La verdadera peste

La verdadera peste

El gran escritor colombiano, Gabriel García Márquez, escribió «Cien años de soledad». Sin duda una novela extraordinaria y, según muchos, una de las mejores novelas de todos los tiempos. En ella, el autor desarrolla su historia alrededor de un pueblo de ficción llamado Macondo… y de una familia llamada Buendía.

Cierta vez, nos cuenta García Márquez, comenzó a extenderse por el pueblo una peste, la peste del insomnio, que era una extraña enfermedad que atacaba a las personas impidiéndoles el sueño. La enfermedad era tan extraña que, si bien las personas no podían dormir, y estaban despiertas las 24 horas del día, nunca tenían sueño ni deseaban dormir, y sus fuerzas no flaqueaban, ni sus ganas de hacer cosas y trabajar incansablemente. Tal es así, que a medida que la peste fue extendiéndose por todo el pueblo y nadie podía dormir, las personas se dedicaron a hermosear el pueblo y a hacer todo lo que debía ser hecho para que el pueblo sea cada día mejor. Todo parecía ser muy bueno; no había necesidad de dormir, y no parecía haber consecuencias por no dormir. 

Poco a poco, sin embargo, comenzó a aparecer un problema producto de la peste, las personas comenzaban a olvidar las cosas. Al principio no parecía ser muy problemático, hasta que comenzaron a olvidarse incluso del nombre de las cosas cotidianas. 

Cuando uno de los personajes de la novela, el joven Aureliano Buendía, empezó a olvidar cosas, ideó algo que ayudaría a los habitantes de Macondo por varios meses: comenzó a escribir los nombres a las cosas en un papel que añadía a las mismas, a fin de no olvidar qué era cada cosa: olla, cuchara, jabón, etc.

Uno de los personajes más importantes de la novela, José Arcadio Buendía, también comenzó con la práctica de ponerles nombres a las cosas, hasta que se dio cuenta de que un día se olvidarían incluso para qué servían las cosas, e ideó un plan para que en el futuro pudieran saber todo sobre las cosas.

El letrero que colgó de la cerviz de la vaca, por ejemplo, era una clara muestra de lo que hacía con todas las cosas. Para luchar contra el olvido, escribió lo siguiente: «Esta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y a la leche hay que hervirla para mezclarla con el café con leche».

Y así continuaron viviendo, a sabiendas de que en algún momento olvidarían, incluso, el valor de la letra escrita… pero siguieron ideando formas de evitar el olvido. Todo el pueblo estaba abocado a la tarea; si bien no podían dormir, sí podían trabajar dándoles nombres a las cosas.

En todas las casas se habían escrito claves que ayudaran a sus ocupantes a recordar todas las cosas, especialmente las cosas importantes.

Alguien se imaginó que un día se olvidarían, incluso, del nombre del pueblo, y en el camino de entrada esa persona puso un cartel que decía «Macondo», y otro más grande en la calle central que decía «Dios existe».

Los seres humanos estamos enfrentando una peste mundial, que también ha hecho que muchos, por no haber tomado la precaución que tomaron los habitantes de Macondo, se hayan olvidado que Dios existe. Esa peste se llama «pecado».

El pecado que reina en el corazón de muchos no solo ha hecho que las personas se vayan alejando de Dios, sino que, sin ningún ayudamemoria que se los recuerde, muchos se han olvidado completamente de Dios.

Cuando el pecado entró al mundo en el huerto de Edén, se diseminó rápidamente y separó radicalmente a las personas de otros, de sí mismas y, especialmente, de Dios.

No solo perjudicó las diversas relaciones mencionadas, sino que el pecado también perjudicó a la creación y trajo la muerte física y espiritual de todos los hombres. El apóstol Pablo nos dice: «Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios» (Ro 3.23); y también, más adelante en el mismo libro, nos dice: «La paga del pecado es muerte…» (Ro 6.23a), ratificando la gran consecuencia del pecado: muerte física y espiritual.

Aunque las palabras de Pablo parecieran indicar que ya no hay solución para el pecado que anida en el corazón del hombre, el segundo pasaje mencionado continúa y dice: «…mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro» (Ro 6.23b). Dios proveyó el medio necesario para que el hombre, que se ha alejado de Dios, pueda volver arrepentido a los pies de su Salvador.

El hombre se ha olvidado de Dios, y es nuestro gozo y responsabilidad hacer recordar a la humanidad que «Dios existe», y que nos ama profundamente. «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Jn 3.16).

Desde hace un tiempo, ha circulado una frase mal atribuida a «La peste», novela de Albert Camus, que dice: «Lo peor de la peste no es que mata a los cuerpos, sino que desnuda las almas, y ese espectáculo suele ser horroroso». Realmente no se sabe quién escribió esa frase, pero expresa muy bien qué sucede con las almas cuando son atacadas por el pecado. El pecado desnuda las almas —un espectáculo horroroso—, que se alejan más y más de Dios y poco a poco se olvidan de que Dios existe y que siempre está dispuesto a recibir en sus brazos al pecador arrepentido. A medida que las personas se alejan de Dios se adentran en la oscuridad que los aleja aún más de la luz admirable de Dios y su pecado se adueña más íntegramente de sus almas.

Como cristianos, tenemos la responsabilidad de anunciar al mundo perdido que ha sido atacado profundamente por el pecado —esa peste invasora—, y de proclamar que hay un camino de regreso al Padre a través de la obra redentora de Cristo en la cruz.

No dejemos que esta «peste» nos inmovilice, y proclamemos a viva voz que hay una cura perfecta esperando para salvar a todo aquel que, arrepentido, acuda a la cruz de Cristo.

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