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Los reyes magos

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La Biblia habla de unos «magos de Oriente», pero no dice sus nombres ni cuántos eran, ni que fueran reyes, o que fueran reyes magos. Pocas imágenes de la Biblia son tan potentes como la de los sabios de Oriente que se postran y adoran al niño Jesús. El Evangelio de Mateo no dice cuántos eran, y a los antiguos artistas les hubiera gustado que fuese un número par, para ayudar a equilibrar las composiciones.

En la Cripta de la Madonna, por ejemplo, en una pintura del siglo III, María, con el niño en brazos, recibe a dos magos con regalos, vistiendo ropas persas, y en tradiciones armenias y siríacas se habla a veces de ocho o de doce, por las doce tribus de Israel.

Pero ya en el sarcófago de Aurelio, de una catacumba del siglo IV, y en el de Isacio, de Rávena, un poco posterior, se ven tres magos, con ropas persas. El origen persa era lógico, porque la palabra griega magoi se relacionaba enseguida con la casta de sacerdotes persas. Hacia el año 400, el poeta hispano Aurelio Prudencio, en su poemario «Cathemerinon», por ejemplo, tiene claro que son «magos de los mares pérsicos», que ofrecen oro, incienso y «el polvo de la mirra que predice ya el sepulcro».

La idea de tres reyes terminó imponiéndose.

La Biblia mencionaba tres regalos e incluso los autores que no pensaban en ellos como persas, como Tertuliano a principios del siglo III, parecían apuntar al número tres cuando citaban el Salmo 72, que mencionaba por su nombre tres reinos: «¡Que le traigan regalos y tributos los reyes de Tarsis y de las islas, los reyes de Sabá y de Sebá!» (v. 10, DHH). De este salmo nació la idea de que eran reyes o de familia real. Quedó definitivamente consolidado el número tres en los sermones del Papa León I Magno a mediados del siglo V. A los medievales les encantó: pues permitía mostrar las edades del hombre (joven, adulto, anciano) y las partes del mundo (Asia, Europa, África).

El Apócrifo con los tres nombres

«El Evangelio Armenio de la Infancia», un texto apócrifo del siglo V, es el primer escrito que recoge los nombres de los reyes magos que usamos actualmente. Dice así: «Un ángel se apresuró a ir al país de los persas, para prevenir a los reyes magos, y para ordenarles que fueran a adorar al niño recién nacido.

Ellos, después de ser guiados por una estrella nueve meses, llegaron a su destino en el punto y hora en que la Virgen acababa de ser madre. Y los reyes de los magos eran tres hermanos: el primero, Melchor, que imperaba sobre los persas; el segundo, Baltasar, que prevalecía sobre los indios; y el tercero, Gaspar, que poseía el país de los árabes. Habiéndose reunido por obediencia al mandato de Dios, se presentaron en Judea en el instante en que María había dado a luz. Y, habiendo apresurado su marcha, se encontraron allí en el tiempo preciso del nacimiento de Jesús».

Si bien las tradiciones y costumbres pueden variar de país a país, no olvidemos que no fueron los reyes los que más dieron, pues tanto ellos como nosotros y toda la humanidad, aquel día, en Belén, recibimos el más precioso regalo alguna vez concebido: Jesús.

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