La restauración pública de Pedro

La restauración pública de Pedro

El capítulo 21 del Evangelio de Juan es una espacie de epílogo para todo el libro, y relata uno de los encuentros más importantes del Jesús resucitado con un pequeño grupo de discípulos, entre los que se encontraban Juan, el escritor del Evangelio, y Pedro. No era la primera vez que Jesús se encuentra con un grupo de discípulos, pero esta tiene una connotación muy importante para Pedro y, por qué no, para el resto de los discípulos.

Apariciones de Jesús después de la resurrección

1. A María Magdalena (Mr 16.9; Jn 20.11–18).

2. A las mujeres (Mt 28.9, 10).

3. A Cleofas y su compañero (Lc 24.13–35).

4. A Simón (Lc 24.34; 1 Co 15.15).

5. A los discípulos excepto a Tomás (Jn 20.19–23).

6. A los discípulos, con Tomás presente (Jn 20.24–29).

Todas ellas ocurrieron en Jerusalén. Después de que los discípulos hubieron ido a Galilea, obedeciendo las instrucciones que habían recibido del Señor, Jesús se apareció de nuevo:

7. A los siete junto al mar de Tiberias (21.1–14).

8. A los discípulos en una «montaña» en Galilea, donde Jesús hizo una gran declaración, dio la gran comisión, y proclamó la gran presencia (Mt 28.16–20). Muchos comentaristas identifican esta aparición con la número 9. A los quinientos (1 Co 15.6).

10. A Santiago, el hermano del Señor (1 Co 15.17). No se dice si ocurrió en Galilea o en Judea. Habiendo regresado los discípulos a Jerusalén:

11. A los once en el monte del Olivar, cerca de Jerusalén (Hch 1.4–11; cf. Lc 24.50, 51). La siguiente aparición que se relata específicamente es del Señor del cielo.

12. A Pablo, cuando se hallaba camino a Damasco (Hch 9.3–7; 22.6–10; 26.12–18; 1 Co 9.1; 15.8).

Puede haber habido otras. No sabemos cuántas (cf. Hch 1.3).

Analicemos algunos versículos importantes del capítulo 21.

21.2-4 – Pedro procede de Betsaida («casa de pescado» en hebreo; véase 1.44) y decide regresar a su trabajo como pescador que durante tanto tiempo ha dejado de lado.

Si bien la mejor hora para la práctica de la pesca era antes del amanecer, las labores de los siete discípulos durante la noche han sido infructuosas y se sienten frustrados.

5. Jesús les dijo: Hijitos, ¿tenéis algo de comer? La pregunta emplea una partícula griega que anticipa una contestación negativa. El término bien podría traducirse más general, diciendo: «Muchachos, ¿pescaron algo? No, ¿no?». Jesús hace la pregunta para centrar su atención sobre el hecho de que el retorno de ellos a su antigua ocupación ha sido un fracaso completo, pues sin mí nada pueden hacer

Ellos le respondieron (más bien, le gritaron) «¡No!». Esa respuesta expresaría la frustración y, quizá, fastidio de pescadores que con gran vergüenza están obligados a confesar total fracaso. ¡Y en el barco

había pescadores profesionales! …y tiene en cuenta que Jesús estaba a casi 100 metros del barco.

La misión asignada a los discípulos de antaño y de hoy es la de extender el reino de Dios por una «pesca abundante». Sin la dirección específica de él, por medio del Espíritu Santo, la tarea será infructuosa; con él será sorprendentemente abundante.

6. Él les dijo: Echad la red a la derecha de la barca, y hallaréis. Entonces la echaron, y ya no la podían sacar, por la gran cantidad de peces.

Profundamente impresionados por el tono o la actitud del extraño, obedecen inmediatamente, aun cuando no sabían quién era. Como dijimos, Jesús estaba a unos 100 metros de la barca, en amanecer con poca claridad, cansados de pescar toda la noche. Era difícil distinguir a alguien que estaba en la playa. Sin embargo, hacen lo que aquel «extraño» les dijo que hicieran. Echan la red a la derecha, y de inmediato capturan tantos peces que, aunque se estaban esforzando no pudieron sacar la red hasta la barca.

En el judaísmo, una pesca abundante era una señal del favor y bendición de Dios. Esto es precisamente lo que ha hecho Jesús, que, además, ha completado la bendición preparándoles una hoguera y un desayuno a base de pescado asado y pan fresco.

7. Entonces aquel discípulo a quien Jesús amaba dijo a Pedro: ¡Es el Señor! Por lo general, Pedro actúa antes que Juan, pues era un hombre de acción, pero Juan entiende antes que Pedro. El que había captado primero el significado de los lienzos y el sudario (20:8) fue también el primero en discernir que el extraño de la playa debía ser el Señor.

12. Jesús les dijo: Venid a desayunar. Es importante que aprendan la lección de una vez por todas. Ahora, yo les voy a enseñar dónde deben arrojar la red para atrapar peces. ¿No tienen nada para comer? No se preocupen, yo les he preparado el desayuno» (cf. v. 9). El relato pasa de un milagro al siguiente, si bien en el propósito general los dos son uno solo. Como los hombres estaban cansados y hambrientos, Jesús los invitó a desayunar. La pesca milagrosa y la comida que él les dio demostraron a los discípulos que Jesús aún podía hacerse cargo de sus necesidades.

Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ¿Tú quién eres? Sabiendo que era el Señor.

Sin embargo, sobrecogidos por la presencia sobrenatural de su Maestro resucitado, seguramente estaban incómodos, dubitativos e inseguros.   

Estaban demasiado llenos de reverencia en su presencia. Sabían que era el Señor, el Maestro resucitado y glorioso.

En el huerto, María (que conocía muy bien a Jesús) habló con él y lo confundió con un hortelano, reconociéndole más adelante, cuando pronunció su nombre (20.16).

A los discípulos les sucede algo parecido. El aspecto de Jesús tras su

resurrección presenta ciertos rasgos que hacen dudar a todos: es el mismo Jesús, pero tras resucitar es, sin duda, distinto.

Apacientas mis ovejas

El verdadero llamamiento del evangelio a seguir a Jesucristo es una

llamada a la negación personal. No hay un «cristianismo light». El evangelio llama a los pecadores a someterse completamente a Jesucristo, a encontrar sus vidas perdiéndolas, a ganar sus vidas abandonándolas, y a vivir las vidas más plenas. 

Marcos dice en su Evangelio que, después de la resurrección del Señor, un ángel les dijo a algunas mujeres que les contaran a los discípulos del Señor «y a Pedro» lo que había sucedido (Mc 16.7).

Pocos días antes, en el aposento alto, Pedro le había dicho a Jesús «Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré» (Mt 26.33), a lo que Jesús le respondió: «Esta noche… me negarás tres veces» (Mt 26.34). Horas después de esta conversación, Pedro negó a su Señor tres veces, tal como Jesús había anticipado. Lucas dice que después de la tercera negación, el Señor se volvió para mirar a Pedro, y este salió y lloró amargamente. Innegablemente, Pedro necesitaba un tratamiento especial de parte de su Señor. Pedro necesitaba saber que seguía siendo amado y, quizá tan importante, que otros también lo supieran.

Es claro que el Señor no solo no descartó a Pedro, sino que lo buscó diligentemente. Así es el evangelio, las Buenas Noticias, el pecador es restituido cuando se arrepiente de su pecado. ¡Nunca somos desechados!

21:15. Cuando hubieron desayunado, Jesús le dijo a Simón Pedro: Simón, (hijo) de Juan, ¿me amas más que éstos?

El modo en que Jesús se dirige a Pedro enfatiza el carácter de aquel momento. Haberlo llamado «Simón, hijo de Jonás» sugiere que seguía una reprensión. Jesús le había dado a Simón elsobrenombre de «Pedro, Petros – Roca» (Jn 1.42), pero a veces se refería a él como «Simón», cuando hacía algo que necesitara corrección o reprensión (p. ej.,Mt 17.25; Mr 14.37; Lc 22.31). 

Terminado el desayuno, el Señor se dirige ahora a Pedro a fin de restaurarlo públicamente a su función o por lo menos para dar a conocer a toda la Iglesia que había sido perdonado y que, a él, así como a los demás, se les había confiado el cuidado de la grey de Jesucristo. 

Las circunstancias deben haberle recordado a Pedro la escena de su negación. Pedro fue restaurado ante Jesús en una aparición previa (véanse Lc 24.34; 1 Co 15.5) y en esta ocasión fue reconfirmado como el principal de los apóstoles, y ante testigos.

Cuando Jesús le pregunta a «Simón… ¿me amas más que éstos?», ¿qué está preguntando? «¿Me amas más de lo que amas estas barcas y este oficio?» o «¿me amas más que a estos hombres con los que trabajas?». El pronombre plural demostrativo (éstos) no nos permite determinar su género. El griego aquí puede ser neutro, refiriéndose a «estas cosas», quizá las redes, barcos, peces, o puede ser masculino. En este último caso —lo más probable—, nos indica que Jesús estaría preguntando si Pedro le amaba más que los demás discípulos le amaban. Ambas opciones son pertinentes, puesto que Pedro ha reanudado su actividad como pescador y ahora, con sus amigos a su alrededor, puede que Jesús le esté llamando a tomar una decisión. ¿Desea dedicarse a su profesión de pescador o está acaso dispuesto a ser un discípulo de Cristo dedicado por completo al ministerio?

En los sinópticos, Pedro dijo que él seguiría siendo fiel, aunque los demás le abandonaran (Mt 26.33; Mr 14.29). Juan nos describe el celo de Pedro por seguir a Jesús a pesar de las advertencias de muerte. «Señor —insistió Pedro —, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Por ti daré hasta la vida» (13.37; cf. 15.12–13). 

Pedro niega a Cristo tres veces. Jesús es el que conoce todas las cosas. Es, pues, posible que Jesús le esté preguntando: «¿[De verdad] me amas más que éstos?». Jesús le está pidiendo a Pedro que examine la fuerza de sus promesas anteriores.

Tres veces había negado Pedro a su Maestro (18.17, 25, 27). Tres veces debe ahora reconocerlo como su Señor, al que ama (21.15–17).

La palabra que Jesús usó para amor es agapaō, el más grande amor de la voluntad, que implica compromiso total. Pedro respondió usando el verbo phileō, un término menos elevado cuyo significado es «afecto».

16. Volvió a decirle por segunda vez: Simón, hijo de Juan, ¿me amas?

La segunda pregunta difiere de la primera. Ahonda más y es más dolorosa. Es como si Jesús dijera, «Simón, con tu silencio respecto a estos otros has indicado que ya no crees que me amas más que ellos. Pero ahora, dejando de lado cualquier comparación, ¿me amas realmente?». Jesús vuelve a utilizar el mismo verbo que antes. Vuelve a preguntar si Simón lo ama con devoción total y con toda su persona (no solo con las emociones, sino también con la mente y la voluntad).

Pedro le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te tengo afecto. Pedro responde de la misma manera que antes. Todavía no se atreve a afirmar que posee la clase más elevada de amor.

17. Le dijo la tercera vez: Simón, (hijo) de Juan, ¿me tienes afecto? Esta vez Jesús desciende al nivel de Pedro, utilizando el mismo término que Pedro había usado.

Pedro se entristeció de que le dijese esta tercera vez: ¿Me tienes afecto? y le respondió: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te tengo afecto.

La razón para la tristeza de Pedro fue el cambio en el vocabulario del Señor. A diferencia de las dos preguntas previas, esta tercera vez Jesús usó la palabra de Pedro para amor: phileō. Estaba cuestionando incluso la

devoción menor que Pedro afirmaba con seguridad. La implicación de

que su vida no soportará ni siquiera ese nivel de amor, desoló a Pedro.

El hecho de que Jesús hubiera hecho ahora la pregunta en esta forma entristeció a Pedro. Esto es comprensible. Cualquiera que se sitúe mentalmente en una situación parecida puede entenderlo de inmediato. 

Si bien es cierto que los dos verbos griegos son intercambiables, no significa que sean absolutamente equivalentes, sino que en muchos casos significan aproximadamente lo mismo. Fue el cambio del verbo lo que entristeció a Pedro. Sin duda, la repetición de la pregunta produjo la tristeza en Pedro, aunque el cambio de términos es, sin duda, un elemento clave.

¿Cómo podría Pedro no sentirse triste cuando Jesús parece dudar, incluso, de su afecto por el Señor? En su corazón, Pedro está convencido de que posee este amor más humilde. Pero ha aprendido la lección.

Tal vez al final Pedro aprendió que no puede seguir a Jesús con sus propias fuerzas. No se atreve a recurrir a nada que haya en sí mismo. Una vez más recurre, y en forma más enfática que nunca, a la omnisciencia de su Señor.

Jesús comisiona tres veces a Pedro para que cuide su «rebaño»:

(1) Apacienta (basko) mis corderos (arnion)

(2) Cuida de (poimaino) mis ovejas (probaton)

(3) Apacienta (basko) mis ovejas (probaton)

Jesús no solo restauró a Pedro a una íntima relación con él, sino le confió el cuidado y alimentación de sus corderos y ovejas.

En este episodio, es como si Jesús le dijera a Pedro —y a nosotros—: «Conozco tus falencias; sé de tu pecado; no es tu obra, sino la mía. Yo actuaré a través de ti. Solo quiero que me digas una cosa: «¿Me amas, realmente?».

La muerte de Pedro y el discípulo amado (21.18–23)

La muerte y la glorificación están tan unidas en el cuarto Evangelio que Juan se refiere constantemente a la muerte de Jesús simplemente como «su glorificación» (p. ej., 12.23). Esta misma correlación se aplica ahora a Pedro (21.19). Para Pedro, el discipulado no solo va a consistir en el ministerio de cuidar al rebaño de Cristo (21.15–17), sino también en un martirio que glorificará a Dios.

En otro momento, Jesús le dice a Pedro: «… extenderás las manos …». Este lenguaje apunta claramente a la crucifixión; muchos escritores cristianos de la antigüedad se sirvieron de la palabra griega que se utiliza en este pasaje para hacer referencia a la muerte por crucifixión.

No hay duda de que deberíamos leer estos versículos junto con 13.36–38, donde Pedro hace su atrevida promesa de «poner su vida» por Jesús. Jesús está anticipando la hora de su glorificación, y tanto en 13.37 como en 21.18 profetiza el destino de Pedro.

La expresión, «sígueme» de 21.19 adquiere ahora un nuevo sentido, más profundo y decisivo. Pedro seguirá a Jesús a la cruz.

A lo largo de su Evangelio, Juan es un modelo de fidelidad y compromiso. Fue fiel, permaneciendo junto a Jesús en la cruz (19.26) y más tarde, en la tumba vacía, sería el primero en expresar su fe (20.8).

Pedro le pregunta explícitamente a Jesús por el destino de Juan: «Señor, ¿y este, qué?». ¿Va a tener Juan una comisión parecida?

Pero Jesús deja en claro que no le toca a Pedro saber acerca de Juan. «Pedro, este asunto es cosa mía; no te incumbe. Tu deber es solo uno:

sígueme».

Validando el testimonio de Juan (21.24–25)

Este «discípulo amado» que se describe en 21.21–23, el que fue conocido por su profunda relación con Jesús, se presenta como testigo ocular de los relatos consignados en este Evangelio. Fue alguien que presenció los acontecimientos de la vida de Jesús (véase 19.35) y los puso por escrito (21.24).

La pesca milagrosa del capítulo 21 no es una señal para personas descreídas, que busca persuadirlas a creer en el Cristo resucitado. El capítulo 21 es un epílogo dirigido a la Iglesia y a las responsabilidades y tareas que esta ha de desarrollar en el mundo.

El principal relato del capítulo —la enorme pesca y posterior conversación de Jesús junto al calor de las brasas— refuerza la comisión apostólica de asumir la responsabilidad de cuidar a aquellos que se acercan al reino de Cristo. Pedro ha de ser pescador y pastor; algunos seguidores podrían incluso ser llamados al martirio, pero cada uno de ellos tiene la tarea de glorificar a Dios siguiendo obedientemente a Jesús.

Jesús quiere dirigir a sus seguidores a tareas que seguirán avanzando su obra en el mundo. El Espíritu que ahora poseen (20.22) es un equipamiento que ha de inspirar su testimonio en el mundo (15.26–27) y fortalecerles para los enfrentamientos que van a producirse inevitablemente (16.7–11).

La obra de Cristo se convierte en la obra de la Iglesia; son sus discípulos —que en este capítulo están representados por Pedro— quienes han de alimentar y pastorear a las ovejas de Jesús (21.15–17).

El relato de la reconciliación de Pedro con Jesús nos presenta la sanación de Pedro. No es casual que Pedro, el hombre que negó tres veces a Jesús tras pronunciar débiles promesas de fidelidad, afirme ahora tres veces su amor por Cristo. Mucho puede (y debe) decirse de ministros y obreros no ordenados que sirven a Cristo, pero tienen necesidad de renovar su relación con él.

La obra de la Iglesia no puede avanzar a no ser que sus ministros sean sanados de sus fracasos y renovados por el Espíritu de Dios.

El capítulo 21 trata del discipulado y el liderazgo. Ahora, los discípulos no solo han sido testigos de la resurrección de Jesús, también han experimentado al Espíritu. Conocen la verdad y han experimentado la presencia del Espíritu de verdad. Ahora bien, ¿qué van a hacer con esta experiencia?

Pedro cometió un terrible error. Su triple negación durante el interrogatorio de Jesús es uno de los pocos relatos que consignan los cuatro Evangelios. Todos los evangelistas estaban bien familiarizados con este acontecimiento, considerado tan importante que todos lo incluyeron en sus relatos.

Sin duda, el liderazgo ahora parece imposible para Pedro. Si bien, Pedro podría haberse convertido en uno de los apóstoles más celosos e intolerantes, inflexible con cualquiera que no se tomara el discipulado con suma seriedad. Toda esta energía parecería excelente a primera vista, pero habría sido mera compensación por los fracasos de su vida anterior. Esta clase de cristianismo es destructiva. Produce un régimen espiritual que es una mera penitencia protestante. «Puesto que le he fallado a Dios y me he fallado a mí mismo, tengo mucho que compensar». Esta clase de ministerio no sabe nada del «corazón alegre» que Jesús prometió a sus seguidores en Juan 16.22.

Por otra parte, Pedro podría haberse convertido en un hombre desesperado. ¿Cómo podría Pedro seguir gozando del respeto de nadie tras experimentar su debilidad de manera tan clara, sabiendo que Jesús la había visto y que ahora hasta sus compañeros la conocían? Es probable que Pedro hubiera podido haber seguido en el ministerio, dejando el peso de su pecado en algún profundo recoveco de su corazón, pero esto habría corroído su alma.

Jesús no quería que esto sucediera. Al comienzo de su ministerio había

llamado su atención con una pesca impresionante que sirvió para activar su ministerio en Galilea. «Desde ahora serás pescador de hombres», le había dicho a Pedro en aquella ocasión. Y (dice Lucas) ellos abandonaron sus barcas y le siguieron. Jesús debe ahora llamar de nuevo su atención evocando un antiguo recuerdo. Cuando Pedro vio su red completamente llena de peces, seguramente su corazón dio un vuelco.

No es de extrañar que cuando Pedro entendió que era Jesús —experto en milagros de pesca— el que había hecho aquello, se apresurara hacia la playa. Pedro se dirigió rápidamente al único que era capaz de sanar sus recuerdos: el patio, el fuego, la portera. A Pedro, aquel milagro le demostraba que, a pesar de su fracaso, Jesús seguía estando de su parte, preparando una buena comida por sus amigos, pasando un buen rato, llenándoles de peces las redes. Poco después, la invitación a afirmar tres veces su amor ahogaba los ecos de una traición que lo obsesionaba. La última vez que Pedro estuvo calentándose ante unas brasas había negado a Jesús (18:18). Ahora, Jesús lo sitúa junto a otras brasas (21.9) y con ello trae a su mente un recuerdo, y lo hace para borrarlo.

Después de que Jesús reafirme su compromiso con Pedro y que este le declare su amor, el Señor revela que un día Pedro le seguirá en el martirio. En esa ocasión, su valor y fortaleza glorificarán a Dios.

La restauración de Pedro hace posible su servicio a la Iglesia. El encargo que Jesús le hace a Pedro de que alimente y cuide a sus ovejas se

convierte para él en un imperativo de por vida. Pedro afirma su amor por Jesús, pero ahora entiende que eso significa mucho más de lo que pensaba.

Tener una relación con Cristo y amarle genuinamente significa que hemos de amar también a la Iglesia.

Pedro —y cada uno de nosotros— somos llamados a aceptar el cuerpo de Cristo, a amarlo, a pastorearlo y a protegerlo.

Las principales imágenes de Juan 21 (peces y ovejas) nos hablan de la obra de la Iglesia. Hemos de recoger a aquellos a quienes Cristo nos dirige y alimentar a quienes forman parte de su rebaño. Se trata de un trabajo divinamente dirigido que ha de ser inspirado por nuestra devoción a Cristo.

Lo que Jesús demanda no es una renovada técnica, sino fe. Le ha pedido a Pedro que haga algo que puede parecer ridículo, extravagante. Sin embargo, al hacerlo, Pedro descubre que el fruto de su labor es un don de Dios. Una pesca de este tipo no se consigue por la inversión de energía o pericia. Jesús desea, pues, participar en nuestros esfuerzos y, con su dirección, el peso de nuestro trabajo será aliviado.

El ministerio es el servicio de hombres y mujeres que han sido sanados y que entienden bien sus historias (y discapacidades) personales, que viven con transparencia vidas quebrantadas ante Dios y han sido perdonados y transformados por su Espíritu.

Se trata de hombres y mujeres que simplemente escuchan las palabras de Jesús, «sígueme», y las obedecen, pensando en su propio discipulado más que en el de los demás. El resultado es una vida abundante que glorifica a Dios en humildad mientras da testimonio de Jesús (21.24). 

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