Levantando manos santas

«Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando manos santas, sin ira ni contienda» (1 Timoteo 2.8).

Cuando Pablo escribió este versículo, no lo hizo para establecer el mandato de levantar las manos, sino para recordar a los hombres de la necesidad de que cuando levanten sus manos al cielo, estas deben ser santas. Por supuesto, al referirse a las manos se está refiriendo a toda la persona. En el contexto presente la palabra «santas» parece indicar tanto la parte moral como la espiritual. Si tenemos pecados sin confesar en nuestras vidas no podemos esperar una respuesta de Dios a nuestras oraciones (Salmos 66.18).

Lo importante no es el gerundio «levantando» sino el adjetivo «santas». Es decir, lo principal no es la postura del cuerpo sino la condición del corazón.

Levantando manos limpias — Los cristianos primitivos volvían la palma de la mano hacia el cielo, como los que ansían ayuda, por ejemplo, Salomón (1 Reyes 8.22; Salmos 141.2). Los judíos se lavaban las manos antes de orar (Salmos 26.6). Pablo, figurativamente (véase Job 17.9; Santiago 4:8), usa aquí un lenguaje que se refiere a esta costumbre. En Isaías 1.15-16, el profeta se refiere a la misma idea cuando habla de manos que no han cometido impiedad, sino que han cumplido todo deber sagrado. Esto (o por lo menos el deseo contrito de hacerlo así) es calificación necesaria para la oración eficaz (Salmos 24.3, 4).

En el versículo de 1 Timoteo, esta postura de las manos es mencionada como un hecho y no como un mandamiento acerca de cómo orar.

Los hombres son santos cuando son apartados para la obra de Dios. Pero también son santos cuando evitan toda clase de acto pecaminoso y en su lugar viven vidas que agradan a Dios. Por lo tanto, el sentido de este pasaje podría decirse de la siguiente manera: «Los hombres que viven vidas que son agradables a Dios y levantan sus manos…».

Es importante notar que la palabra griega para «santas» utilizada en este pasaje, «hosios», no se refiere a nuestra posición en Dios, sino a nuestra experiencia de vida.

La oración aceptable debe partir de un corazón santo y purificado. El acto físico de levantar las manos era importante para los judíos, pero la pureza de las manos, originalmente un requisito físico que debía cumplimentarse antes de acercarse a Dios (Éxodo 30.19-21), se convirtió, simbólicamente, en una condición del corazón. La iglesia primitiva entendió dicha pureza como una condición para orar (Santiago 4.8). Cuando oramos nos estamos comunicando con un Dios santo. Por lo tanto, Dios requiere que enfrentemos y solucionemos el problema de nuestros pecados antes de comunicarnos con él.

Las personas que esperan que sus oraciones sean escuchadas y respondidas deben ser personas santas.

Si bien las posturas en oración no es el centro de este versículo, estas nunca deben ser desatendidas. Es claro que no podemos establecer una posición para orar como bíblicamente correcta, pero sí podemos decir que nunca debemos ser displicentes. Cuando oramos, estamos ante la presencia de Dios, y esa realidad nunca debe olvidarse: nos dirigimos a un Dios santo.

En el AT encontramos que las personas oraban de pie, con las manos abiertas y levantadas hacia el cielo, inclinando la cabeza, levantando lo ojos al cielo, de rodillas, entre otras.

Sin embargo, es importante notar que orar con las manos levantadas no era una característica de la oración en el AT solamente, sino también en religiones paganas del Siglo I y en la iglesia primitiva. Por lo tanto, una oración que busca acercarse a Dios debe ser una oración hecha por alguien que busca agradar a Dios con la santidad de su vida. Eso es lo verdaderamente importante.

La costumbre contemporánea de cerrar los ojos y juntar las manos no tiene un origen claro. Aunque no figura en la Biblia ni en la historia de la iglesia primitiva, la costumbre debe ser considerada como buena si se la interpreta adecuadamente. Esta posición ayuda a aquel que ora a evitar distracciones y a entrar en una atmósfera donde nada es más importante que Dios.

Lo que sí es resaltado, no solamente en el pasaje bajo consideración, sino a través de las Escrituras, es que lo importante no es la postura del cuerpo o la posición de las manos sino la actitud interior del alma.

Como nota final podemos agregar que la palabra griega que se traduce en este versículo como «hombres» se refiere a varones exclusivamente. No es un término amplio como «anthropos» sino el más limitado «andras». Como Pablo estaba hablando de la oración pública hace la distinción entre los hombres y las mujeres, tan común en la sociedad del siglo primero de nuestra era. Pero, sin ninguna duda, todo lo dicho también aplica a las mujeres. Todos —hombres y mujeres— debemos vivir vidas santas que agraden a Dios.

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