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Llevemos nuestra carga de trabajo con gozo

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«Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible.» (1 Corintios 9.25)

Llevemos nuestra carga de trabajo con gozo
Imagen provista por unsplash.com/@martenbjork

Ariel comenzó a trabajar a los 14 años. Su tío le pidió que lo ayudara en la fábrica y poco a poco aprendió el oficio. ¡Todo un desafío para un adolescente acostumbrado a ver televisión, practicar basket y asistir a clases! Además, era una buena oportunidad para ayudar financieramente a su madre y a su pequeño hermano.

Al principio todo le resultaba muy fácil: lograba cumplir con el horario de ingreso, todos le sonreían y los jefes le tenían paciencia. Pero al pasar los días las cosas no le parecían tan sencillas como al principio. ¡Había días en los que trabajaba durante más de diez horas!

Cuando volvía a su casa cenaba y se caía desplomado sobre la cama, solo para levantarse cinco horas después y seguir con la rutina. Nada de televisión, nada de paseos, ¡solo trabajo!

Pero algo especial sucedía cada dos semanas. Algo que hacía que Ariel se olvidara del sacrificio: ¡le pagaban su salario! Por primera vez en su vida administraba su propio dinero. Por primera vez logró entender el valor que tiene el esfuerzo personal para lograr lo que uno se propone.

No es fácil entrenarse, ahorrar, seguir una dieta, estudiar, ir al dentista, ser amable con los demás, planificar, perdonar, arrepentirse, orar y leer la Biblia todos los días. ¡Pero qué diferencia en nuestra calidad de vida cuando nos dedicamos a hacer lo que quizás no nos gusta pero que sabemos que es lo mejor y lo que nos conviene!

Sumérgete: Tomemos papel y lápiz, y escribamos las cosas que tenemos que hacer pero que no nos gustan. Volvamos a leer el versículo de hoy y pidámosle a Dios que nos ayude a realizar las tareas con gozo.

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