La responsabilidad como cristianos

La responsabilidad como cristianos

En el libro «La sana doctrina» (Jamieson Bobbie, 9Marks), dice en la introducción:

«¿Crees que es tu responsabilidad ayudar a edificar una iglesia sana? Si eres cristiano, sin duda que lo es.

Jesús te ordena hacer discípulos (Mt 28.18-20). Judas te exhorta a edificarte sobre la fe (Jud 20-21). Pedro te llama a utilizar tus dones para servir a los demás (1 P 4.10). Pablo te dice que sigas la verdad en amor para que tu iglesia pueda madurar (Ef 4.13, 15)».

Analicemos un poco estas ideas y esos pasajes. En el transcurso de nuestras vidas como cristianos, nos enfrentamos a la llamada constante de Cristo para ser instrumentos de cambio y edificación en su Iglesia. Esta responsabilidad es más que un deber; es un honor y un privilegio que se nos ha concedido como seguidores de Jesús. A través de las Escrituras, se nos revela el mandato divino de contribuir al fortalecimiento y crecimiento de la comunidad de creyentes.

El evangelio de Mateo nos presenta la Gran Comisión de Jesús a sus discípulos y, por extensión, a cada uno de nosotros. En Mateo 28.18-20, Jesús declara: «Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, y bautícenlos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Enséñenles a cumplir todas las cosas que les he mandado». Aquí se establece claramente nuestra tarea de llevar el mensaje de salvación y formar discípulos comprometidos con Cristo en todo el mundo.

Judas, en su breve pero poderosa carta, nos exhorta con las siguientes palabras: «Sigan edificándose sobre la base de su santísima fe, oren en el Espíritu Santo, manténganse en el amor de Dios» (Judas 20-21). Esta exhortación nos recuerda la importancia de nutrir y fortalecer nuestra relación personal con Dios, ya que una fe arraigada en él es fundamental para contribuir a una comunidad de creyentes sólida y saludable.

El apóstol Pedro nos llama a utilizar los dones que Dios nos ha otorgado para servir a los demás: «Ponga cada uno al servicio de los demás el don que haya recibido, y sea un buen administrador de la gracia de Dios en sus diferentes manifestaciones» (1 Pedro 4.10). Estos dones no son meramente para nuestro beneficio personal, sino que se nos han dado para glorificar a Dios y edificar a su Iglesia. Al discernir y emplear nuestros dones con amor y humildad, podemos impactar profundamente la vida de quienes nos rodean en la comunidad de fe.

El apóstol Pablo, en su carta a los Efesios, nos desafía a seguir la verdad en amor para el crecimiento y madurez de la Iglesia. Él señala que el propósito de los líderes cristianos es «equipar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos alcancemos la unidad de la fe y el conocimiento del Hijo de Dios» (Efesios 4.13, 15). Esto destaca la importancia de una comunidad unida en la verdad y el amor, trabajando juntos para el desarrollo espiritual y la madurez de cada miembro.

En última instancia, nuestra responsabilidad como cristianos en la edificación de una Iglesia saludable es una expresión de amor y servicio. No se trata solo de cumplir un mandato, sino de abrazar el llamado con pasión y entrega. Dios nos ha capacitado con habilidades y recursos únicos, y nos llama a invertirlos sabiamente en su obra.

La edificación de la iglesia comienza con una transformación personal. Necesitamos ser intencionales en nuestro crecimiento espiritual, cultivando una relación íntima con Dios a través de la oración, el estudio de las Escrituras y la comunión con otros creyentes. Este fundamento sólido nos capacita para contribuir de manera significativa a la comunidad de fe.

Asimismo, implica el compromiso activo en el ministerio. Todos tenemos dones y talentos específicos que pueden ser utilizados para el servicio dentro de la iglesia local: desde la enseñanza y el liderazgo hasta la compasión, el servicio y la hospitalidad. Cuando empleamos estos dones con humildad y amor, fortalecemos la unidad y el crecimiento de la iglesia.

La responsabilidad de edificar una iglesia saludable también incluye el fomento de relaciones sanas dentro de la comunidad. Debemos practicar la gracia, el perdón y la paciencia, promoviendo un ambiente de amor y aceptación mutua. Al hacerlo, creamos un espacio donde cada miembro se siente valorado y parte integral del cuerpo de Cristo.

En resumen, la responsabilidad de un cristiano en la edificación de una iglesia saludable es un llamado divino que requiere compromiso, sacrificio y amor. Siguiendo el ejemplo de Jesús y obedeciendo sus mandamientos, somos llamados a ser agentes de cambio y crecimiento dentro de la comunidad de fe. Al nutrir nuestra relación con Dios, servir con nuestros dones y fomentar relaciones saludables, contribuimos al florecimiento espiritual y al avance del Reino de Dios en la tierra. 

El escritor de la Carta a los Hebreos nos dice: «Mantengamos firme y sin fluctuar la esperanza que profesamos, porque fiel es el que prometió. Tengámonos en cuenta unos a otros, a fin de estimularnos al amor y a las buenas obras. No dejemos de congregarnos, como es la costumbre de algunos, sino animémonos unos a otros; y con más razón ahora que vemos que aquel día se acerca» (Heb 10.23-25).

Que Dios nos conceda que cada uno de nosotros asuma esta responsabilidad con alegría y determinación, sabiendo que es un honor y un privilegio colaborar con Dios en la edificación de su Iglesia.

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