el versículo 11, glorificó a Cristo, aunque todavía no comprendía cabalmente quién era realmente «aquel hombre que se llama Jesús». Los fariseos atacaron a Cristo diciendo que no procedía de Dios (v. 16) y le llamaron pecador (v. 24). El ciego curado dijo lo que sabía (v. 25) y les mostró a los fariseos qué necio era su razonamiento (v. 30-33). El creyente de corazón sencillo sabe más verdad espiritual que los eruditos teólogos inconversos (Ver Sal. 119.97-104). El resultado: Expulsaron al hombre de la sinagoga.
Hubiera sido fácil para él esconder su confesión y evitar de este modo la controversia, pero sin temor alguno se quedó firme en su posición. Conocía la diferencia que Cristo había hecho en su vida y no podía negarla. Cualquiera que ha conocido a Cristo y ha confiado en él lo dirá abiertamente, sin importarle las consecuencias.

Su confesión (9.35-41)

El hombre no se dio cuenta entonces, pero su lugar más seguro estaba fuera del redil de la religión judía. Los judíos lo expulsaron, ¡pero Cristo lo recibió! Como Pablo (Fil. 3.1-10), este hombre «perdió su religión», pero halló salvación y fue al cielo.
Veamos cómo este hombre creció en el conocimiento de Cristo:
Un hombre que se llama Jesús (v. 11), era todo lo que sabía cuando Cristo lo sanó.
Un profeta (v. 17), así lo llamó a Jesús cuando los fariseos lo interrogaron.
Un varón de Dios (v, 31-33), fue su conclusión acerca de quién era Jesús.
El Hijo de Dios (v. 35-38), fue su confesión final y completa de fe. (Ver 20.30-31).

«La senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto», afirma Proverbios 4.18, y el crecimiento en la «luz» de este hombre lo demuestra.

Un cristiano es alguien que tiene la luz en su corazón (2 Cor. 4.6) y que es la luz del mundo (Mt. 5.14). Anda en la luz (1 Jn. 1) y da el fruto de la luz (Ef. 5.8, 9). El «creo Señor» del hombre fue el punto en que su vida cambió.

La misma luz que guía a una persona puede cegar a otra (v. 39-41). Los fariseos admitieron que podían ver y por consiguiente eran culpables debido a que rechazaron la evidencia y no querían recibir a Cristo. El evangelio trae diferentes reacciones de diferentes clases de corazones: el pecador ciego recibe la verdad y ve; la persona religiosa, justa en su propia opinión, rechaza la verdad y se enceguece más, espiritualmente. Es peligroso rechazar la luz.

Conclusión

El resultado inevitable de la venida del Hijo de Dios es juicio sobre aquellos que rehusan abrir sus ojos a La Luz.  

El término griego «juzgar» del v. 39 no se refiere al pronunciamiento de condenación o inocencia. Es una referencia a la exposición de pecados.
Jesús vino al mundo a dar la vista a los ciegos espirituales. Pero su venida también produce que aquellos que creen que ven, sean cegados; que tienen un alto concepto de su propia sabiduría sean cegados en su ignorancia.

El pecado de aquel que confía principalmente en él mismo permanece, rechaza al evangelio de la gracia y, consecuentemente, es condenado eternamente.

¿Cómo es tu situación ante la luz de Cristo?

¿Eres como los fariseos que rechazaron la luz de Jesús o como el que era ciego y ahora ve?

No existe una situación intermedia. Nuestra es la decisión.

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