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Las dos preguntas de Pablo

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Hechos 9.1-9

Introducción

La conversión de Pablo representa lo que ocurre cuando hay un encuentro verdadero con Jesús. Dos preguntas que necesitan ser respondidas:

(1) ¿Quién eres, Señor? – La pregunta de la identidad

(2) ¿Qué quieres que haga, Señor? – La pregunta de la actividad

Mientras estas dos preguntas no se respondan apropiadamente, no podremos saber el significado verdadero de ser cristiano.

Las dos preguntas de Pablo
Photo by Emily Morter on Unsplash

Cristo cambia totalmente la vida

A todo ser humano Dios le ofrece un minuto con repercusiones eternas. Es un encuentro, es una respuesta, es un camino. Si la respuesta al Señor es positiva, el camino será hacia la vida eterna; si la respuesta en negativa, el camino será hacia la condenación eterna. Ese encuentro condicionará todo. En los caminos de Dios no hay tierra de nadie. No podemos decir: «Está bien, lo pensaré», y seguir con nuestra vida como siempre, pues al hacerlo así ya habremos tomado una decisión. Es como el bote que se está hundiendo: «¿Debo quedarme en el bote y esperar lo mejor, o debo saltar del bote y esperar lo mejor?». No hay manera de decir, «Está bien, lo pensaré», pues al decir eso ya hemos tomado una decisión, ¡nos quedamos en el bote! Siempre será una decisión por sí o por no.

El cambio comienza con la pregunta de la identidad: ¿Quién eres, Señor?

La primera pregunta la resuelven muchos —o creen resolverla—, pero no produce los efectos deseados. «Sí, sé quién es Jesús. Creo que Jesús existe». Esa es la creencia intelectual. Es como la fe de los demonios —según nos enseña Santiago—, que creen en Dios, ¡y tiemblan! Pero el verdadero conocimiento de Dios nos lleva a reconocer que él:

Es Dios – El resplandor de la luz de Dios cegó a Pablo… y lo hizo temblar.
Es quien nos conoce – «Saulo, Saulo…». Nada hay que podamos ocultar de él.
Es Jesús, el Salvador. No hay otro camino. No hay otra manera.
Es quien da las órdenes. No hay otro Señor. Solo él.

El cambio continúa con la pregunta de la actividad: «¿Qué quieres que haga?, Señor».

Si bien —como ya dijimos— la primera pregunta creen responderla muchos, no produce los resultados esperados… ¿cuáles son?

Dios nos salva de la condenación eterna, sin ninguna duda, pero también nos salva para que podamos vivir de acuerdo a sus parámetros. Es decir, Dios nos SALVA DE ALGO, pero también nos SALVA PARA ALGO. Mientras no preguntemos: «¿Qué quieres que haga, Señor?» jamás disfrutaremos de la vida cristiana verdadera. Dios nos salva para que prediquemos su salvación y para que actuemos dentro de su Iglesia a través de los dones espirituales que él también nos da. ¿Qué significó para Pablo?

Espera que se te diga – Descansa en mí. Pablo era un hombre muy activo que actuaba según su propia comprensión de las cosas; a partir de aquel encuentro, primero tuvo que esperar y luego tuvo que actuar de acuerdo a las indicaciones de Dios.

Eres un instrumento escogido. Dios nos elige, para llevarnos de la oscuridad a su luz. Nos escoge para un fin; para llevar adelante sus planes a través de nosotros.
Llevarás mi nombre a todas partes. Esta es una tarea que nos compete a todos. Proclamar el nombre de quien nos ha salvado.
Padecerás por mi nombre. No siempre el camino será fácil, cuesta abajo, habrá veces que tendremos que batallar y sufrir por amor a Cristo. Pero tenemos la promesa de que Dios nos sostendrá.

Serás lleno del Espíritu Santo. No estaremos solo ni desvalidos. Seremos empoderados con el Espíritu Santo, que nos guiará y nos recordará todas las cosas que el Señor Jesús ha enseñado. Es un poder… es una promesa.

Conclusión

Dios tiene dos clases de ministros: tiempo completo y tiempo parcial… ¡pero todos somos ministros de Dios! Sin edad, sexo o cultura. El llamado de Dios es para que comencemos a ministrar, a servir, y recién ahí sabremos con precisión qué es la vida cristiana.

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