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Narrativa — Parte 2

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Personajes

Hay por lo menos tres clases de personajes en la narrativa hebrea: el personaje completo o de pleno derecho, el modelo o agente y el figurante o de relleno. El personaje completo es multidimensional y complejo; ofrece una variedad de rasgos; puede ser «protagonista» («héroe») o «antagonista» («villano»). El modelo se caracteriza por presentar un solo rasgo o simple instrumento para la acción. El figurante es sencillamente un carácter que ejerce la función de «relleno» que el autor usa para «llenar» el relato; no ofrece ningún rasgo importante para la historia.

por Edesio Sánchez

En relación con lo anterior, es importante considerar, al estudiar un relato, lo que se conoce como Indicadores de jerarquía. Estos indicadores nos ayudan a descubrir la jerarquía que se le da a los personajes que participan en el relato:

1. Indicador de INTERÉS: el personaje sobre el cual el relato enfoca, de variadas maneras, todos los «reflectores», mientras que los otros personajes quedan relegados a una posición secundaria.
2. Indicador de CANTIDAD: La cantidad de espacio o atención que se le asignan a los personajes.
3.Indicador ESTRUCTURAL: Lugar del relato donde se cita al o los personajes. Los puntos «fuertes» o «claves» para el personaje central (por ej. al principio o al final).
4.Indicador TEMÁTICO: La evaluación de la naturaleza de las acciones de un personaje en particular, así como lo importante de las declaraciones de ese personaje relacionadas con el propósito de la obra.

Jueces 3.12-30 nos permite reconocer a Ehud como el «protagonista» y a Eglón como el «antagonista». Los israelitas, como personaje, van supeditados a Ehud, y los moabitas, amonitas, y amalecitas lo están a Eglón. Los israelitas aparecen como «agentes», lo mismo que los ayudantes de Eglón. Los pueblos seguidores de Eglón son personajes de «relleno». Jehová, aunque no es personaje central, tampoco lo es de relleno. Aunque solo aparece tres veces, sus acciones son imprescindibles: La nación enemiga no hubiese podido «fortalecerse» sin la intervención de Jehová (v. 12); Israel no hubiese podido librarse del poder moabita, sino «levantaba» Jehová un libertador (v. 15); Israel no hubiese «derrotado» a Moab, si Jehová no hubiese entregado a Moab en «sus manos» (v. 28). Así, aunque el relato enfoca «las cámaras» la mayor parte del tiempo sobre Ehud, Jehová aparece como el punto de arranque de todo y como Señor de la historia: los enemigos, su pueblo, y el líder que los libera, todos dependen de su soberana voluntad.

Respecto de los dos personajes importantes veamos lo que nos muestra el relato bíblico:

A Eglón se le pinta como «un hombre muy obeso» (v. 17, NBJ). Ya su nombre, Eglón («becerro gordo»), apunta a su cualidad física y, de alguna manera, a su destino: está listo para el matadero. Esta característica será retomada y usada de manera muy descriptiva para resaltar, aún más, el tenor humorístico y satírico del relato. La muerte de Eglón se da en el ambiente más vergonzoso y repugnante posible. De allí que es importante traducir la última palabra del versículo 22 como «estiércol» (M. L. Barré). El tema de la gordura como rasgo característico de Eglón, también se reserva para los soldados del ejército de Moab. Los soldados muertos en la batalla son calificados como samen, palabra que puede traducirse como «fuertes», «robustos», pero también como «gordos» (v. 29). El destino de su gordo rey vino a ser el mismo para ellos.

A Ehud se le presenta con lujo de detalles y con una figura de héroe. Empecemos con el nombre: Está relacionado con la idea de «majestad» y «gloria». Puede traducirse como «¿dónde está la gloria?» (ABD-2: 414) o «majestad [de Dios]» (Soggin: 49). Si el tema de la «mano» no fuera clave en este pasaje, el hecho de que Ehud perteneciera a la tribu de Benjamín no significaría más que una simple referencia étnica. Sin embargo, el autor nos obliga a leer en la palabra «benjamín» la expresión: «hijo de la mano derecha». Sin embargo, este hombre, que por naturaleza debía ser diestro, resulta ser «un hombre con la mano derecha “atada”», es decir, «impedida». Aunque la expresión es considerada por algunos exégetas como modismo para referirse a los zurdos (Jue 20:16; 1 Cr 12:2) o ambidextros, la intensidad del mensaje del relato, lleno de humor e ironía, solo se manifiesta si Ehud fue alguien que supo usar su «impedimento» para lograr una gran hazaña.

En los relatos, también deben considerarse como «personajes» a tres participantes más: el autor, el narrador y el lector. El narrador puede ser uno de los personajes del relato o la «voz» omnipresente del autor. En esos roles puede hablar en primera o tercera persona.

En relación con el «lector», Jean Louis Ska dice lo siguiente (p. 145): «El relato requiere una contribución activa por parte del lector, para llegar a ser realmente lo que es… la parte del lector es indispensable. Los relatos están dormidos hasta que no llega el lector a despertarlos de su sueño».

Es necesario que mantengamos en mente que para el autor del relato, el lector es su cómplice. El autor de la narración implica al lector usando diferentes «guiños», sobrentendidos e invitaciones. Es decir, el autor literalmente «corteja» al lector para poder completar el mensaje. Si tomamos esto en cuenta, reconoceremos que en el contexto de la Biblia, esta es una realidad presente a la vez que poderosa. Pablo en Corintios habla de la «letra viva» versus la «letra muerta». La palabra de Dios, viva y eficaz, requiere del «lector» u «oyente» para que sea «completa». Por ser Palabra de Dios, la Biblia siempre exige una «respuesta» de quien la aborda. No se puede ser «oidor olvidadizo» de ella.

 

Con relación al tema de la caracterización, la narrativa hebrea ofrece varias técnicas:

Descripción. Aunque a la narrativa hebrea no le «apetece» mucho describir a sus personajes con detalles, sí encontramos la descripción al servicio de la trama o argumento. Así vemos en Jueces 3 cuando se describe a Eglón como «gordo», dándole al lector le imagen de una becerro gordo listo para la matanza.

Interiorización. El narrador, a menudo, provee «ventanas» para que el lector tenga acceso al estado mental o emocional del personaje; o el mirar la acción a través de los ojos del personaje. El autor ofrece esa ventana en dos maneras: (a) el narrador comenta el pensamiento u opinión de un personaje —nos enteramos secretamente de los pensamientos del personaje por los comentarios que de él da el narrador; (b) el narrador usa las citas directas de los pensamientos del personaje —lo que se llama monólogo interno (Ex 2.14; 3.3).

Diálogo directo. La narrativa hebrea prefiere, sobre todas las cosas, sostener la acción dentro del argumento por medio de la oración directa. El diálogo directo ofrece las dimensiones psicológicas e ideológicas del personaje, y ofrece más dramatismo que la narración exterior. En Jueces 14─16, Sansón hace uso constante de la oración directa (véanse 14.2, 3b; 15.18; 16.28).

Acciones. Los relatos de acciones sirven para resaltar a los personajes (véanse Gn 30.35-36, 37-43). Esta técnica reconoce que el carácter de una persona se revela a través de sus actos. En la narrativa bíblica las acciones sirven como un canal muy importante para establecer un personaje. Las acciones son, además, piezas claves para la construcción del argumento. En algunos casos la «inacción» también sirve para revelar el carácter de algún personaje.

Contraste. El autor puede resaltar los rasgos de los personajes al colocarlos en yuxtaposición. Los ejemplos de Ehud y Eglón son bien claros. Lo mismo pasa al comparar al profeta Eliseo con su ayudante Giezi en el relato de la curación de Naamán (2 Re 5).

Estilo. Si se pudiera decir en una sola palabra lo característico del estilo narrativo hebreo se usaría la palabra «acción». En el relato, la acción toma precedencia a la descripción; esta, se reduce al mínimo, y está supeditada a la acción. «De todos los ingredientes que pueden entrar en la composición de un relato, los autores bíblicos eligen, por lo tanto, únicamente aquellos que se refieren a la acción: discusiones, decisiones y acciones» (Ska y otros: 10).

El otro rasgo distintivo es la «repetición». Así se hacer referencia no solo al número de veces que una palabra o recurso discursivo se repite, sino a la variedad de tipos de recursos repetitivos. Veamos varios de esos recursos:

Leitwort (palabra que se repite). Repetición de la misma palabra o sus cognados. En el caso de Jueces 3.12-30, el tema de «la mano» es clave. Ehud, «el hijo de la mano derecha» (benjaminita), es un hombre que tiene «la mano derecha atada». Pues bien, es a través de su «mano» (v. 15, trad. lit. de hebreo) que los israelitas envían el tributo a Eglón. Con su «mano», Ehud mete el puñal que acaba con la vida de Eglón (v. 21). Finalmente, Dios pone al enemigo en «manos» de Israel, y Moab cae humillado bajo la «mano» de Israel. Véase, además, el siguiente diagrama:

La parte central del relato, es decir el clímax, tiene una estructura concéntrica, y juega con las palabras «salir», «entrar» y «cerrar»:

 

Oraciones o frases clave. El autor las repite para darle unidad temática a una sección extensa. Por ejemplo el estribillo que se repite varias veces en Jueces: «En aquellos días no había rey en Israel; todo mundo hacía lo que bien le parecía» (17.6; 18.1; 19.1; 21.25).

Motivo. La aparición, varias veces, de algún objeto, imagen o acción: «los ídolos» en el relato de Ehud (Jue 3.19 y 26). Los siguientes ejemplos son también dignos de notar: «piedra» en el ciclo de Jacob; «agua» en la historia de Moisés; «fuego» en los relatos de Sansón. Estos motivos pueden darle al relato unidad temática o coherencia.

Temas. Varios temas aparecen de manera constante en la narrativa hebrea. En el caso de Jueces 3.12-30 tenemos el ejemplo de cómo Dios selecciona no al más poderoso o mejor equipado, sino al débil, al impedido, al más joven. Otros ejemplos son: el tema de la mujer estéril (Gn 11; 16; 20; 25; 30); obediencia y rebelión en el desierto y la revocación de la primogenitura (Gn 21; 25; 27; 37; 42; 48). Estos temas se organizan de acuerdo a ciertos patrones que el autor quiere que el lector descubra; o indican los componentes de la cosmovisión del autor. En el caso de la revocación de la primogenitura, el autor sugiere que Dios no está atado a las convenciones o costumbres y leyes humanas.

Repetición de secuencias. Al inicio del relato de Ehud y Eglón aparecen varios elementos del paradigma cíclico que se repite una y otra vez en el libro de los Jueces.

Patrones quiásticos. Palabras y eventos que se repiten en orden inverso para darle forma a episodios, discursos, ciclos de historias, etc. Véase el siguiente diagrama en el caso de la historia narrada en Jueces 3.12-30:

Escenas típicas. Son similares a los temas, pero se refieren de manera específica a la repetición de discursos o conductas convencionales (tradicionales) que aparecen en contextos similares. Por ejemplo: escenas de esponsales (Gn 24. 10-61; 29.1-20; Ex 2.15b-21); relatos de anunciación (Gn 18.1-15; Jue 13; 1 S 1; 2 R 4.8-37).

Citas. Los autores veterotestamentarios gustan de usar el discurso directo en lugar de la «narración» en tercera persona.

Un tercer rasgo característico de los relatos bíblicos es la «ironía». Una y otra vez se deja en vergüenza o ridículo al «poderoso» o «importante». A nadie escapa la descripción de Eglón y el relato de su muerte en Jueces 3.12-30. Lo mismo pasa en la historia de Naamán narrada en 2 Reyes 5. Qué ridícula es la «cantidad de plata, oro y vestidos lujosos» que Naamán lleva consigo para «comprar» al profeta de Dios. En qué ridículo quedó el rey de Israel al leer la carta que le envió el rey de Siria. El relato de la Burra de Balaam en Números 22.21-34 es otro excelente ejemplo al respecto. Balaam, el profeta y vidente, fue incapaz de «ver» al ángel de Jehová que estaba por matarlo. En cambio, la burra, animal considerado tonto y terco, se convirtió en «profetiza» y pudo ver y hablar para librar a Balaam de la muerte segura.

En el Nuevo Testamento también aparecen una gran cantidad de relatos, tanto en los Evangelios como en el libro de Hechos. Como ejemplo, presentamos aquí el relato de la «alimentación de más de cinco mil personas» (Mc 6.30-44):

El esquema de la pirámide de cinco partes claramente nos muestra cómo la trama se estructura de manera clara y natural. Además, la delimitación del relato aparece también con claridad: se da un cambio de personajes respecto del relato anterior (Mc 6.14-29); el tema es totalmente distinto (en relato anterior es la muerte de Juan Bautista, aquí es la alimentación de la multitud hambrienta); el lugar también ha cambiado (del palacio de Herodes pasamos a una zona desierta en los alrededores del lago de Galilea).

Un estudio cuidadoso de la trama y del desarrollo del relato nos muestra que el tema central no es tanto el milagro de la alimentación de una multitud con unos cuantos panes y dos pescados, sino la lección que Jesús, «el Buen Pastor», les da a sus discípulos, «aprendices de pastor».

Por ello, el relato al principio y al final resalta la figura de los discípulos en relación con la tarea misional que Jesús les ha asignado: la enseñanza y las acciones a favor de la gente. Las doce «cestas llenas» del versículo 43 apuntan ni más ni menos a esa tarea de «hacer» a favor de los demás, del mismo modo que Jesús lo acaba de hacer para la multitud que los rodea.

Aunque el relato sigue de inmediato al que narra la muerte de Juan Bautista (Mc 6.14-29), el versículo 30 remite al lector al relato sobre la misión de los doce discípulos (Mc 6.7-13). Este relato da la clave de los varios elementos que se encuentran en Marcos 6.30-44: el de la enseñanza y proclamación de la palabra, el de «hacer» actos milagrosos como la sanidad y la expulsión de demonios y el tema del «pan».

De acuerdo al versículo 30, los discípulos o apóstoles han aprendido lo básico; es decir, cumplir con lo que Jesús, su maestro les pidió hacer. Jesús reconoce que la tarea ha sido cumplida, e invita a sus «enviados» a un merecido descanso (6.31). Los atareados apóstoles «no tenían tiempo para comer». Sin embargo, la idea del descanso pronto se esfumó. La multitud vio que Jesús y sus discípulos partían hacia el otro lado del lago, así que se les adelantaron (v. 33).

Sin embargo, venía la lección más importante y más difícil, la de proveer «pan» para esas ovejas que no solo no tenían pastor, sino que tampoco «tenían qué comer» (v. 36). Aquí es donde la complicación del relato, el «nudo», se muestra en toda su intensidad. Los discípulos recurren a la solución humana, la que todos conocemos: (a) que cada cual resuelva su problema (v. 36); (b) la solución del problema escapa de nuestras manos (v. 37). Jesús, en cambio, recurre a la propuesta divina: si la gente ya ha provisto para ustedes el pan (Mc 6.8), es obvio que, en primer lugar, ustedes tengan algo de comer, y en segundo lugar, eso que tienen y que no lo compraron ustedes es la base del «hacer» milagroso que ya aprendieron a realizar (Mc 6.7-13). Si Jesús «les dio autoridad» para expulsar demonios y sanar enfermos, el pueblo les había dado «pan» para la alimentación. ¡Ese era el secreto del milagro! Los discípulos estaban «equipados», pero no podían reconocerlo. Por eso necesitaban la gran lección.

Para la lección, Jesús los invita a compartir con él lo que el mismo Dios y Padre había prometido ser (Sal 23): «Buen Pastor». Jesús, en compañía de sus «discípulos», hace descansar a la «multitud de ovejas» en el «pasto verde» y los alimenta (véase Sal 23.2), y todos comen y se satisfacen. Pero la lección no termina aquí. De acuerdo al versículo 43, sobraron «doce cestas llenas de lo que sobró». ¿Por qué doce y no cinco mil de acuerdo al número de «varones» representantes de familias que formaban la multitud? Porque la lección y el movimiento del relato tenían como personajes centrales a los discípulos; ellos son los que necesitaban «aprender» a ser verdaderos pastores como lo era su Señor y maestro. Con las doce cestas, los discípulos tenían más que suficiente para «continuar con el milagro» de alimentar a las «muchas ovejas» que se encontrarían en su misionar.

El que da, recibe más; el que tiene poco y lo pone en las manos del Señor, logra grandes cosas; el que aprende a ser compasivo como su Maestro, recibe grandes muestras de compasión; al que se compromete con los «carentes de pastor» recibe el mismo título que su Maestro: ser «buen pastor».

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