La pregunta que atraviesa los siglos

«Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?»

(Lc 18.8).

Con esta breve pero intensa pregunta, Jesús cerró una de sus parábolas más llamativas, dejando resonar en el corazón de sus oyentes una inquietud que sigue viva hasta hoy. No es una duda de Jesús; es un llamado. No es incertidumbre divina, sino una advertencia para nosotros. En el siglo XXI, esta pregunta no ha perdido fuerza. Al contrario, se ha vuelto más relevante que nunca.

No es una pregunta casual, ni una expresión de duda personal. Es una pregunta retórica, diseñada para despertar conciencia, autoexamen y urgencia.

Jesús acababa de contar una parábola a sus discípulos, con un objetivo claro: enseñarles a orar siempre y no desanimarse (Lucas 18.1). La historia es sencilla pero profunda:

En una ciudad había un juez injusto, que ni temía a Dios ni respetaba a nadie. Una viuda insistía en pedirle justicia contra su adversario. Aunque el juez no tenía interés en ella ni en la justicia, finalmente accedió, por pura molestia, para que no siguiera insistiendo.

El contraste es elocuente: si incluso un juez sin compasión responde a la insistencia, ¿cuánto más Dios, que es justo y misericordioso, atenderá a los que claman a él día y noche?

Pero es justamente aquí donde Jesús añade la pregunta retórica: «Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?».

La pregunta no es una duda de Jesús, sino una provocación al alma. Jesús no pone en duda su regreso. Él volverá. Tampoco pone en duda el poder de Dios para responder a la oración. Lo que cuestiona es la disposición del corazón humano en el tiempo de la espera.

La parábola trata de la fe persistente, la que no se rinde ante el silencio de Dios o la injusticia del mundo. Es una fe que sigue orando, confiando, esperando, aunque no haya resultados inmediatos. Por eso, la pregunta de Jesús no es si habrá religión en la tierra, ni iglesias abiertas, ni personas que digan creer. La pregunta es más profunda: ¿Habrá aún una fe verdadera, perseverante y viva cuando él regrese?

Jesús sabía que la espera podía desgastar. La demora aparente del juicio de Dios, la presión de un mundo indiferente o incluso hostil, y el cansancio del alma podrían llevar a muchos a desanimarse y abandonar la fe. Por eso, él pone esta advertencia que podríamos interpretar como un desafío personal: ¿Seguirás creyendo cuando no veas? ¿Confiarás cuando no entiendas?

Esta pregunta apunta a algo muy humano: la tendencia al desánimo, a rendirse cuando las cosas no suceden como esperamos. Jesús sabe que el mayor obstáculo para la fe no será la persecución, ni siquiera el pecado externo, sino el desgaste interno de un alma que ya no espera nada.

¿Perseverarás en la oración cuando Dios parece estar en silencio? ¿Sostendrás la fe en medio de una sociedad que la desprecia?

Cuando miramos nuestra realidad actual, la pregunta de Jesús se vuelve inquietantemente contemporánea. En muchos contextos, especialmente en el mundo occidental, la fe parece estar retrocediendo. No desapareciendo, pero sí debilitándose.

Podríamos mencionar algunos signos de este declive: crisis de autoridad bíblica, distracciones permanentes que apagan el anhelo espiritual, relativismo moral que ridiculiza la verdad bíblica, cultura de inmediatez que choca con la lógica del Reino.

El hombre moderno, muchas veces, no se rebela contra Dios: simplemente se ha acostumbrado a vivir sin él. Sin embargo, Dios tiene su remanente.

En tiempos de Elías, el profeta pensó que él era el último creyente fiel en Israel. Pero Dios le reveló que se había reservado a siete mil que no doblaron sus rodillas ante Baal (1 Reyes 19.18). La fe verdadera no siempre es visible, pero Dios la guarda. Aun cuando todo parece apagado, la llama de la fe no se extingue.

Hoy también hay millones que, en silencio, siguen confiando, orando, sirviendo, esperando. La fe no siempre es ruidosa ni visible en los titulares, pero sigue viva en los corazones que no se rinden.

Y en lugares donde la fe es perseguida el cristianismo no muere, sino que florece con más fuerza. La iglesia subterránea muchas veces está más viva que la iglesia cómoda.

Y hoy también, en medio de la indiferencia y el ruido, hay madres que oran en silencio por sus hijos, jóvenes que deciden seguir a Cristo, pastores fieles que cuidan de sus congregaciones, personas que claman en secreto, día tras día, por justicia, por salvación, por el Reino de Dios y su justicia.

Estos son los que responden positivamente a la pregunta de Jesús con su vida: «Sí, Señor. Aquí aún hay fe. En mí».

Volvamos al contexto de la parábola: Jesús está hablando de una fe perseverante, activa, que ora sin desmayar, incluso cuando no hay señales inmediatas de respuesta.

Esa fe es contracultural hoy. Pero es precisamente la que Dios honra. Es la fe que dice como Habacuc:

«Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos… con todo, yo me alegraré en el Señor» (Habacuc 3.17-18).

Jesús lanzó esta pregunta para interpelar tu corazón y el mío. No se trata de si hay fe en abstracto y en general. Se trata de si yo tengo fe hoy. Si yo sigo creyendo, orando, esperando. Si no me rindo. Si en mi corazón todavía arde la esperanza de su regreso.

Jesús no dirigió esa pregunta al mundo incrédulo, sino a sus discípulos. Es una pregunta pastoral y personal. No se trata de hacer un censo religioso global, sino de que cada uno se mire a sí mismo.

Y si la respuesta aún no está clara, hay tiempo para decidirla.

El mundo se dirige hacia un final en el que muchos se limitarán a vivir sin preocuparse de Dios. Será como en los días de Noé y Lot. No ha de sorprendernos que muchos acaben espiritualmente desvinculados de Dios.

Este texto grita con fuerza a cada ser humano pidiéndole que elija sabiamente en las cosas de Dios. Hay demasiado en juego como para tomar una decisión errónea.

El tiempo que queda debería motivar a la Iglesia para ser el instrumento por el que otras personas consiguen ver y disfrutar la gracia de Dios.

No puede haber dudas del hecho de que aún habrá creyentes en la tierra cuando el Hijo del hombre regrese (véanse Mt 24.44–46; Lc 12.37; 17.34, 35; 1 Ts 4.13–18). ¿Pero habrá esa fe, la fe que persevera que ejerció esta viuda? La pregunta se hace con el propósito del autoexamen. Responde a esa pregunta de manera personal, y asegúrate de tener una fe viva y eficaz.

Scroll al inicio