Las Cartas del Nuevo Testamento

Las Cartas del Nuevo Testamento

Los nuevos medios digitales de escritura, especialmente el correo electrónico, no dan mucho espacio para los grandes escritos. Son rápidos, eficientes y fáciles de empezar y terminar, pero arruinan los grandes escritos. ¿Por qué? Pues porque los grandes escritos nunca son rápidos ni simples y, frecuentemente, requieren hacerse y rehacerse una y otra vez; requieren de tiempo, esfuerzo y repetición. 

Si bien ya casi se ha perdido la costumbre, no hay nada como las cartas manuscritas para expresar los sentimientos de una persona. Una carta manuscrita escrita por una persona con gran cuidado y esmero expresa lo que sale de su mente luego de haber estado desarrollándose en su corazón.

Hoy se dice que los niños no leen, pero no es así, realmente, muchos de nuestros niños aman la lectura y leen todo lo que cae en sus manos… aunque no la letra cursiva. Saben hacerlo, pero no les gusta leer cursiva. Sí pueden hacer lo que quieran con su PC e Internet, siempre y cuando no esté en cursiva. Ya casi no utilizamos la letra cursiva. Y debemos admitir que nuestros niños leen lecturas cortas y sencillas, en términos generales.

Sin embargo, una carta personal y en letra cursiva hoy tiene un valor distinto al envío de un correo electrónico. Tiene, podemos decir, un «sabor especial».

Hoy, los correos que recibimos son concebidos para transmitir un rápido mensaje y para ser olvidados, borrados o almacenados rápidamente también. No son designados para leer y releer. Simplemente llevan información de un lado a otro. Aún la firma, si es que lleva alguna, es digital.

No está mal para comunicar información, pero es una triste realidad para comunicar significancia. 

Las cartas antiguas nunca fueron escritas con apuro. Los escritores trabajaban duro antes y durante su escritura. No eran cosa del momento. Solamente poner un poco de tinta en un papiro era una tarea nada fácil. Que se entienda, se preserve y sea entregada convenientemente conformaban una tarea hercúlea. 

Por lo tanto, cuando vemos las Cartas del Nuevo Testamento lo que tenemos es un tesoro de la escritura. Todas tienen algo importante que decir. Todas dan instrucciones, algunas enfrentan temas específicos, otras son más generales, todas son inspiradoras, algunas de ellas profundas, muy profundas. Algunas son pastorales y dirigidas a personas específicas, otras son más generales y dirigidas a la Iglesia toda. Otras son profundamente teológicas, y muchas de ellas son una especie de explicación a las palabras de Jesús que tenemos en los Evangelios.

Escritas en los comienzos de la fe cristiana, en algún cuarto simple y mal iluminado, las cartas del Nuevo Testamento son el resultado milagroso de la voz de Dios inspirada sobre alguno de los hombres más preponderantes de la historia del cristianismo. El milagro de la revelación vino cuando Dios dio su Palabra; el milagro de la inspiración vino cuando Dios tuvo su Palabra escrita; el milagro de la preservación del texto estuvo a cargo de Dios para asegurarse de que nos llegara el texto que él quería que nos llegara. Los primeros tres procesos han terminado, pero hay otro elemento que debemos añadir, y es el de la iluminación, que viene a nosotros cada vez que nos abocamos a la lectura o estudio de la Escritura. El gozo de la iluminación no se detuvo y corre de una persona a otra cada vez que alguna de esas Cartas se lee. Es decir, que en todo ese proceso tenemos un Elemento repetitivo: Dios. Que reveló, inspiró, preservó y ahora ilumina el texto sagrado para que nosotros podamos comprenderlo, atesorarlo y obedecerlo para la gloria y honra de Dios.

Hoy nosotros nos gozamos con las palabras de las cartas escritas hace casi 2000 años, por personas a quienes no hemos visto, dirigidas a personas que nunca hemos conocido y que vivían en ciudades y culturas muy diferentes a las nuestras; sin embargo, por gracia a Dios, hoy podemos disfrutarlas y aprender de ellas todo lo que se necesita para la salvación y la vida cristiana práctica.

Es muy importante que apreciemos la importancia de las Cartas del Nuevo Testamento. No solo porque son una fuente de enseñanza y una guía para nuestra vida cristiana, sino porque las Cartas son la revelación que Dios quiso darnos para conocerlo mejor —y para conocernos mejor—, para ayudarnos a caminar de acuerdo a su voluntad y propósito y, como diría Pablo a Timoteo, porque las Cartas, como parte de las Escrituras, «te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús», porque «toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra» (2 Timoteo 3.15-17).

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