Los pobres en espíritu

En Mateo 5.3, el evangelista dice: «Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos». ¿A qué se refiere Jesús con «pobres de espíritu»?

«Bienaventurados los pobres en espíritu» – Aunque el discurso de Jesús es el mismo, cuando comparamos esta bienaventuranza con la que encontramos en el Evangelio de Lucas (6.20) notamos que Lucas solo incluye la palabra «pobres», sin otro agregado, Mateo es quien dice «pobres en espíritu».

Casiodoro de Reina tradujo el texto como «pobres del Espíritu», y aclaró su significado con la siguiente nota: «Por la profesión del Evangelio, en la fe del cual se da el Espíritu de regeneración (Juan 3.5), y los carnales son hechos espirituales». Pareciera ser que, para él, la palabra «espíritu» se refiere aquí al «Espíritu de regeneración» que menciona en la aclaración.

Por su parte, Cipriano de Valera traduce así: «pobres en Espíritu», e incluye su propia nota, diciendo lo siguiente: «Son los que abatidos en su corazón reconocen estar desnudos y vacíos de todo bien, y así buscan su justicia en solo Cristo».

Ahora bien, «pobres en espíritu» no significa «falta del Espíritu de Dios» o «no tener ambición»; significa «ser humilde en cuanto a asuntos espirituales, con una humildad que viene de la aceptación de una persona que tiene dolencias o necesidades espirituales y que no puede resolverlas por sí misma, sino que confía en Dios para tal fin. Por lo tanto, podría ser traducido «aquél que sabe (o reconoce) que es pobre espiritualmente en asuntos relacionados a Dios». La idea es «aquellos que conocen su necesidad de Dios».

La literatura cristiana nos ilustra diciendo que el AT provee el trasfondo necesario para interpretar esta bienaventuranza. Al principio, «ser pobre» quería decir «estar en necesidad material literal». Pero gradualmente, debido a que el pobre no tenía otro refugio que Dios, la «pobreza» llegó a tener visos espirituales y a identificarse con la dependencia humilde de Dios. El pobre en el AT es aquel que está afligido y es incapaz de librarse por sí mismo y que, por consiguiente, mira a Dios en busca de salvación, al mismo tiempo que reconoce que no tiene derechos sobre él. Esta clase de pobreza espiritual se elogia especialmente en Isaías. Es a los «afligidos y menesterosos», los que «buscan las aguas y no las hay; seca está de sed su lengua», a quienes Dios promete «en las alturas abriré ríos y fuentes en medio de los valles» y «abriré en el desierto estanques de aguas y manantiales de aguas en la tierra seca». Los «pobres» se describen también como personas de «espíritu humilde y quebrantado», a ellos mira Dios y con ellos se complace en habitar.

Por tanto, ser «pobre en espíritu» es reconocer nuestra pobreza espiritual, nuestra bancarrota espiritual, delante de Dios. A los tales, el reino de Dios les es otorgado. Desde el principio de su discurso Jesús establece las prioridades: El Reino es dado a los pobres, no a los ricos; a los débiles, no a los poderosos; a los niños suficientemente humildes como para aceptar su necesidad.

Los judíos miraban a la riqueza como una prueba clara de la bendición de Dios sobre alguien. También los ricos y poderosos eran tenidos como seguros beneficiarios de la gracia de Dios y de lugares especiales. En este pasaje de su discurso, Jesús contrarresta esta apreciación diciendo que son lo que reconocen su dependencia de Dios los poseedores del Reino de los cielos.

Los pobres, entonces, son los que, en la esfera espiritual, en la vida espiritual, son destituidos y son conscientes de su necesidad.

Aun cuando la pobreza no garantiza bendición ni maldición, puede claramente convertirse en una ventaja si nos conduce, en una actitud humilde, hacia Dios.

Ser pobre en espíritu no es falta de coraje, sino reconocimiento de nuestra decadencia espiritual. Confiesa la propia falencia ante Dios y declara la dependencia en Dios como único camino aceptable. Son lo que están completamente seguros de su pobreza y que son incapaces de alcanzar estatura espiritual ante Dios y que acuden al único que puede compensar tal necesidad.

«Porque de ellos es el reino de los cielos» – «De ellos» tiene, en griego, una posición enfática: es realmente suyo, ellos son precisamente las personas que poseen y disfrutan las riquezas, dignidades y privilegios del Mesías, y eso es, precisamente, lo que significa esta segunda parte de la bienaventuranza. En Lucas 6.24 se consigna el reverso de esta bienaventuranza: «¡Ay de ustedes los ricos!, porque ya han recibido su consuelo». Ya tienen todo el consuelo que recibirán.

Por último, vale la pena acotar que, a excepción de la primera y la última, cuyas recompensas son inmediatas, todas las bienaventuranzas de Mateo contemplan una recompensa futura. Tanto los pobres como los que padecen persecución por causa de la justicia son los únicos poseedores inmediatos del reino de los cielos y de sus beneficios. Pareciera que en ellos se expresa la gracia de Dios, especialmente para atender sus necesidades, pues ellos han confesado su absoluta carencia para resolver sus problemas espirituales y han confiado en Dios para resolverlos.

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