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Nuestra responsabilidad como testigos

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Por César Aníbal Villamil

En julio de 1854, Charlie Peace, un famoso criminal, fue llevado desde la cárcel de Armley, en Inglaterra, al patíbulo, para ser ahorcado. Como era la costumbre en aquellos tiempos, se celebraba una ceremonia en su favor hecha por un ministro anglicano justo antes de su ejecución. El sacerdote caminaba detrás del hombre condenado a muerte, leyendo en voz alta del Libro de Oración Común. Como era algo que se hacía siempre, se había vuelto rutinario y se llevaba a cabo ritualmente y, a menudo, sin ningún sentimiento ni cuidado especial. La lectura era repetida y monótona. Algunas de las palabras leídas eran las siguientes: «Quienes mueren sin Cristo tendrán como destino el infierno, que es el dolor de morir eternamente sin el alivio que la muerte misma podría traer».

Esas palabras llegaban a los oídos de los hombres condenados en su camino hacia la ejecución y eran pronunciadas con una total falta de emoción, de manera que hicieron que el condenado, el señor Peace, se detuviera, se volviera hacia el ministro y le preguntara: 

–¿Qué estás leyendo?
–La «Consolación de la religión» –respondió el sacerdote.
–¿Realmente crees en eso? –preguntó el hombre.

El ministro fue tomado por sorpresa –ningún condenado a muerte le había hecho una pregunta así. Ni bien pudo recuperarse, respondió:

–Bueno… supongo que sí.

Entonces, el condenado, según se sabe, dijo: 

–Mira… si yo creyera lo que tú y tu iglesia dicen creer sobre el cielo y el infierno, aun si Inglaterra estuviera cubierta de vidrios rotos de costa a costa, la recorrería toda, incluso si tuviera que hacerlo sobre mis manos y rodillas; y pienso que valdría la pena vivir solo para salvar un alma de un infierno eterno como ese.

La urgencia y necesidad imperiosa del mensaje del evangelio es evidente para el incrédulo, pero ¿es así de patente para nosotros?

Las Escrituras nos dicen repetidas veces que estamos viviendo los últimos tiempos. Quizá muchos piensen que es un mensaje urgente, sí, pero que fue escrito hace dos mil años y no parece ser tan «urgente» después de todo.

Si bien estoy convencido de que el tiempo del regreso de nuestro Señor se acerca vertiginosamente cada día, debemos ser conscientes de que los últimos tiempos han sido y siguen siendo una realidad para todos nosotros, pues aun si Jesús no regresara en nuestro tiempo de vida, todas las personas que conocemos y las que hemos conocido, han muerto o morirán en pocos años (aunque sean 100 años más), y eso se convertirá para ellos en vida eterna o condenación eterna.

Pero, ¿es realmente mi responsabilidad proclamar el mensaje?

El peligro que nos acecha es la ausencia de un sentido de responsabilidad personal… es asumir que las cosas no dependen de nosotros… que no es imprescindible que actuemos.

Uno de los eventos más trágicos y curiosos de nuestros tiempos ocurrió en la ciudad de Nueva York, el 13 de marzo de 1964. Kitty Genovese, una joven de 28 años, hija de inmigrantes, fue salvajemente asesinada en un callejón cercano a su casa. De por sí, eso no sería una noticia sorprendente, dado que lamentablemente mucha gente es asesinada cada día en distintas ciudades del mundo, pero el caso de esta joven es emblemático y fue el estudio de diferentes investigaciones psicológicas y sociológicas. ¿Por qué?

El asesinato ocurrió cuando Kitty volvía a casa desde su trabajo. A las 4:25 de la mañana el asesino sorprendió a Kitty, la llevó hacia un callejón cercano con la intención de abusar de ella, y estuvo persiguiéndola y apuñalándola por 30 minutos, Kitty gritaba y trataba de huir, y el asesino la perseguía, apuñalándola. La gente comenzó a salir a los balcones para ver qué pasaba, 38 personas fueron testigos de la persecución y el asesinato de Kitty. Algunos gritaban, otros lloraban, pero nadie bajó para ayudarla, solo una persona llamó a la policía, pero solo después de que Kitty fuera asesinada, nadie llamó a emergencias. Durante más de 30 minutos 38 testigos presenciaron el asesinato de Kitty Genovese y nadie hizo nada para evitarlo.

Esto impactó a la sociedad estadounidense de aquellos días. Todos se preguntaban qué había pasado. ¿Cómo puede ser que nadie haya hecho algo?

Un estudio hecho por una universidad años después llegó a una conclusión increíble. El problema fue que hubo muchos testigos… y todos pensaron que otro haría algo, que otro llamaría a la policía, que otro llamaría a emergencias. Pero nadie lo hizo. El otro, en esta ocasión, no hizo nada. 

Hay una frase, atribuida a varios autores, que dice: «Lo único necesario para el triunfo del mal es que los hombres buenos no hagan nada».

Podría citar muchos versículos que hablan de nuestra responsabilidad como voceros de Dios, que nos exhortan a predicar para evitar la muerte del impío, y sobre la responsabilidad que Dios ha puesto sobre nosotros, pero creo que lo más importante es recordar que los muertos sin Cristo van a morir eternamente, y nosotros tenemos la oportunidad de compartir con ellos el mensaje de salvación. Podemos convertirnos en voceros del sacrificio de Cristo en la cruz por amor a nosotros y a ellos. No seamos testigos sin voz, anunciemos al mundo el amor y la misericordia de Dios para todo el que cree. La Palabra de Dios es abundantemente clara respecto a nuestra responsabilidad –y nuestro privilegio– de proclamar las buenas nuevas del reino de Dios. 

Solo quisiera recordar un texto bíblico, quizás el texto más conocido y repetido de todas las Escrituras:

«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna» (Juan 3.16, RVC).

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