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Los evangelios – Parte 1

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La palabra «evangelio»

Es oportuno comenzar esta exposición sobre los Evangelios con la rica historia de la  palabra evangelio. Originalmente esta palabra se usaba en los escritos griegos de la época helenista para referirse a las buenas nuevas que traían los mensajeros del campo de guerra. Eu (bueno) angelion (noticia, mensaje, compárese con la palabra angellos, ángel, que significa «mensajero») fue el término griego que los escritores del Nuevo Testamento usaron para captar y definir el mensaje de Jesús de Nazaret. El apóstol Pablo fue el primero en usarlo en sus primeras cartas, la de 1 Tesalonicenses (véase 1 Ts 1.5; 2.2, 4; 3.2) y la de Gálatas (véase Gl 1), que dicho sea de paso fueron los primeros escritos del Nuevo Testamento. 

Por Marlon Winedt 

Pablo usó esta palabra para designar el mensaje de Jesús y, más importante aún, en las epístolas Paulinas, la predicación sobre Jesús. El uso de evangelio ya se había establecido en la comunidad cristiana y en la tradición oral, y probablemente también en los fragmentos de escritos (véase Lc 1.1-4), que Pablo debió conocer y que los escritores de los Evangelios usaron para  componer sus respectivos documentos.

Ya en la LXX  (la antigua traducción griega de la Biblia de los judíos de Alejandría, en el siglo II a.C.) vemos el uso del sustantivo o verbo evangelio para traducir el concepto de  anunciar la buena nueva de la salvación de Israel. Evangelio es el anuncio de la liberación de los cautivos, los exiliados, quienes serán consolados por Dios y verán la restauración de Sión (Is 40.9; 41.27; 52.7 y 61.1). La LXX también fue la Biblia que usaron los primeros cristianos y que citaron mucho en los escritos del  Nuevo Testamento, no obstante, en ninguna parte del Nuevo Testamento, incluso en la rica teología paulina, se usa evangelio para referirse a un material escrito como los cuatros Evangelios que conocemos.[1] Ese uso se desarrolló posteriormente en la comunidad de fe cristiana, cuando los autores cristianos del siglo II, con base en una tradición que ellos afirmaron, asignaron los títulos de «Evangelios según Mateo, Marcos, Lucas y Juan» a los escritos, clasificándolos como un tipo especial de género literario y, más importante todavía, atribuyendo a diferentes personas del gremio apostólico (Mateo, Juan) o relacionados al gremio apostólico (Marcos, relacionado a Pedro; Lucas relacionado a Pablo) como autores de estos escritos originalmente anónimos.

Los Evangelios – Parte 1

Reiteramos que la palabra evangelio (o el verbo evangelizar) era parte del vocabulario del mundo político-religioso grecorromano. A continuación daremos algunos ejemplos. Nuestro punto de convergencia será el uso del término en los Evangelios. Esta palabra se usaba (el sustantivo euaggelion o el verbo euaggelizesthai) para describir el reinado de los emperadores romanos o para anunciar la victoria en batalla. También se usaba para describir el nacimiento del emperador Augusto como «el comienzo de la buena nueva para el mundo» en una inscripción con datos en el calendario romano. El escritor romano Plutarco cuenta que la gente de Lesbos salió a dar las buenas nuevas [euaggelizomenoi] a Cornelia que la guerra había terminado. Josefo cuenta que cuando el emperador romano Vespiano ascendió al trono, todas las ciudades celebraron las buenas nuevas [euaggelia] y ofrecieron sacrificios en honor al nuevo emperador  [2]; y cuando él llegó a Alejandría fue saludado con las buenas nuevas [euaggelia] de Roma. Vemos, entonces, que la palabra evangelio tiene antecedentes en el culto imperial romano. Cuando el Evangelio de Marcos, que según la mayoría de estudiosos fue el primer Evangelio redactado, comienza con las palabras: Principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios,[3] ¡el escritor esta conscientemente haciendo una comparación con el culto romano!

De hecho, los emperadores se denominaban filius dives (hijo de la divinidad). Pero Marcos se está refiriendo a la vida de Jesús, al mensaje liberador de la manifestación del reino, a los acontecimientos en torno a esta persona histórica quien, desde la perspectiva de la fe, personifica verdaderamente el título de «Hijo de Dios». Al principio, los primeros emperadores fueron considerados dioses después de su muerte. Con el correr del tiempo, en las regiones periféricas del imperio, fuera de la capital romana, en la época del Nuevo Testamento, ya se adoraba al emperador como el salvador del imperio (Ehrman 2000: 25-26).

Es interesante que la misma palabra en griego soter (salvador) se convirtió en título de Jesús y en la descripción de su ministerio en el mundo. La «divinización» del emperador (el ser reconocido como dios) no significaba que se le consideraba reencarnado de algún dios trascendental, sino que indicaba un proceso mediante el cual un ser humano especial podría alcanzar alguna igualdad con lo divino, llegar a ser divino.

En el mundo grecorromano se daba la estratificación de las divinidades. Se creía en un dios todopoderoso y supremo (Zeus para los griegos y Júpiter para los romanos), después seguían los «grandes dioses» de la mitología griega como Apolos, Atenas y Poseidón, y los de la mitología Romana como Neptuno y Diana. Más abajo se encontraban los daimonia («demonios» de donde se derivó la palabra para malos espíritus en el Nuevo Testamento); en el culto grecorromano estos seres no eran ángeles caídos, sino más bien seres no humanos que podían ser buenos o malos, dependiendo, en parte, del culto que se les ofreciera. En este mismo nivel se encontraban los dioses locales y los dioses de cada familia. Después seguían la clase de «seres divinos, semidioses, los inmortales y los héroes». La pirámide tenía como base principal a los seres humanos mortales. Los emperadores eran seres humanos que habían ascendido a la clase de «seres divinos» y como tales se convertían en objeto de culto. El Evangelio de Marcos comienza  con una referencia al culto del emperador romano y al final del mismo, un soldado romano declara sobre Jesús: ¡Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios! (Mc 15.39). Dentro del cuadro narrativo de este Evangelio estas palabras, en boca de un soldado romano, son la culminación de una revelación paulatina de la identidad (secreta) de Jesús (véanse Mc 1.1, 11, 24; 3.11; 8.29; 9.7; 14.62); especialmente si el lector entiende el doble mensaje: el Hijo de Dios es Jesús de Nazaret, no el emperador romano. Hay que rendirle culto a él; su venida y su ministerio marcan las buenas nuevas del reino de Dios.

Esa buena nueva se consolidó en la primera fase por medio de la memoria colectiva y oral de la comunidad cristiana. Aunque el griego era la lengua internacional del Imperio romano, se sabe que en tiempos de Jesús el arameo era la lengua vernácula del pueblo común. Por ejemplo, en las sinagogas era necesaria la traducción del texto hebreo, pues en esa época la lengua hebrea era conocida solamente por los estudiosos y doctores de la Ley.
Tomemos en cuenta que los Evangelios no fueron los primeros escritos del Nuevo Testamento, como ya lo mencionamos anteriormente. Aunque las cronologías pueden variar, los estudiosos concuerdan en que los primeros escritos del Nuevo Testamento fueron las cartas de Pablo; las últimas fueron escritas en la década de los años 50 a 60 d.C. (Ehrman 2000:44).

Según una cronología aceptada por gran parte de los expertos en la materia, el Evangelio de Marcos se escribió entre 65-70 d.C.; el de Lucas y el de Mateo, entre 80-85 d.C.; y el de Juan, alrededor de los años 90-95 d.C. Si consideramos que Jesús nació alrededor del año 4 a.C. y murió alrededor del 30 d.C., esto implica que por un tiempo de 35 a 65 años los relatos en torno a Jesús y sus enseñanzas fueron transmitidos en forma oral. Esta forma de comunicación era la más común en esos tiempos y más confiable de lo que pensamos.[4] En la religión judía era muy normal que discípulos compilaran los dichos y hazañas de sus maestros y los transmitieran fielmente en forma oral. Los estudios sobre los Evangelios ponen de manifiesto el interés que estimuló a cada uno de los autores en respuesta a las necesidades particulares de las comunidades para las cuales escribieron. Podemos presuponer que los escritores de los cuatro Evangelios tuvieron a su alcance el testimonio oral de la comunidad de fe, además de algún material escrito.

El escritor de Lucas comienza su Evangelio con estas palabras:
Muchos han emprendido la tarea de escribir la historia de los hechos que Dios ha llevado a cabo entre nosotros, según nos los transmitieron quienes desde el comienzo fueron testigos presenciales y después recibieron el encargo de anunciar el mensaje. Yo también, excelentísimo Teófilo, lo he investigado todo con cuidado desde el principio, y me ha parecido conveniente escribirte estas cosas ordenadamente, para que conozcas bien la verdad de lo que te han enseñado.

En esta forma el autor comunica que él mismo no fue testigo presencial de los acontecimientos y que hizo uso de dos diferentes tipos de fuentes para su Evangelio: los escritos anteriores y  probablemente también los relatos orales. En este prólogo, Lucas destaca claramente que su escrito de «los hechos que Dios ha llevado a cabo» tiene un propósito (para que conozcas bien) y una cierta forma deliberada de relatar la tradición que recibió (me ha parecido conveniente escribirte estas cosas ordenadamente).

Cuatro Testimonios: El mensaje clave de cada Evangelio

Marcos: Buenas nuevas del «Hijo del hombre».

Hijo de Dios e Hijo del hombre

Los Evangelios – Parte 1

El Evangelio de Marcos proclama a Cristo como el Hijo de Dios, como el verdadero soter («salvador») en contra del culto imperial romano. Se puede decir que la finalidad de este Evangelio es proclamar a Jesús como el Hijo de Dios, tal como lo dice al comienzo del  Evangelio: Principio de la buena noticia de Jesús el Mesías, el Hijo de Dios. Eso nos lleva a uno de los temas más interesantes del Evangelio: no solamente afirma que Jesús es Hijo de Dios, pero también menciona con más frecuencia que Jesús es Hijo del hombre, es decir, verdadero ser humano. La forma como el lector moderno interpreta estos dos títulos es con toda probabilidad a la inversa de cómo los primeros lectores de Marcos los entendieron. Era muy común referirse a  reyes como «hijos de Dios», como ya lo vimos en el caso de los emperadores romanos, e incluso en el Antiguo Testamento vemos que se habla de los reyes de Israel en ese sentido (2 S 7.14; Sal 2.7). De modo que para la primera audiencia no fue extraño que se aplicara tal título a la persona de Jesús, primero porque los primeros cristianos lo reconocieron como Mesías y como rey, y segundo porque la característica esencial de Jesús es precisamente la de ser el Hijo de Dios. En el Evangelio de Juan, no obstante, los títulos «hijo de Dios», «hijo del Padre», «hijo unigénito del Padre» tienen un sentido más elaborado que el título aplicado a los reyes. Pero en Marcos, el título más controversial es el que se refiere  a la divinidad de Jesús, paradójicamente el título Hijo del hombre. Este título proviene de Daniel 7.13-14, donde el profeta habla de una visión de alguien que procede del cielo y a quien se le ha dado el reino:

Yo seguía viendo estas visiones en la noche. De pronto:  

Vi que venía entre las nubes
alguien parecido a un hijo de hombre,
el cual fue a donde estaba el Anciano;
y le hicieron acercarse a él.
Y le fue dado el poder, la gloria y el reino,
y gente de todas las naciones lenguas le servían.
Su poder será siempre el mismo,
y su reino jamás será destruido.  

En Marcos, Jesús se refiere a sí mismo como el Hijo del hombre. Es obvio que Jesús usa el título en una forma más compleja. Este título, a veces parece que se refiere estrictamente a su condición humana, otras veces aparece en relación con su pasión y sufrimiento (véanse Mc 8.31; 9.31; 10.33) y otras veces, el título Hijo de hombre» se refiere a la figura divina, apocalíptica, de Daniel 7 y otros escritos apocalípticos judíos que no son parte del canon del Antiguo Testamento. Así, Jesús es el Hijo del hombre que tiene poder divino y vendrá al fin del mundo (véanse. Mc 2.28; 8.38; 14.62). No es posible entender este título sin el contexto del pensamiento apocalíptico hebreo. Lo que se destaca es que en la persona de Jesús este título adquiere una importancia particular, pues define su sufrimiento y pasión como algo característico del Hijo del hombre. Los otros Evangelios coinciden con Marcos en el uso de este título.

El inminente regreso del Mesías: Visión apocalíptica

Como ya lo hemos mencionado, el título «Hijo del hombre» proviene del libro de Daniel, es decir, proviene de una literatura en la que se enfatiza la manifestación de un ser de apariencia humana, pero con características divinas, usando un lenguaje muy gráfico. Esto se relaciona con otro aspecto importante en Marcos, en el que la venida del Hijo del hombre y la consumación de la historia de la humanidad se ven como algo inminente (Mc 9.1; 13.30):

Jesús también les dijo: —Les aseguro que algunos de los que están aquí presentes no morirán hasta que vean el reino de Dios llegar con  poder. Les aseguro que todo esto sucederá antes que muera la gente de este tiempo.

La verdadera identidad de Jesús no fue muy clara para sus seguidores ni para sus familiares. Por un lado, él mismo mantuvo cierta discreción, porque no quiso que la gente malinterpretara su misión en términos políticos —liberación de la opresión romana— o en términos de un simple «obrador de milagros». Por otro lado, el Padre mismo, desde los cielos, reveló la identidad de Jesús cuando este fue bautizado (1.11): Tú eres mi Hijo amado, a quien he elegido. Esta es la verdadera identidad de Jesús que el escritor quiso mostrar a sus lectores: El verdadero Hijo de  Dios vino a dar su vida en rescate por una multitud (10.45) y regresará, como el Hijo del hombre, en las nubes. De acuerdo con el autor de Marcos, esa es la venida inminente que los lectores tienen que anticipar, y mientras lo esperan es necesario que proclamen a ese Mesías ya revelado.

Con respecto a la identidad de Jesús, también los demonios lo reconocieron como Hijo de Dios: ¡No te metas conmigo, Jesús, Hijo del Dios altísimo! ¡Te ruego por Dios que no me atormentes! (5.7) Y, como mencionamos en la primera parte de este artículo, el capitán romano también llegó a la misma conclusión cuando Jesús murió en la cruz: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios (15.39s).

Mateo: La Ley y su Cumplimiento 

Los evangelios – Parte 1

Jesús el Mesías davídico: cumplimiento de las Escrituras 

El retrato de Jesús que Mateo nos  dibuja es el del Mesías Judío que vino al mundo cumpliendo, así, las promesas del Antiguo Testamento. Ya desde el principio del Evangelio, se resalta el carácter «judío» del texto. Por ejemplo, en el relato de la infancia de Jesús, Mateo, a cada paso de la narración, afirma que «tal evento sucedió» en cumplimiento de la palabra profética del Antiguo Testamento: el embarazo de María 1.23; el nacimiento de Jesús en Belén 2.6; la huida de la familia santa a Egipto 2.14; la matanza de los niños por Herodes 2.18 y la decisión de la familia a vivir en Nazaret 2.23. No cabe duda de que el escritor tiene como objetivo afirmar que su «Evangelio» es una historia divina: Dios en Jesucristo ha cumplido sus antiguas promesas dadas al pueblo judío.

Mateo empieza con la genealogía de Jesús, y eso no es algo fortuito. Si con las citas del Antiguo Testamento demostró el cumplimiento de las promesas respecto del Mesías, con la genealogía buscó dejar en claro que Jesús, el hijo de José y María, era el verdadero Mesías enviado por Dios. La lista de nombres empieza con los dos antepasados más importantes de Jesús: David y Abraham. David era el rey ideal en la expectativa judía. A él, Dios le había dado la promesa de un reinado sin fin (2 S 7.16). Abraham, otro lado, era el progenitor del pueblo Israelita. A él Dios le había hecho las promesas más importantes respecto del principio de la nación de Israel, su razón de ser y su futuro (Gn 12.3; 17.4-9; 22.15-18).

La genealogía de Mateo 1, tiene una función teológica: Jesús de Nazaret es parte vital de la rica historia del pueblo Judío; en él se cumplen las promesas hechas a Abraham y a David siglos atrás. Jesús es el Mesías y por lo tanto sería el instrumento a través de quien Israel sería restaurado y las naciones de la tierra encontrarían la «bendición» a la cual Dios se refirió cuando llamó a Abraham. El carácter teológico de la genealogía de Jesús en Mateo se muestra en su propia estructura y en la inclusión de ciertos nombres y en la exclusión de otros. En esta genealogía se enlistan los nombres en tres grupos de catorce. El número catorce es la duplicación del número de la perfección divina, de lo completo. Hablar de catorce es hablar de la doble perfección. De este modo, el escritor acentuaba, aún más, el hecho de que Jesús era el Mesías davídico que había de venir.

La Ley y el reino de Dios: Jesús como el nuevo Moisés

Una tercera manera de relacionar a Jesús con el Antiguo Testamento es la de comparar a Jesús con Moisés, otro gran personaje en la historia de salvación israelita. Además de liberador, Moisés fue el instrumento por medio del cual Dios entregó la alianza y la ley al pueblo de Israel.  Si a los cinco primeros libros de la Biblia se les llama los libros de la Ley (Torá) de Moisés, a Jesús, en Mateo, se le adjudican cinco discursos o enseñanzas: (1) el Sermón del monte, 5—7; (2) el sermón de instrucción a los apóstoles, 10; (3) el discurso que contiene siete parábolas, 13; (4) la enseñanza sobre la vida comunitaria, 18; y (5) el discurso sobre el fin de los tiempos, 24—25. Cada uno de estos discursos termina con un variante del mismo tema: «Cuando Jesús terminó de decir estas cosas» (7.28; 11.1; 13.52; 19.1; 26:1). Mateo deliberadamente agrupó el material de la enseñanza de Jesús en esta forma para afirmar que Jesús era el «Nuevo Moisés» que enseñaba una «Nueva Ley».

El mismo Sermón del monte ofrece varios elementos paralelos de Moisés y Jesús: (1) en 5.1-2 se dice que Jesús «sube a un monte» para impartir su «enseñanza», emulando así a Moisés que sube al monte Sinaí para ser portador de la Torá o «enseñanza» para Israel. (2) En el «monte» Jesús ofrece varias enseñanzas que, de alguna manera, hacen eco de lo que Moisés enseñó a Israel: Las bienaventuranzas (5.1-12), las amonestaciones de carácter ético (5.13-20; 6.1-7.23) y la nueva interpretación de la Ley de Moisés (5.21-48). Para Mateo, Jesús supera a Moisés sobre todo en el momento de ofrecer su propia reinterpretación de la Ley: Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás y cualquiera que matare será culpable de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga... (5.21-22). En 5.17-20 Jesús aclara que no vino a  demostrar la inefectividad de la Torá, sino la forma verdadera de darle todo su cumplimiento y su valor legítimo. De hecho, en 22.35-40, Jesús coloca toda ley o tradición a la sombra de los dos mandamientos o «palabras» más importantes.

Los evangelios—Parte 1

El judaísmo en el Evangelio de Mateo

Por lo general a los líderes religiosos y a los maestros de la Ley se les tiene por legalistas e hipócritas. Pero esta concepción debe cambiarse. En primer lugar, se debe tomar en cuenta que en la época de Jesús había diferentes grupos y, como consecuencia, diferentes formas de interpretar la Torá. Escritos contemporáneos informan que ¡había incluso rabinos antilegalistas! La constante polémica entre Jesús y ciertos líderes religiosos se convirtió lógicamente en tema central en la trasmisión de la fe, y en la fase escrita. Pero no hay que olvidar que incluso el evangelista mismo ofrece un cuadro judío muy positivo de Jesús y de sus seguidores. Los responsables de la muerte de Jesús (27.25) no son los judíos en general, sino un grupo de líderes religiosos que desde el principio del ministerio de Jesús fueron sus verdaderos enemigos (cf. 27.20).

El tema anterior se considera en el contexto de un Evangelio que desde el principio «abrió sus puertas» a los no judíos, es decir a los gentiles. Jesús es el salvador de todos (cf. 8.8-10) y es reconocido y venerado por los extranjeros (2.1-12; 27.54). En la genealogía del capítulo uno, al menos dos de las mujeres que se citan como antepasadas de Jesús fueron extranjeras. En Mateo 4.15, en una cita del profeta Isaías, se habla de «Galilea de los gentiles». Al final del libro, en la gran comisión dada a sus discípulos, Jesús extiende claramente al mensaje del reino de los cielos a los no Judíos (28.16-20): Vayan, pues, a las gentes de todas las naciones, y háganlas mis discípulos.

*****Busque la segunda parte de este artículo aquí: «Los evangelios— Parte 2» 

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Notas y referencias

1El comienzo del evangelio de Marcos (véase 1.1-4), Principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. 2Como está escrito en el profeta Isaías…no es una referencia a todo el Evangelio como libro escrito o como género especial, sino más bien una referencia al comienzo de los acontecimientos entorno a Jesús, la predicación y el mensaje de y sobre Jesús. Se trata de la manifestación de Juan el Bautista, el cumplimiento de la palabra profética—realmente la cita es en parte de Malaquías3.1 y de Isaías40.3—como predecesor de Jesús. En griego el v. 1 forma una unidad sintáctica con el v. 2, que está íntimamente ligada al v. 4: Como está escrito en el profeta Isaías… bautizaba Juan en el desierto. Aun si el v. 1 funcionara como título, sería más bien de esta parte solamente y no del libro completo de Marcos.

2(Josefo, Guerra4.10.6 §618; véase también Guerra 4.11.5 §§656-657, donde se dice que cuando llegó Vespiano a Alejandría lo saludaron con la buena nueva (euanggelia).

3En algunos manuscritos muy antiguos no aparecen las palabras hijo de Dios; por otro lado el testimonio de los manuscritos donde sí aparecen es muy convincente.

4Gerhardsson, Birger. Manuscript and Memory: Oral Tradition and Written Transmission in Rabbinic Judaism and Early Christianity.Lund , Sweden: Gleerup, 1961.

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