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Lo inútil en las manos de Dios

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Introducción

Nuestra sociedad estimula a la persona de éxito… y soporta, por decirlo de alguna manera, a la persona fracasada. Muchos cristianos se resignan a ser poco útiles para el ministerio. «No tengo tiempo», «no tengo los dones», «otros pueden hacerlo», son solo algunas de las respuestas de aquellos que no se involucran en el ministerio activo debido a sus propios temores.

¿Qué dice la Biblia respecto a las personas que llevan adelante la obra de Dios? Usaremos como ejemplo a tres personas que se pusieron en las manos de Dios y utilizaron elementos a primera vista inútiles para llevar a cabo la obra que Dios les había encomendado.

  1. La vara en la mano de Moisés – ¿Qué podría hacer Moisés con una vara? A decir verdad, poco y nada, pero en las manos de Dios, esa vera jugó un rol decisivo para mostrarle a Moisés que la obra era de Dios, no de él.
    En Éxodo 4.1-5 vemos el llamado de Dios a Moisés… y las dudas de Moisés de que pudiera estar a la altura de ese llamado. ¿Cuál es la respuesta de Dios?
    «¿Qué tienes en la mano?», le pregunta Dios a Moisés. «Una vara», responde Moisés. Una simple vara, nada útil para llevar a cabo la tarea encomendada por Dios, parece pensar Moisés.
    Sin embargo, Dios convirtió aquella vara en algo poderoso en las manos de Moisés. El poder no era de Moisés ni de la vara, el poder venía directamente de Dios, que puede utilizar algo aparentemente inútil y convertirlo en una poderosa herramienta para la extensión de su reino.
  2. Las cinco piedras utilizadas por David – En 1 Samuel 40, leemos que David, al enfrentarse al gigante Goliat, escogió 5 piedras lisas del arroyo. ¡Qué elección extraña!, ¿verdad? ¿Cinco piedras para enfrentar un enemigo feroz? Pero David sabía que aquella batalla no era suya, sino del Señor. Ante la furia de su enemigo, David respondió: «Tú vienes contra mí armado de espada, lanza y jabalina; pero yo vengo contra ti en el nombre del Señor de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has provocado» (1 Samuel 17.45).
    La armadura era lo natural, las piedras eran lo anormal. Las cinco piedras que David escogió no tenían ningún poder inherente, el poder era de Dios, que empoderó a David y a sus cinco piedras para llevar a cabo la obra encomendada a David. A decir verdad, solo se necesitó una piedra… las otras cuatro estaban de más. Dios obtuvo la victoria con aquella simple piedra, y David terminó la tarea cortando la cabeza de Goliat con su propia espada.
  3. La quijada de asno en manos de Sansón – «Sansón vio que allí cerca había una quijada de asno… extendió su mano y la tomó, y con ella mató a mil filisteos» (Jueces 15.16).
    Ni siquiera era un arma. Una quijada de asno sin ninguna vida ni poder. Inservible, diríamos algunos. ¿Qué podemos hacer con algo así? A decir verdad, no podemos hacer nada, pero con el poder de Dios aquella quijada sin vida se convirtió en el arma perfecta en las manos de Sansón.
    Es evidente que Sansón confiaba, no en la quijada, sino en Dios para combatir a sus enemigos, y el resultado fue claro.

Aun lo inútil y sin vida puede convertirse en algo realmente valioso y poderoso en las manos de aquella persona que descansa y confía en Dios.

Quizá pensemos que ya se nos pasó el tiempo, pero Moisés tenía 80 años cuando con solo una inútil vara seca fue a faraón y demostró el poder de Dios; logrando finalmente la liberación del pueblo de Dios de la esclavitud en Egipto.

Quizá penemos que no tenemos nada de utilidad para llevar adelante una tarea para la extensión del reino de Dios, pero David, que era solo un muchachito, utilizó solo una piedra de un arroyo para derrotar al feroz gigante que se burlaba del pueblo de Dios.

Quizá pensemos que no servimos para nada, nos sentimos secos y sin vida, pero una quijada de asno fue el instrumento usado por Sansón en el poder de Dios para derrotar a mil enemigos.

La lección que podemos aprender de estos tres ejemplos mencionados es que valemos mucho en las manos de Dios, pues no es nuestro poder ni nuestra valía lo que va a llevar a cabo la tarea, sino el poder de Dios obrando a través de nosotros.

Conclusión

Ningún instrumento es inútil en las manos de Dios. El éxito de la persona de Dios consiste en dejarse moldear y usar por Dios para su gloria y honra. No son nuestros recursos, son los de Dios. No es nuestra fuerza, es la de Dios.

«Así que, hermanos, les ruego por las misericordias de Dios, que se presenten ustedes mismos como un sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. ¡Así es como se debe adorar a Dios!» (Romanos 12.1).

Descansemos confiados en las manos de Dios y obremos para que su reino se extienda más y más sobre la tierra. Recordemos siempre las palabras del apóstol Pablo: «En todo esto somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó» (Romanos 8.37).

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