La realidad del mal

La realidad del mal

En 1961, Adolf Eichmann fue juzgado en Israel por sus actos criminales en la Segunda Guerra Mundial. El juicio fue presenciado por periodistas provenientes de todo el mundo. Desde Nueva York, Hannah Arendt fue enviada para registrar todo lo que sucedía en el juicio e informarlo. Sin embargo, su visión de Eichmann impactó en muchos. Para Arendt, Eichmann no era el «monstruo» que muchos pensaban. Sin duda él era culpable de todo lo que lo acusaban, y se merecía un castigo, pero todo lo que hizo no se debía, según Arendt, a que Eichmann tuviese una maldad fuera de lo común, sino porque obedecía órdenes dentro de un sistema burocrático que no podía discutirse. Como escribe Arendt en su libro Eichmann en Jerusalén: «A pesar de los esfuerzos del fiscal, cualquiera podía darse cuenta de que aquel hombre no era un monstruo». 

Después de aquel juicio, Arendt escribió el mencionado libro, donde acuña su famosa expresión «banalidad del mal», para expresar que algunos individuos actúan dentro de las reglas del sistema al que pertenecen sin reflexionar sobre sus actos. No se preocupan por las consecuencias de sus actos, solo por el cumplimiento de las órdenes. La tortura, la ejecución de seres humanos o la práctica de actos «malvados» no son consideradas a partir de sus efectos o de su resultado final, sino como resultado inescapable de las órdenes recibidas.  

Para Arendt, Eichmann no era un psicópata, sino un hombre común que llevó a cabo hechos horrorosos solo por obedecer órdenes. En el juicio, Eichmann parecía un hombre común; muy parecido al resto de personas en la sala de juicio. No es la primera vez que sorprende lo que el psicólogo Roy Baumeister llama «la desproporción entre la persona y el crimen», ni la primera vez que nos preguntamos cómo es posible que alguien de apariencia normal, que se preocupa por su familia y por sus amigos, sea capaz de cometer crímenes atroces. 

El 24 de enero de 1989, el asesino serial Ted Bundy fue ajusticiado en los EUA. Si bien por años negó todos los cargos, en 1980 reconoció que era verdad y confesó los asesinatos de más de 30 mujeres y un niño de 12 años, a los que previamente había violado.  

La noche anterior a su muerte, Ted Bundy fue entrevistado por el Dr. James Dobson. 

Bundy comentó que parte de la tragedia que opacó aún más toda esta historia es que él había nacido en un «hogar maravilloso» y que sus amorosos padres lo habían educado con dedicación y amor, junto a otros cinco hermanos y hermanas. 

«Cuando éramos niños, fuimos el foco de la atención permanente de nuestros padres. Asistíamos a la iglesia regularmente; mis padres no bebían, ni fumaban, ni malgastaban su dinero en los juegos de azar. Nunca hubo abusos físicos ni peleas en nuestro hogar. Si bien no era un hogar perfecto, el nuestro era un sólido hogar cristiano», mencionó Bundy. 

Luego prosiguió, «los asesinos seriales, violadores, y otros criminales que han cometido algún tipo de violencia sexual no son inherentemente monstruos. Son los hijos y los esposos de la sociedad. Básicamente, yo era una persona normal. Aquellos que se relacionaban conmigo no sabían mis secretos. En realidad, ni se los imaginaban». 

Según parece, tanto Eichmann como Bundy eran «personas normales», que demostraban que la frase de Baumeister tiene peso. Pero ¿qué dice la Biblia al respecto? 

Veamos rápidamente Génesis 6.5: «El Señor vio que era mucha la maldad de los hombres en la tierra, y que todos los pensamientos de su corazón eran siempre los de hacer solo el mal». Y eso no aplica únicamente a las personas de aquellos tiempos, sino a nosotros también. La única razón por la que no hemos realizado hechos tan malvados, como algunas personas, es porque no tuvimos la oportunidad ni el poder de hacerlo. Lord Acton decía: «El poder tiende a corromper, el poder absoluto corrompe absolutamente»; y eso es así con cada uno de nosotros. La Escritura dice claramente que todos hemos pecado porque todos somos pecadores. 

La Palabra sigue dándonos luz sobre el tema. Génesis 8.21 dice: «No volveré a destruir la tierra por causa del hombre, porque desde su juventud las intenciones del corazón del hombre son malas». 

Eichmann no fue una anomalía. Ted Bundy no fue un hombre malvado como ningún otro. Así somos los seres humanos. Todos tenemos el potencial de ser como ellos. Lo único que evita que todos nos comportemos como ellos es la gracia común de Dios. ¿Por qué es eso? Porque las personas somos malignas. Ese es el testimonio de las Escrituras. Así hemos nacido. 

¿Desde cuándo las intenciones del corazón son malas? ¡Desde siempre! ¿A qué niño se le tiene que enseñar a mentir? ¿A ser egocéntrico? No es necesario. Lo aprenden solos. 

Todos hemos nacido en pecado e inclinados hacia el pecado. Es más, todos los hombres nacen con tendencia hacia el mal. El primer capítulo de Romanos lo deja más que claro: «Están atiborrados de toda clase de injusticia, inmoralidad sexual, perversidad, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades» (Ro 1.29). No solo eso, sino que son «murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males» (Ro 1.30). 

Los seres humanos son, incluso «enemigos de Dios» (Ro 5.10). El profeta Isaías también lo dejó muy en claro: «Todos nosotros estamos llenos de impureza; todos nuestros actos de justicia son como un trapo lleno de inmundicia… ¡Nuestras maldades nos arrastran como el viento!» (Is 64.6). 

¿Por qué es que los verdaderos cristianos no cometemos actos de tamaña maldad como Eichmann y Bundy? ¿Porque somos especiales? ¡No! ¡De ninguna manera! ¡Es solo por la gracia de Dios! Cuando nos convertimos nuestro viejo hombre perdió el control absoluto que tenía sobre nosotros, justo en el momento en que Cristo moría en la cruz, y Dios creó en nosotros una nueva persona que se deleita en la gloria de Dios y que nunca haría algo que lastimaría a Dios de manera deliberada. Pura gracia. No hay otra razón.  

Por nuestro pecado hemos sido destituidos de la gloria de Dios, pero a través del sacrificio expiatorio de Cristo en la cruz hemos sido redimidos, por gracia a través de la fe, y fuimos llevados de las tinieblas a su luz admirable.  

¡Gracias a Dios por semejante redención! Sin la expiación de Cristo en la cruz hubiéramos podido ser como Eichmann o Bundy… o algo peor. Fuimos transformados solo por gracia y ahora tenemos el poder de decirle no al pecado y vivir vidas que reflejen el fruto del Espíritu para gloria y honra de Dios. 

¡Alabado sea Dios! 

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