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La oración que Dios anhela

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Introducción

Es en situaciones de crisis, como las que el mundo vive hoy, que los hombres buscamos a Dios en oración. Muchos han orando para que la guerra de Ucrania no comenzase; sin embargo, comenzó y se presentó tan cruel que acongoja nuestros corazones diariamente. ¿Por qué Dios lo permitió?

Para responder esta pregunta analicemos el tema de la oración.

I. El hombre y la oración 

Quiero que los hombres oren en todo lugar, levantando manos santas, sin ira ni contiendas”. (1 Ti 2.8)

En momentos de adversidad, los hombres buscan a Dios. Son conscientes de que su suerte y el destino de sus seres queridos están fuera de su control. Saben que no pueden manejar los eventos y las circunstancias, de modo que se vuelven a Dios.

Por su necesidad, echan mano a la oración, sin pensar ni estudiar verdaderamente acerca de la naturaleza de la misma. A menudo son alentados a hacerlo siguiendo una enseñanza que parece sugerir que lo único que necesitan hacer es orar y todo se arreglará. Así se crean expectativas, y se nutren esperanzas, pero se ignoran totalmente las condiciones que deben ser cumplidas en la oración. Esto crea problemas. La oración no recibe la respuesta que el suplicante desea; y el desaliento nos invade.

1. Errores comunes con respecto a la oración

Frecuentemente abordamos ese tema solo con relación a las respuestas buscadas.

Consideramos a la oración como un mecanismo diseñado para producir ciertos resultados. No nos detenemos a pensar cómo debemos acercarnos a Dios y si tenemos el derecho de hacerlo. La idea de adorar a Dios y ofrecerle culto no se toma en cuenta. Cuando comparamos nuestras oraciones con las que encontramos en la Biblia, es evidente que tendemos a omitir lo que es más importante, lo primario, y concentramos solo en peticiones y en la gratificación de nuestros deseos personales. Por esto la vida de oración de muchas personas se torna urgente y regular solo en momentos de necesidad.

Otra tendencia es pensar exageradamente sobre lo que Dios debería hacer, sin detenernos a considerar cuál sería la voluntad de Dios con respecto a determinado asunto.

Es muy importante discernir entre las que son verdaderas respuestas a la oración y las circunstancias que pueden parecer respuestas a oración, pero no lo son. Aún las señales y maravillas deben ser examinadas y zarandeadas, no sea que en nuestro celo atribuyamos a Dios lo que en realidad es obra del diablo. Esto puede crear falsas expectativas futuras.

Debemos tener cuidado de atribuir a la directa intervención de Dios solamente lo que no podemos explicar por ninguna otra hipótesis. De no ser así eventualmente llevará a confusión mental que desembocará en desilusión y tristeza.

Una vez que descubrimos cómo orar, cómo enfocar la oración, se resolverá el problema de qué debemos pedir, y también el difícil problema de las respuestas a la oración. Lo que le digo a Dios en la oración estará completamente subordinado a la manera en que me acerco a Dios.

Lo que soy y lo que he hecho antes de comenzar a hablar con Dios es de mucha más importancia que mis palabras en sí mismas. No debo concentrarme sobre mis oraciones o las respuestas que deseo, sino sobre mí mismo y mi derecho de orar o no. ¿Cómo debemos orar? ¿Qué derecho tenemos de orar? Pablo responde así: “Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando manos santas, sin ira ni contienda” (1 Ti 2.8). Analicemos este versículo.

2. Condiciones para la oración

a. La primera condición es que debemos levantar “manos santas”. No nos referimos ahora a la postura en la oración, ni tampoco al hecho de que los judíos generalmente oraban de pie elevando sus manos a Dios. Las “manos santas” indican y representan un carácter santo. Eso siempre debe ser lo primordial al acercamos a Dios. “Sigan la paz, y la santidad sin la cual nadie verá al Señor” (Heb 12.14). Es importante remarcar que en el griego el énfasis está puesto es la santidad de las manos y no en el hecho de levantarlas.

Nada hay más contrario a toda la enseñanza de la Biblia como la premisa de que cualquiera, en cualquier momento, sin reunir condición alguna, puede acercarse a Dios en oración y que esta tendrá algún resultado. En realidad, el primer efecto del pecado y la principal consecuencia de la caída, fue quebrar la comunión que existía entre Dios y el hombre. El hombre, por causa del pecado, perdió el derecho de acercarse a Dios y por sí mismo jamás podría acercarse. Pero Jesucristo abrió un nuevo camino para que el hombre se acerque a Dios. Podemos tener comunión con Dios solo a través de Cristo y de acuerdo a lo que él ha dictaminado. No hay otro acceso.

Más allá de todas las enseñanzas del Antiguo Testamento, el pleno significado de su venida, y de la vida, muerte, resurrección y ascensión de Jesucristo es que nos provee de un “camino nuevo y vivo” (Heb 10.20) a la misma presencia de Dios. “Yo soy el camino, la verdad, y la vida, nadie viene al Padre, sino por mí” (Jn 14.6). Por tanto, lo primero que tenemos que considerar cuando nos acercamos a Dios en oración es nuestro propio pecado.

Las primeras preguntas deben ser: “¿Cómo puedo acercarme a Dios? ¿Qué derecho tengo de hacerlo?” Por supuesto que por “la sangre de Jesucristo” hay propiciación de pecados, lo que nos permite acercarnos a Dios. Pero el hecho de haber creído en Cristo no nos permite vivir como nos plazca y encontrar siempre que el camino a Dios está abierto. Transgredimos, somos pecadores y por tanto necesitamos arrepentirnos y pedir perdón nuevamente. El arrepentimiento no es mera tristeza por el pecado, ni es solo remordimiento. Es una tristeza divina que incluye un elemento de odio al pecado y una determinación de abandonarlo y vivir una vida santa. En otras palabras, comprender esta necesidad de limpieza y esta determinación de mantener nuestras “manos santas” son esenciales para acercamos a Dios.

Esto se enfatiza con frecuencia en la Biblia. Recordemos las palabras del salmista: “Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado” (Sal 66.8). Significa que, si alguien abriga pecado en su corazón y rehúsa dejar de lado ese pecado, no tiene derecho a esperar que Dios escuche su oración.

En Jeremías 15.1 leemos: “Me dijo Jehová: Si Moisés y Samuel se pusieran delante de mí, no estaría mi voluntad con este pueblo; échalos de mi presencia, y salgan”); es decir: “Si los mejores hombres que jamás han rogado ante mí pidieran por este pueblo, no les concedería su petición. Hay un pasaje similar en Ezequiel 14.14 donde leemos: “Si estuviesen en medio de ella estos tres varones, Noé, Daniel y Job, ellos por su justicia librarían únicamente sus propias vidas, dice Jehová el Señor”.

Recordemos también la conocida frase de Santiago 5.16: “La oración eficaz del justo puede mucho”. Un espíritu ferviente y un deseo profundo no son suficientes. Es el “justo” el que tiene derecho de esperar los resultados que desea. Dios no nos ha prometido concedernos todas nuestras peticiones incondicionalmente; y la primera condición siempre es esta de “manos santas”. Solo cuando procuramos vivir de acuerdo a su voluntad y conformamos nuestras vidas de acuerdo a las Escrituras podemos llevar nuestras peticiones a él y espera una respuesta.

b. La segunda condición es “sin ira”. Es sumamente importante comprender el significado exacto de esta palabra “ira”. No significa tanto enojo, o la manifestación del enojo; ni tampoco una violenta explosión de mal genio.

En griego hay tres palabras que para la ira. Encontramos a las tres en Efesios 4.26, 31: “Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo…Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia.” En su “airaos”, Pablo muestra una faceta de la ira que presenta como un imperativo. Hay injusticias por las que debemos airarnos. En el mismo versículo, utiliza otra palabra en griego para advertir sobre el hecho de que la ira santa se torne en un sentimiento personal que perjudique nuestra vida espiritual. En el versículo 31 Pablo nos presenta un tipo de ira que está totalmente prohibido, es decir, la explosión violenta y descontrolado de nuestro enojo.

Sin embargo, en 1 Timoteo Pablo utiliza la misma palabra que en Efesios presenta como imperativo. Es decir, cuando nos acercamos a Dios en oración nuestro corazón no debe albergar ningún tipo de ira, ni aún la que en otros pasajes se aconseja tener.

Esto se debe a que el énfasis aquí no es sobre la forma en que el hombre considera a Dios y se acerca a él, sino en la forma en que él está cuando se acerca y cómo considera a sus prójimos, sus vecinos. Es la misma idea de Mateo 5.23-24: “Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.”

A veces hay un resentimiento en nuestros corazones cuando oramos a Dios y no nos responde como quisiéramos. Pensamos que tenemos un verdadero motivo de rencor y una queja genuina. Sin embargo, sentimos que seguimos dependiendo de Dios, de modo que le solicitamos favores. Consideramos que no es justo con nosotros y, sin embargo, estando en esta condición le pedimos que nos bendiga y esperamos que lo haga. Dios dice acerca de los hijos de Israel: “Este pueblo con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí” (Is 29.13).

c. La tercera condición se describe como “sin contienda”. El término no se refiere a una contienda con otros, sino con uno mismo. Denota un estado de inseguridad, o quizás un estado de rebelión intelectual. La duda puede expresarse de muchas diferentes maneras. Puede dudarse de la bondad de Dios, y de su disposición y prontitud para escuchar nuestras oraciones. También se duda respecto a lo que podemos llamar el poder de la oración, en cuanto a si algo puede suceder; en una palabra, si orar tiene algún sentido.

Como resultado de estas dudas, frecuentemente sucede que la oración no es más que una aventura desesperada. Nos encontrarnos en una posición difícil o enfrentamos una necesidad extrema y no sabemos qué hacer o a quién recurrir. 

Entonces recordamos haber oído de alguien que oró a Dios y tuvo una respuesta maravillosa. Decidimos orar para probar el experimento y ver si también dará resultado para nosotros. No hemos evaluado seriamente el asunto, no nos hemos detenido para considerar todas las condiciones a las que hemos hecho referencia; lanzamos algo así como “un clamor en la oscuridad” con la esperanza que pueda tener éxito y podamos ser liberados. En ese estado de duda y escepticismo los hombres a menudo oran a Dios; y cuando sus oraciones no reciben respuesta y sus deseos no son satisfechos, murmuran y se quejan, deciden que la religión no sirve, y se ofenden con Dios.

A menos que observemos esta tercera condición, la oración es inútil. “Debemos acercamos a Dios creyendo que le hay, y que es galardonador de los que buscan” (Heb 11.6). La oración no es un experimento dudoso que quizá produzca fe; es más bien la expresión y el producto de una fe que no solo cree en Dios, sino que está dispuesta a confiar totalmente en él y su santa voluntad. Los hombres cuyas oraciones han sido contestadas siempre han sido aquellos que conocían a Dios, los que han confiado en él completamente, quienes han estado más dispuestos a decir en todo tiempo y bajo toda circunstancia: “Hágase tu voluntad”, seguros de sus propósitos santos de amor. 

Al considerar estas condiciones, no debemos sorprendernos de que Dios a veces no responda a nuestra oración como deseamos. De lo que deberíamos sorprendernos es que conteste, aunque sea solo una vez. 

Limpiemos nuestras manos, purifiquemos nuestros espíritus y seamos establecidos en nuestra fe. Entonces, en el momento de nuestra mayor crisis, no estaremos haciendo un experimento dudoso sino tomándonos de Aquel de quien decimos con Pablo: “Yo sé a quien he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día” (2 Ti 1.12). La respuesta quizá no siempre sea la que habíamos deseado, pero podremos ver en última instancia que era lo mejor para nuestras almas.

Conclusión

Como Iglesia tenemos la responsabilidad y el privilegio de comunicarnos con Dios en sus términos y de acuerdo a su voluntad. Que el Señor nos ayude a vivir vidas acordes a su voluntad y a desarrollar vidas de oración que lleguen al trono de la gracia y sean recibidas por Dios y respondidas de acuerdo a su voluntad. 

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