La poesía en la Biblia

La poesía bíblica – Parte 1

Los textos poéticos de la Biblia

Desde el punto de vista literario, la Biblia presenta una notable variedad de lenguajes o géneros literarios. Hay textos narrativos, códigos legislativos, dichos sapienciales, parábolas, profecías, cartas y escritos apocalípticos. Muchos de esos textos están escritos en prosa, pero otros —bastante numerosos— son textos poéticos. 

Por Armando J. Levoratti

A veces, se trata de un himno intercalado en una narración, como los cánticos de Moisés (Ex 15.1-21), Débora (Jue 5.1-31), Ana (1 S 2.1-10), David (2 S 1.17-27) y Jonás (2.2-10). Otras veces, el lenguaje poético comprende un libro entero (como en el Cantar de los cantares) o la mayor parte de él (como en el libro de Job). También los profetas fueron grandes poetas, y lo mismo hay que decir de los salmistas, que no encontraron medio más adecuado para dialogar con Dios que el lenguaje de la poesía.

En el Nuevo Testamento no hay tantos poemas como en el Antiguo, pero de ningún modo están ausentes. En él se encuentran himnos y cánticos, cuya configuración rítmica y formal se destaca sobre el trasfondo del discurso en prosa que les sirve de contexto. De ello dan testimonio el cántico de María (Lc 1.46-55), el de Zacarías (Lc 1.67-79), el del anciano Simeón (Lc 2.28-32) y los himnos cristológicos que aparecen aquí y allí en las cartas paulinas (Flp 2.6-11; Col 1.15-20; Ef 1.3-14). También hay palabras de Jesús que tienen un ritmo muy particular, como el reproche que él dirigió a los que habían rechazado todas las invitaciones de Dios:

  • Tocamos la flauta, pero ustedes no bailaron;cantamos canciones tristes, pero ustedes no lloraron. (Mt 11.17)

Finalmente, cabe mencionar los himnos y doxologías del Apocalipsis, que nos traen un eco de los cánticos litúrgicos de la iglesia primitiva (cf., por ejemplo, Ap 5.9-10; 11.17-18; 12.10-12; 15.3-4).

Dada la abundancia de textos poéticos que contiene la Biblia, es muy difícil comprender a fondo su mensaje, sin una cierta sensibilidad para apreciar el lenguaje de la poesía. De ahí la conveniencia (o, mejor dicho, la necesidad) de que los lectores de la Biblia tengan algún conocimiento de la poética hebrea. Esta necesidad es mayor todavía cuando se trata de traducir las Escrituras, porque al traductor le compete la misión de traducir poéticamente los textos poéticos.

Biblia y poesía

Un poema es un conjunto estructurado de frases que son, a su vez, portadoras de significados. Dada la índole semántica del lenguaje, las palabras y las frases significan algo.[1]  Pero la significación queda notablemente reforzada cuando se emplea con acierto el lenguaje poético. Los poetas se permiten construcciones gramaticales muchas veces audaces; alteran el orden de las palabras, las unen de forma inesperada o sorprendente, y utilizan figuras literarias que resultarían extrañas o chocantes en el habla de todos los días. Así, mediante la asociación armónica del sonido, del ritmo y de la idea, la poesía logra expresar significados que no alcanzan a transmitir otras formas de discurso.

Hay que notar, sin embargo, que la poesía en la Biblia no es un fin, sino un medio. Los poetas de la Biblia no cultivaron el arte por el arte. Es verdad que los profetas se expresaron poéticamente y que los salmistas oraban poéticamente. Pero el lenguaje poético cumple aquí una función instrumental. Lo esencial es el mensaje que el profeta anuncia y la plegaria que el salmista dirige al Señor.

Plan de la exposición

La siguiente exposición se divide en dos partes. A fin de familiarizarnos con el lenguaje poético en general, indicaremos en primer lugar algunas características de la poética tradicional española. Luego, en la segunda parte, expondremos los principales rasgos que definen la poética bíblica.

El discurso poético en la poesía española

Anoche cuando dormía 

soñé (¡bendita ilusión!)

que una colmena tenía

dentro de mi corazón;

y las doradas abejas

iban fabricando en él,

 con las amarguras viejas,

blanca cera y dulce miel.

Al leer esta estrofa del gran poeta español Antonio Machado, percibimos de inmediato que su lenguaje no es el que solemos usar en la conversación corriente. Es verdad que las palabras son las mismas que empleamos todos los días para hablar con los demás. Pero esas palabras están dispuestas de un modo inusual: no se emplean con la finalidad puramente práctica de comunicar una idea, un sentimiento o un deseo, sino que el poeta ha hecho mucho más: ha compuesto un poema, es decir, ha dispuesto las palabras de tal manera que el mensaje poético resulta inseparable del lenguaje que lo expresa. El intento de expresar esto mismo de otra manera, y hasta un simple cambio en las palabras, harían que el mensaje poético pierda en todo o en parte su poder de sugestión. O dicho más brevemente: El mensaje poético no puede comunicarse por un medio distinto del poema mismo.

Esta forma de discurso suele caracterizarse como «discurso poético».

Lo ideal sería proponer una definición que nos revelara desde el comienzo la esencia de la poesía. Pero una de las paradojas del fenómeno poético es que no se deja encerrar en una fórmula definitiva, aceptable para todos. De hecho, cada generación modifica hasta cierto punto el concepto de poesía y le confiere un matiz particular. Hay en el hecho poético algo de misterio, y aunque no podemos definirlo con exactitud, lo sentimos y gozamos como una especie de milagro en algunos poemas.

De todos modos, lo cierto es que el discurso poético no está sujeto solamente a las reglas generales de la gramática, sino que presenta, además, una serie de rasgos particulares. Lo importante es adquirir una cierta familiaridad con esa forma de lenguaje, y para ello es conveniente identificar los elementos formales más característicos de la poesía española.

  1. Los márgenes: Al fijar los ojos en el texto escrito de un poema, lo primero que salta a la vista son los amplios márgenes que se extienden a derecha e izquierda. Esto permite distinguir a simple vista un texto poéticode un discurso en prosa. Los escritos en prosa tienen márgenes estrechos; los espacios en blanco son más bien reducidos, y la escritura ocupa prácticamente toda la página. Los textos poéticos, en cambio, están distribuidos en versos.
  1. Los versos: Son unidades métricas y rítmicas que se organizan en series. Cuando esas unidades son todas iguales (es decir, cuando tienen el mismo número de sílabas), la versificación se llama «regular»; cuando no son iguales, la versificación es «irregular», «fluctuante» o «libre».

Fónicamente, los versos se distinguen porque van entre dos pausas; gráficamente, porque cada uno ocupa una línea distinta. Los versos dividen el discurso en intervalos simétricos, un poco como el músico lo hace con los compases. Además, en ellos se distribuyen determinados elementos fónicos (acentos, pausas, rimas, etc.), que suelen distribuirse en un orden determinado, formando las agrupaciones llamadas estrofas.[2]Así, el efecto poético no depende exclusivamente de las ideas expresadas en el poema, sino también, y a veces en forma preponderante, de la capacidad de sugestión propia del lenguaje.

  1. El metro: En la estrofa de Antonio Machado, todos los versos tienen la misma cantidad de sílabas; así, por ejemplo:

y las do-ra-das a-be-jas       8 sílabas

con las a-mar-gu-ras vie-jas   8 sílabas

Esto quiere decir que el poeta se ha impuesto a sí mismo una restricción particular. En lugar de expresarse como lo hacemos en la conversación ordinaria, ha escrito su poema en versos octosílabos, y si uno de los versos tuviera una sílaba de más o de menos, el hecho sería percibido de inmediato como un error o como una violación de la regla.

  1. La rima: Esta es otra de las características que llaman la atención cuando se leen los versos de Machado que figuran al comienzo. Rima es la igualdad o semejanza de sonidos en que acaban dos o más versos a partir de la última vocal acentuada, de manera que corazón rima con ilusión y abejas con viejas. En estos casos, se trata de rimas «consonantes», porque todos los sonidos son iguales a partir del último acento. Si la coincidencia de los sonidos es parcial, porque solo las vocales son iguales, se habla de rimas «asonantes» (ej. clara – mañana).

La rima cumple a veces una función eufónica,[3]pero no es necesariamente un mero ornamento sonoro. Hay casos, por el contrario, en que la reiteración del mismo sonido adquiere una notable fuerza emotiva, como puede apreciarse en la primera lira[4]del «Cántico» de San Juan de la Cruz:

¿Adónde te escondiste,

Amado, y me dejaste con gemido?

 Como el ciervo huiste,

habiéndome herido;

salí tras ti clamando, y eras ido.

La palabra gemido, al final del segundo verso, presenta el timbre -idocargado de un sentimiento de dolor. Luego, a corta distancia, la palabra heridorima con ella, y la semejanza sonora hace que también esta palabra quede impregnada de una tonalidad emotiva. Esa carga se refuerza al final de la estrofa, en la frase y eras ido, que resuena con un tono de lamento.

Aunque es uno de los rasgos más constantes en la poesía castellana tradicional, la rima no pertenece esencialmente al lenguaje poético. Era desconocida en la poesía antigua (hebrea, griega y latina) y los poetas contemporáneos prescinden con frecuencia de ella, empleando, en cambio, el llamado verso libre o suelto. De ahí la necesidad de establecer una distinción entre la poesía propiamente dicha y la mera utilización de ciertos artificios formales como el verso y la rima.  Más que en el virtuosismo verbal, la verdadera poesía radica en la elección de un tema apropiado y en el pleno aprovechamiento del poder sugestivo y evocador de las palabras.

  1. El ritmo: Es otra de las cualidades del lenguaje poético. Hay muchos poemas correctos en cuanto al metro y la rima, pero que resultan insípidos y deslucidos por carecer del ritmo adecuado. El ritmo, para ser perceptible, necesita un sustrato sensorial que transcurra en el tiempo. Un sonido uniforme, sostenido durante mucho tiempo, nunca es rítmico. Sí lo es, en cambio, la gota de agua que cae a intervalos regulares. Pero si esos intervalos son muy espaciados, si falta la periodicidad, el ritmo desaparece.

Para comprender la naturaleza del ritmo poético, es necesario tener en cuenta lo que se ha dado en llamar la «forma lineal» del mensaje lingüístico. Esta forma deriva, en último análisis, del carácter vocal del lenguaje. Como no se pueden emitir dos sonidos distintos al mismo tiempo (por ejemplo, /t/ y /d/), los enunciados verbales se desarrollan según el curso irreversible del tiempo y el oído los percibe como una sucesión. Así, el signo saltiene los mismos fonemas que el signo las, pero el orden en que están dispuestos los fonemas hace que tengan valores semánticos distintos.

El lenguaje puede producir un efecto rítmico porque está compuesto de sílabas «marcadas» y «no marcadas». En algunas lenguas (como en el griego y el latín clásicos), lo que contaba era la «duración» de las sílabas, es decir, la distinción de sílabas breves y largas. En la poética castellana, en cambio, la organización rítmica del verso se basa en la diferenciación de sílabas «acentuadas» y «no acentuadas». Marcadas son las sílabas sobre las que recae el acento; no marcadas, las que carecen de él. El ritmo acentual resulta de la contraposición entre las sílabas tónicas y las sílabas átonas.[5]

Es notoria la capacidad del ritmo verbal para producir efectos poéticos. Tal capacidad se pone de manifiesto, de un modo especial, en esos poemitas hechos con palabras y grupos de sonidos casi desprovistos de sentido, pero que poseen una sonoridad particular. Las coplas populares y las canciones infantiles ofrecen buenos ejemplos, que los poetas imitan a veces.  Véanse, a modo de ilustración, los siguientes versos de García Lorca:

Nana, niño, nana

del caballo grande

que no quiso el agua.

En estos versos, el efecto poético no depende del significado de las palabras y de las frases, sino de la musicalidad y el ritmo de los sonidos. Estas posibilidades «musicales» del verso están ligadas a la «prosodia» de la lengua, es decir, a los rasgos fónicos y a la sonoridad propia de cada idioma. Pero los rasgos prosódicos son difícilmente transferibles de una lengua a otra, porque cada idioma tiene su propia musicalidad. De ahí que el intento de traducir textos poéticos choque muchas veces con dificultades casi insuperables. El contenido de un poema puede pasar de una lengua a otra; en cambio, es casi imposible trasvasar con la misma eficacia todos los rasgos formales constitutivos del lenguaje poético.[6]

  1. Poesía y versificación: Como ya lo hemos sugerido repetidamente, la mera utilización del verso no basta para hacer «poesía» en el verdadero sentido de esta palabra. La poesía supone, además del verso y de otros artificios formales, cualidades como la armonía y musicalidad del lenguaje, el vuelo imaginativo y una emotividad más o menos intensa. En un auténtico poema hay además otros elementos que contribuyen a producir el efecto poético; son las metáforas, las imágenes y el acierto en la elección y disposición de las palabras, sin olvidar el contenido del poema. Solo la armónica combinación de todos estos elementos puede dar como resultado una genuina realización estética.

Las indicaciones anteriores pueden ayudarnos a comprender mejor el lenguaje poético.  Es importante notar, sin embargo, que las reglas de la composición poética, y aun el concepto mismo de poesía, varían en las distintas culturas. Al abordar el estudio de la poética hebrea es muy importante tener en cuenta este principio.

    [1]La semántica (del griego semainein, «significar») es la rama de la lingüística que se ocupa del significado de las palabras. El adjetivo semántico se aplica al lenguaje en cuanto que es portador de significados. El valor semántico de una palabra es su significado; un cambio semántico es un cambio de sentido. Por extensión, el término se aplica a cualquier clase de signos, y entonces se habla del valor semántico del gesto o señal que se utiliza para transmitir un mensaje y ponerse en comunicación con otras personas.

    [2]Con cierta frecuencia, los versos se combinan en grupos que se repiten de manera uniforme a lo largo de todo el poema. Estas combinaciones métricas se llaman estrofas. Teniendo en cuenta la variedad de las combinaciones posibles, los tipos de estrofa son potencialmente indefinidos. Como ejemplo de esta estructura poética pueden mencionarse las «coplas de pie cortado», que se usan poco en la actualidad, pero que fueron muy usadas en la literatura española de los siglos XV y XVI. Su forma más frecuente era la de seis versos (un par de octosílabos y un tetrasílabo), con rimas situadas en puntos fijos: el primero con el cuarto, el segundo con el quinto y el tercero con el sexto. Las más famosas son, sin duda, las Coplas de Jorge Manrique por la muerte de su padre, escritas hacia el 1474. A ellas pertenecen las estrofas siguientes:

Recuerde el alma dormida,

avive el seso y despierte

contemplando

cómo se pasa la vida,

cómo se viene la muerte,

tan callando…

Nuestras vidas son los ríos

que van a dar a la mar

que es el morir;

allí van los señoríos

derechos a se acabar

 y consumir.

__________

    [3]La eufonía es el efecto acústico agradable producido por la acertada combinación de los sonidos en una palabra o en una frase. A ella se opone la cacofonía, que es la repetición o el encuentro de varios sonidos con un efecto acústico desagradable (p. ej., «Dales las lilas a las niñas»).

    [4]La lira  es una estrofa formada por versos endecasílabos (de once sílabas) que se combinan con heptasílabos (de siete sílabas). El número de versos puede variar de cuatro a siete, pero la forma más común es la de cinco versos, con rimas situadas en puntos fijos: aBabC. Garcilaso de la Vega la usó por primera vez en su célebre Canción a la Flor de Gnido, y más tarde otros poetas, de un modo especial Fray Luis de León y San Juan de la Cruz, la volvieron a utilizar con singular maestría. El nombre proviene del primer verso de la canción de Garcilaso: «Si de mi baja lira…».

    [5]Como se verá más adelante, el ritmo acentual caracteriza también a la poética hebrea.

    [6]Acerca de los problemas que plantea la traducción de los textos poéticos, véase Traducción de la Biblia2/2 (1992) 1-11.

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