Mientras pueda ser hallado

Más de una persona aplaza la oportunidad de entregar su vida a Cristo, porque confía vagamente que, con el tiempo, lo hará, cuando en realidad sus probabilidades de llegar a ser creyente se van alejando día a día. ¿Por qué? Porque los cambios que se están operando en su vida están endureciendo su voluntad, y haciendo más y más difícil su arrepentimiento.

El peligro de postergar la entrega a Cristo

Una de las tragedias más comunes —y menos reconocidas— de la vida espiritual es la postergación de la decisión más importante: entregar el corazón a Cristo. La idea de que «algún día lo haré» funciona como un consuelo falso para muchas personas, quienes suponen que la fe siempre será una opción abierta, disponible en cualquier momento. Pero la Biblia, con su sabiduría eterna, nos advierte seriamente sobre el peligro de dejar pasar el día de la oportunidad. No solo porque la vida es breve y frágil, sino porque cada vez que se aplaza la decisión de seguir a Cristo, el corazón puede irse endureciendo de manera casi imperceptible.

«Busquen a Dios mientras puede ser hallado; llámenlo en tanto que está cercano. ¡Que dejen los impíos su camino, y los malvados sus malos pensamientos! ¡Que se vuelvan al Señor, nuestro Dios, y él tendrá misericordia de ellos, ¡pues él sabe perdonar con generosidad!» (Is. 55.6-7). Este llamado refleja la ventana de gracia que Dios abre para los seres humanos. Pero esa ventana no siempre estará abierta.

El corazón humano no permanece neutral

Hay quienes creen que pueden mantenerse «al margen» de la fe cristiana sin tomar partido. Suponen que su alma está en pausa, que no han dicho ni sí ni no. Pero esta visión es contraria a la enseñanza bíblica sobre el corazón humano. Jesús mismo dijo: «El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama» (Mateo 12.30).

El corazón no es un territorio neutral. Cada decisión, cada pensamiento, cada acto que ignora a Dios o lo pospone, refuerza una dirección espiritual. Cuando una persona escucha el evangelio y no responde, su corazón no queda igual; se endurece un poco más. Es como una arcilla al sol: lo que no se modela a tiempo, se vuelve rígido. Por eso, Hebreos 3:15 advierte: «Si ustedes oyen hoy su voz, no endurezcan su corazón».

El peligro está en creer que uno puede responder mañana con la misma disposición que hoy. Pero eso no es tan así. El mañana trae consigo un corazón un poco más endurecido por la inercia, por las distracciones, por el pecado repetido.

El arrepentimiento no es solo una decisión racional

A menudo se piensa que venir a Cristo es simplemente una cuestión de tomar una decisión razonable. Se cree que, en algún momento de tranquilidad y madurez, se podrá reflexionar y decir: «Ahora sí estoy listo para seguir a Cristo». Pero el arrepentimiento verdadero no es solamente una decisión intelectual; es un acto profundo del alma que implica quebrantamiento, sensibilidad, y apertura al Espíritu de Dios.

Jesús lloró sobre Jerusalén, y dijo: «¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como junta la gallina a sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!» (Mateo 23.37). El problema no era que la ciudad no entendiera, sino que no quiso. Esa voluntad endurecida, ese «no querer», es el verdadero obstáculo.

El arrepentimiento es una obra del Espíritu Santo. Sin su toque, el corazón permanece cerrado, indiferente, o incluso hostil. Por eso la Biblia llama al tiempo presente como el «día de salvación» (2 Corintios 6.2), y exhorta a no dejar pasar la hora en que el Espíritu está obrando.

El poder engañoso del pecado

Otro motivo por el cual muchos no se vuelven a Dios es porque no perciben la gravedad del pecado. El pecado tiene un efecto entumecedor. Promete placer, libertad y autonomía, pero en realidad esclaviza y adormece la conciencia.

«Anímense unos a otros día tras día… para que el engaño del pecado no endurezca a nadie» (Hebreos 3.13).

El pecado no solo ensucia; engaña. Hace que el alma pierda su capacidad de percibir el bien y el mal, de distinguir lo urgente de lo trivial. Una persona puede acostumbrarse a vivir sin Dios, y aunque externamente parezca moral o respetable, interiormente está cada vez más lejos de sentir la necesidad de un Salvador.

Esto explica por qué muchas personas que se mostraban sensibles en su juventud, años más tarde se vuelven indiferentes o hasta burlonas ante el evangelio. No es que hayan encontrado mejores argumentos; es que el pecado ha hecho su obra silenciosa de endurecimiento.

La urgencia del llamado divino

Volvemos al texto de Isaías 55.6–7: «Busquen a Dios mientras puede ser hallado; llámenlo en tanto que está cercano…».

Aquí hay dos términos clave: «mientras y en tanto que». Ambos indican que hay un límite. Hay un tiempo de oportunidad, que no es eterno.

Dios es misericordioso, sí, pero también es justo. Él extiende su mano, pero no forzará a nadie. Y si alguien se obstina en resistir, llegará un punto en que esa resistencia se convertirá en su propia condena.

La Biblia presenta múltiples ejemplos de personas que perdieron su oportunidad. Esaú vendió su primogenitura y luego quiso recuperarla «aunque la procuró con lágrimas», pero fue demasiado tarde (Hebreos 12.17). Las vírgenes insensatas llegaron cuando la puerta ya estaba cerrada (Mateo 25.10). Félix, el gobernador romano, le dijo a Pablo: «Por ahora puedes retirarte. En su momento volveré a llamarte» (Hechos 24.25)… nunca lo hizo.

El perdón sigue disponible hoy

Aunque todo lo dicho hasta aquí subraya el peligro de postergar la decisión de seguir a Cristo, la buena noticia del evangelio es que mientras haya vida, todavía hay esperanza. La puerta aún está abierta. Dios quiere que el pecador se vuelva a él. El mismo pasaje de Isaías dice que Dios «sabe perdonar con generosidad».

No importa cuántos pecados se hayan cometido. No importa cuántas veces se haya dicho «más adelante». Si alguien se vuelve a Dios con sinceridad, él no lo rechazará. Jesús prometió: «Al que a mí viene, no lo echo fuera» (Juan 6.37).

Pero ese «hoy» es clave. No se trata de dejarlo para mañana. No hay promesa bíblica para el arrepentimiento futuro. La promesa es para el ahora: «Este es el momento oportuno; este es el día de salvación» (2 Corintios 6.2).

La postergación es una de las trampas más sutiles del enemigo. No invita al rechazo directo del evangelio, sino a dejarlo para después. Pero esa demora, disfrazada de prudencia o reflexión, puede ser fatal. Porque el corazón no permanece igual. Porque el pecado engaña. Porque el Espíritu no contendrá para siempre. Y porque la puerta puede cerrarse cuando menos lo esperemos.

Dios llama hoy. Si escuchas su voz, no endurezcas tu corazón. No confíes en un futuro incierto que quizá nunca llegue ni en una voluntad que quizá ya no responda. Hoy, si oyes su voz, vuelve tu rostro a Cristo. «Busquen a Dios mientras puede ser hallado; llámenlo en tanto que está cercano…».

Todavía está cerca. Todavía se puede hallar. Pero no será así para siempre. Hoy es el tiempo de tomar la decisión más importante de tu vida.

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